relato por
Eduardo Pimienta León

 

U

na vez salí de aquí, del lugar donde nacían las flores secas, de aquí, de aquel hueco profundo y oscuro donde se te olvida el tiempo, y te levantas tempranito por la mañana y no recuerdas si ya amaneció, o es que está anocheciendo, de aquí mismo, donde el que habla por la radio empieza a gritar desesperado por las noticias que tiene que leer a diario, entonces tiene un compañero que le añade un chiste a la noticia para suavizar la cosa y que la gente se ría de su desgracia, de su infame y desquiciada melancolía que les estrella la cabeza contra los muros de las casas que habían sido abandonadas por el terremoto hace un par de años, de aquí, donde la gente se pregunta cuándo acabaran de sonar las alarmas del medio día, que los divide, entre una mañana húmeda y una tarde-noche con olor de alcohol, el suficiente alcohol para olvidarnos de la vida, de aquí, donde tuve la osadía de crecer en las calles cuyas líneas estaban pintadas de sangre, donde la víctima era el victimario y la lluvia dolía en el vientre, como un dolor de gastritis, y no había hidróxido de aluminio que quitara aquel dolor de mierda.

Días atrás de mi regreso, mi madre me había escrito una carta diciéndome que Pi ya no era, que lo había arrollado un coche mientras cruzaba una calle, y que al tipo del coche no lo habían cogido porque se fue a cien por hora y no se le leía la placa. Me dió duro oír que se había ido Pi. Él había sido muy cercano a mí desde la escuela, llevaba aquellos lentes a prueba de ciegos, y su uniforme tan impecable como su lengua, dos semanas atrás habíamos hablado mucho, me llamaba cada noche, a las diez, justo después de ver su programa favorito, ese donde había un tipo de sombrero y gabán que repartía plomo a diestra y siniestra antes de entrar a cualquier lugar, y cuando todos estaban muertos entonces se detenía a preguntarle a cada cadáver por otro muerto por el cual lo habían llamado, entonces Pi me llamaba excitado y me contaba el capítulo diario, yo le decía «Mierda Pi yo tengo televisión por cable, yo me lo puedo ver aquí», pero él insistía que habían detalles que no pillaría y que tenía que decirme de qué iba la historia. La última llamada de Pi fue algo extraña, después de referirme el capítulo lo atrapó un silencio indefinible, y mierda que Pi no se callaba, Pi era de esos que tenían la última palabra para todo, la otra vez habíamos estado todo el día tirados en la alfombra de su casa oyendo un disco de Sinatra, como si nada Pi se levantó  y se sentó en el viejo sofá de su sala y me confesó que Beta lo había dejado, por un tal Alfa de mierda que la había conquistado, que se iban a casar la otra semana y que en la invitación decía: Alfa -Beta, El universo ha encontrado una estrella, y que eso a él le remordía la conciencia porque una vez había ido con Beta al planetario y ella miraba entusiasmada las estrellas y que le decía. baby, mira aquella estrella, yo quiero esa estrella, baby, haz de mí una estrella que brille en el firmamento infinito de tu oscuridad soberbia. Y que él sabía que tenía que decirle, que tenía que prometerle que sería la más brillante estrella del firmamento de su oscuridad, pero lo único que se le ocurrió fue apretar el puño en el bolsillo de su chaqueta y gritar a los cuatro vientos. Don´t be told what you want, don´t be told what you need there´s no future, no future, no future for you. Y que sacó la mano y empezó a repartir golpes a todos los que se atravesaban en su camino, que había sido un festín de trompadas y patadas, y que Beta llamó al Doctor Toti, el dueño del sanatorio y que se lo habían llevado y que no pudo mirar a los ojos a Beta, para decirle que No future, for you. Que había sido cuando él estaba jugando futbol con los locos del sanatorio que Beta había conocido a Alfa, eran el uno para el otro y se habían ido a vivir a los pocos meses y mierda le había dolido eso, porque Beta era su conejita, y que Beta era su vida alterna, así era como su alter ego se expresaba y extendía su conciencia para no ser olvidado porque Pi era de esos tipos que no se callan y olvidan todo.

Tomé mis maletas y me embarqué en un viaje sin retorno, el último viaje que había hecho era el de mi partida del lugar donde nací, cuando mi madre tomó mi mano y me dio sus billetes gastados, y que para el camino, y yo le dí un beso en la frente para mostrarle mi cariño, y me subí a la máquina vapuleante que me llevaría al final, pero pasaron horas, semanas, meses y años y nunca llegó a su destino, hubiera seguido de largo sentado esperando que pasara algo, pero me habían llamado a volver, Pi ya no era y lo que ya no es toca despedirlo con algo, para que se vean las caras por primera vez la inexistencia y la existencia, el verbo to be y el no to be, el dilema y la respuesta, como para no perder la costumbre, fue allí cuando le dije a mi madre que lo mejor que podíamos hacer por Pi eran dos cosas, primero llenarle la puerta de mierda a la casa de Beta a las afueras de la ciudad y segundo hacerle un funeral digno de Pi, la idea del funeral a él se le había ocurrido cuando éramos unos pelaitos. Cuando ya no sea, asegúrate de que no me entierren, o me quemen o me ahoguen eso no es lo mío, yo quiero que me vistan bonito, de traje, así como el de James Bond, es más asegúrate de que me disfracen de James Bond, cuando me pongan bonito asegúrate de que me metan un tubo por la boca, y que me llenen los pulmones de helio, el suficiente para flotar, asegúrate además de que me amarren del pie izquierdo, no el derecho, el izquierdo, una madeja de nylon de cometa, y sobre todo, esto es importante no lo olvides, llévame a pasear al parque y cuando caiga la tarde suelta el nylon y deja que me eleve hacia los pájaros azules de la tarde, y déjame elevarme más allá de las nubes para saludar al sol y para decirle a Dios que la he cagado, y tal vez me invite a quedarme, pero no podría tengo que elevarme más allá de todo. Tal como dijo Pi lo había dispuesto todo, mi madre se encargó de vestirlo con su traje del 007, y el mecánico de la esquina le lleno los pulmones de helio, se elevaba hasta el techo de la casa donde lo velaban, tenía el nylon atado a su pierna izquierda y había sido amarrado a una silla para que no se fuera antes de su paseo, cuando llegue vamos a ir todos al parque, para verlo elevarse y despedirlo con el credo entre los dientes, porque nadie extraña a los muertos malos y Pi había sido un desgraciado, eso no queda en duda.

La ceremonia estaba paralizada todo porque faltaba yo, faltaba ir a saludarlo y decirle adiós y tráigame algo, faltaba ir a cagar a trompadas al marido de Beta, faltaba ir a burlarnos de la cara de fideo de ese tipo, de lo langaruto que era, faltaba ir al bar de las tres esquinas donde me fían desde que empecé a beber, y pedir una botella de Jack Daniel’s y tirarnos en la acera a reírnos de que Beta tiene que aguantarse ese saco de legumbres mal oliente hacerle el amor las nochecitas de sábado lluvioso, y a ti no te dará tanta gracia el chiste como a mí Pí, porque se te retorcerán las tripas como la cabeza de la pelaita del exorcista, la película que le gustaba a ella y tú la aborreciste, para no darle el gusto de que compartieran algo.

Toda tu vida la pasaste detrás de algo, sino era de una rueda, era detrás de algún culito, y la verdad así no se puede, yo no sé cómo Beta te aguanto tanto, es más no sé por qué yo estoy viajando a verte si tenías cara de rabo, eras algo antipático y despreciable, y tu decías que te comportabas así porque la gente no se merece cariño, la gente está para patearles el culo y levantarlos a trompadas, te he sacado de al menos unas veinte peleas iniciadas por ti, y en todas te rompían la jeta, ¿en serio no aprendiste nada?, supongo que no y por eso ya no eres más, y decías que la vida había sido una cuchillada trapera y una en las costillas, una que te perforaba el corazón, y los pulmones, y que solo servías para desangrarte a las tres de la mañana, y para emborracharte los martes por la tarde cuando los bares estaban solos, cuando los perniciosos como tú y como yo salíamos a beber, cuando el silencio caminaba por las aceras mojadas justo después del noticiero de la noche. Borracho ni hablabas, borracho tambaleabas y mirabas por el abismo, y contabas los pasos que te faltaban para llegar abajo, porque según tú crecías hacia abajo, hacia la decadencia, que me esperabas allí, que mientras harías una farra, y que invitarías a Beta y al hijueputa de su marido y les darías la bendición, porque cuando uno está con la ex de un desgraciado como tú no se está nunca en paz, no puede echarse uno un polvo tranquilo sin que salte del rincón oscuro la sombra del recuerdo vivido, y eso atemoriza las entrañas y te enciende la mecha para pelear y no tienes más salida que encender el equipo de sonido y poner a sonar punk, porque para golpear se necesita el punk, entonces todo punk, y destrozas la casa que tanto soñaste y mierda que eso duele, punk punk.

Me he perdido sin retorno, me he extraviado en el camino a casa, mi madre ya ni me llama, la última vez que lo hizo fue para decirme que te desinflabas y que te pusieron un parche de bicicleta y te soltaron hacia el cielo en el parque de la esquina, donde se besan los novios cuando empiezan a salir, y que te quedaste mirando el suelo por si yo venía pero nunca fui, entonces te recibieron las mariposas azules y te cubrieron la cabeza, y se fueron de ti todas esas conclusiones baratas que sacabas cuando no tenías oficio, me dijo que Beta había ido, pero sin marido, y que sostuvo la madeja de nylon le enseñaba a sus niños a hacer trucos contigo, les enseñó la cabecita del Pibe, y se reían mucho, me dijo ella que sus hijos tenían tus recuerdos y su risa, la risa que nunca olvidaste, la risa que decías que corría por tus venas en vez de sangre, te fuiste con ella entre las venas y eso no es justo, no es justo que no haya llegado, pero qué más da, nos vemos cuesta abajo querido hermano punk.

 


 

Eduardo Enrique Pimienta León. Es un joven escritor, radicado en Colombia. Escribe desde muy temprana edad, pero es ahora cuando está publicando las cosas que ha escrito, colaborando en un pequeño blog conocido como Foolers Group.

 Contactar con el autor: eddyryam [at] gmail.com

 Otros relatos de este autor (en Almiar): El pianista de cartón (El Tato Piano) ◽ La jaula del OtroLa mångata azul de mis ojos muertos

Ilustración relato: Fotografía por NEWAYFotostudio / Pixabay [public domain].

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Revista Almiar • n.º 105 • julio-agosto de 2019MARGEN CERO

 

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