relato por
Kim Bertran Canut
E
n aquellos remotos días, transitamos unos cuantos viajes por el norte de España. A dedo, o con una furgoneta en la que colocábamos un colchón, o alquilando un auto. Lo digno era salir de la ciudad. Anochecer en La Concha, bailar en el Bierzo (tocando a Portugal) o comer en la fiesta de los pescadores en un pueblo de Santander. Comprar un libro de Dostoievski en una feria en Laredo, tomar una copa en el medievolo en el Desfiladero de la Hermida, esperando a que nos arreglaran el depósito de gasolina del coche, que una piedra había reventado,
Vivir el camino, clima fresco de libertad.
Andando por un norte cualquiera de un país tan extranjero como el nuestro.
Era un sábado en Barcelona, a finales de los años 70, creo que a punto de cumplir los diecinueve agostos, sí, entonces sería 1979, casi seguro…
Quería ir a Jamboree y al Karma a beber unos cubatas, escuchar buena música de jazz, rock y blues, bailar un poco y charlar con los amigos.
Divagaba ocioso Ramblas abajo.
Todavía era temprano y como tenía hambre, resolví entrar en Cosmos a cenar algún plato combinado. El bar Cosmos me recordaba al célebre cuadro de Hopper Nighthawk (Los halcones de la noche, 1942) Aquí en España se le llamó Noctámbulos, donde sale un restaurante esquinado con cuatro personas. Bien, en el Cosmos ni siquiera había dos.
Me senté en un taburete frente a la barra y pedí, como ya dije, un plato combinado de pollo, lechuga, patatas y algo más que ahora mi estómago no recuerda.
Puse unas monedas en la máquina de discos Jukebox, opté por Rebelión de la mala luna de Creedence Clearwater Revival (CCR), Caballos salvajes, de Rolling Stones, y una voz desgarradora, que en aquel tiempo escuchaba muchas noches, sí, Tiempo de verano de Janis Joplin.
En ese preciso instante, entraba una chica veinteañera, de muy atrayente figura. Ella vino hacia mí, echó un vistazo a mi plato y sonriendo me dijo, así muy suavemente, arrastrando las palabras de forma persuasiva:
—¿Puedo comer uno de estos a tu lado, no me gusta comer sola…, te importa?
—Claro que no. Para nada, siéntate, no, no te preocupes que me agrada comer en buena compañía.
Entre las notas de la Creedence y la alta estima adquirida por el evento femenino, llamé al Hombre-bar y le pedí otro plato para mi compañera.
Hacía poco que Roxi había llegado a la ciudad, coreaba en algunas bandas de blues y como esto no le aportaba mucho dinero, ocasionalmente iba con algunos tipos, marines de la Sexta flota americana.
Recuerdo muy fluida e interesante la conversación que mantuvimos, charlamos de música, de Pink Floyd, los Who y esos grupos cosecha de los 60. Ella era fan de Bowie, Marc Bolan y Lou Reed. Estaba leyendo Fausto, de Goethe, y citamos a Baroja, Nietzsche, Hesse o Dostoievski. Fue una velada estupenda. Bebimos un par de cervezas y liamos un cigarrito de la risa.
Pasaron unas horas y ella me habló de una cita importante en la que debía acudir sin opciones.
—No puedo faltar, si no fuera tan importante para mí, te acompañaba al Jamboree y al Karma… En fin voy al lavabo y pago mi plato.
Se levantó y fue hacia el Hombre-bar.
Me dio un beso y se despidió.
—A ver si nos vemos pronto, amigo.
Y se marchó (todavía faltaban unos meses para que Perales sacara la canción). Eché más monedas en la máquina de discos y tomé un ron con Coca-Cola. Después pedí la cuenta.
Me pareció muy caro y se lo comenté al Hombre-bar.
—Bueno, la chica me ha dicho que pagabas tú los dos combinados, las bebidas y un Marlboro americano.
Vaya, vaya con Roxy, ya había dicho yo que era una chica inteligente.
Salí a la calle y hacía mucho calor, me dirigí a la plaza Real donde se encontraban mis amigos y los antros musicales.
Me entró la risa por la lección que me había dado. Nunca volví a ver a Roxi y por descontado jamás volví a entrar en el Cosmos.

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Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez © (tratada con IA)
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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 142 · 👨💻 PmmC · septiembre-octubre de 2025
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Una chica con esas referencias literarias tan extraordinarias, con ese nombre, y que se te pega por tu cara bonita… No podía ser real, si no era mirándola con ingenuidad…