artículo por
Enrique Gambín López

 

E

sta novela corta es una de las producciones más logradas y célebres de la narrativa breve universal. Ante todo, se trata de una verdadera obra artística, que, como tal, trasciende la dimensión meramente estética, para abordar determinados aspectos antropológicos y sociales de la existencia. Conrad no es un filósofo, propiamente, ni un sociólogo, pero como escritor conoce y admira la profundidad del ser humano, así como sus circunstancias, como diría Ortega y Gasset. Esto se refleja en la hondura de los personajes que veremos en la obra.

En esta novela, se plasma de manera literaria una colisión entre la naturaleza y el progreso, entendidos en sentido amplio, o, más específicamente, entre civilización y barbarie. Quizá para el lector, en un inicio, puede estar claro qué personajes pertenecen a un marbete y cuáles al otro. Los occidentales serían los civilizados y los nativos africanos los sujetos que representan lo salvaje y bárbaro.

Esta es la visión que tenemos prefijada de antemano. Said estudió las bases culturales y académicas de estos prejuicios que, a menudo, distorsionan nuestra percepción de la realidad. Lo problemático de las mismas es que nos hacen incurrir en generalizaciones injustas acerca de personas que habitan en estados subdesarrollados.

Los estudios orientalistas, la aparición de personajes orientales pintorescos o esperpénticos, o la influencia de los medios de comunicación de masas, son parámetros que Said tiene en cuenta para una refutación de estos planteamientos. Marlow es el protagonista de la obra de Conrad, un hombre, cuya inquietud y afán de conocimiento le llevó a aventurarse por el continente africano, con la excusa del trabajo en una compañía de marfil. El relato de sus peripecias a la tripulación del navío Nellie es el comienzo de esta obra.

Su travesía partió de Londres, en una embarcación fluvial que navega por el río Támesis, icono de la capital del imperio británico. Obtuvo respuesta favorable a sus ansias de explorar nuevos territorios y fue contratado por una compañía para viajar hasta África, para conseguir el ansiado marfil. Lo acompañan el director de la empresa y un grupo de antropófagos, también aparece en la novela Kurtz, un hombre enigmático y esencial en el relato, pues el principal motivo del viaje de Marlow es encontrarlo. Detiene su embarcación en una cabaña para descansar y sus hombres son atacados por un grupo de antropófagos. Durante el viaje, el protagonista pregunta continuamente a las distintas personas que lo acompañan acerca de Kurtz y despierta una opinión ambivalente: admiración y rechazo. Hay quienes ponderan sus habilidades y su carisma, otros manifiestan un cierto distanciamiento del mismo. Marlow comienza a imaginar cómo será en realidad el individuo misterioso.

El protagonista comprueba en su viaje el trato despiadado que sus compatriotas dispensan a las poblaciones del lugar. Con el pretexto de una supuesta «civilización», se oprime y se esclaviza a los pueblos, bajo el yugo de los colonizadores. Además se les sustraen sus recursos, con un afán de lucro desmedido.

En el momento en que Marlow halla a Kurtz, este último ya se encuentra con la mente enajenada. Aunque sus ideas y ansias de poder permanecen intactas, hay en él un estado de degradación moral alarmante.

Este personaje es la expresión de la máxima miseria humana, camuflada bajo una aparente beatitud y buenos propósitos. Se trata de un ser calculador, ambicioso y tiránico, cuya única aspiración es el poder y la dominación. Para ello, no duda en usar como objetos a todos los seres que habitan en la selva, abusa de la población para explotar los recursos de sus tierras, en concreto, el marfil.

Para entender hasta qué extremos llega la mentalidad de este personaje puede ser relevante citar un fragmento de la carta escrita por él para la Sociedad de Eliminación de las Costumbres Salvajes, por encargo explícito de la misma: «…debemos por fuerza parecerles a ellos (los salvajes) seres sobrenaturales: nos acercamos a ellos revestidos con los poderes de una deidad» (p. 45).

Es increíble la prepotencia de Kurtz al deificar al ser occidental, frente al carácter inferior de los africanos. Pero la oración más expresiva y la que delata las verdaderas intenciones del personaje es la siguiente: «¡Exterminad a estos bárbaros!». No le mueve ninguna suerte de buena intención, sino un afán de eliminar a los nativos de los que se aprovecha.

Aparentemente, la expedición inglesa parece que representa el bien y el progreso para aquellas gentes incivilizadas. Frente a ello, los africanos podrían asociarse a lo salvaje e inestable que ataca a todo el que osa penetrar en la selva. Esta es la visión que hemos visto en Kurtz y es precisamente la que Said (1990) critica en los estudios orientalistas tradicionales en obras como Orientalismo. La pretendida hegemonía occidental no es más que una falacia urdida desde las élites y los poderes fácticos para subsumir lo desconocido y la alteridad y, de este modo, convertirla en algo menos peligroso o más beneficioso para sus intereses, en gran medida, torticeros y poco éticos.

Existe la tentación de leer la novela de Conrad estableciendo un juicio de valor, desde un punto de vista contemporáneo. Hay quienes habrán podido calificar esta novela como racista, quizá por el modo en que presenta a los aborígenes. Lo cierto es que Conrad mantiene una postura crítica con la visión que subordina unos seres humanos a otros. Tampoco opta por una versión «buenista» que edulcore la sociedad africana, o «disfrace» la crueldad occidental, ni elabora un relato inofensivo de los nativos como «buenos salvajes».

La visión de Conrad es avanzada socialmente para el pensamiento de su época. Utiliza su ingenio literario para crear un relato poliédrico y carente de todo maniqueísmo injusto y simplista. No sería objetivo «juzgar» esta novela desde los criterios de lo que hoy se considera como socialmente aceptado o lo políticamente correcto, una obra artística es producto de un autor y de una sociedad concreta.

Aun asumiendo este hecho, que la crítica literaria ha puesto de relieve, no es menos cierto que esta novela nos sigue interpelando hoy y sigue haciendo reflexionar a las personas que la leen acerca de la situación que se vive actualmente en el mundo. Sin duda, una obra que es capaz de crear este efecto en los lectores del siglo posterior, posee una gran calidad y es especialmente relevante.

A este respecto, se podría realizar un inciso para recordar un artículo de Luis Goytisolo, publicado en el diario El País, en 2015, en el que reflexiona acerca de la preocupante situación de los atentados yihadistas en Europa, usando para ello el título de la obra que nos ocupa: El otro corazón de las tinieblas. Siria y, por extensión, Oriente próximo podrían considerarse otro «corazón de las tinieblas» actual.

Si en el tercer mundo de África, vemos la miseria como resultado del injusto reparto de África en la colonización, en Oriente Próximo también tenemos un panorama desolador del que son culpables tanto el radicalismo como las guerras, en las que Occidente también ha intervenido por diversos intereses.

Regresando a la obra que nos ocupa, en la misma vemos una crítica a la asunción occidental de que los países desarrollados son superiores moralmente para «reeducar» y modificar política, social y económicamente a aquellas naciones pertenecientes a Oriente o a estados que se consideran como subdesarrollados. Hay cierto paralelismo entre el contenido de esta obra y la de Said. Sin embargo, Anouar Antara afirma que para Said: …las impresiones africanas de este autor estaban influidas inevitablemente por la investigación y la erudición acerca de África (…) De este modo, El corazón de las tinieblas, lejos de ser una novela construida a imagen y semejanza de África, en realidad forma parte del reparto de África (p. 241).

Según esta autora y otros estudiosos, Said (2004) achaca a la novela de Conrad, un cierto imperialismo por pretender abarcar la esencia africana y hacerse portavoz de la misma, esto es lo que habían pretendido hacer multitud de eruditos orientalistas. En palabras de Said:

 

 (…) El corazón de las tinieblas es una obra tan persuasiva precisamente porque tanto su política como su estética son, por así decirlo, imperialistas, lo cual, en los años finales del siglo XIX, parecían constituir a ala vez una estética, una política y hasta una epistemología inevitables e insoslayables. (…) La conclusión de Conrad es que si el imperialismo, como el relato, ha monopolizado el sistema completo de representación le permite ser el portavoz de los africanos (…) (pp. 63-65).

 

Said (1990), en su obra Orientalismo, describe la superioridad con la que los occidentales han permanecido en Oriente: Bajo el lema general de conocer Oriente y dentro de los límites que el paraguas de la hegemonía occidental imponía (…) surgió un Oriente complejo (…) Además, el examen imaginario de las realidades de Oriente se basaba, más o menos exclusivamente, en una conciencia occidental soberana (p. 27). Esta autoconcepción occidental es para este autor un filtro que tamiza tanto los estudios como las obras literarias sobre Oriente.

En cierto sentido, el afán de superioridad de Kurtz en la novela de Conrad es un reflejo de esta misma realidad presente en la llamada sociedad desarrollada en general. Marlow tampoco es un personaje quijotesco que quiera romper las barreras de la iniquidad en África, ni una suerte de Simón Bolívar que pretenda liberar a los oprimidos; en último término, es un hombre con ansias de conocimiento. Al comparar una obra literaria con un texto sociológico, se puede incurrir en el error de elaborar juicios poco afortunados.

Conrad no deja de reflejar lo que sucede en su época, aunque no lo haga de una forma exacta, sino a través del tamiz del simbolismo y la ficción. De otro lado, el texto de Said sí incluye una crítica más directa contra la realidad que denuncia, pero también es verdad que este último autor es de una época sustancialmente posterior a la del escritor. Cuando Said comenzó a escribir ya se había producido un fenómeno devastador que cambio el mundo como fue la Segunda Guerra Mundial, así como las detonaciones de bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, es un «salto en el tiempo» considerable como para que la cosmovisión y la forma de ver la humanidad cambien.

Regresando a El corazón de las tinieblas, se han puesto de relieve los dos personajes principales. Sería interesante hacer una breve referencia a algunos otros. El director de la compañía es un ser fatuo, caracterizado por su locuacidad e intrascendencia, perfectamente, podría evocar la ignorancia supina de los dirigentes occidentales hacia oriente.

Otro personaje reseñable es la prometida de Kurtz, una dama idealista e inocente que vive en el engaño con respecto a su amado, solo conoce su parte amable. Como afirma Said en sus obras, la sociedad misma ignoraba la verdad del trato que se dispensaba a los orientales, todo se disfrazaba con buenas intenciones y «propósitos de civilización». Quizá dicha dama puede encarnar esta faceta del pensamiento general de la sociedad de entonces.

Por último, no es baladí el personaje del «fabricante de ladrillos». No se da a conocer su nombre, es caracterizado por su pereza y su deshonestidad. Su afán es medrar en la compañía, aunque para ello no haga ningún mérito. Conrad le confiere rasgos y actitudes diabólicas.

Anteriormente se ha hecho referencia al carácter simbólico del Támesis. En relación al simbolismo de la obra, hay detalles muy significativos. Es curioso que la luz no represente la claridad en esta novela, sino más bien una puerta a la oscuridad. Cuando se ilumina «el corazón de las tinieblas» aparece la miseria humana, la bajeza del hombre al explotar a sus semejantes, no disipa «la tiniebla», sino que solo la pone de manifiesto.

Otro símbolo importante es el de las moscas que connota la muerte y denota la presencia del mal. Todavía se relaciona la extrema pobreza y la suciedad con las moscas y, a su vez, esto se relaciona con la miseria en que está sumida la población aborigen africana. Según la tradición, Satanás es el «señor de las moscas» y esto no hace sino acentuar el carácter tenebroso del lugar, convirtiéndolo en un «infierno» al que desciende Marlow. No en vano, Francis Ford Coppola y John Milius se inspiraron en esta obra para crear el largometraje Apocalypse Now, aunque ellos escogieran la Guerra de Vietnam como escenario del filme.

En definitiva, a la luz de la bibliografía de Said se alcanza un conocimiento más profundo y certero acerca del trasfondo social de esta obra. Aunque no sea necesaria la lectura de otros textos para comprender esta novela, llama la atención la sintonía entre los textos de Said y Conrad. Sendos autores conocen el injusto trato que Occidente ha dispensado a Oriente, entendido en un sentido amplio e incluyendo en esta denominación otras naciones subdesarrolladas. Es crucial que Conrad sitúe la acción en el momento posterior al perverso reparto de África.

 

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BIBLIOGRAFÍA

Antara, A. (2012). El pensamiento literario de Edward W. Said y su funcionamiento intercultural. (Tesis doctoral, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria). En: https://acceda.ulpgc.es:8443/bitstream/10553/9815/4/0667489_00000_0000.pdf

▪ Conrad. J. (2017). El corazón de las tinieblas (versión electrónica). Barcelona: UOC.

▪ Ford Coppola, F. y Aubrey, K. (Productores). (1979). Apocalypse Now Now. [Película]. EE.UU.

▪ Goytisolo L.  (21 de noviembre de 2005). Yihadismo. El otro corazón de las tinieblas. El País. En:
https://elpais.com/elpais/2015/11/16/opinion/1447676418_821718.html

▪ «Introducción». En: Said, E. (1990) Orientalismo. Ediciones Libertarias. pp. 19-49.

▪ Said, E. (2004). Cultura e imperialismo. Barcelona: Anagrama. pp. 56-73.

 


 

Enrique Gambín López (1992). Es Graduado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Murcia, Profesor de Lengua Castellana y Literatura y escritor.

 

Contactar con el autor: enriqueyabali {at} hotmail.com

Ilustración artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez ©.

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Revista Almiarn.º 109 / marzo-abril de 2020MARGEN CERO™

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