tres relatos breves por
Edison D. Muñoz Ortiz

 

Simplemente Jenny

 

Jenny empezó a sumergirse en el mundo del sexo y otras pasiones a muy corta edad, casi tiempo después de soltar la teta de su boca. Y se enamoró un par de veces, y se perdió una que otra noche, y despertó en la cama de hombres que no conocía, y besó a quienes a lo mejor no debía, y también consumió drogas, alcohol, tuvo sexo en un baño público durante un concierto, se pintó el cabello de mil y un colores y lo cortó de mil y un maneras, y cuando los hombres ya la fueron hartando, y el corazón se le hacía pequeño, y la soledad empezaba a habitar en ella, dormir con un donjuán no le parecía nada nuevo.

Las porcelanas y los floreros de su casa fueron testigos de su furia y su frustración: todos quedaron hechos polvo, tanto como ella misma, que luego de darse cuenta de un embarazo avanzado, se derrumbó en un mar de lágrimas y lamentaciones. Pero justo en ese mismo instante, Jenny le puso pausa al control remoto de su vida. Y sí, volvió a llorar todo un río, perdió el sueño y le costó un buen de tiempo buscarse. Optó por el suicidio y quiso abortar cuando ya era demasiado tarde, hasta dejó crecer su cabello durante el embarazo, cosa que nunca se había atrevido a hacer. Y meses más tarde, cuando la camilla atravesó la sala de parto, Jenny volvió a llorar, lloró porque de cierta forma la vida y el pasado le seguían pesando, y porque en su panza alguien saltaba con desespero por salir.

Y en un segundo, luego de tanto, luego de mucho, ensimismada en la mirada de la criatura que en sus brazos lloriqueaba, Jenny por fin logró encontrarse, aunque le costase reconocerlo. Ariadna se llamó la criatura, en honor a la mujer que salvó a Teseo de morir a manos del minotauro, solo que esta vez, en lugar de usar un ovillo de lana para mostrarle el camino, la pequeña lo hizo a través de un cordón umbilical.

 

La cruz que lleva Leidy

 

Leidy lo llora todos los lunes sin falta, desde que se levanta hasta que se acuesta. A eso de las 9 de la mañana, cuando el cementerio abre sus puertas, Leidy es la primera que aguarda tras la reja con un puñado de rosas amarillas y una botella con agua en su bolso, una nueva carta en su billetera y la imagen de su hijo en el alma.

Antes de salir de casa perfila sus labios con un labial pálido, casi melancólico, y se viste de negro. Guarda el luto por más sol que haga y mucho que le ardan los brazos y la espalda de tanto bochorno. Ella se persigna antes de entrar, se pone de rodillas detrás de la reja y se impone la bendición; avanza hacia el interior, y mientras lo hace le gusta ver las fechas de quienes ya se fueron sobre las lápidas, y entonces comprende que la vida no solo fue injusta con ella y con su hijo, sino también lo ha sido con muchos más. De vez en cuando para por un momento para leer los nombres, las fechas que coinciden una tras otra, y para ver los detalles que dejan a manera de cariño los que aún viven: las fotografías, los pañuelos y las cartas que muchos suelen ponerle a estas almas como forma de consuelo o retribución, con la ilusión de algún día recibir una respuesta del más allá.

Ella se para enfrente de su hijo, lo observa, lo ve ahí, sonriéndole, soltando carcajadas, corriendo y saltando por encima de las tumbas, con su cabello al viento y sus ojos claros, con su piel de porcelana, y en ocasiones, casi siempre para ser honestos, ella le habla, y le dice que lo ama y que lo extraña, y que por favor jamás la olvide a ella y a sus hermanos, que con su luz los bendiga y los ayude a salir adelante a pesar de las adversidades, y él asiente con su cabeza, y ella entre lágrimas sonríe, pues tiene el coraje de sonreírle a él, y sobre todo a la vida.

Es como un trance el encuentro de ella con su hijo. La última vez duró sentada enfrente de él casi dos horas sin chistar palabra, con sus labios secos y sus ojos húmedos, esperando que el vaso de cristal se vaciara en su totalidad, esperando que él la tomara por la espalda y le diera un beso en su cabeza y luego se bebiera el agua. Ella cree que él nunca tiene sed, porque cuando le ofrece agua él nunca se la toma al instante, y entonces se siente frustrada, pero al lunes siguiente se repara por completo, porque encuentra el vaso vacío, y entonces se percata de lo sucedido, y entre una sonrisa partida a la mitad se le escucha decir: esta semana debió jugar con sus otros amigos más de lo normal.

 

A Carolina le cuesta

 

El camino es pedregoso, la lluvia cae sobre ella y su hija de seis meses de nacida, la cual arrulla entre sus brazos, ceñida contra su pecho en busca de calor. Carolina mantiene su cabeza hacia abajo intentando proteger al máximo a su pequeña, y de vez en cuando se detiene por un momento para retomar el aliento, pero los empujones de su marido sobre su espalda la hacen andar, y aunque ella quiera salir corriendo no puede, las piernas y el coraje no le dan para ello, así que continúa.

La fuerza de la lluvia entra en duelo con el viento de la montaña y el torrencial se incrementa, la mujer empapada de pies a cabeza, con sus brazos cansados y sus piernas molidas de pisar una que otra piedra en punta sobre el camino, la obligan a parar por un momento, pero en cuanto lo hace su marido nuevamente la empuja, esta vez con más fuerza, pero ella se rehúsa, trata de explicarle pero el hombre no se limita a escucharla, y la toma del brazo para jalarla pero ella se suelta de él, y ve perfectamente la mirada de su marido transformarse en la oscuridad de la noche. El hombre retrocede, se aleja de ella y luego… un cosquilleo tremendo sobre el rostro de Carolina la hace perder el equilibrio, su nariz y sus labios se petrifican.

Pasan tres o cuatro segundos y el dolor despierta, la piel tiembla, la carne se estremece y los ojos le arden. Una línea de sangre baja desde lo alto de su nariz, manchando su piel blanca. Carolina no reacciona, no habla, solo siente correr la sangre rostro abajo, y el hombre, tomándola por el cuello le advierte: o camina o camina. De nuevo la empuja, esta vez para alejarla de él, y ella, sin chistar nada retoma el curso, con su alma hecha pedazos y el llanto de su bebé haciendo eco.

Hoy, doce años más tarde, mientras la descubro tratando de ocultar con un kilo de maquillaje un morado en la parte alta de su pómulo pienso: la infelicidad la encontramos a la vuelta de la esquina, disfrazada en forma de chocolates y promesas falsas, cuando en realidad se refugia en un puñetazo cobarde y despiadado. No entiendo por qué le cuesta tanto a esta mujer vivirse, y se le facilita tanto dejar morirse.

 


 

Edison Daniel Muñoz Ortiz

Edison Daniel Muñoz Ortiz. Es Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana, vive en algún lugar de las montañas de Colombia, y desde allí se desempeña como docente y escritor en formación. Se refugia en la escritura y la literatura para resistir y para reconfirmar la incertidumbre de la vida. Sus escritos están orientados a una crítica social, influenciados por Héctor Abad Faciolince, Fernando Vallejo y Fernando Molano, entre otros.

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Contactar con el autor: danupex10 [at] gmail [dot] com

 Ilustración relato: Fotografía por Valeriia Miller / Pexels [dominio público].

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 112 · septiembre-octubre de 2020

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