relato por
Diego Chinchilla

 

S

upe sobre el pintor mediante una estudiante que fue referida a mi oficina. Se trataba de una joven de dieciséis años que disfrutaba polemizando con los docentes. Así se tratara de ciencias, filosofía o religión, la muchacha desafiaba a sus maestros.

«Lo que intentan enseñarnos aquí en el instituto es una farsa», me dijo desde las primeras de tanteo. «El mundo es mucho más que el lugar simplón al que se refieren los profesores».

Luego de analizar sus confidencias y de atar algunos cabos, deduje que la causa de la rebeldía señalaba a su padre, un pintor no reconocido.

Tan pronto como pude arreglar una entrevista con el padre de familia, me dirigí hacia un suburbio igual a cualquier otro en nuestra ciudad. La propia estudiante me recibió con naturalidad en una habitación donde apenas penetraba el sol del mediodía. Luego me indicó que el pintor estaba trabajando en su estudio; casi no la escuché. Apenas mis ojos se acostumbraron a la penumbra y distinguieron los primeros cuadros, a mis sentidos los atrapó el espanto.

Quizá mis palabras no sean suficientes para referir los escalofríos provocados por la obra del pintor. No puedo describirla en conjunto; se trataba de formas, colores y estímulos que rompían mi marco referencial. No tuve tiempo de racionalizar las imágenes que frente a mí se agolparon; lo que diré ahora es fruto de posteriores reflexiones pues en el momento del primer contacto fui incapaz de sustraerme a la marea de sensaciones.

Casi todos los cuadros representaban paisajes donde las formas se hundían —o las devoraba— un lodazal de sombras. A esas sombras las erizaban los perfiles de unos engendros violentamente rojos, anaranjados y amarillos que herían las retinas. Las entidades que surgían de esos contornos, aviesas y sacudidas por la fiebre, se confundían entre lo humano y lo animal. Distinguí a un humano gordo devorando con sus fauces de jabalí a una rata que retorcía su grupa humana en la mitad de la dentellada; a un racimo de larvas humanas que se revolvían cual polillas junto a unas pantallas como pupilas de serpiente; a una doncella ensangrentada pero aún viva que soportaba las vejaciones de una manada de chacales. Sentí los picos, las garras y el aliento de mil sabandijas: ratas, buitres, serpientes y niños con cabelleras como explosiones.  Advertí la quemadura del vómito ascendiendo por mi garganta cuando me asaltó una mancha de gusanos hambrientos  que comenzaba a reverberar sobre mi carne. Sucumbí a los estremecimientos del suelo cuando sobre mí se abalanzó la imagen de una madre humana que se hundía las garras en su propio sexo para aniquilar el contenido de su vientre.

Asumo que la estudiante me condujo hasta lo que debía de ser el estudio del pintor; no creo que fuese capaz de llegar hasta allí por mis propios medios. Las dimensiones del escenario donde fui arrojado superaban por mucho las de la casa donde entré en los suburbios de la ciudad. El estudio del pintor semejaba un campo de desastre militar, con una guerra cruenta y silenciosa aún en progresión. Había edificios como cubiles, flanqueados por tumultos de huesos y calaveras. La pestilencia a muerte era insoportable; sobre el piso había amontonamientos de carne descomponiéndose; en las paredes había vísceras desprendiéndose por los hoyos de las ventanas. Distinguí a otra mujer en labor de parto, conectada por varios cables y electrodos a una computadora; las alimañas que iba dando a luz le devoraban las piernas y las caderas. Me pareció identificar a unos hombres desnudos y esqueléticos que se arrastraban para revolver los tumultos de carne hedionda; los vi separar a los gusanos y llevarse los colgajos hasta sus fauces.

Las pinturas habían consumido la atmósfera, todos los rincones de aquel taller. En mi cerebro todo hervía; la estudiante me sujetó para evitar mi desvanecimiento. Sus manos como garfios me guiaron hasta el sitio donde el pintor se confundía con el caos. Era alto, viejo, erguido, y vestido de blanco embadurnado. Abrió sus brazos como si se disculpara; no se preocupó por disimular las lágrimas que quemaban sus mejillas. Él, como yo, quería desvanecerse; ceder frente al asco. La estudiante impidió, de nuevo, que me desplomara; me encaró y me habló con dureza: «Mi papá convive todos los días con estos monstruos. ¿Cómo puede usted ser tan blando?». Agradecí cuando me lanzó a la calle; me sentí expulsado de los intestinos de una bestia.

Desafortunadamente, no he vuelto a disfrutar del aire fresco del mundo. Muchas veces tengo la sensación de que el fango me succiona; muchas veces regresan las bestias híbridas del pintor: como ahora mismo que intento distraerme mientras paseo por la ciudad y descubro juntos, rebañando en un basurero, a un gato con el lomo erizado y a un niño con ojos hidrofóbicos.

 


 

Contactar con el autor: portuariazo [at] gmail.com

Ilustración: Fotografía por Skitterphoto / Pixabay [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) n.º 102  enero-febrero de 2019

 

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