relato por
Javier Garrido B.

 

I

E

l Chino, el Mudo y el Niño aguardaron, procurando no llamar la atención. No la tenían fácil: un destartalado Camaro modelo 81 con tres hombres adentro suele despertar suspicacias si se encuentra mucho rato estacionado en una calle desierta.

—Que ladilla tan arrecha —opinó el Niño, malhumorado.

Ya pasaba largo de las once y media cuando la ventana se oscureció por fin.

—¿Ya? ¿Le damos de una? —preguntó ansioso el Mudo.

—Nope —respondió el Chino, desde el asiento del chofer—. Mejor nos aguantamos otro rato. El viejo tarda en dormirse, y el sueño lo tiene ligero. Le damos como un cuarto de hora y santas pascuas. Venga Niño, préstame otro cigarrito ahí…

—Qué sabrosura es fumar de lo ajeno —le rezongó el Niño, aunque igual le pasó la cajetilla.

—No te hagas malasangre, Niño. Además, acuérdate de que los médicos siempre dicen que el tabaco hace daño. Cada uno que no te fumas es tiempo que ganas de vida.

—Segurísimo que sí. Por mí, tú y los médicos pueden irse a comer mierda. No habré yo visto médicos fumando.

—Deberíamos irnos ya —insistió el Mudo—. Hay que meterse por la quebrada, y desde allá hay un buen trecho. Y bien malo de caminar, todo lleno de monte y basura.

—Tú sí jodes, Mudo —le replicó el Niño.

Al Niño, demás está decirlo, aquel trabajo no le gustaba lo que se dice nada, y más siendo cosa del Mudo, cuyo único talento verdadero era meterse en peos. Bien dicen que los que joden siempre son los de la familia, pues el Mudo venía a ser algo así como su sobrino, hijo de una hermana mayor por parte de su mamá. Una lumbrera desde luego no era, y había quien decía medio en broma que de chiquito lo habían dejado caer de cabeza. Por su parte, el Niño se ufanaba de ser un profesional, y no le agradaba andarse con novelas y menos aún alternar con neófitos e improvisados. No por nada en la cárcel había sido uno de los luceros del difunto Conejo, a quien Dios tenga en su gloria. Y si en las calles sobra la plata fácil, ¿para qué complicarse la vida entrando en casas?

Aunque a esas alturas tampoco podía echarse para atrás. ¿No?

—Se los juro por este puño de cruces —les había prometido—. Entrada por salida. Las casas de los lados están vacías. El viejo vive solo, está medio ciego, no tiene perro, no tiene cerco, no hay alarma, y la puerta de atrás, la que da al patio, no cierra bien. Y tiene el caserón lleno de cosas. Y un carro finísimo. Casi da lástima de lo fácil que está…

El Mudo había cumplido los diecisiete años apenas tres o cuatro meses antes, y hacía ya dos que había desertado del liceo Los Símbolos por una conjunción de reprobados con malas juntas y al parecer también sacándole el cuerpo a lo que sin mucho respeto llamaba una carajita preñada. Enseguida había comenzado a amontonar entradas en una variedad de centros socioeducativos, de los que se evadía al primer descuido de los responsables. Su madre, una señora decente decidida contra viento y marea a convertirlo a cualquier coste en hombre de bien, o quizás por puro escarmiento y para mantenerlo alejado de cierto tío de fama execrable, lo había puesto bajo amenaza a trabajar con un cuñado, un genuino infeliz versado en variedad de chapuzas. En unas pocas semanas habían llegado a detestarse, sentimiento que no se había agostado con el paso del tiempo. El Mudo no había mandado a la mierda al cuñado por la coacción implacable de su venerada progenitora, y el cuñado no lo había hecho con él porque comprendía que difícilmente volvería a encontrar un ayudante al que pudiera explotar pagándole menos del sueldo mínimo y sin darlo de alta en el Seguro Social.

Y vino a ocurrir que, más o menos un mes atrás, aquel carcamal español decidió contratar al cuñado de marras para que le reparase las cañerías podridas en el baño del piso de arriba de su casa. Vaya a saber qué íncubo maligno le había dado tal consejo nocivo. Dos semanas enteras se las había pasado el Mudo afanando honestamente, sudando la gota gorda, dándole con la mandarria a una cerámica de la de antes, a prueba de bombas, y bajando los escombros balde a balde por la escalera. Tal y como era de prever, lo que al final el cuñado le pagó por su trabajo resulto una rotunda cagada, pero al menos pudo aprovechar la ocasión para familiarizarse con la distribución y hábitos de la casa.

Aquel abuelete era viejísimo, una genuina momia. Vivía solo, rara vez salía, y al parecer jamás recibía visitas; en esas dos semanas largas el teléfono había repicado una sola vez. De lunes a viernes una señora gorda iba a hacerla limpieza y la colada, y cada miércoles, las compras. También le cocinaba al viejo, y sobre las cuatro o las cinco ya se había marchado. El único aparato telefónico (de un modelo antediluviano, a disco, como ya solo salen en las películas viejas) estaba en la planta baja, en la sala. El viejo se pasaba las mañanas mirando televisión, pero por las tardes se ponía a aporrear incansablemente una añeja máquina de escribir que tenía en el despacho. Vaya a saber qué tanto escribía o tenía que escribir a su edad. Había ceniceros por todos lados, pero el vejete era intransigente en no permitir que se fumara dentro de la casa, circunstancia que había dejado clara desde el primer día y que al cuñado le había servido como excusa para salir cada dos por tres, dejándole a él solo todo el trabajo pesado. Las ventanas estaban enrejadas, lo mismo que la puerta de enfrente. En la parte de atrás de la casa había un patio pequeño, con el tanque de agua, unos materos en los que no crecía nada, la caseta del hidroneumático y una perrera sin perro; un muro alto sin más protección que unos pocos cascos de botellas rotas lo separaba de las viviendas contiguas y de la quebrada y el monte en el fondo. Al segundo o tercer día de trabajo, al bajar allí para cerrar una llave de paso, el Mudo notó por casualidad que la cerradura de la puerta de hierro tenía estropeado el pestillo, y que solo quedaba bloqueada con el resbalón; bastaba un alambre grueso y algo de maña para abrirla con facilidad desde afuera. Rebatiendo la opinión general, el Mudo se consideraba un tipo espabilado, y tomó nota mental de este detalle aparentemente nimio, que luego incluso confrontó en un par de ocasiones. De lo único que había que estar pendiente era de que por dentro la cerradura solo se podía abrir con la llave, pues tenía estropeada la manilla. Una mañana en que el cuñado lo dejó solo y sin órdenes precisas también aprovechó para buscar la manera de llegar desde la calle hasta la tapia del fondo. Y ahora, finalmente, llegaba el momento de explotar ese conocimiento, de cobrar lo que se merecía por dos semanas de dolores musculares y de tragar polvillo de pego. Pero solo, ni loco, y no es que no lo hubiera pensado.

—Venga, hermano. Ese viejo debe tener como cien años, y además está medio ciego. Tiene uno de los ojos blanco como si lo tuviera muerto.

—Yo no soy hermano tuyo, Mudo de mierda. Deja la parejería o me vas a arrechar.

—No te lo tomes por ese lado, Niño. De verdaita que es un trabajo facilito: ojalá vieras al vejestorio. También creo que está un poco loco: un día mientras estaba mirando la televisión oí que no paraba de murmurar algo así como que la muerte lo había olvidado. ¿Te imaginas?

Al Niño la insistencia le revolvía el estómago, y en otro momento, de andar atravesado, hubiera mandado al Mudo a cagar sin más trámite. Pero un momento de debilidad lo tiene cualquiera, y más ante alguien con quien se comparte sangre, y entonces cometió el error fatal de pasarle la pelota al Chino, que hasta ese momento no había terciado.

—De verdad, qué ladilla contigo, Mudo. ¿Por qué no buscas oficio? A ver Chinito, ¿tú que dices?

El Chino era el mayor de los tres. Bajo, morrudo, aindiado, con un bigotico ralo, pasaba por ser una cabeza pensante dentro del hampa local. Cuando se pasaba de tragos no se cansaba de elogiar las virtudes de la educación, y solía enorgullecerse de su título de bachiller de la Unidad Educativa Independencia, logrado en una época en que de verdad había que quemarse las pestañas estudiando, no como en estos días en que se aprueba por pura asistencia. Había conocido y se había amistado con el Niño en la cárcel, donde compartieron el mismo pabellón, y luego una misma medida de gracia los había puesto en la calle.

En esta ocasión le tocó decir las palabras fatales:

—¿Y por qué no?

 

II

 

Poco antes de la una llegaron al pie de la tapia, tras atravesar el lecho enfangado del riacho y arrastrarse por entre una maraña salvaje de arbustos espinosos y enredaderas. Esa noche no había luna, y en la oscuridad extraviaron en un par de ocasiones la trocha casi invisible que discurría por entre los matorrales. El Niño estaba cada vez de peor humor. El muro no era tan alto como se lo esperaban, y pudieron franquearlo ayudándose con el esqueleto de alambre de un colchón que encontraron tirado en la quebrada y cubriendo los cascos de botellas con una esterilla vieja que habían llevado con ellos.

—Hay luz en el patio —observó el Chino, asomándose sobre el canto de la pared.

—El viejo deja la lámpara prendida en la noche. No sé por qué —le respondió el Mudo.

—¿Seguro que ninguna de las ventanas del dormitorio da a este lado?

—Segurísimo. Dan a la calle. De este lado solo caen las del baño y las del otro cuarto.

—¿Se ven las luces de la planta baja desde la calle?

—Coño, no sé. Creo que no. La verdad es que de noche nunca vine.

—¡No joda! ¿Y cómo sabes entonces que de noche deja la luz del patio encendida? —le ladró el Niño.

—Creó que oí que se lo decía a mi cuñado. La verdad no estoy seguro.

—¿La puerta del patio abre hacia dentro o hacia afuera?

—Hacia afuera, me parece. ¿No es lo normal?

—Que peo contigo. No te estoy preguntando lo que te parece. ¿Hacia afuera o hacia adentro?

—Estoy seguro que abre hacia afuera, Niño. Segurísimo.

—Te has lucido Mudo. Arrechísimo el trabajo de inteligencia que hiciste. Me quito el sombrero.

El Niño fue el último en pasar.

Al final resultó que la reja del patio abría, efectivamente, hacia fuera. Punto para el Mudo, quien a continuación rebuscó detrás de los materos hasta dar con un pedazo de alambre curvado. Lo introdujo entre la puerta y el marco, y al segundo intento logró enganchar el resbalón de la cerradura, y bastó una buen jalada para que la puerta se abriera.

Absurdamente fácil.

Por fin se encontraron dentro de la oscuridad de la casa; pasaron el lavadero y un cuartito lleno de trastes y entraron a la cocina.

—¿Trajiste la linterna, Mudo?

—Pero no me habías dicho que la trajera… —farfulló, confuso.

—Qué bolas. ¿Hay que decirte todo? Tú eres el que conoce esta mierda.

—¡Coño! Cállense…

—¿Prendo la luz?

—Que te esperes. Párate ahí…

El Niño se sacó del bolsillo del pantalón unas bridas de plástico, y se las puso en la mano al Mudo.

—¿Y esto? —susurró.

—Para que termines el trabajo. Ahora subes donde el viejo, y lo convences de que se esté quietecito y callado. Manos y pies se los sujetas con esto; quiero suponer que sabes cómo se usan. Para amordazarlo, cualquier trapo que encuentres te sirve. Le avisas que si se comporta bien nos vamos rápido, y que no le va a pasar nada.

—Pero, ¿yo sólo?

—Tú eres el baquiano que se conoce la casa. Tampoco voy a mandar al Chinito, que está medio ciego, a dar trompicones en la oscuridad, y por supuesto, ni pienses que voy a hacerlo yo. Y para someter al vejestorio, supongo que con que vaya uno alcanza y sobra.

—¡Pero me va a reconocer! ¡A ti y al Chino no los ha visto nunca!

—Ese es tu problema, Mudito. Nosotros tenemos trabajo aquí abajo. Confío en tu talento para que no te dejes ver la cara por el abuelo. ¿No dijiste que está medio ciego? Pues eso. Y por favor, procura no matarlo, que tampoco es la idea. Traes algún arma, supongo.

—Solo la navaja…

—Más que suficiente.

—¡Pero ustedes cargan hierros!

—Exacto. Nosotros somos gente grande. Ya deja de perder el tiempo y procede de una vez.

A regañadientes se fue escalera arriba. Entretanto, el Chino, que pese a lo dicho era un gato para orientarse a oscuras, ya se había lanzado a explorar la planta baja.

El Niño prendió un Belmont y esperó que se consumiera hasta la mitad antes de encender la luz. Lo que vio no lo impresionó: una cocina muy limpia y decorosa, ordenada con precisión maníaca, pero equipada a la antigua. Lo más moderno allí era el refrigerador de dos puertas, y aun así era un modelo de hacía por lo menos quince años.

Ya el otro regresaba.

—Y bien Chinito. ¿Qué te parece?

—Coño, que el Mudito nos ha jodido bien jodidos. Jodidísimos. Pura mierda es lo que hay aquí. El televisor es un armatoste inmenso, de tubo. Hay un pickup parecido al que tenía una tía mía, de aguja. Un montón de discos de vinilo, como más de cuatrocientos o quinientos. ¡De vinilo! Ni un puto cedé… Muchos pañitos tejidos, espejos, figuritas de cerámica, cuadritos con paisajes, retratos en marcos para regalar. Podríamos montarnos un tarantín para vender marquitos. En el comedor hay un reloj de pared inmenso. Libros también, cantidad. Lo único más o menos nuevo es el decodificador del satélite, y ni tanto. Esta es la propia casa de la abuelita.

—¿Esos discos no valdrán algo? He oído que se han puesto de moda.

—Pssssss. Para un museo, quizás. Y habría que llevarse muchos para sacar alguito. Tenemos que revisar a ver si hay cubertería de plata, o algo por el estilo. Un viejo que vive solo no tendrá más joyería que un reloj, un pisa corbatas y quizás unas mancuernas. Lo que sí te puedo jurar es que este carajo no es rico ni de vaina. Seguro que vive de una pensión. Si conseguimos alguito de efectivo podemos darnos con una piedra en los dientes.

—¿Y el viejo no tendrá una caja fuerte, o algo así?

—La verdad no creo. No recuerdo que el Mudo haya dicho algo al respecto.

—¿Y el auto?

—No faltaba más, el garaje está vacío. Será que el viejito lo llevó al taller. O a lo mejor ni existe: al Mudo yo ya no le creo nada. ¿No ha bajado todavía?

—Todavía.

—Esperó que no esté cagándola. ¿Subimos?

—No. Vamos a dejar que se las arregle solo un rato más, pa’ que coja mínimo.

Mientras el chino se ponía a registrar los muebles, abriendo y cerrando cajones y puertas, el Niño hacía uso de su prerrogativa de líder dedicándose a contemplar las mil y una fotografías amarillentas que había en un aparador. Un mismo rostro se repetía en multitud de ellas, en diversidad de circunstancias e indumentarias; en muchas aparecía en compañía de una mujer de rasgos acusados, muy blanca y bella a su manera particular. En unas pocas imágenes relativamente recientes aquel rostro aparecía solo, con gesto hosco. En todas, excepto en las más antiguas, era constante la presencia del velo blanco sobre la pupila izquierda.

—¡Chino! El carajo como que fue milico. Aquí aparece de uniforme, junto a unos nazis, como esos que salen en las películas.

—No creo. Esa guerra fue el siglo pasado, como hace 100 años. Será el papá o el abuelo.

—Pues en casi todas las fotos aparece el mismo personaje. Yo en las caras no me equivoco. En las de la guerra luce carajito. ¡Coño! El abuelo ese es altísimo. Debe medir como dos metros.

—¿Y el Mudo no dijo que era español? ¿Qué hacía en la guerra con los nazis?

—Ahí la verdad es que no sé.

—Será, entonces. Si fue milico a lo mejor aún tiene algún arma en la casa. ¡Coño! A lo mejor como que fue mala idea mandar solo al Mudo.

—Sí te gusta montarte películas, Chinito.

—Bueno, tiros no se han oído aún. Ahorita vemos si hay un arma en alguna parte. ¡No joda! Al fin algo bueno.

Se había acuclillado frente a un mueblecito de madera oscura, bajo y panzudo, de tres cuerpos. El Niño oyó entrechocar de vidrios, y cuando el Chino se incorporó, vio que traía en las manos una botella y dos vasitos de cristal fino.

—Se ve que al vejete le gusta lo bueno. Hay whiskey, brandy, vodka, ron, tequila y no sé cuántas cosas más. Vacílate esto: Johnnie Walker Blue Label. Etiqueta azul. ¡Nada menos! ¿Qué tal? Ya con esto la nochecita no está pérdida del todo, a pesar del Mudito.

—Yo solo conozco el etiqueta negra —replicó el Niño, procurando aparentar indiferencia. La suficiencia de su colega comenzaba a fastidiarlo.

—Este es 21 años —y sirvió con generosidad, llenando los vasitos casi hasta el borde. Se repantingaron en dos butacas para ponerse a beber y fumar con tranquilidad.

Desde el piso de arriba les llegó ruido de golpes, crujido de madera al quebrarse, vidrios rotos, gemidos sofocados y luego el sonido blando de un cuerpo al caer.

—¿Subimos, jefe? Al muchacho se le debe haber complicado la cosa.

—No. Que se las arregle. Y si a ver vamos, tampoco ha pedido ayuda. No me gusta mucho el whiskey caliente: mira a ver si hay hielo en la nevera.

—No faltaba más.

No se habían terminado el segundo trago cuando oyeron que alguien bajaba tambaleándose por la escalera. Los dos se pusieron de pie de un salto y el Niño se llevó la mano a la culata de la Glock.

—Pero qué coño…

 

III

 

Apareció al Mudo tambaleándose por los peldaños, aunque apenas lo reconocieron. Daba pena y miedo: estaba pálido, desencajado, con el pelo alborotado y los ojos fuera de las orbitas. Traía la pechera de la franela Adidas rasgada y empapada de sangre y vómito; los antebrazos rojos, al igual que las manos, y sostenía en la izquierda la navaja pringosa. Murmuró algo incomprensible y pareció a punto desmayarse. En el lugar de la pared donde se apoyó dejó dibujada la huella sanguinolenta de los dedos.

Al fin le salieron las palabras.

—No logro matar a ese viejo, Niño. No hay forma: no logro matarlo. Te lo juro por mi madrecita santa —y se dejó caer en el último escalón, rompiendo a llorar.

Se quedaron helados durante unos segundos que les parecieron horas. El primero en reaccionar fue el Chino: se arrodillo junto al Mudo y tras un somero examen comprobó que no tenía heridas en los brazos ni en el pecho, así que toda aquella sangre era ajena. Para su pesar también comprobó que el Mudo apestaba, pues literalmente se había cagado en los pantalones.

—Esta sangre no es de él. ¡Epa Mudo! —le gritó, sacudiéndolo por los hombros— ¡Deja la lloradera! ¿Qué carajo pasó?

—No se muere… —siguió farfullando.

El Niño no se aguantó más: lo agarró por los cabellos y le plantó una ruidosa bofetada en la cara.

—¡Vamos coño! ¿Qué cagada hiciste, pedazo de mierda? —le gritó—. ¿No te dije que no mataras al viejo? ¿En qué pendejada estabas pensando? —pero el único efecto notorio de este estallido fue que el llanto del Mudo se hiciera histérico.

—Mejor déjalo para que se sosiegue —intervino el otro—. Deberíamos subir a ver qué carajo pasó…

—¿Y tú ahora eres el que da las órdenes? —lo cortó en seco.

—No te pongas así, Niño. Este carajito no está en condiciones de decir nada, y si vamos arriba nos enteramos. Estamos perdiendo el tiempo, y yo lo que quiero es largarme de aquí de una vez.

—Carajito una mierda. Un pobre mamagüevo es lo que es.

Subieron. Al final de un corto corredor una puerta entreabierta derramaba un triángulo de luz sobre el parqué manchado de sangre. Ya en el umbral, vieron un vómito y también que las ventanas estaban abiertas de par en par. El Chino se precipitó a correr las cortinas, y luego atisbó la calle por entre ellas.

—La calle está quieta y no veo luces prendidas. Las casas de enfrente son de una planta, así que no creo que nadie haya visto nada.

—Será de puro milagro, pues el güevón ese lo ha hecho todo para jodernos. ¡Mira tamaña mierda! ¡Cabrón, hijo de…!

Había una silla rota, una lámpara volcada y astillas de espejo por todas partes. Sobre la mesita de noche, unos anteojos y una dentadura postiza partida y aplastada. El cuerpo del viejo yacía de costado en el suelo, cerca de la cabecera de la cama matrimonial, en medio de una charca formada por su propia sangre. Estaba descalzo y vestía un pijama azul a rayas, de manga corta: los brazos macilentos y las piernas encogidas, descarnadas y larguísimas, remedaban las patas de una araña. En uno de los pies le faltaban tres dedos y de la muñeca derecha le colgaba la famosa brida de plástico. Un ancho tajo le había abierto el cuello desde el esternón hasta la oreja, y la camisa desabotonada le descubría no menos de una decena de heridas en el pecho esquelético y en el abdomen. Por una de ellas, en el bajo vientre, se asomaba la aglomeración rosada de los intestinos. La pupila muerta del ojo izquierdo parecía observarlos.

El Chino se acuclilló al lado del cadáver.

—¡Coño! —exclamó—. ¡Qué masacre! Este amigo está más muerto que Julio César… El Mudito de verdad se pasó de maraca.

—Pues qué joder, este al menos ya no nos va a echar vaina. Se lo anotamos a la cuenta del hijo de puta del Mudo. Esta mierda se jodió, así que vamos a ver qué agarramos rápido y nos vamos pa`l carajo.

Hallaron en la gaveta de la mesa de noche un reloj Casio digital ordinario, un aro matrimonial de oro y la billetera: en esta no había más que cinco o seis billetes de a cien y un par de tarjetas de crédito. Tras hurgar en los cajones de la cómoda dieron con otro reloj, un Mulco con la correa rota, y una mancuerna huérfana. El recorrido que después hizo cada cual por su lado en las otras habitaciones de la planta alta resultó igual de decepcionante. El Chino encontró en el baño un frasco de Pino Silvestre casi nuevo y una afeitadora eléctrica. No habían pasado cinco minutos y ya estaban los dos de regreso en el dormitorio principal.

—¿Encontraste algo que valiera la pena?

—Qué va… Solo esto.

—Ya pareces un ratero, Chinito. ¿Qué piensa hacer con esa mierda?

—Pura pérdida, la verdad. Me hubiera quedado durmiendo —y de pronto gritó—: ¡Jesús, María y José! ¡El muerto se movió!

—¿Cómo que se movió? —se sobresaltó el Niño.

—¿No ves? ¡Estiró los brazos!

—¡Mierda! ¿Cómo que estiró los brazos? ¡Está igual que cuando salimos! Ahora resulta que también eres otro pobre pajudo…

El Chino pareció dudar.

—¡Mierda! Hubiera jurado que antes tenía los brazos encogidos.

—Ya deja la pendejada y vámonos pa’lcoño.

Bajaron, y lo primero que los alarmó fue no ver al Mudo.

—¡Carajo! A ver si le dio por largarse él solo…

Pero lo encontraron embutido en una esquina, entre el seibó y la pared, temblando y murmurando incoherencias.

—Ahora sí la terminamos de cagar —dijo el Niño, asqueado—. Lo único que nos falta es tener que llevarnos cargado a ese pobre güevón. Venga, Chino, terminemos de una vez y ahorita resolvemos con el carajito.

A la derecha del comedor dieron con una puerta que no habían visto antes, y que resultó ser la de un despacho, excepcionalmente pulcro y ordenado como todo el resto de la casa. Las paredes estaban cubiertas de fotografías y diplomas y sobre el escritorio de caoba vieron una añeja máquina de escribir Olivetti Lettera; en las gavetas de este hallaron tres libretas de ahorro (las tres con saldos decepcionantemente bajos y poquísimos movimientos) y una chequera en la que quedaban apenas cuatro o cinco cheques. Pero les interesó mucho más un pesado armario de madera lustrosa, cerrado con llave, ubicado a espaldas del escritorio.

—No tendrá caja fuerte, pero esto promete. ¡Fíjate qué cerradura! Mira a ver si está por ahí la llave.

—Pues no la encuentro.

—Entonces necesitamos algo para reventarla. En algún lado debe haber una caja de herramientas o algo así.

—En el lavadero vi una.

La tarea resultó más complicada de lo que se esperaban, pues la puerta resultó ser de madera maciza, la cerradura sólida y las herramientas pocas y en pésimas condiciones. Estaban acometiendo las bisagras con un destornillador cuando los sobresaltó el ruido de la caída de algo pesado en el piso de arriba.

—¿Y eso? —preguntó el Niño.

—Ni idea.

—Anda a ver qué fue.

—¿Será que al Mudo se le ocurrió subir?

—No lo creo, pero igual anda y mira.

—Mi compadre, mejor vamos los dos. A lo mejor no es nada.

—Yo no soy compadre tuyo, marico del coño. Tú también sí jodes. Voy yo solo, pero termina de romper esa mierda de una vez para largarnos.

En la sala, el Niño vio que el Mudo seguía lloriqueando, exactamente en el mismo lugar donde lo habían dejado antes, y le escupió entre dientes una mentada. Asco le daba ver llorar a un hombre, y en verdad le provocaba entrarle a patadas para que aprendiera a comportarse como un machito. Y al Chino, que era otro miedoso de mierda, otro tanto igual.

De todas formas, antes de subir el primer peldaño, se sacó la pistola del cinturón y comprobó que el peine estuviera completo.

 

IV

 

Arriba, todo parecía tranquilo. De nuevo vio el triángulo de luz sobre el suelo ensangrentado. ¿Había más sangre en el corredor ahora? Así le parecía, pero seguro que el Chino o quizás él mismo se habían manchado los pies sin darse cuenta, y habían provocado ese estropicio.

Ni a palos. El rastro de sangre iba de la habitación al baño. ¿La puerta del baño no la habían dejado cerrada antes? Y ahora también la luz de allí estaba encendida.

Sintió frío en la espalda.

Un par de pasos más, y se encontró en el triángulo de luz, justo frente a la puerta de la habitación. Y tal y como se lo había temido, el cuerpo del viejo ya no estaba junto a la cabecera de la cama.

Ni junto a la cabecera de la cama, ni en el cuarto siquiera. Las huellas de manos ensangrentadas progresaban hasta la puerta, dejando atrás una pista carmesí; luego, en el corto pasillo que mediaba hasta la puerta del baño, aquellos rastros subían por la pared. La puerta del baño resultó no estar realmente abierta, sino apenas entornada, y por la rendija salía la luz. La empujó con reticente cautela.

El viejo estaba allí, parado junto al lavamanos, como esperándolo. Altísimo, pálido, con un cuajarón de sangre cubriéndole la parte derecha de la cara y con la masa de intestinos rosados que le salía de la herida del bajo vientre colgándole sobre el pantalón del pijama azul a rayas. Pero lo peor de todo era que la pupila velada del ojo izquierdo parecía mirarlo con fijeza, mientras la boca desdentada se abría y cerraba sin emitir ningún sonido.

Se echó para atrás, horrorizado, y alzó la mano que llevaba la pistola. Solo en el último momento alcanzó a contener el pánico que lo atragantaba y no llegó a apretar el gatillo.

«Es solo un viejo de mierda, y el güevón del Chino se equivocó como el pendejo que es cuando dijo que estaba muerto. Esa es toda la historia» —caviló.

Pero ese viejo ahora le había visto la cara, y peor aún, seguía haciéndolo. Era cuestión de ser práctico, nada más: no podía dejarlo así. Pero ciertamente no podía resolverlo a tiros, a menos que quisiera despertar a toda la cuadra. Entonces vio que al lado del inodoro había un revistero, y que en este se encontraban varias bolsas plásticas cuidadosamente plegadas. Pues tendría que servir.

—La verdad, lo siento por usted, señor —se disculpó—. Le juro que no era mi intención perjudicarlo ni que esto terminara así —y le asesto un culatazo seco en la cabeza. Sin un quejido, el anciano cayó de rodillas. Entonces procedió a asfixiarlo metiéndole la cabeza dentro de una de las bolsas plásticas.

El viejo se debatió débilmente durante unos pocos minutos, que se le hicieron interminables. Al fin cesaron los estremecimientos y el Niño sintió que el cuerpo se volvía blando y pesado como un saco de arena. Lo dejó desmoronarse hasta el piso, justo en el momento en que empezaba a sentir náuseas. A pesar del malestar, todavía conservó el aplomo suficiente de verificar que el viejo ya ni respiraba ni tenía pulso.

—¡Coño! Esto se acabó.

Lo que le urgía de verdad era largarse de una vez de esa puta casa.

Mientras bajaba las escaleras sintió que las piernas le temblaban, cosa que jamás le había pasado antes. Al regresar al despacho vio que el Chino finalmente había logrado despanzurrar el armario y se dedicaba a esculcar con fiereza su contenido. Contenido consistente, por lo que se veía, esencialmente de carpetas y papeles; mala cosa. También advirtió que no había sido esa la única ocupación de su socio: la botella de Blue Label de alguna manera se había trasportado desde el saloncito hasta el escritorio, y era más que notoria la merma de su contenido. En realidad, estaba prácticamente vacía.

—¿Todo bien, Niño? ¿Descubriste qué fue lo que sonó allá arriba?

—Todo arrechísimo por allá arriba, Chino. Solo que tuve que volver a matar al viejo que me aseguraste que estaba bien muerto, pedazo de marico.

—¡Júramelo! ¿Cómo así?

—Como suena, cabrón. Si hasta llegó a salirse del cuarto. Ahora el muerto sí lo está de verdad.

—Bueno, un error lo comete cualquiera.

—Coño, claro. Estoy chingo por irme al carajo. ¿En esa vaina hay por fin algo que valga o no?

—Nanai. O, mejor dicho, sí: unas pocas monedas de colección de Caciques de Venezuela, que encontré envueltas en una media. Supongo que algo valdrán. Lo demás es puro papel. El vejete por lo visto estaba escribiendo una historia, una novela, o algo por ese estilo. Hay como un millón de páginas escritas a mano, y otro montón pasadas a máquina. Supongo que a eso dedicaba su tiempo.

—Qué joder. La verdad ya no me interesa. Agarra lo que haya y vámonos. Todavía tenemos que resolver con el Mudo, que me parece debe aún seguir lloriqueando en el rincón. La verdad no tengo ganas de cargarlo por el monte.

—Pues salgamos por la puerta de enfrente.

—Claro, pendejo. ¿Tú te volviste loco, o qué? El Camaro lo dejamos cerca de la entrada de la quebrada. Desfilando hasta allá seguro alguien nos va a ver. Y aquí las cosas pasaron a mayores hace rato.

En eso sonó en el piso de arriba el crepitar de vidrios rotos y un portazo. Peor aún, a continuación, se oyeron ¿pasos? ¿Unos pies arrastrándose?

Los dos se sobresaltaron.

—¿Y eso ahora qué fue?

—El viento habrá hecho que se golpee una puerta… —respondió el Chino, no muy convencido.

—¿Qué viento, güevón? Si todo está cerrado. ¿Y tú has oído que el viento camine? Debe haber alguien más arriba.

—¿Y tú no me acabas de decir que terminaste de matar al viejo? Va a resultar ahora que resucitó y anda paseando.

—Será que hay otra persona.

—Pues anda y mira a ver.

—¡Coño! Como que ya es tu turno. Mi parte de trabajo sucio ya la cumplí.

—¡Verga, Niño! ¿Y ahora se te aguó el guarapo?

—Vuelve a repetir eso y te jodo. Te lo juro por mi madrecita. El que tiene buena voz no manda a cantar a otro, así que muévete.

—Pues entonces vamos los dos, damos una batida completa de la planta alta, y salimos de dudas.

Al Niño no terminó de agradarle esta oferta, pero la verdad es que era razonable y le tocó conformarse.

Subieron las escaleras con las armas en la mano. El Chino fue el primero en llegar arriba, espoleado por el valor que comenzaba a infundirle la media botella de Johnny Walker que había trasegado.

—¿Dónde dices que dejaste al viejo?

—Lo encontré en el baño y ahí lo dejé.

—Esa será la puerta que se cerró entonces.

—Imposible. El carajo es demasiado alto, y las piernas quedaron atravesadas.

—Coño, que ahora está cerrada. Ven y mira.

Efectivamente, estaba cerrada.

—Chinito, mejor nos vamos —el Niño parecía había perdido de golpe toda su compostura.

—Pues si ya llegamos hasta aquí…

Giró el pomo de la puerta y la hoja retrocedió: vieron el espejo hecho añicos y el suelo sembrado de cristales. Y, también, que el supuesto cadáver ya no se hallaba en ese lugar.

—¿Seguro que esta vez sí estaba muerto?

El Niño había empalidecido y sudaba copiosamente.

—Chino… seguro que lo estaba. Te lo juro por…

—Mejor que no sigas jurando, Niño —lo interrumpió—. Los muertos, que yo sepa, no caminan. Tenemos que encontrarlo.

—¿Cómo que tenemos que encontrarlo? ¿Para qué? Vámonos ya de esta puta mierda.

—Niño, dejémonos de historias. Este es solo un viejo al que no hemos sabido matar. Nos ha visto a los tres, si amanece vivo nos va a denunciar, y en lo que agarren al Mudo nos consiguen fácil a nosotros…

—Ya lo matamos dos veces. Tenía todo el tripero afuera. Esto no es normal, Chinito…

—Pues lo vamos a matar las veces que sea necesario, hasta que se quede así, muerto. No nos cruzamos con él en las escaleras, así que debe seguir aquí arriba. Pura lógica. Vamos a mirar otra vez en la habitación principal, y luego en el resto del piso.

El Niño prefirió no responder. Parecía estar a punto de echarse a llorar, y eso era más de lo que estaba dispuesto a soportarle el Chino.

Por supuesto, en el dormitorio del anciano no encontraron nada, a pesar de que el Chino llevó su celo al extremo de mirar dentro del closet e incluso debajo de la cama. En esa planta quedaban aún otras dos habitaciones: una que quizás fungiera de cuarto de huéspedes (¿tendría alguna vez huéspedes el viejo?) y otra llena de trastos y muebles derrengados. El cuarto de huéspedes estaba vacío; la puerta del cuarto trastero la encontraron cerrada con llave.

—Como que ya lo encontramos…

—¿Este cuarto no estaba cerrado antes?

—Qué va… yo mismo lo revisé. Está lleno de peroles y muebles viejos.

—Entonces dejémoslo que se quede ahí. Es un viejo y está muy jodido. No llega a la mañana, seguro.

—Tú lo que estás es loco. Vamos a terminar con esto de una vez. Busca cómo abrir esa puerta.

—¿Acaso tú tienes la llave? Yo no.

—Podemos forzar la cerradura.

—Habría que buscar la herramienta abajo. Pero te juro que si bajo, no vuelvo a subir.

—Pues la echamos abajo y ya.

No resultó nada fácil: no se trataba de una puerta chapucera hecha con láminas vaporosas de contrachapado, sino de pura madera sólida. Lograron astillarla tras muchos empellones y patadas.

—¡Venga! ¡Una más! ¡A la vez! —aupó el Chino.

La tabla cedió de golpe y casi se fueron los dos al suelo de bruces.

Allí no había nadie.

—¿Pero qué mierda es esta? ¿Dónde está ese jodido abuelo?

—Chinito, por tu madrecita querida…

—¡Coño! ¡Lo que me faltaba! ¿Ahora tú también lloriqueas? De verdad que el que se acuesta con niños amanece meado. Si no lo encontramos aquí arriba es que aprovechó para bajar cuando andamos despistados revisando el baño y los otros cuartos.

—¿De verdad te piensas que un carajo de como cien años puede hacer eso?

—Está clarísimo que lo hizo. Vamos abajo de una buena vez. ¡Qué joder! Seguro que quiere llegar al teléfono. Y por supuesto, a nadie se le ocurrió desconectarlo.

—Tampoco a ti, Chinito.

 

V

 

Pero el teléfono seguía en su sitio. Por precaución, arrancaron el cable de la pared.

—En la sala no se quedó. La casa no es tan grande, así que aquí nos separamos para terminar más rápido. Yo voy a mirar en el baño, el garaje y la puerta de la calle y tú te encargas del comedor, la cocina y el despacho. Mira también a ver si ubicas al Mudo. Si encuentras al viejo, me avisas. Y no hagas más nada.

—Chinito, no…

—Mueve el culo y no sigas perdiendo el tiempo.

No tardó mucho en cerciorarse que nadie, vivo o muerto, había salido por la puerta principal. Las tres cerraduras estaban pasadas, y dos juegos de llaves se encontraban enganchados en un colgador de madera con flores y pájaros pintados. Al lado de la puerta también había un perchero del que colgaban un impermeable gris, dos paraguas y un pesado bastón con empuñadura de marfil en forma de cabeza de caballo. El bastón le pareció bonito, y decidió quedárselo.

Ya retornaba tras revisar el garaje cuando tres estampidos secos que lo aturdieron e hicieron trepidar las paredes, al tiempo que el aire se saturaba de olor a pólvora.

—¡Hijo de puta! ¿Qué coño hiciste? ¡Ahora sí la terminaste de cagar! —y se precipitó hacia la sala. Pero antes de dar dos pasos lo sacudió una segunda serie de detonaciones, que esta vez le pareció interminable. Los disparos venían, por supuesto, del despacho, y también en ese lugar la peste a pólvora era más viva.

No más entrar vio al Niño con semblante ofuscado, conmocionado y a punto de romper a llorar, aún con la pistola vacía en la mano temblorosa. Había casquillos por todas partes. Al otro lado del escritorio, detrás de la Olivetti, el anciano yacía desplomado sobre el reposabrazos de su silla, con la cabeza colgando hacia la derecha. Tenía un disparo en la frente, otro en el pómulo, otro más en el cuello, uno en el hombro izquierdo y dos en el centro del pecho desnudo, y la superficie lustrosa del armario a espaldas del escritorio se encontraba ahora infamada por una mezcolanza de astillas de hueso, sangre y grumos grisáceos de tejido cerebral. Pero la pupila velada de blanco había salido indemne, e insistía en seguir observándolos. El Niño le había vaciado el cargador completo de su hierro al viejo, y a menos de dos metros de distancia había acertado seis tiros de diecisiete; los demás se habían repartido generosamente entre las paredes y el mobiliario.

—¡So cabrón, qué coño has hecho! —le gritó el Chino, encolerizado.

—No se muere, Chinito. No logro matarlo —tartamudeó el otro.

—¡Muerto está, pedazo de mamarracho! ¡Bien muerto! ¿No lo ves, hijo de puta? ¡Y ahora nos jodiste a todos! ¿Cuánto crees que va a tardar en aparecer la policía? ¡De remate, este cuarto da para la calle, mamón!

Y en efecto, la noche había dejado de ser silenciosa. Parecía que todos los perros de la cuadra habían comenzado a ladrar al unísono, se oían gritos, chillaba una alarma y a través de la cortina se veía que todas las casas de la acera de enfrente se habían iluminado. Pero el Niño no acababa de reaccionar, y seguía contemplando al viejo como hipnotizado; el Chino se vio obligado a agarrarlo de los hombros y sacudirlo.

—¡Coño, muévete, carajo! ¡Ponte las pilas o me largo yo solo, y tú te las arreglas como puedas con el güevón del Mudo!

Finalmente volvió en sí. O al menos en parte, ya que seguía pareciendo un guiñapo sin voluntad. Al Mudo lo encontraron aún en estado de shock en el mismo hueco entre el seibó y la esquina donde lo habían dejado antes, y a duras penas lograron hacerlo ponerse de pie.

Olía asqueroso y no paraba de sollozar

—¡Camina, hijo de puta!

Tuvieron que llevarlo casi cargado entre los dos; se la iban a ver negras para hacerlo pasar la tapia si no lograban que reaccionara.

—¡Venga! Si llegamos a la quebrada, no nos consiguen. ¡Apúrate! ¿Te fijaste si había una escalera o algo así en el patio?

—No vi nada, Chinito, te lo juro por mi madrecita —gimoteó el Niño.

—Esto me pasa por juntarme con un par de cabrones de mierda. ¿Dónde carajo está esa puta salida? Si el Mudo no reacciona te juro que lo voy a reventar a patadas…

Esta amenaza pareció por fin rasgar la niebla dentro de la cabeza del aludido, quien comenzó a caminar (o más bien a tambalearse) por su cuenta. Fue en ese momento cuando oyeron repicar largamente el timbre de la entrada.

Pasaron por el cuarto de los trastos y el lavadero. Entonces el Chino descubrió que la puerta de hierro que los separaba de la libertad estaba atrancada… y que la manilla de la maldita cerradura no funcionaba. En otras palabras, se encontraban encerrados dentro de aquella condenada casa, ya que por la puerta de enfrente no se podía ni pretender huir.

—¡Coño su madre! ¡La puta que los parió a ustedes dos! ¿A quién carajo se le ocurrió cerrar esta mierda? ¿Fuiste tú, Niño? Pues ahora necesitamos la puta llave. ¡Ayúdame a encontrarla, coño! ¡Pero muévete maricón! ¿Qué carajo estás haciendo? ¿No me oyes?

En lugar de ayudarlo a buscar la llave que los liberaría, el Niño, con el rostro desencajado, se había apoyado de espaldas contra la puerta como si no pudiera mantenerse en pie, resbalando luego hasta quedar sentado en el suelo. Al mismo tiempo, el Mudo, que había vuelto en sí a medias, dio un grito y se desplomó junto a él, tapándose los ojos con las manos.

—¡Pedazos de mierda! ¿Qué hacen? ¡Nos van a joder a los tres si nos encuentran aquí, coño!

El Niño levantó la mano y señaló hacia el interior de la casa, antes de responderle con un hilo voz:

—Chinito, ahí viene de nuevo. ¿No lo ves? Perdóname, pero es que no hay manera de matarlo. Te lo juro por mi madrecita.

 


 

Javier Garrido Boquete. (Caracas, 1964). Médico graduado en la UCV, Pediatra e Intensivista Pediatra. Actualmente residenciado en Nueva Esparta. Primer Premio del II Concurso de Narrativa «Miguel de Unamuno» del ICIV. Cuento: Máscaras. (1989). II Premio del VIII Concurso de Cuentos «Lola de Fuenmayor». Cuento: Problema digestivo. (1989). II Premio del IX Concurso de Cuentos «Lola de Fuenmayor». Cuento: Lectura interrumpida (1990). Primer Premio, mención Narrativa, en el Primer Concurso Literario «Simón Bolívar» (Juan Griego). Libro de cuentos Viernes (1990). Primer Premio, mención Narrativa, en el Concurso Literario de FONDENE (Nueva Esparta). Libro de cuentos: La muñeca descalza (1991). Ganador en Mención Narrativa del Concurso Municipal de Literatura de la Alcaldía de Porlamar. Libro de cuentos: Invitación a la danza (1992). Mención en el II Concurso de Cuentos «Salvador Garmendia» (2007). Publicaciones: Viernes (cuentos). Porlamar, 1992. La muñeca descalza (cuentos). Porlamar, 1993.

🌐 Web del autor: https://esoslibrosqueheleido.blogspot.com/

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Ilustración relato: Foto por Thiago Matos en Pexels [public domain]

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Revista Almiar (Margen Cero™) · PmmC · n.º 112 · septiembre-octubre de 2020

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