relato por
Diego Kindler

 

S

oy un caracol de jardín, lo que se llama un caracol común, de esos con el cuerpo de un color verde oscuro y el caparazón marrón. En ese sentido, soy un gasterópodo en tanto que me arrastro sobre el estómago (o lo que algunos han convenido llamar así), y un molusco en tanto que soy invertebrado, protóstomo celomado, triblásico con simetría bilateral, no segmentado, de cuerpo blando y protegido por una concha. Eso es en cuanto a la tipología, y en cuando a la tiponomía, se podría decir que pertenezco al denominado grupo de los Helix Aspersa, aunque a veces no me identifico demasiado con los míos —pero eso es otro asunto—. Hechas las presentaciones, poco más cabe decir sobre mí, salvo quizá mi nombre, pero la última vez que miré el registro, éramos unos cuantos millones compartiendo el mismo nombre y apellido, y si a eso sumamos el hecho de que la naturaleza ha querido que sea hermafrodita, es aún más complicado encontrar un nombre que se adecue tanto a mi lado femenino como masculino. No quiero entrar en una discusión innecesaria a este respecto, por lo tanto, dejémoslo en que soy un/a caracol/a común/a de jardín/a.

Decidí lanzarme a la aventura de escribir un diario cuando, en una de esas ocasiones en las que iba (o venía, ya no me acuerdo) oí comentar que los de mi clase somos todos iguales y que somos más bien aburridos. ¿Qué sabrán de la vida de un caracol? Claro, lo cierto es que hasta la fecha no nos hemos distinguido por gran cosa, pero eso se debe a que a ninguno se le ha ocurrido dejar constancia de ello.  La  vida  —para  nosotros—  es  muy  corta  y  se  nos  pasa  a  una  gran velocidad, por lo que no tenemos tiempo para ponernos a escribir —sin contar con las complicaciones que vienen después: encontrar un editor, publicar, todo el proceso de impresión, la distribución, etcétera—. Sencillamente, no tenemos tiempo. Sin embargo, yo he decidido dedicar mi existencia (o lo que queda de ella) a redactar, a reflejar la complejidad y, por qué no, la cultura y el folclore de los míos, e intentar de esta manera romper con los prejuicios que durante milenios han relegado a los caracoles a un papel casi de proscrito, a menudo tachados de vulgares parásitos, azotes de cosechas e incluso de plagas.

Antes de comenzar con el relato de mi vida y de la vida de otros, quiero aclarar que si se nos llama caracoles de jardín no es porque vivamos en uno, sino que lo poseemos. De la misma manera que al caracol marino se le atribuye un rango militar, así como al caracol paracaidista, es justo referirse a nosotros como los señores del jardín. Luego están, claro, los caracoles de oficina, los de andamio, los de playa…

Como decía hace un momento, la vida de un caracol es un no parar, un tiovivo de emociones y un trasiego constante. A menudo se nos acusa de ser negligentes, pero lo cierto es que si no dedicamos mucho interés a las gestiones y al papeleo es precisamente porque no nos compensa. Por eso, entre otras razones, hemos desarrollado una concha. Otra de las cosas que he oído decir, sobre los nuestros es que somos más bien brutos. Bueno, está feo generalizar, pero esto quizá no sea del todo falso. En nuestra defensa debo decir una vez más que, precisamente por el vertiginoso ritmo que llevamos, a menudo no nos paramos a reflexionar sobre las consecuencias de nuestros actos. Por supuesto, también hay aquellos que son genuinamente brutos, que no tienen conversación, que no devuelven el saludo… Esos suelen ser los que viven en las zonas escarpadas del jardín, aquellos que son incluso un tanto arborícolas, si se quiere. Son los caracoles que han crecido entre el musgo y el liquen, y a los que la hierba les parece cosa de señoritos. En fin, en una sociedad como la nuestra es inevitable que surjan este tipo de diferencias, y me atrevería a decir que son casi exclusivamente de tipo social. Porque, ¿qué clase de formación puede recibir un caracol en una roca? Por otra parte, no todos tienen la suerte de criarse en un ambiente húmedo y fresco, aunque también es verdad que, en algunas ocasiones, se dan casos de caracoles que eligen un estilo de vida seco y escarpado. Esto se debe a los constantes movimientos migratorios dentro de nuestro ecosistema. Como herbívoros, somos más bien de carácter apacible, y el estar en un puesto tan bajo de la pirámide alimentaria nos condena a veces a los desplazamientos forzosos. Dicho de otra manera, muchos se ven obligados a huir, a refugiarse en terrenos donde su vida se ve menos amenazada que en otros. Yo, en ese sentido, me considero un privilegiado, porque vivo donde quiero. Estos movimientos migratorios causan a menudo problemas de integración, y se han dado casos de agresiones y altercados. Un vecino mío que se llama como yo —y con eso está todo dicho— me decía una mañana, visiblemente agitado, que ya no podía aguantar más a los caracoles de montaña —en el llano nos referimos así a todos los caracoles que viven a una altura superior a la de dos caracoles superpuestos—. Al parecer, le indignaba el hecho de que desde que pusieron el riego por aspersión, los montañeses bajasen al llano a comerse nuestra hierba. En este punto es quizá preciso hacer alguna aclaración: a los caracoles nos gusta la humedad, y en ausencia de ésta nos metemos en la concha hasta que sentimos que el ambiente se humedece. En el caso de los montañeses, es frecuente encontrarlos adheridos a la pared en posturas a veces verticales, completamente metidos en su concha, ociosos, y desentendidos de lo que pasa a su alrededor (a ese estado de apatía, que nosotros nos referimos como vagancia, los montañeses lo llaman «estivación»).

Nosotros, los del llano, no tenemos ese problema, porque todos los días tenemos humedad gracias al riego por aspersión. En ese sentido también me considero un privilegiado. Quitando, como digo, algunos problemas recientes con lo que los medios llaman ahora la inmigración, se puede decir que la convivencia entre caracoles pasa de manera tranquila y sin incidencias. No obstante, se nos tiene por individualistas, y es una afirmación no lejos de la verdad. Me explico: desde hace generaciones, los caracoles decidimos llevarnos bien entre nosotros, sin importar cuántas rayas tenga el caparazón ni las vueltas que dé, porque, bastantes problemas tenemos con los de otras especies como para pelear entre nosotros. Sin embargo, a pesar de lo acertado de esta iniciativa, en mi opinión, se queda a medias, porque lo que haría falta es una cooperación y una organización para defendernos de los peligros ajenos, de los que hablaré más adelante. En su lugar, cuando vemos acercarse el peligro, nos solemos refugiar en el caparazón, esperando así que el problema pase de largo y no nos afecte. Esta es una medida igual de ineficaz que la de volver las antenas para otro lado cuando vemos que otro caracol está siendo agredido. Parece de cajón, o al menos a mí así me lo parece, el hecho de que, dadas las circunstancias, deberíamos formar uniones y comités, pero lo único que consigo cada vez que propongo estas medidas es que me tilden de rojo y de reaccionario. En fin, ya estoy acostumbrado, y lo cierto es que, a pesar, o quizá debido a mi posición burguesa heredada de mis padres-madres, me puedo considerar un socialdemócrata. No llego, por supuesto, al extremo de las Systellommatophora o los limacos —a los que los caracoles más intransigentes y conservadores llaman «babosas»—, que han decidido prescindir de toda propiedad y desprenderse de la concha, y que viven en pequeñas agrupaciones agrícolas donde todo se comparte y no existe la noción del individuo sino del colectivo. Yo, como caracol, soy propietario y estoy a favor del concepto de propiedad, en tanto que mi concha es mía como individuo y no le pertenece a ningún grupo. También estoy a favor de una cierta iniciativa privada, aunque en el caso de los caracoles toda iniciativa es siempre privada.

La rivalidad con los limacos se pierde en la noche de los tiempos. Según los más mayores, ésta existiría incluso antes de que instalaran el riego por aspersión. Según el Libro del Caracol, el Creador estaba haciendo caracoles en su laboratorio de diseño inteligente de especies, antes de poblar la tierra con todo tipo de animales (hormigas, arañas, moscas, libélulas, ranas…), y de pronto se quedó sin conchas, pero a la vez, le sobraban cuerpos de caracol, de manera que los estiró y les dio vida igualmente, pero los dejó a la intemperie.

Una vez, hablando con una babosa —perdón, con un limaco— me dijo que lo que les enseñan a ellos es que los gastrópodos (o gasterópodos) univalvos —que así es como se conoce al conjunto de moluscos que sumamos los caracoles y los limacos, así como las lapas y las liebres de mar (estos dos últimos son animales que los caracoles consideramos mitológicos, ya que no tenemos constancia o noción de que existan o hayan existido nunca)— evolucionaron de manera paralela a partir de un cuerpo visceral viscoso en torsión que gira sobre el pie y la cabeza a finales del período Cámbrico o Cámbrico superior, eligiendo unos segregar sustancia calcárea —lo que daría lugar a la concha de los caracoles— o la libertad a través de la revolución, que pasaría por un rechazo de las costumbres tradicionales del citado Cámbrico —véase, rechazar la concha y todo lo que conlleva—, hasta alcanzar ya en el Paleozoico inferior, una completa abolición del Estado entendido como gobierno, y por extensión, de toda autoridad o jerarquía social bajo el lema sin amo, ni soberano. De ahí que los limacos rechacen la pirámide alimentaria, y se haya dado el caso de limacos comiendo otros limacos, e incluso de limacos comiendo caracoles, lo cual es una atrocidad. Por supuesto, es una leyenda de limacos, que siempre han estado un poco tocados del ala, a decir verdad. Los limacos siempre están protestando, haciendo marchas, reivindicando, y en algunas ocasiones, incluso perpetrando atentados contra los representantes del orden jerárquico del jardín. He de reconocer que, en mi juventud, solía frecuentar sus círculos, y en alguna ocasión llegué a participar en sus reuniones. Me gustaban ciertas cosas de su forma de pensar, sobre todo lo relacionado con el colectivismo, en el que la propiedad de los medios de producción, distribución y cambio debe ser social y administrada colectivamente por todos los miembros reunidos en pequeñas asociaciones por afinidad mientras que, cada uno de ellos, produce según su voluntad (o según lo acordado) y cada uno debe recibir el producto íntegro de su trabajo según su mérito individual. Discrepaba, no obstante, en que mientras ellos hablaban de federalismo simétrico, yo era más bien proclive a un federalismo asimétrico, en el que ciertas agrupaciones de colectivos recibirían y darían conforme a sus propios estatutos, de manera que, si los del llano decidimos dar menos al conjunto del jardín, seríamos libres de fijar cuánto estaríamos dispuestos a compartir con el total, así como también seríamos libres de decidir cuánto recibiríamos. Por este motivo, y por negarme a dejar de poseer mi concha, me expulsaron de sus reuniones. Como digo, aquello fue hace mucho tiempo, y por supuesto ahora me doy perfecta cuenta de lo locos que están, a pesar de tener buenas intenciones. El caracol normal es bastante más conservador, aunque en más de una ocasión ha visto su modo de vida tradicional amenazado por las ideas radicales de los limacos. Por esa desconfianza y fricción mutua, nosotros nos referimos a los limacos como «babosas», y ellos se refieren a nosotros como «cerdos burgueses» o a veces como «enemigos de la revolución». Recuerdo que a mí me toleraban en las reuniones porque en aquella época solía salir más de la concha y me erguía sobre el pie, escondiendo así el caparazón, lo cual me daba un aspecto algo más de limaco. En fin, era la moda. Recuerdo también que los caracoles más viejos me llamaban «baboso» por mi afinidad con los limacos. Bueno, eso es ya agua pasada.

Viene a mi memoria que por aquellos días tuve un incidente desagradable con un caracol arbóreo. Yo no era más que un pipiolo y el otro era un bicho enorme con la concha blanca y unas antenas que parecían arietes. Yo iba en dirección a una planta —creo que era de color verde—, y el morlaco apareció en mi camino, a la distancia de unas cinco conchas. Para llegar a la planta tenía que atravesar una pequeña plancha metálica, que por otro lado estaba bastante fría. Según el código de circulación del caracol, yo tenía prioridad porque había entrado por la izquierda, y el otro seguía avanzando en mi dirección sin apartarse ni una antena, saltándose todas las reglas. Aún a tiempo para evitar el choque, lo increpé cuando nos separaban cuatro conchas y media, pero el otro no dijo nada, como si no me hubiera visto. Yo seguí avanzando porque, a pesar de todo, tenía la prioridad, y además en aquel entonces era muy joven e insensato. A la distancia de dos conchas, el otro empezó a hacerme señas para que me apartara, y me dijo que, si no, me pasaría por encima. Indignado, apreté el paso y me precipité en su dirección. Si era culpa de alguien, desde luego no era mía. Dos minutos más tarde noté el choque. Por fortuna me escondí a tiempo en la concha, pero recuerdo el paso de aquella mole, lenta —porque los arbóreos son muy lentos—. Es un trauma que aún no he superado, y por eso, cada vez que veo a un caracol arbóreo salgo despavorido en otra dirección, eso sí, seguro de que no me podrá atrapar.

A pesar de algunos incidentes aislados como el que acabo de contar, nuestra mayor amenaza viene de fuera del jardín. Las cigüeñas y otras zancudas, los cuervos, los sapos, las culebras y las gallináceas nos hacen la vida imposible, aunque para los caracoles la muerte, más que una desgracia es un contratiempo, porque pasa a cada rato. Nuestra esperanza de vida ronda los tres años, aunque los últimos avances en plantas transgénicas han conseguido elevar la tasa hasta los cuatro años en algunos casos. No obstante, pocos caracoles tienen una muerte natural. Con la llegada de los transgénicos también hemos visto aumentado el número de venenos para caracoles. Los incendios tampoco ayudan, y, sobre todo, son bastante desagradables y churruscantes. En algunos sitios los caracoles son criados, capturados, cocinados y consumidos en masa, a veces al vapor y con hierbabuena, otras veces con ajo, perejil y mantequilla, o bien en salsas picantes, a la llauna o en sopa. Pero el que es el enemigo más mortal del caracol, el más letal e implacable, aquel que nos pone a la altura de los limacos, es la carretera. Muchas veces es necesario cruzar la carretera, y en la mayoría de los casos se acaba espachurrado. Se habla mucho de la carretera. «¿Y dónde habrá ido X? Hace mucho que no lo veo». Normalmente, cuando no se ve a un caracol en mucho tiempo, se suele decir que ha cruzado la carretera, y decimos entonces que «a lo mejor lo ha logrado». En una ocasión, haciendo una apuesta con otro caracol, decidí cruzarla. Nunca había pasado tanto miedo. Fue en la época en la que aparecían contenedores de cerveza repartidos por el jardín. Muchos se subían, se metían dentro y se ahogaban. Nosotros éramos más listos, o eso pensábamos. Nos subimos al borde, nos pusimos a beber, y en una de ésas, mi amigo me propuso hacer una carrera hasta el otro lado de la carretera. Borrachos como estábamos, hicimos caso omiso de lo que tantas veces nos habían dicho nuestros mayores y nos fuimos directos a la carretera. El asfalto estaba seco. Era una sequedad inquietante, aunque mi amigo, que había pasado temporadas en la roca, me dijo que al principio costaba acostumbrarse, pero que al rato era normal, y que si no, siempre se podía estivar. ¿Pero cómo se iba a estivar en mitad de la carretera? Resulta que fue así cómo me enteré de la muerte de mi primo/a. En el trayecto, un caracol que venía del otro lado me contó cómo había ocurrido cuando me vio junto a la concha aplastada y el cadáver viscoso de mi primo/a. «Fue un coche», me dijo. ¡Qué sabiduría! Era la primera vez que veía a un caracol del otro lado. De hecho, no estaba seguro de que existieran caracoles al otro lado de la carretera. No pude evitar lanzarme a hacer preguntas. Le pregunté si al otro lado también había plantas, y me respondió «Oh, sí, plantas, ya lo creo». Estaba estupefacto. ¡Y pensar que durante todo ese tiempo me había creído lo que decían en el jardín! Desde pequeño me habían dicho que al otro lado no había nada, y qué equivocados estaban. Mi corazón palpitaba con fuerza solo de pensar que al otro lado vería plantas y cosas, como me había dicho el otro caracol. Detenerme a hablar con aquel desconocido del otro lado de la carretera fue lo que me salvó la vida, porque en el rato que perdí hablando con ese extraño, mi amigo se había adelantado ya al menos diez conchas. Iba a ganar la carrera, pero no me importaba, porque la conversación con aquel caracol extranjero me había enriquecido. Lamentablemente, a mi amigo le costó la vida. Se había dado media vuelta para decirme no sé qué cosa cuando dos ruedas enormes lo hicieron papilla. En ese momento se oyó la risa sarcástica de una babosa que cruzaba a mi altura, que me dijo «tanta concha y al final os aplastan igual». Estaba fuera de mí. Decidí llegar al otro lado de la carretera, costase lo que costase. Al fin y al cabo, estaba en la mitad, así que tanto me daba ir en una dirección como en otra. Corrí y corrí durante una eternidad, hasta que mis antenas empezaron a vislumbrar el otro lado. ¡Cómo lo recuerdo! Era verdad lo que me había contado el caracol de la carretera. No sólo había más plantas, sino que la hierba era más verde y no se veían rocas ni árboles. Era un paraíso del llano. Me encontraba ya a la distancia de unas doce conchas cuando un niño pequeño se acercó y me levantó por el caparazón violentamente. Confuso, oí que le decía a su madre «Lo va a pisar un coche. Voy a ayudarle a cruzar la carretera». El niño se dio la vuelta sobre sus talones y me devolvió al jardín de donde había salido. Esa fue la única vez que casi cruzo la carretera. Nunca más me he atrevido, aunque a veces sueño con lo que vi al otro lado y me pregunto cómo habría sido mi vida de haber conseguido terminar de cruzar, pero eso es algo que tendrá que vivir otro caracol.

 


 

Diego Kindler, Madrid, 1984. Licenciado en Lenguas Modernas por la Universidad de Estocolmo, ha publicado la novela El tablero de Parchís (Caligrama, 2019) y los cuentos La muerte de Iván Antónovich y La cola, ambos traducidos al polaco por el catedrático de literatura de la Universidad de Szczecin Piotr Michalowski, y publicados en la revista literaria Fraza. Presenta ahora el cuento Diarios de un caracol, extraído de la colección de relatos homónima. En la actualidad trabaja como traductor y escribe cuentos y novelas.

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 106 · septiembre-octubre de 2019

 

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