El reflejo de los sueños en lunas rotas

(Perdido en la eterna oportunidad)

(Primeras páginas)

Joaquim (Kim) Bertran Canut

 

A mi hija Anaïs Bertran Quiñones

 

«Soy mañana y oscuro es mi sol, sólo
el tiempo conoce la corta eternidad.
El camino va más allá de aquí y si tu
piel no acaricia mi yo, volveré vulnerable
a mi guarida y sin herida, grabaré
una vida concebida en el desierto de
levedad. Prenderé fuego al desván de las
cenizas de los ayeres y probaré que no existí».

 

C

omo cada noche durante treinta y nueve años Andy López se adentraba por las calles surrealistas de una ciudad insólita que sólo existía en su icono interno. No quería estúpidas interpretaciones imaginarias. Todo era lógica, simple, normal, sencillo… ¡No, no y mil veces no!, ¿acaso había pedido consejo? ¡No!, no buscaba información. Él necesitaba que se le concediera un tributo, un premio honorífico por sobrevivir. Obsesionado, perseguía sin conseguir, un peligro, una víctima que salvar.

De ninguna otra de las maneras llegaría a ser un héroe.

Se encontraba perdido entre miméticos pasadizos, con los brazos extendidos, equilibrando el peso del cuerpo a su paso por conductos de metacrilato, cables y vigas en las arácnidas alturas de la cuerda floja, tejiendo miedos desconocidos en busca de Dorados.

Seguramente en ese preciso momento, llamaron a la puerta y Andy despertó sobresaltado. Miró con ojos estrábicos el reloj de arena aposentado sobre primigenias raíces de polvo de una silla plegable de madera, junto a la cama revuelta de pesadilla. El tiempo siempre permanecía en idéntico lugar.

¡Las cuatro!, quién demonios sería tan temprano… o tan tarde, depende el ángulo con que se mirase. ¿Esperaba a alguien? El ronco sonido del timbre no cesaba. Bostezó sin ideas, tosiendo, con una molestia en la garganta. Carraspeó hasta que notó un pelo de pestaña en la lengua que atrapó pellizcando con los dedos amarillentos de nicotina.

¿Qué pasa, es que no hay más puertas? —pensó sin demasiados argumentos.

El colega que lo accionaba, no parecía aún satisfecho con el escándalo organizado. Prescindió del progreso eléctrico y aporreó la madera comida por la termita, con brutal insistencia. Andy López, asustado, se encaminó hacia la entrada, pensando en los huesudos puños que tendría el tipo.

—Ya voy, ya voy, señor impaciente —gritó con un siseo de clausura.

Se había acostado a las dos de la madrugada, apenas un par de horas antes.

La resaca empezaba su efecto secundario: el más vomitivo. Las venas eran zigzagueantes rayos, la cabeza el trueno y la visita misteriosa el resplandor del relámpago. El resto sería una lluvia fría, muy fría. De repente oyó un quejido lastimoso y prolongado que le congeló de pánico. El timbre dejó de sonar, el aporreamiento también. Respiró esa incierta tranquilidad, aguardando un nuevo acorde, pero no, la orquesta se había ido, como se suele decir, con la música a otra parte. El silencio se escuchaba a cada momento, acompañando los latidos amplificados de su sorprendido corazón desbocado.

En segundos, pidió fuerza, pidió valor, pidió coraje y el temor apagó su ruego. ¿Qué hacer?, abría la puerta y se enfrentaba al loco desesperado que se encontraba tras ella o por el contrario regresaba a la cama, quieta y sedante, y envuelto entre las sábanas, olvidaba aquel mal sueño. Mientras intentaba reunir los pedacitos de pensamientos aislados para alcanzar la mejor forma de proceder, se abrigó con un viejo y deshilachado albornoz azul marino. El aire entraba desde un cristal de la ventana que una semana antes habían roto de una pedrada enviada por el mismísimo diablo… aaaggg… y aquel whisky barato, ¡qué asco! Sólo de pensarlo corrió al baño y entre arcadas y espasmos, echó todo lo que el cuerpo le ordenó. Allí se encontraba, con la cabeza en el retrete, cuando retornó la memoria sin escrúpulos.

No escuchaba nada. Quien fuera que fuese el madrugador virtuoso de la percusión, había dejado de golpear su instrumento. Quizá falto de convicción vocacional, sin público y cansado de no ser ovacionado, huyera a toda prisa en una rigurosa búsqueda de su maestro, para estrangularlo, sin darle tiempo a cantar. Era plausible y muy aceptable el no resignarse al designio y que no se deleitara con la desafinada y cruel agonía, después de haberle convertido en un monstruo sin consideración.

—Aquí sí, un merecido aplauso, por favor.

Bueno, ojala se hubiera marchado, por esta noche ya era más que suficiente. Con un presagio atrapado en el espacio de un vacío sólido y gélido, se acercó de nuevo a la puerta. La quiso abrir de un tirón para sorprenderlo, como había visto infinidad de veces en las películas en blanco y negro de intriga y suspense a lo Hitchcock. Pero en esta ocasión comprobó que la maldita puerta comprometía al género cinematográfico, resistiéndose a su empeño. Pesaba in extremis, algo se arrastraba impidiendo el movimiento ligero deseado. Inmediatamente vio el porqué y comprendió la Ilíada y la Odisea del percusionista.

El hombre se hallaba atravesado por un largo cuchillo de cocina y clavado salvajemente en la cruz de su umbral, abrazado a la puerta convertida en eterna amante y último recurso, suspendido, inerte, restregando los pies en un encharcado de sangre que semiborraba la palabra convencionalmente amistosa «Welcome» de la alfombrilla.

Un bonito epitafio, una irónica bienvenida, muy apropiada para recibirle en el infierno.

—Billete sólo de ida, gracias.

Todo alrededor de Andy, comenzó a reverberar demasiado deprisa, la luz no le dejaba ver bien, un sonido agudo mareaba sus sentidos. Como un baile enloquecido y sin poder parar, los objetos daban vueltas, igual que sombras de un tiovivo sin risas, con el eco de un espantoso sarcasmo. Iba a explotarle la cabeza, se sentó con desmayo en el sillón de chirriantes muelles que le produjeron escalofríos.

No podía creer lo que estaba viendo, ¿qué estaba pasando?, necesitaba urgentemente salir, sí, el aire fresco le ayudaría. Antes volvió a mirar el suelo y el escandaloso cuadro escenográfico, una mancha viscosa, rojiza, todavía caliente, hirviendo sobre un puñado de tripas que el desafortunado hombre orquesta intentó sujetar con sus manos en un instante de combate sobrenatural y holocaustico del instinto ritual de conservación con un acabado atroz.

—Si mueres, no te compliques la vida…

Ya sólo pensaba en correr, sus náuseas buscaban distanciarse, huir del horror de aquel lugar que le engullía en un pozo de rincón deteriorado. Para acabar de tranquilizarse, bajando el estrecho tramo de escaleras, tropezó con una pareja de críos con una hipodérmica en el brazo. Hiciéronse a un lado para dejarle pasar y entonces le miraron ojos dormidos. ¡Dios!, le miraban con odio. No tendrían más de dieciséis años y la muerte miró de cerca, cara a cara. Nunca olvidaría esos ojos vacíos para el mundo e inyectados en sangre para él. Quiso decir unas palabras pero sólo pudo balbucear, tragó saliva, no le llegaba la voz.

La calle empezaba a madrugar. Un frío de nieve le obligó a subirse el cuello del abrigo. Los pensamientos se entremezclaban en su escurridizo cerebro. El miedo siempre acompaña el hilo que teje la araña.

Un chiquillo húngaro de tez prieta le agarró el pantalón.

—Señor, déme unas monedas…, señor…, mi madre está muy enferma y no puede trabajar, venga, déme algo por amor de dios, veinte duritos, no sea rácano, hombre…

Andy López hubiera querido ser caritativo, sin intermediarios, mas cuando quiso darse cuenta, tenía la pequeña, morena y experta mano del pobre niño buceando en uno de los bolsillos y abrazando unos billetes de entre los pliegues, el prodigio se largó volando, besando el viento y la suerte.

Qué mundo aquel. Todo parecía mísero, la gente iba asustada, paseando el perro de la pobreza, sacándola para que hiciera sus necesidades. O quizá era él, que experimentaba una visión deleznable en sus rostros ocráceos, perseguidos por la desfiguración teatral de la máscara terrorífica en la que se hallaban, camuflando el ridículo interno por una farsa exteriorizada.

—El mundo en su autenticidad, distinguido público.

Perdido ya en esa trágica sensación de reconocer la vulnerabilidad del espíritu, en una sociedad hostil, cada vez más integrada en el estigma frívolo y líquido del esteticismo, pensó en los pensadores, en la absoluta austeridad de los monjes cartujanos. Entregados espiritualmente, atrapados en claustros amurallados y claustrofóbicos, en el anacoreta, el misántropo, el ermitaño. En los antiguos estilitas más drásticos y radicales sobre pilares y columnas existenciales. Artistas de la mente, de la oración, esculpidores de sueños liberadores, agricultores de almas creadoras de la pureza mística. ¿Dónde iban a morir estos animales de la percepción en vías de extinción?

Fuertemente consternado, Andy López tardó bastante en volver a la realidad y sumergir la memoria en agua clara, para poder afrontar este nuevo incidente que aguardaba, impasible, en el piso.

Se encontraba en un lugar ignorado, como si regresara de improviso, de un reconocimiento astral. Caía estremecido hacia ninguna parte, con el impacto de inseguridad que ofrece la velocidad de tránsito interoceptivo, elevado a los vértices de una lejanía sin límite terminal y el brusco y vertiginoso encuentro comunicativo‑emocional que representa la vuelta sin conciencia de la luz sensitiva al tedio rotatorio de la puta tierra. Y en este punto dudoso donde no hay ningún tipo de apoyo y por lo tanto se yace en el vacío impresionable de lo que entendemos —seguramente que nos equivocamos— por la nada, estalló la vulgar y sonora campana metálica, martilleando secamente en el aire infestado de microbios.

—Gran reserva del planeta azul.

Andy se incorporó… ¿incorporarse de dónde?… vaya, vaya, ¡sorpresa!, pero si estaba en la cama. Eso significaba que… ¡claro! Una alegría irrefrenada e histérica que le era imposible aplacar y mucho menos expresar, conquistó lo inconquistable en lo más hondo de su ser. El ánimo se tatuó en el cuerpo, sintiéndose poseído, ¿necesitaría un exorcista? Ja, ja, ja… Una pesadilla alucinógena producida por los vapores del alcohol, tóxico y venenoso caramelo.

Escasas eran las ocasiones que tenía de sentirse satisfecho, hilarante sería más correcto de imprimir su estado presente. Para celebrarlo, pilló una cerveza bien fresca y bebió un largo trago. Sonriendo, brindó por la monotonía. Era la primera vez que la realidad le abrazaba y se revelaba cómplice de fantasía.

En la radio, los Sex Pistols gritaban: Dios salve a la reina.

Recordó la tarde‑noche. Festejaba con unos amigos, el término de su novela Entre piedras y arena, hojas y mariposas, tomando unas copas en el pub Pescado Congelado. Al pensar en aquel whisky barato… aaaggg, ¡qué resacón!, daban ganas de vomitar.

Apoyado en la nevera con la Estrella en la mano, percibió algo extraño.

—¡Jazz!, ¿te has vuelto loco o qué? Calla que vas a despertar a todo el vecindario —lo sujetó por el morro, acariciando el brillante pelaje.

Jazz era un pastor lobo majísimo y un amigo y compañero de piso inteligente y fiel.

Andy López había olvidado que llamaban a la puerta.

Jazz levantó la cabeza y gimió, luego ladró agresivamente, enseñando los colmillos. Su hocico resbalaba, aspirando el suelo, fue a trote hasta la entrada y rascó insistente con las patas, gruñendo, nervioso.

—Cálmate, debes de haber tenido el mismo sueño que yo. No ves que sólo son las —miró el reloj de pared—, sólo son las c.u.a.t.r.o de la madrugada… —¡esa maldita hora otra vez!

No lo pensó demasiado, la mirada se dirigió a la puerta, sus pasos se apresuraron, al mismo tiempo que las manos la abrían.

Cerró los ojos con una esperanza, acongojado los fue abriendo poco a poco. Nunca más creería en la esperanza: allí estaba el cadáver burlándose de él. Esta vez rio forzado, ¿todavía estaba soñando, verdad? Por la noche bebió la hostia, era una ocasión especial, no todos los días escribía un libro. ¿No era una causa más que justificada?

—Es una broma pesada del subconsciente ¿no? ¿Por qué me juegas esta mala pasada? —se preguntaba, acosado y sentenciado al cruento azar. Jazz carecía de poesía, olfateaba la sangre y lamía, lamía retozando, sumamente excitado. Andy se percató de lo que hacía y se largó escalera abajo. Su perrito estaba mordisqueando las entrañas que brotaban del cuerpo de aquel pobre infeliz, mientras resoplaba y meneaba el rabo. Por lo menos él había sacado el máximo provecho y no es que estuviera mal alimentado, pero ¿qué perro que se preciara le hacía ascos a un buen retortijón de carne fresca?

—Estarás de acuerdo conmigo ¿no?, bien, después que purgue con unos hierbajos sus pecados.

En los bajos, dos chicos se pinchaban una dosis de ausentismo destructivo. Vomitó sobre ellos. […]

 

📕 El reflejo de los sueños en lunas rotas. (Perdido en la eterna oportunidad). Editor: Amarantos (2002). Adquirir la novela: https://www.ducablelibros.com/index.php?id=12462

 

 

Imaginación atrapada

Sinopsis

E
s una novela ambientada en la negra posguerra española, basada primordialmente en las libres amistades de la infancia. Una historia de fácil digestión y sin embargo de una absorbente profundidad de campo, sobre los escombros de las ilusiones, familias mutiladas y las terribles soledades en lejanos exilios de tierras de nadie, que combina la inocente ternura con el trágico proceso de cambio hacia la madurez en medio del caos más absoluto. Esta metamorfosis, viene representada por un hombre adulto, enigmático, que igual pudiera ser un ángel custodio como la muerte de la niñez y la entrada a la adolescencia. O, quizá, un simple sueño…

 

📕 Imaginación atrapada. Editor: Amarantos (1993), ISBN: mkt0002286478 · Adquirir la novela: casadellibro.com/libro-imaginacion-atrapada/mkt0002286478/3488372 

 


 

Joaquim (Kim) Bertran Canut - Dos novelas

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Ilustración: Portadas de las novelas, remitidas por el autor de las mismas.

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 130 · septiembre-octubre de 2023

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