relato por
Alberto Díaz Cubeiro

 

I

E

l hombre que fumaba y contemplaba su entorno pasaba las tardes en la acera.

No se paseaba por ella. No miraba escaparates, ni a las mujeres, ni a los hombres, ni a los niños y niñas.

Miraba para todos y a nadie. Lo miraba todo sin mirar nada.

Fumaba un cigarro tras otro mirando a dios sabe dónde.

Cuando el niño regresaba del colegio el hombre continuaba allí. Mirando.

El niño entraba en el portal y saludaba a la portera, corriendo enseguida escaleras arriba. Al llegar al segundo piso se paraba como cada día y picaba el timbre del segundo primera. Y esperaba mirándose los cordones siempre sueltos de sus botines.

Al otro lado de la puerta el sonido de zapatillas que se arrastraban lentamente. Al rato se abría la puerta y allí estaba el anciano. Vencido por la gravedad de cintura para arriba. El Sr. Paco se apoyaba en un corto bastón y la cabeza quedaba a la misma altura que la cintura. En una reverencia forzada por los años.

Ya fuera verano o invierno, siempre en calzoncillos ya acartonados y con olor a orines secos.

El niño sonreía al anciano. El Sr. Paco sonreía al pequeño.

Las sonrisas se contemplaban durante largos segundos.

La mirada del Sr. Paco siempre acababa por humedecerse. El niño se despedía con el rostro radiante. Y continuaba su carrera hasta el quinto segunda donde vivía con su madre.

El Sr. Paco permanecía aún unos segundos con la puerta abierta, hasta que la tímida lágrima acababa de caer. Entonces cerraba la puerta con esfuerzo y se encaminaba muy lentamente con el arrastrar de zapatillas y el corto bastón hasta su sillón de escay ya casi pelado del todo.

No tenía televisor. El sillón pelado en medio del reducido salón estaba encarado a la pared sin ventana donde solo había un cuadro. Un retrato mal pintado por algún artista callejero desde el que sonreía su difunta esposa cuando ésta era aún una chiquilla pecosa.

El niño cuando llegaba a su puerta apoyaba las manos sobre sus rodillas adoptando una postura parecida a la del anciano y tomaba aire. Luego tocaba el timbre de una manera nerviosa, presurosa y escandalosa.

Al abrirse la puerta el niño entraba como un caballo en una chatarrería.

La madre no se inmutaba. El rostro hinchado de dormir y de la resaca. El pelo recogido en una redecilla y embadurnado de tinte.

Sin soltar el cigarrillo de los gruesos y operados labios le indicó con un gesto la cocina. Allí sobre el mármol y en medio de los platos sin fregar de la noche anterior había un generoso bocadillo de fuagrás.

II

El niño merienda el bocadillo de fuagrás sentado en el taburete de madera en la cocina. Contempla el patio de luces.

Una exposición de blancas sábanas, toallas, ropa variada y de multitud de colores colgando a distintas alturas enfrentándose unas con otras.

Observa con especial atención los diferentes calzoncillos y bragas colgados aquí y allá. Jugando a adivinar quién será el dueño o dueña de cada uno de ellos. Por los estampados, por tamaños, por lo anticuado o moderno.

Piensa en su propia ropa. En cada prenda en particular. La historia de cada camiseta o camisa, de donde compraron aquél pantalón o aquellos calzoncillos negros que tanto le gustan. Intenta rememorar correrías puntuales llevando ese jersey o esa camiseta.

Y observando la ropa tendida, entiende que cada sujeto tiene y vive sus propias circunstancias, sus recuerdos personales y vivencias.

El niño se pasa las horas fantaseando y divagando.

Su madre pasa esas mismas horas tumbada en el sofá de la salita de estar desde donde se oyen los gritos de los tertulianos de corazón. El cenicero a rebosar de colillas de ducados.

Fuma uno tras otro y esa tos fea, seca y decrepita no le quita las ganas.
Hace ya algo más de un año que no trabaja y con el paro y lo de su ex va saliendo.

El niño rara vez hace los deberes. Alguna vez los de dibujo o los de matemáticas (lo que tiene desconcertado al equipo de profesores)

El niño acumula en su macuto unas cuantas notas informativas de los profes pendientes de ser firmadas por sus padres.

Pero el niño y la madre casi no hablan.

Nunca hay discusiones.

Simplemente no hablan.

III

El niño pasa tardes enteras en el terrado de su edificio.

Rodeado de tebeos, láminas, lápices de colores y libretas.

Allí sentado en el bordillo y apoyado en la pared devora tebeos de Asterix y de Tintín.

Dibuja sus propios tebeos y deja volar su insaciable imaginación.

Busca inspiración para la siguiente viñeta observando las líneas imaginarias que los pájaros dibujan en el cielo grisáceo y plomizo de otoño

El niño quiere a su madre a su manera. La relación con ella se basa en lo doméstico, en lo cotidiano. En las rutinas.

Las tardes en el terrado son su refugio y allí sentado con sus cosas es feliz.

 


 

📧  Contactar con el autor: albertocubeiro_8 [at] hotmail [dot] com

👉 Leer otro relato de este autor (en Almiar):
El niño que fue no lo sabía

Ilustración relato: Fotomontaje realizado con un dibujo remitido por el autor y una fotografía por Pedro Martínez – Derechos reservados por sus autores

biblioteca relato Sin título

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · PmmC · n.º 111 · julio-agosto de 2020

Lecturas de esta página: 53

Siguiente publicación
De repente, en mitad de la noche se oyó un…