relato por
María Girbés Jiménez

 

E

l techo blanco con una bombilla colgante por lámpara era lo que alcanzaba a ver allí tumbada, en ese solitario y cómodo sofá como único sitio para sentarse. Una pequeña televisión durmiente cuya pantalla nunca había mostrado otro color más que el negro, una mesita blanca y unos pocos juguetes esparcidos por el suelo componían el resto del paisaje del mustio salón. Se me ocurrían pocos lugares más anodinos. Resulta extraño que en aquel espacio sin vida tuviera lugar, un día cualquiera, un evento de intensidad tormentosa.

Llevábamos ya un rato hablando de temas diversos, él y yo. Temas interesantes, de los que yo no había hablado con nadie de esa forma tan única. Hablar con él era como cerrar la puerta al frío cuando entras en casa. Le pregunté si creía en la vida después de la muerte. Se tomó un segundo y medio para responder.

—Eh… pues no, no.

No.

Lo dijo como sabiendo que acto seguido escucharía mi alarmado «¿No? ¿Cómo que no?». Como, efectivamente, sucedió.

—Yo creo que todo está en el cerebro y que, cuando te mueres, ya no hay más. Todo lo que pensamos y sentimos es gracias al cerebro. Surge en él. El cerebro lo hace posible.

Me explicó lo que se ve en determinadas pruebas médicas y algunos recientes descubrimientos sobre la maravillosa capacidad de nuestro cerebro, mientras yo, sin decir nada, me amohinaba al otro lado del teléfono. Como si fuera un niño pequeño al que le dicen que no podrá ir a saltar a las camas elásticas. Odio el teléfono. No permite verdad, como cuando tienes a la otra persona delante de tus ojos. Pero la distancia obliga a prescindir de esa honestidad de la mirada.

—¡¡¡Un momento!!! —quise detener aquella explosión suya de racionalidad—. ¿Todo lo que sentimos?

Naturalmente, sabía y sé que el cerebro es quien controla las emociones, el asiento de las emociones, como una vez leí en un artículo sobre el tema. Pero hay algo en mí que tiene un especial gusto por escapar a toda lógica, que huye de lo pertinente; se siente atraído por el impulso y la pasión. Está siempre deseando dejarse llevar por ese no sé qué que hay en las nubes y llega hasta el espacio. «¿No hay algo más?, ¿esto es todo?».

Así que comencé a teorizar acerca de la romántica idea de que todos tuviéramos un entecillo dentro de nosotros, que al morir vaga por ahí, mirándolo todo y, lo más fascinante, sabiéndolo todo. Es nuestra alma.

Me divertía plantear mi ventolera a pesar de saberme fantasiosa. O tal vez no. ¿Quién lo sabe?

—Que al morir lo sabremos todo, tendremos todas las respuestas y nos encontraremos —concluí.

Racional o no, es una posibilidad. ¿Qué no es posible? ¿Qué es cierto y qué no lo es?

Pero sus argumentos de contraataque me convencían.

—El hecho de que todo provenga del cerebro no le quita romanticismo al asunto; al contrario, hace que podamos apreciar la maravilla que es nuestro órgano pensante.

—Pero… ¡somos energía! La energía ni se crea ni se destruye. ¿Y el Big Bang? ¿Vino de un cerebro? ¿El de quién? ¿El cerebro del Universo? Necesito saber todo esto —insistí.

Aquello se convirtió en un ir y venir de opiniones, verdades y deseos. Y yo sentí algo increíble. Supe que mi amor por él es tan cósmico, grande, puro y ardiente…

No es producto del cerebro, que no. O no solamente. O sí lo es, y el cerebro es entonces el asiento del entecillo que después de morir todo lo ve y lo sabe.

Lo único indudable para mí durante aquellos cautivadores minutos fue saber, con todo mi ser y con plena certeza, que mi amor por él traspasa lo corpóreo. No puede quedarse en los huesos inertes. Mi amor por él es impertérrito frente al tiempo y el espacio. Es entero, vigoroso como la fuerza de las tormentas. Y, cuando seamos polvo de nuevo, nos hallaremos. Nos fundiremos. Y así permaneceremos. Y sabremos todo lo que no sabíamos en vida. Todo lo que no dijimos, pero sentimos. Desaparecerá el miedo y solo quedará nuestro amor en las estrellas.

—Oye, tengo que ir a tender una lavadora. ¿Te parece si hablamos luego?—dijo él, tan pizpireto.

Y así salimos del sueño lúcido, mi soñador cerebro y yo. Y supe que quería poner y tender infinitas lavadoras con él.

 


 

María Girbés Jiménez. Máster en Marketing Digital (Universidad Internacional Isabel I de Castilla. Burgos), Diplomada en Dirección Cinematográfica por la Escuela de Cine y Televisión Séptima Ars. de Madrid. y Premio de la Escuela «Mejor Dirección» (2017).

 Contactar con la autora: mgirbesjimenez [at] hotmail [dot] com

Ilustración artículo: Fotografía por tommyvideo / Pixabay [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 122 • mayo-junio de 2022

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