relato por
Alexander Pascual Estrada

 

Día primero, año cero

Hube de soñarte después del encuentro matinal. Un sueño incipiente. Bastó el roce cálido de tu textura, el aparente pulular del viento acosando las hojas, la ternura de los vocablos esgrimidos a la sazón del paisaje: imagen surrealista en movimiento. Hube de entrecortar el silencio, trasmutar la mirada, inclinar el oído. Hube de sentirte en la música de los pájaros, las sirenas de los coches, la ausencia de la prole enmascarada en los nidos de las hormigas. Soñarte ha sido el principio de arrumacos, la tesitura de una melancólica canción barroca, los versos de poetas enamorados. Bendita hora matinal de bañada esperanza. Hora de embrujo, música y síncopa. Hora de ensueños, taciturnas melodías, ensordecedores misterios. Hube de soñarte tras ese encuentro matinal para deshojar la desesperanza.

Día segundo, año cero

Regresé al banco de tus palabras. Al recuerdo vivido. A las nubes esparcidas en la memoria. Regresé al recuerdo. Al instante único. A la placidez de tu presencia. Anduve tras las huellas de tu verbo, a cada palabra descrita, a la relatoría de ilusiones. Mistifiqué tu cuerpo. Lloré junto al lago de la emociones. Describí, en un intento mordaz, la secuencia de cada gesto. La sonrisa. Los hechizos. Las verdades. Renegué de los proscritos ideólogos. Volqué el destino al ardor de la espera. Regresé al banco y encontré el silencio de tus palabras.

Día tercero, año cero

Esperarte ha sido el retorno a las ansiedades. Un ciclo muerto con los últimos ardores de la memoria. Música, letra, verbo. Confianza de sonrisa, luz de cenit antiguo, poema encriptado en alguna bóveda milenaria. Esperarte anida sentimientos, difumina inconstancias, renuncia de acalorados alaridos, pasión de engendros. Esperarte avista otras tierras, otros horizontes, otras vendimias. Esperarte, por cierto, enmudece la teoría de los amaneceres.

Día cuarto, año cero

Pienso en el silencio que dejó tu mirada. El vacío inconstante de tus ojos. La secuencia adjudicada a la pobre semántica adolorida por el pasado. A los versos no escritos, los estatutos de la piel, la música del viento. Pienso en la riqueza del lenguaje, los pasos perdidos, la anuencia de las golondrinas. Relato los universos paralelos, la abdicación beligerante, los sentimientos opuestos. Pienso en el cálido saludo de tus labios, los amotinados recuerdos de tu sonrisa, la intrepidez de tu carácter. Pienso en todo lo que soñamos antes de perdernos en el bosque de la espera.

Día quinto, año cero

Me inquietó tu desaliento. La ironía de las pisadas, el sometimiento de la duda. Retuve los vocablos, disipé la lujuria de sentirme pez. Me preocupó tu silencio. La ingravidez de tu rostro. El senil desamparo de las respuestas. No quise observarte. Entablé batalla con los arbustos clonados de la avenida. Subyugué los desaires a la simpleza de un cariño futuro. Estuve allí mientras tu bondad discurría entre indecisiones razonables.

Día sexto, año cero

La felicidad me desborda, los pájaros del parque, las florestas multicolores, los versos de tu boca, la sapiencia del pelo, los vocablos derramados en torno a tu sonrisa, la brillantez de tus dientes. Me desborda la ilusión, el sentido común, los sueños, la prisa de tus olores, la burocracia del transeúnte, el optimismo de los niños, el presente con sabor a futuro. La felicidad me desborda. Tu imagen soñolienta, tu pelo en perpetua danza, tus ojos acallados, la música de tu boca. Me desborda. El cáliz, el ardor, la paciencia. La felicidad ancla y nosotros corregimos el vaivén de las olas.

Día séptimo, año cero

Lloré el cansancio de tu ausencia. Los sobresaltos, las ilusiones, los carismas. Sentado en el banco de las contrariedades absorbí la pesadumbre de la ausencia. Hoy no estás y las golondrinas emigran a otros paisajes, la luces se tornan opacas, los sueños truncos. Esperé el acorde melancólico sentado al borde del camino. Deslumbrado ante la insólita ingratitud del crepúsculo, amotiné los deseos, desmentí la ignorancia, me perdí en tus atajos. Lloré el cansancio de tu ausencia y morí en el remordimiento de las promesas.

Día octavo, año cero

Te necesito con la mesura que me envuelve, con la pasión enamorada de un jovenzuelo, con el sabor a mieles en los labios; con la premura de un grito de guerra, con la dulzura de un recién nacido, con la ilusión de un sueño de verano, con la paciencia de los elegidos, con tú olor cubriéndome las sienes. Te necesito antes que el tiempo implore otros recuerdos, antes que el cielo destile otros insomnios, antes que la prudencia me gane este juego pirotécnico, antes que Dios muera en el próximo disparo.

 


 

Alexander Pascual Estrada. Autor cubano. Se desempeña como subdirector de la Dirección Municipal de Cultura en Puerto Padre, Cuba. Diario del recuerdo es un texto dedicado al amor.

📩 ccsanmanuel[at]gmail[dot]com

Ilustración: Fotografía por xaviandrew, en Pixabay [Public domain]

 

Biblioteca Diario del recuerdo

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 126 · noviembre-diciembre de 2023

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