relato por
Javier Úbeda Ibáñez y Jorge Cervera Rebullida
L
levo tres meses recluida en el piso de una asociación que protege y defiende a las mujeres maltratadas, ya que, por desgracia, yo he sido y soy una mujer maltratada. Comparto aquí una habitación con mi hijo, Israel, de siete años.
Aún no me creo que pueda estar escribiendo mi historia. Respiro hondo, y me alegro de estar viva. Lo más importante: aún lo puedo contar. ¿Hasta cuándo? No lo sé.
Mi verdugo anda todavía cerca, no se rinde. Me da igual. Por fin no compartimos el mismo aire, y ya no me golpea ni me machaca psicológicamente. Hace años que no lo reconocía, que me acostaba con un desconocido, con mi peor enemigo. Solo deseaba separarme de él, pero no me dejaba; me consideraba su pertenencia, algo suyo y sin entidad propia.
He sufrido lo indescriptible, pero logré escapar, lo conseguí. Él, que se encargó durante años de mantenerme alejada del mundo y de cualquier esperanza, pensó que no sería capaz de irme jamás de su lado.
Quiero echar la vista atrás por última vez, y arrastrar mi pasado hasta mi presente y, desde aquí, desde mi libertad, echarlo a los escombros; meterlo en el cajón del olvido, para que deje de atemorizarme y de hacerme daño. No sé si seré capaz, pero voy a intentarlo. Remover el pasado me trastorna, pero necesito sanar todas las heridas que me dejó.
Siendo bastante joven me enamoré de un monstruo disfrazado de encantador de serpientes. Los dos habíamos dejado nuestros pueblos para estudiar en la ciudad. Lo conocí allí, cuando tenía veinte años.
En una fiesta de un caluroso mes de marzo nos vimos por primera vez. Carlos, siendo ya novios, me confesó que nada más verme se había enamorado, y que desde ese preciso instante se juró conquistarme, y se dijo que sería para siempre suya.
Él tenía veintitrés años, y era un joven apuesto, de llamativos ojos verdes y rostro angelical. Cursaba el último año de Derecho, y parecía tenerlo prácticamente todo en la vida. A mí me pareció un chico muy simpático, además de guapísimo, pero nada más.
Al acabar la noche ya sabíamos todo lo que se puede saber de una persona en una primera cita. Yo estaba con mis amigas y él con los suyos, pero pasadas unas horas nos fuimos solos a la playa, a pasear y a hablar. Nos despedimos a las siete de la mañana con un abrazo, un beso sin compromisos —por mi parte— y un número de teléfono.
Mi vida era bastante monótona, pero era la que me gustaba llevar: de casa a la Universidad y de ésta a casa, y los fines de semana de vuelta al pueblo.
Durante un corto periodo de tiempo y debido a los exámenes del segundo cuatrimestre, dejé de salir con mis amigas. Carlos sí que salió, y me buscó continuamente.
Transcurridos dos meses de nuestro primer encuentro, una tarde, Carlos me telefoneó para invitarme a cenar. Le dije que me era imposible, que tenía que estudiar. Pero insistió, semana tras semana, hasta que accedí a cenar una noche con él. Mis amigas me decían que no entendían cómo me atrevía a rechazar una invitación de Carlos. Las tenía hechizadas.
La velada fue agradable. Carlos parecía educado, atento, sensible y divertido; lo pasé bastante bien.
Después de la cena continuó llamándome, y salimos en alguna que otra ocasión más, pero yo ya estaba centrada en los exámenes finales, y no quería que nada me distrajera. Carlos aparcó las llamadas de teléfono para invitarme a salir, pero siguió con su táctica de acercamiento utilizando otros métodos: durante los dos meses que estuvimos sin vernos me mandó —a diario— flores, bombones y cartas amorosas.
De vez en cuando pensaba en él, pero enamorarme de Carlos no entraba en mis planes. De hecho, si él no hubiera sido tan insistente, nuestra historia, simplemente, no existiría. No lo sabía entonces —ahora sí—, pero Carlos era un niño mimado, y tenía que conseguir todo lo que se proponía a cualquier precio.
Estudié con ahínco; mi beca dependía de mis notas. Mi esfuerzo dio resultado, y mis calificaciones finales fueron altas. Respiré tranquila. Se acabaron los exámenes, y se acercaba el verano. Carlos vino a esperarme el día de mi último examen, al finalizar las clases, sin que se lo pidiera. Daba la sensación de que conocía todos mis movimientos.
Los dos nos fuimos a nuestros pueblos de vacaciones (el suyo se encontraba a cincuenta kilómetros del mío).
Me gustaba estar con Carlos, pero no quería tener una relación seria con él. Así se lo hice saber. Él pareció reaccionar bien, y durante una temporada —unas semanas— me dejó tranquila. Durante ese intervalo de tregua, casualmente, cada vez que salía con mis amigas e íbamos a las fiestas de los pueblos cercanos me encontraba con Carlos y su grupo de amigos. Nuestros encuentros eran tibios por mi parte y efusivos por la suya.
Y no solo me lo encontraba en las fiestas a las que acudía, sino también en cualquier lugar de mi pueblo. Aun así, a mí me parecían simples encuentros casuales a los que no les concedía más importancia.
Siendo novios Carlos me confesó que durante ese primer mes de las vacaciones lo había intentado todo para verme y estar conmigo, aunque fueran unos minutos.
En julio no lo vi, y a mediados de agosto me llamó para invitarme a comer, sin más compromiso, recalcó al final de la conversación. Acepté. Quedamos a la una, en la puerta de mi casa. Vino a recogerme con un ramo de rosas blancas en una mano y un libro de cartas de amor en la otra. Me dio un beso fraternal que destilaba un leve rencor.
La comida fue un tira y afloja. Después dimos un paseo por la orilla del mar. Me cogió de la mano, y por primera vez desde que lo conocía sentí un cosquilleo que me recorrió el cuerpo entero. A partir de ese día empezamos a salir con más frecuencia.
Los primeros meses viví subida en un pedestal, a cien metros de la tierra y rozando la gloria. Carlos me fue conquistando, poco a poco, sin insistencias y sabiendo muy bien lo que se hacía. Nos comprometimos formalmente la primera noche que fuimos a cenar con su familia.
Pasó el verano, y de nuevo, tenía que volver a la Universidad a proseguir con mis estudios. Carlos, a pesar de que ya había acabado su carrera, se trasladó conmigo a la ciudad a buscar trabajo. Me pidió que compartiéramos piso, pero me negué; prefería seguir con mis compañeras con las que llevaba ya años conviviendo.
No me di cuenta, pero mi vida —en silencio y camuflada por su aparente extraordinario carácter— comenzó a cambiar. Ya tenía tejida la tela de araña justo encima de mí y de mis alrededores, ahora, simplemente, la tenía que ir colocando sutilmente hasta atraparme; y lo peor era que yo ya había picado, me había enamorado.
Carlos tenía la suerte pegada en la frente, y enseguida encontró trabajo en uno de los más prestigiosos bufetes de abogados de la ciudad.
Además, era astuto como un zorro. Se las ingenió para tenerme controlada a jornada completa. Venía a recogerme una hora antes de irme a clase, y me llevaba a desayunar. Me recogía a la salida, y nos íbamos a comer juntos. Por las noches venía a cenar a casa. Durante el periodo de exámenes, mientras estudiaba, permanecía cerca de mí, leyendo o trabajando en sus asuntos.
Entre Carlos y los estudios apenas tenía tiempo para quedar con mis amigas. Estas se me quejaban y regañaban por tenerlas olvidadas. Insistieron para que quedáramos una tarde. Me apetecía mucho verlas. Se lo comenté a Carlos, y me contestó que él también iría. Le dije que era una reunión de amigas. Insistió. Volví a decirle que no. Finalmente quedamos en que me llevaría y me recogería. Así fue. Lo que me sorprendió fue verle merodear por el bar en el que estábamos, como un león vigilando a su presa, aunque tampoco quise ver nada entonces.
El curso pasó rapidísimo. Yo acababa ese año la carrera, y quería sacarme unas oposiciones para maestra.
Carlos insistía en que nos casáramos. Él ya tenía trabajo; un trabajo en el que cada vez lo valoraban más. Tanto insistió que acabó convenciéndome, y a finales de año nos encontrábamos preparando nuestra boda para casarnos en enero.
Me planificó la vida, y yo estaba sorda y ciega. ¿Por qué no me di cuenta antes?
Los preparativos de la boda hicieron que el tiempo pasara aún más deprisa. Pasó por mi lado sin apenas ser consciente. Nos casamos —fue un gran día—, y nos instalamos en la capital.
Poco a poco la sutil telaraña fue tensando los hilos; ya tenía controlada a su presa.
La tensión comenzó por una vigilancia feroz: no me dejaba salir sola de casa. Me apartó completamente de mis amigas y de mi entorno familiar.
Yo estaba siempre nerviosa, intranquila; no quería ver lo que se me avecinaba. Suspendí las oposiciones. Él se alegró. Yo me hundí. Intentó tranquilizarme con falsas palabras de apoyo: «No necesitas trabajar, con lo que gano tenemos más que suficiente. Quizá sería el momento de tener un hijo».
Me quedé embarazada. Y de repente, una mañana, porque el café —según él— estaba demasiado caliente comenzó a insultarme. Asustada, guardé silencio, observándole extrañada a la espera de que amainara la tormenta; pero, no, no amainó. Él se enfurecía cada vez más, y en plena caída de rayos verbales me dio un bofetón. Yo me llevé la mano a la cara. No me lo podía creer. Me puse a llorar. Inmóvil, sin hablar. Un millón de pensamientos recorrían mi mente a la velocidad de la luz. Tuve la sensación de que mi aparente encantador marido, por fin, se había quitado la careta, y se estaba mostrando tal como era. Até cabos, uno detrás de otro, y a lo que en un pasado no le había dado importancia ahora le encontraba todo su sentido. Vi y toqué los tirantes hilos de la telaraña en la que me había ido atrapando. Me sentí absurda.
A la mañana siguiente, se arrodilló delante de mí y me pidió perdón. Unas horas más tarde, me estaba pegando de nuevo. Él había abierto la veda a las palizas y al maltrato psicológico; a partir de ese momento nada lo detuvo. La bestia que llevaba dentro había despertado, y se proponía devorarme a base de golpes e insultos. Yo era su trofeo, su objetivo; y él había estado demasiado tiempo conteniéndose.
De la noche a la mañana mi existencia se convirtió en un infierno, siempre con la amenaza a cuestas. Ya no sabía cómo actuar ni qué decir ni qué hacer, porque todo lo que hacía o decía estaba mal. Según mi ajusticiador, yo era una inútil que sin él no valía para nada. Tal era su presión que acabé creyéndomelo.
Carlos tenía dos caras perfectamente perfiladas y diferenciadas: delante de la gente se mostraba tranquilo y agradable, pero conmigo ya no necesitaba fingir, y se manifestaba tal como era, una auténtica bestia.
Nuestro hijo Israel creció en ese ambiente enviciado, aunque me esforcé todo lo que pude por ocultarle lo que realmente estaba sucediendo, me angustiaba que él pudiera llegar a enterarse.
Israel se puso a gritar de una manera desgarradora el día en que vio cómo su padre casi me mata de una paliza, parecía que lo estaban partiendo en dos con una daga. No había manera de hacerle callar, gritaba y gritaba en medio de una crisis nerviosa. Una noche entera estuvo gritando. Cuando Carlos se fue a trabajar, Israel paró. Entonces tomé la decisión de marcharme de casa, ser valiente y plantarle cara a sus amenazas.
En una maleta metí lo imprescindible, cogí a mi hijo, ya más tranquilo, y cerré la puerta de mi casa para no volver nunca jamás.
De momento, se acabó. Nunca más voy a permitir que nadie me maltrate y que mi hijo se rompa en dos por un grito de angustia.
Contactar con los autores: jav.ube.iba [en] gmail {.} com
👉 Leer otros textos de Javier Úbeda en Almiar: Ochenta y seis cuentos, de Quim Monzó ▪ La sombra del viento ▪ Hacia rutas salvajes | De Jorge Cervera (en colaboración con el primero): El sueño de Kil. Als 30 anys de la llibreria Serret ▪ El libro negro de las horas ▪ Cuentas pendientes
🖼️ Ilustración: Fotografía por cottonbro studio (en Pexels)
Revista Almiar – n.º 143 / noviembre-diciembre de 2025 – MARGEN CERO™
Conferencias de esta página: 50











Comentarios recientes