relato por
Daniel A. Bravo Villanueva

 

Decisiones, cada día
Alguien pierde, alguien gana
¡Ave María!
Decisiones, todo cuesta (Persígnate)
Salgan y hagan sus apuestas
¡Ciudadanía!
Rubén Blades

 

E

xtendí mi brazo derecho y grité:

—Eyyy, Don Horacio va pa´ San Mateo? —él me abrió la puerta, me subí a su coche destartalado y gritando de vejez hasta en el motor, busqué los mil pesitos en mi maleta.

—No le doy más —pensé, siempre que le entrego billetes de cinco mil no me devuelve ni un peso extra, que dizque no tiene cambio, y como voy de prisa para el trabajo me da igual y le digo:

—El próximo es gratis don Horacio —el estúpido me guiña y me hace creer que es cierto, mentira. Llega la noche y me teletransporto del Transmilenio hacia su carro y el hijo de puta me cobra como si nada, ¡idiota!

Vamos llegando al Transmilenio, no quiero dar vuelta a la derecha tengo tan mala suerte de encontrarme con algún conocido, fingir que me agrada, saludarlo y conversar hasta que el camino nos separe entre las masas sobre un puente agrietado.

—Hola, López… —voz aguda, ¿quién será?, pensaba yo; será Daniela, Camila o Juaco. No, era Irene Ramírez, bueno, peor es nada.

—Quihubo mujer que más, ¿vas para el trabajo? —como si me importara.

—Sí, como siempre Miguel y tú, ¿juicioso?

—Sí, claro, como siempre.

—¿Para dónde vas?

—Éxito de la 80 —y aquí me detengo y digo que es un error para las personas que como yo se enamoran de la soledad, contarle a una mujer que sabe que le gustas el lugar al cual vas, pues inevitablemente te dicen que se dirigen para ese mismo y como mis cálculos no fallan:

—Qué coincidencia yo también voy para allá —sonreí como quien no quería la cosa, pero que estaba resignado y la abracé.

—Pues vámonos juntos, ¿te parece?

—Ya llegamos señores —nos dijo don Horacio a mí, a Irene y a un barbudo de pelo largo de seguro mamerto, revolucionario y de la Nacional…

 

Traje un espejito, mi teléfono, un esmalte y todo lo que una mujer como yo Sandra Milena Penagos llevaría a su trabajo. ¿Usted sabe dónde trabajo? Soy funcionaria del gobierno, no manejo papelitos y ya, ni me la paso tomando café y echando chisme con la del servicio, soy una alta ejecutiva y sí, llegué allá solo porque mi carro tenía pico y placa, pero bueno, creo que usted no necesita la historia de mi vida ni se la voy a contar. Refiriéndome a su pregunta; pues yo me levanté temprano como siempre, desayuné mis dos pancitos integrales con agua aromática, antes de salir de mi apartamento me despedí de mis hijos. Oiga, usted tiene que conocerlos, uno estudia en los Andes y el otro en la Javeriana ¡divinos mis tesoritos!

Llegué a la estación Virrey en la Autopista Norte con 85, subí el puente e ingresé al vagón. Le pregunté a uno de los auxiliares si sabía cómo llegar a una estación que se llamaba Ricaurte, dizque al frente de Alkosto y al lado de la penitenciaría de menores, ¡Qué horror!, él me miró de arriba abajo de abajo arriba y sacó su lengua y la paseó por sus labios como saboreando algo, algo que era yo por supuesto, ¡malditos machistas!, no pueden ver damas en minifalda porque siempre quieren violarnos.

—Sumercé debe tomar la ruta G11 que la va a dejar en esa estación —parecía fácil, y lo fue, llegué a las puertas donde se debía esperar. Aguardé como unos cinco minutos, en tanto eso el espacio se llenaba de gente cada vez más, algunos empezaban a molestarse paseando groserías de un lado al otro. Hubo un momento de quietud y yo no sabía que pasaba cuando del lado norte del vagón, el vidrio de las puertas se tornaba rojizo.

—Por fin llegó —susurraron…

 

Yo, yo, yo me llamo Walter Torres y, y, no, no sé por qué paso todo esto, hace unos días había cumplido diecinueve años en la organización, se lo juro que inicié trabajando con los primeros que llegaron al país, en ese momento le estreché la mano al alcalde de turno que trajo este sistema a la ciudad; de hecho, también fui uno de los privilegiados en acompañarlo para que se cortara su barba como lo había prometido si traía esta innovación a Bogotá.

He estado siempre pendiente de las personas que se pasan las vías, usted no sabe que es conducir por la Caracas con 40 sur, y ver cómo se atraviesan, tratar de aminorar la velocidad y pitar y pitar, hasta que alguno de los dos se canse. Usted ni se imagina, pero yo he tenido que lidiar con esos mugrosos de la calle, cuando llego a la Jiménez, se suben y se la pasan pidiendo monedas, usted ni creería lo que es decirles que se bajen a la buena, porque con malas maneras terminaría en la cárcel.

Ahora me imagino que entro a la empresa y me tienen la carta de renuncia lista en la mesa del gerente, y la alcaldesa con su mirada filuda y su suéter de Kung Fu Panda me dirá:

—Hasta luego, gracias por el servicio prestado a los bogotanos y bogotanas —¿cómo no quieren que llore, cómo no quieren que cambie el tema de interés y que empiece a narrarles lo que pasó?

Está bien, yo me acuerdo de que tenía la ruta G11 para devolverme hacia el sur, en las únicas estaciones que tuve problemas para detenerme fue en Virrey. Me acuerdo de muchas personas en su mayoría jóvenes y una señora, creo que estaba vestida casi como prostituta, estaba rica la vieja, la robaron. Pobrecita apenas entró al bus gritaba que la habían violado, ultrajado y que le quitaron creo que el teléfono y un esmalte me parece. Pero como todos los días seguí y volví a tener inconvenientes en otra estación, esta vez fue la Escuela Militar y luego alcancé a tomar velocidad natural con los demás paraderos, se los juro que todo estaba completamente normal antes de subir el puente de la 30 con 13 hacia el sur…

 

Subimos el puente de San Mateo, entramos al vagón, Irene me preguntó:

—¿Me prestas para un pasaje? —no tenía para mí y ahora le iba a prestar a ella ni loco que fuera, pero algo sucedió, mi voz salió sin permiso:

—Claro mujer, pa´ que estamos sino pa´ ayudarnos —¿qué había dicho en ese momento?, ¿en serio sería tan estúpido para hacer eso?

Sí, sí, la verdad sí lo fui, además le dije que no importaba, que no me lo devolviera, que después arreglábamos. Ella me soltó un beso en la mejilla y me apretó contra su pecho. Seguimos y seguimos caminando por todo el vagón hasta llegar al K43, esta ruta tenía como destino Aeropuerto El Dorado, por supuesto debía bajarme en el Ricaurte y por supuesto también Irene.

En un mar de gente esperamos a que llegara el articulado, delante de mí estaba un viejo gordo y caderón, él miraba para todos lados con el afán de no llegar tarde no sé a qué, de seguro al trabajo y atrás estaba Irene contemplándome la espalda. Apenas llegó transporte nos abalanzamos para ver quien cogía la primera silla disponible, en eso soy muy egoísta, no me importa si me llevo a cualquiera, la meta es sentarse y dormir. Y como lo normal, eché codo, empujé, y madreé al que tenía que ser madreado ya que también me robaron el celular…

 

Él estuvo insoportable casi toda la mañana, desde que nos encontramos en el carrito de don Horacio, puede creer que me miró feo, me habló de manera hipócrita sobre dónde se dirigía, y yo sé que lo estaba haciendo, lo conozco perfectamente pues siempre ha estado enamorado de mí, se cómo actúa ese tonto; así que para empezarlo a fastidiar le expresé que mi camino era el mismo del suyo, creo haberle escuchado Éxito de la 80 y con esto, mirando cómo me fruncia el ceño yo sé, lo hice enojar. Eso se sintió más cuando arribamos a San Mateo; pues ni siquiera me ayudó a bajar del auto, me tocó pedirle ayuda al pelilargo que nos acompañaba en el viaje.

Debidamente traje mi tarjeta recargada con los pasajes de hoy y mañana, pero quería saber hasta dónde pasaba la tacañería de mi amiguito, este personaje para sacarle un poco de dinero el esfuerzo tenía que ser brutal. Lo hice jugar con mis ojos, él no me quitaba la vista de encima, aproveché la ventaja.

—¿Me prestas para un pasaje? —y como lo sospechaba cayó redondito en mi trampa, no se negó en ningún momento al contrario, me dejó ingresar de primeras y luego casi se le olvida cruzar el torniquete sin pagar el pasaje, creo que en algún momento recordará este episodio y me odiará bastante por eso también le di un beso y lo acerqué a mis senos, como para que pensara que había valido la pena semejante esfuerzo.

Hubo un momento que me gustó mucho, al idiota le robaron el celular, después de que se entró a las malas al Transmilenio y tras del hecho me cogió de la mano y me arrastró con rapidez hasta la parte de adelante del vehículo, solo podía morir de risa cuando madreó a todo el mundo por la pérdida de su teléfono, se lo merecía. Ya después de calmarse se recostó en la ventana trató de dormir, no pudo y me miró ¿iba a decir algo?, no, no expresó ni una sola palabra, luego se volteó al frente y así estuvimos hasta el SENA cuando me dijo:

—Tú me gustas…

 

Me robaron esos idiotas, además me cogieron los muslos, esos igualados casi restregaron su pito por mi espalda ¿yo por qué me subí a esos buses de la chusma?, hubiera pedido UBER o taxi. Me sentí sucia y lo peor es que nadie me ayudó, hasta el conductor se reía de mí, lo único que hice después de resignada por los gritos que nadie atendía o sí, pero con improperios en contra mía:

—¡Para qué se viste así cuchibarbie!

—¡La próxima vez se viene desnuda señora de las cuatro décadas!

—¡Uy que rico, si como camina cocina me le como hasta el pegao!

Decidí hacerme adelante, supuse que allí estaría sin ninguna incomodidad. Pude ver el recorrido en todo su esplendor, cuando paramos por la Escuela Militar también hubo desorden y personas que gritaban sobre la pérdida de los celulares y algunos toqueteos de malditos aprovechados, más tarde hubo un poco de tranquilidad por la 30 excepto en el Campin, creo que ese día iban a jugar un partido de fútbol los equipos de la capital ya que había banderas regadas hasta en las uniones del caño que va en paralelo de la autopista, luego por Paloquemao subimos el puente de la 30 con 13 y me pude dar cuenta que había algo debajo de la silla del conductor, creo que era un billete de cincuenta mil, billete que no dudé y de manera disimulada en agarrar sin que nadie me viera, no me hacía falta el dinero pero, ¿cuándo uno se encuentra cincuenta mil pesos en la vida?…

 

Terminando la parábola del puente se notaba la inmensa cantidad de gente que me esperaba, por lo menos cien personas con un objetivo, un solo significado y ese era entrar en mi vehículo.

No sé por qué, pero usualmente cuando observo ese montón de masas humanas que se golpean entre ellas para entrar sea como sea, me deprimo y de la nada pienso en mis deudas, mi mujer que está embarazada con mis otros dos hijos en casa, además de otras personitas por ahí y yo con la miseria que gano, no me alcanza para mucho. Por eso, cuando rocé con el viento las barras metálicas del extremo norte de la estación toqué el bolsillo derecho de mis pantalones para sentir el pago de un trabajo extra, cincuenta barritas.

No lo encontré, me preocupé y traté de enfocarme cuidadosamente si estuviera en algún lugar de la silla, pero no había nada. Cuando miré para atrás estaba esa vieja que habían acosado y robado en la 85, esa señora estaba recogiendo algo, pero no pude adivinar qué era pues los gritos de las personas que estaban cerca de mí, junto con las alborotadas en el vagón de Transmilenio me hicieron voltear hacia adelante, intenté pisar el freno como pude, intenté tantas cosas, pero…

 

No sabía si me estaba hablando en serio o jugando una broma, pero tal vez fue la única frase que en serio lo sentí convencido, me tocó con suavidad mi cabello y me miró fijamente, este atrevido utilizó mi táctica visual y ahora me controlaba, se los juro que no me podía mover, repitió que me quería, que se mostraba fuerte, pero por la pura debilidad hacia un rechazo.

—¿Tu estás bien López? —le pregunté y él me respondió que lo olvidara, que estaba bromeando pero ese pequeño acercamiento no pareció normal; de hecho cuando los dos miramos el cerro de Monserrate y la torre Colpatria desde la cima del puente de la Sexta con 30, yo le volteé la cara hacia mí y le dije como siempre que solo lo quería como un amigo. Él se mostró conforme, pero yo lo conozco sabía perfectamente que quería llorar, aunque se lo había dicho bastante y en otras ocasiones, no sé, creo que él piensa vagamente en que alguna vez estaremos juntos, pero eso no es cierto, aunque quiera divagar sobre este asunto.

El bus llegó al Ricaurte, nos bajamos, dejé que me tomará de la mano. Quién iba a creer que en un solo viaje pasarían tantas cosas, si esto fuera un cuento o una crónica juro que mataría con mis uñas al que escribió esa parte de mi vida. Decidimos caminar hacia el norte de la estación para coger el D22 pero nunca pudimos, los empujones iniciaron, los gritos en porcentajes altos, auxiliares y policías bachilleres que si al caso tenían un bolillo y un celular para reportar cualquier incidente, se saltaron torniquetes y se protegieron en la cabina de las señoras que recibían el dinero de los pasajes, empezó la hecatombe. Desde lejos se observaba que llegaba el bus por lo que todos se amontonaron, me separaron de Miguel, recibí un codazo en mi rostro, perdí la posibilidad de aguantar a la multitud y fui llevada afuera de la estación con mucha gente que caía esperando un bus, esperando que este articulado pasara sobre mí explotando cada parte de mi cuerpo y dejando solo un chorro de sangre, y una imagen bestial para los espectadores y medios de comunicación por lo menos una semana…

 

Las palabras no me ayudaron en nada, otra vez dejaba al descubierto lo que sentía por ella, lo que fue diferente del rechazo era el contexto, los dos estábamos divisando el centro de Bogotá desde el puente de la 30 con Sexta, me quedé en silencio y ella tomó mi mano en el momento en que nos íbamos a bajar del vehículo. Al caminar solo deseaba llegar al Éxito de la 80, comprar lo que necesitaba y devolverme por la carrera 68 en un bus de los años 90 que para nada era apto de transitar. Nos íbamos acercando, pero cada vez era más difícil, la cantidad de pasajeros que esperaban y esperaban la ruta hacia sur era incomparable, alcancé a divisar que era el G11, no podía seguir, trataba de empujar y empujar, la respiración disminuía y mis oídos se descontrolaban al no retener un sonido fijo entre tantos gritos de personas que requerían transporte. Solo fue un segundo para que alguien gritara:

—¡Buses, buses! —me hicieron soltar a Irene que se me perdió de mis ojos. Me empujaron, me golpearon contra las puertas dañadas del vagón y salí vía afuera a la autopista con muchas personas que caían sobre mí, de ahí no recuerdo más…

 

Comunicado del Hospital San José de la ciudad de Bogotá

12 de agosto, 2019

A toda la opinión pública se les informa que hoy alrededor de las 10 de la mañana arribaron a nuestra instalación las víctimas del accidente generado en la parada Ricaurte de Transmilenio, según lo que nos comentan los policías y unos testigos, esto fue a causa de la irritación de las personas que esperaban un articulado y que cayeron justo antes de detenerse la ruta.

 Bajo un control estricto y riguroso de nuestro equipo médico, se logró hacer un intento máximo para poder salvar a todos los que salieron heridos, sin embargo, hace unos instantes han fallecido varias víctimas de este terrible suceso.

Esta es la lista de las personas que hasta el momento han perdido la vida.

Diana María C. Sierra
Miguel Andrés López C.
A. Gómez Acevedo
Irene Ramírez M.
Samuel C. Molina Arévalo
W. Eduardo Torres Manrique
Gonzalo Pacheco F.
Sandra Milena P. Molina

Un saludo fraterno a las familias por parte de todo el equipo de trabajo del Hospital San José de Bogotá.

Descansen paz.

 

FIN

 


 

Daniel Andrés Bravo Villanueva: «Soy estudiante colombiano, resido actualmente en el municipio de Soacha y este territorio al igual que Bogotá han sido pilares para la inspiración de mis relatos, este texto lo evidencia ya que tomo muy en cuenta las calles, el sistema de transporte y demás cosas que inevitablemente vivimos en estas dos ciudades».

📩 Contactar con el autor: bdanielandres[at]gmail [dot] com

🖼️ Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 120 · enero-febrero de 2022

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