relato por
Cristián Koch

 

C

erca de las cinco de la tarde, Enrique disfrutó de una prolongada ducha. Secar su cuerpo con el enorme toallón tibio que olía a fino suavizante era un placer casi comparable a recibir las caricias de una mujer. Con la piel aún despidiendo vapor caminó hasta el cuarto envuelto en una robe de chambre a cuadros. Se vistió de elegante sport, con la ropa que tenía preparada sobre la cama y en un perchero de bronce, luego con las manos acomodó el pelo castaño todavía húmedo. Cuando iba a elegir un perfume, María, la empleada doméstica que trabajaba en la casa se anticipó.

—Hoy usá la del frasco con el cocodrilo, que me encanta.

—Pensaba en otro, que ayuda a seducir mujeres.

—A este, hace veinte años que lo huelo en tu cuerpo y me sigue volviendo loca.

Sin darle tiempo a reaccionar roció piel y ropa con esa fragancia. Lo acompañó por el largo pasillo que daba a los dormitorios. Atravesaron el suntuoso hall hasta llegar a la puerta de entrada. Por las obras de arte colgadas en las paredes, el departamento parecía un museo, además estaba decorado con muy buen gusto. Mientras esperaban el ascensor, ella le alcanzó los anteojos y un libro.

—No tardes mucho, la comida va a estar lista a las ocho y media.

Ni bien dijo eso, lo despidió con un beso en la frente.

—Buenas tardes, Enrique. ¿Vas a La Biela? —preguntó el encargado del edificio.

—Hola, Julito, sí, hoy está ideal para tomar algo caliente.

—Qué bueno, podés dejarle un saludo a Patricio, que hoy no lo vi.

—Sí, cómo no, se lo doy, hasta luego.

—Adiós, y gracias.

Al salir a la calle giró a la izquierda. Vivía sobre Quintana, una de las calles más elegantes y tradicionales de la ciudad. Comenzó a caminar, contando en silencio los pasos. Cuando llegó al ochenta y siete se detuvo. Enseguida escuchó el sonido de la puerta de blíndex y percibió una leve corriente. Del interior lo envolvió el aroma a café, pan tostado y queso fundido. Una voz conocida lo saludó: —Buenas tardes, señor Enrique, déjeme acompañarlo hasta una mesa.

—Gracias, Patricio, Julito te manda saludos.

—Por favor, agradézcaselos. Hoy vine en el 102 y no pasé frente a su edificio. ¿Aquí le parece bien?

—Sí.

—¿Qué quiere ordenar?

—Lo de siempre… No, mejor un té con limón y una porción de Schwartz Bald.

Una vez que el mozo se alejó, Enrique comenzó a agudizar el oído. Frente a él conversaban al menos tres mujeres. Hablaban de hombres y en tono sarcástico. A coro criticaban a novios o maridos. También comentaban viajes recientes por Europa y el Caribe. No se expresaban con el lenguaje medido y culto que él utilizaba. Eran desenfadadas, parecían del ambiente artístico. De pronto una preguntó: ¿Che, le habrá pasado algo a Anabela?

—No creo, viene desde San Isidro, a esta hora hay un tráfico de locos, además, por aquí es complicado estacionar —una respondió.

—Igual llamala.

La amiga le hizo caso y levantó uno de los teléfonos que estaban sobre la mesa:

—¿Por dónde estás?

—…

—Dale boluda, apurate —luego cortó—. Dice que ya llega, está estacionando aquí a la vuelta —les informó a las demás.

—Chicas, miren de reojo para allá, qué pintón es el hombre que está sentado enfrente —dijo en voz baja una de ellas.

Enrique, igual la escuchó.

—Está bueno, aunque parece un poco ridículo, con los anteojos oscuros aquí adentro.

—Y no lleva alianza —observó una.

—Vos, sí —respondió otra.

—Podría ser un buen candidato para Anabela —comentó la tercera y las demás rieron.

Al rato, mientras las mujeres continuaban dialogando, el mozo regresó con la orden de Enrique y la ubicó sobre la mesa.

—Aquí tiene, que lo disfrute, estaré atento por si necesita algo más.

—Gracias, Patricio, sos muy amable.

Enrique extendió la mano hasta el recipiente de los sobres de azúcar y eligió dos. Cortó el papel por la punta. Volcó el contenido dentro de la taza sin derramar un grano. Luego, revolvió el té sin salpicar, esquivando la rodaja de limón que flotaba dando círculos. Dejó pasar unos segundos y probó la torta. «Está muy rica», pensó. Tomó un poco de la infusión, pero de inmediato la apoyó sobre el plato, aún estaba muy caliente. Volvió a cortar otro bocado. De pronto escuchó acercarse a una mujer.

—Hola reinas. ¿Cómo están?

—¡Bien, al fin llegaste, diva, sentate!

Anabela buscó dónde ubicarse, pero la cuarta silla estaba ocupada con las carteras y abrigos de sus amigas. Miró a un costado y en la mesa de al lado vio a un hombre muy atractivo, solo. Se acercó y dijo:

—¿Disculpá, está ocupada la silla?

—Sí, la había reservado para vos. Tus amigas, hace rato que están quejándose de la vida matrimonial y hablando de las compras que hacen en los shoppings del exterior. No creo que te interese hablar del tema.

—Tenés razón, acostumbro enfocarme en aspectos más trascendentales.

—¿Cómo cuáles?

—Son muchos, por ejemplo mi casa, comer sano, disfrutar de un buen libro, buena música o un rico vino.

—Los comparto, por favor, sentate —dijo, poniéndose de pie—. Soy Enrique, un gusto —expresó, mientras extendía la mano. Enseguida sintió una diestra delicada y un apretón firme, pero el contacto entre las pieles le gustó.

—Anabela es mi nombre, igualmente —se dio vuelta y habló con las amigas—. Disculpen, es imposible resistir la invitación de un hombre tan galante.

Enrique levantó la mano llamando a Julio, quien enseguida se acercó.

—Sí, señor Enrique, ¿qué se le ofrece?

—La señorita va a pedir algo.

—¿Qué desea tomar?

—Quisiera un café irlandés.

—Correcto. ¿Algo más?

La mujer dudó.

—Por favor, yo invito —insistió Enrique.

—Sos un amor, bueno, un brownie. Hoy está para algo dulce.

—Sí, además hace un frío terrible.

—Noté que el hombre que nos atendió te conoce.

—Vengo aquí desde muy joven, vivo a media cuadra.

—Me cautiva este barrio.

—Sin embargo vos venís de una regia zona.

—¿Cómo sabés? No digas nada, las escuchaste hablar a mis amigas, son muy chusmas.

—No, para nada, una de ellas justificaba tu tardanza diciendo que venías del norte.

—No digas ¿Cuál de ellas?

Enrique dudó un segundo.

—Solo escuché, no prestaba atención.—Ah, sí, claro.

Enrique le iba a hacer otra pregunta, pero Julito los interrumpió trayendo el pedido de Anabela. La charla —amena, de tono intimista— continuó durante largo rato. Las amigas de la mujer ya se habían marchado, de pronto, Enrique propuso: «Se está haciendo tarde, ¿vamos a comer a casa?».

Ella suspiró.

—Acepto, encantada.

En la calle, él fue audaz, y la tomó del brazo. Ella no rechazó la iniciativa. Caminaron juntos los ochenta y siete pasos de regreso. Allí, Enrique se detuvo y giró a la derecha. Sacó un llavero del bolsillo y eligió la llave de la puerta de entrada al edificio. Dejó que Anabela pasara primero y la guió hasta el ascensor, ubicado a catorce pasos exactos. Con el índice presionó el botón de llamada y apertura de puerta. Ingresaron. Extendiendo el brazo en forma perpendicular al cuerpo apretó el correspondiente a su piso. La puerta automática se cerró. Subieron. El elevador se detuvo en el cuarto. Salieron. Esta vez, Enrique decidió tocar timbre. Del otro lado escucharon los pasos apurados de una mujer. María les abrió. De inmediato Enrique percibió su sorpresa. También el aroma a hogar, las alfombras de lana, los pisos de roble encerados, al óleo reseco de los cuadros, y los libros de la biblioteca. Olor a limpio, y por supuesto a la exquisita comida que preparaba María.

—Por favor, ¿podés agregar un plato?, Anabela se queda a comer.

—Sí, cómo no —respondió.

Atravesaron el living. Al frente se encontraba un sillón de tres cuerpos, a ambos lados quedaba espacio de metro y medio de largo para circular con comodidad. A continuación había una mesa ratona, enchapada en raíz de nogal, con los patos de madera sobre el vidrio, junto a la cigarrera, y varios marcos de fotos, hechos en plata peruana o alpaca jujeña. Al costado derecho, dos cómodos sofás de cuero negro, más atrás, un segundo sillón. Anabela —deslumbrada— se sentó sobre el de dos cuerpos. Detrás de las aberturas de aluminio, había modernas cortinas de enrollar que llegaban al suelo. Antes de ubicarse junto a ella, él preguntó si quería tomar algo.

—Un whisky. Con dos hielos.

—Yo elijo un Gin tonic.

Caminó con soltura hasta la mesa de metal con estantes de vidrio donde estaban ubicadas las bebidas. La tercera botella contenía whisky. Eligió un vaso ancho del segundo estante y sirvió. Utilizando una pinza que sostuvo con precisión sacó dos cubitos de la hielera, apoyada en el extremo derecho y los agregó. Luego, optó por la primera botella —la que contenía gin— y un vaso de trago largo del tercer estante. Vertió una medida generosa. Añadió la bebida tónica, ubicada detrás de las alcohólicas y otros dos hielos.

Una gata siamesa apareció en escena. La escucharon acercarse gracias al cascabel de metal que traía atado al cuello con una cinta rosa. Por el momento, desconfiaba de la desconocida presencia y se mantuvo distante.

—Tu departamento me impactó. ¿Vivís solo?

—Con María y Bruma, la gata.

—¿Tus padres, y tus hermanos? —preguntó, mientras levantaba uno de los marcos.

El retrato había sido tomado en un casco de estancia, allí estaba reunida toda la familia.

–Mis padres murieron hace unos años en un accidente, en la ruta. Mi hermana y mi hermano están casados. Uno vive en el campo de la foto que estás mirando, mi hermana en París.

—¿Y vos, no te casaste?

—Todavía no encontré a la mujer de mi vida.

—Qué suerte.

—Contame tu historia.

–Prefiero no recordarla, es complicada, sigo soltera si es lo que te preocupa.

De pronto se abrieron las puertas corredizas que comunicaban con el comedor.

—La comida está servida —solemne, anunció María.

—Me asustó —murmuró Anabela—. Creo que está celosa.

—Ella es así, ya se le va a pasar.

Se levantaron. En ese ínterin Enrique pensó que sin su orden y complicidad él no habría podido subsistir. Ella tampoco. María, no hacía mucho, había confesado que pensaba jubilarse allí y aseguró que jamás se iría de esa casa.

Después de su último desencanto sentimental ella fingía estar asexuada. Sin embargo al poco tiempo, a escondidas, empezó a recibir a alguien. Al día siguiente él se daba cuenta, ya que la parte de servicio olía a hormonas y a sexo consumado.

—¿En qué pensás?—En nada en especial, estoy contento de que estés aquí.

—Gracias, me siento muy cómoda con vos.

Ese ambiente, tan refinado, terminó de sorprenderla. La mesa era de madera —quizás roble— patinada por una capa de pintura de aluminio. No podía entender cómo lo habían hecho. Rodeándola, había ocho sillas tapizadas en pana gris oscura. Dos lugares tenían dispuestos individuales de corcho hindú, sobre ellos, platos blancos, modernos, rectangulares, pero asimétricos. Dos copas, a la derecha, del mismo juego, la del vino, era más pequeña, la del agua casi doblaba el tamaño de la anterior. Ambas estaban servidas. A la izquierda una servilleta blanca, almidonada, doblada en forma de tubo dentro de un anillo de plata. Cuatro cubiertos del mismo metal, los de la entrada, orientados hacia afuera y los del plato principal hacia adentro, y uno más pequeño para el pan. En el centro dos botellones con las bebidas, un salero, un pimentero, oliva, aceto y limón exprimido. La iluminación era tenue, pero cálida.

La entrada consistía en melón, ya cortado en exactos cubos, con jamón crudo español. Enrique separó la silla ubicada a la derecha de la cabecera y esperó que Anabela tomara asiento, luego lo hizo él. Ella nunca había probado un jamón tan exquisito y el vino era perfecto.

Al rato entró María y retiró los platos. Enseguida volvió con el menú principal. Dos rodajas de lomo, acompañadas con salsa de hongos portobellos en reducción al Malbec, papas a la crema y espárragos salteados, todo rociado con abundantes hojas de cilantro y perejil picado.

—Hacía mucho tiempo que no comía y la pasaba tan bien —comentó Anabela.

—Y yo —respondió Enrique.

Ya habían comido el postre —helado de crema americana acompañado de frutas flambeadas— y sentados en el living tomaban café con bombones.

—Anabela, esta noche no te vayas, dormí conmigo —propuso Enrique. Sin esperar respuesta le dio un beso en la boca que fue correspondido.

—Sos divino, claro que sí.

—Antes, quiero confesar que soy ciego.

—Lo sospeché, juro que no importa. Yo también quiero decirte algo; no soy mujer.

—Lo supe desde el primer momento.

 


 

Cristián Óscar Koch. Reside en Pablo Nogués, partido de Malvinas Argentinas, Buenos Aires, Argentina. Concurre desde julio de 2011 al taller literario Silvina Ocampo, que se dicta en el área de Cultura Pilar, coordinado por la escritora Julia García Mansilla. En dicho año publica su primer libro de cuentos, La Venganza de los Animales y otras Desgracias Humanas. La Editorial Dunken, en diversas antologías, publicó sus cuentos Cómo se sufre, Échale la culpa a Río, Al Acecho, El Desafío y recientemente Acto Reflejo, Fuga y una poesía. La revista cultural mexicana Río Hondo publicó trece de sus cuentos.
El cuento Cartas de Amor fue publicado por la revista literaria española Palabras diversas y da el título a su segundo libro.
A partir de septiembre de 2014 publica en Amazon (a través de Kindle) sus libros Favor por Favor, Desde el Alma y La Venganza de los Animales y otras Desgracias Humanas.
Varios de sus cuentos obtuvieron premios y menciones. En 2016, La posta de San Fernando, obtuvo el segundo premio en el concurso «Autores de la cuenca del Río Luján» y publica Vampiros en Pilar.
En los años 2015 y 2016 participó en la Feria Internacional del Libro, de Buenos Aires. En 2016 participa en la Feria del Libro Pilar, sus libros integran el stand de autores Pilarenses, y presenta Vampiros…
Es autor de los títulos inéditos, Reuter Boys, Los Crímenes del Reconquista, Lolitta’s Country Club, Fragilidad, y Diez Mandatos. En 2017 Cartas de Amor fue adaptada al teatro por el director Atahualpa Pintos, bajo el título No me Mates y presentada en el Auditórium de Mar del Plata (esta obra fue seleccionada, también, junto a otras quince de teatro independiente, para participar de las Fiestas Regionales de Teatro Independiente, a realizarse en Pinamar). En febrero 2018, la obra No me mates fue ternada para los premios «Estrella de Mar», resultando ganadora en la categoría «unipersonal». La fundación César E. Serrano, Museo de la Palabra, de Madrid lo nombró Embajador del Idioma Español.

👁‍🗨 Leer otros relatos de este autor (en Almiar): Belén SaraviaBichos

Contactar con el autor: cristianflap [at] hotmail.com
Ilustración: Fotografía por congerdesign / Pixabay [dominio público]

 

biblioteca relato Confesiones

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 110 · mayo-junio de 2020

Lecturas de esta página: 56

Siguiente publicación
El cero fue descubierto por los hindúes, pero se bautizó…