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Posted on 08/10/2018

La plena conciencia de una muerte

La plena conciencia de una muerte

relato por
Dayron Bolívar

 

1

 

M

e di cuenta de que había crecido una noche cuando las cordales amenazaban con salir; el dolor era espantoso, mi papá estaba en algún lugar de la casa, y podía gritar y llamarlo, pero nunca lo pensé. Creo que hace cinco años lo habría llamado, pero esta vez solo me levanté de la cama y fui a por un poco de hielo y pastillas.

Volví a la cama pensando en que ya había crecido, pero sabiendo que no era la primera vez que lo sentía, y por un segundo, todo lo que había sido, todos los años en los que solo me preocupaba crecer, pasaron por mi mente. Luego recordé el día en que salía de La Plaza de Los Palos Grandes y bajaba hacia Altamira, donde empezamos a caminar más lento, a crear nuestra cofradía a medio trayecto, y entonces dije:

—Cuando seas grande, al menos podrás decir que conociste a un gran escritor.

Porque se suponía que aún no habíamos crecido, y que yo tendría tiempo de ser alguien, y que dejar de ser adolescente y convertirse en un adulto (o en tal caso, en un adulto joven) no era la gran cosa, no suponía mucho.

—Pero si ya somos grandes —contestó Tommy.

Y tenía razón, y caí en cuenta de que era más viejo de lo que pensaba, de lo que me veía; pero antes de eso, estuvo el día en que fuimos a la Universidad Católica, donde hablamos de la gravedad, dejando a un lado que pronto estaríamos en la universidad, y tendríamos trabajos (en algunos casos) de medio turno, y estaríamos terminando el rito de iniciación hacia la sociedad media, esperando dar un salto a la siguiente esfera social, y no hundirnos, porque nuestros padres no esperaban un retroceso; ellos esperaban vernos en la cima, sin importar cómo demonios llegásemos allí, porque el fin justificaba los medios de un ascenso social, lo demás sería vergüenza y desdicha moral.

Esa noche pensé en todos los momentos que había notado que ya había crecido, y para diecisiete años tres momentos de conciencia de edad, son pocos.

 

2

 

El primer momento ocurrió en la autopista.

Tommy estaba en la ventana, su madre conducía y su hermano menor hacía de copiloto.

—Sería realmente divertido un día sin gravedad.

Tommy no sabía que la falta de gravedad nos llevaría directamente al sol, o haría que cayésemos sin rumbo al espacio; eso, sin decir todas las cosas que se estropearían en la tierra.

—Sí, sería divertido —le dije. Él me miró y me mostró una sonrisa falsa.

Mientras, su madre puso música que nos decía abiertamente «Aún soy joven, soy parte de esto, soy parte de ustedes», como si una vejez futura y una desdichada juventud, la hubiesen apartado de algo, la hubiesen marchitado hasta el punto de vivir a través de su hijo. Luego pensé en mi padre, en lo diferentes que son todos los padres; en que trabajan a toda máquina para ver su futuro fracasado, consumado a través del camino de sus hijos, sin importar realmente adónde hubiesen querido ir ellos.

No lo sé realmente, y no debería pensar en eso, porque son cosas que no entiendo; pero que no entienda algo, no evita que quiera comprenderlo. Papá lo ignora, y yo dejo que lo ignore, es así de complicadamente simple.

Por eso habrá madres como la de Tommy, que seguirán conduciendo a sus hijos a sus propios sueños inalcanzables, a través de una autopista sin oportunidades individuales. Todo por tu futuro, ocultando que querían decir (en el fondo, en el más oscuro fondo) «mi futuro». Todo por ver consumado sus sueños, matando otros sueños, que personas como Tommy harán pagar a sus hijos.

Pero nosotros solo nos preocupábamos por el futuro, Tommy. Nunca nos dimos cuenta de las cosas que pasaban alrededor de nosotros.

Fue en ese momento que descubrí, realmente, que tenía diecisiete años.

Estaba la música dirigida a adolescentes, y estaba la madre de Tommy, llevándonos, como se lleva a un hijo y a su mejor amigo a la universidad, y ya no era yo, caminando a la escuela, viendo las mismas materias, esperando a que los profesores entraran al salón; ahora vendrían muchas cosas, habría nuevas experiencias, nuevos amigos, nuevos chistes locales, y tal vez, en su debido momento, habría un nuevo Demian.

Y ese sería el auto donde iríamos a la playa, o un auto parecido, donde todos hablaríamos de las cosas que nos volvieron y nos vuelven adultos; muy pocas veces seríamos niños, o adolescentes. El pasado jamás debe recordarse, hasta que ya eres parte de él, y el futuro te ignora.

De ese modo sería al terminar el colegio. Los cinco años que pasé en él quedarían como recuerdo, pero allí no serían cinco años, serían solo lo que pudiese recordar, y luego no serían nada. Y supongo que convertir nuestro pasado en nada, es parte de crecer. Abriendo paso a lo nuevo, desechando lo viejo, tal como lo hace el tiempo.

La música se detuvo, Tommy me miró y antes de que la siguiente canción sonara, me dijo:

—No soy tonto, Demian. Sé que moriremos, y sé que sería imposible que no hubiese gravedad.

—¿Entonces?

—Sería lindo morir y que nadie esté para recordarlo. No quiero morir y tener que pensar que mamá… sí, mamá, que sea joven no significa que viviré más que tú… no, no digo eso. Es solo… ajá.

No terminó de hablar, pero lo entendía. No es lindo morir y pensar que dejaste a un montón de personas atrás cuya vida destrozaste de alguna u otra forma. Si luego de la muerte se halla algo, entonces eso viene luego del sufrimiento por lo que dejamos, por lo que hicimos para ir a un lugar mejor, y me pregunto si pagamos también por las vidas que arruinamos por el simple hecho de morir.

El auto siguió su marcha, y yo descubría que saber cuántos años tienes, no viene adjuntado con la fecha de cumpleaños. Sucede luego, o antes.

Realmente lo ignoro, y no quiero saberlo.

 

3

 

Acaba de pasar el tercer momento, y de seguro habrá un cuarto y un quinto momento y antes de que deje de pensar que tengo diecisiete, que pronto tendré dieciocho y que esto realmente está pasando (y que pasó, que eso realmente pasó), me levanto un poco y me apoyo de los brazos. Me miro los dedos de los pies; las piernas que, si hubiese seguido en el equipo de fútbol, como dijo papá, serían fuertes; las rodillas, y esa parte sobre las rodillas que tiene algún nombre, pero que comúnmente le llamamos piernas. Todo se ve flácido y espectralmente adolescente, como lo que hay más arriba. Ya no hay nada que sea de niño, en la superficie.

«Soy una cebolla», como todos. Capa por capa de viejas historias, enterradas bajo cientos de falsas capas y el núcleo está intacto, y lloras al tratar de encontrarlo, y no lo encuentras, y mueres, como mueres por tantas cosas que hiciste que se perdieran; pero está perdido, y es estúpido llorar por lo que está muerto, o perdido, o extraviado, o desecho. Hay tantos nombres para llamar a las cosas que simplemente se fueron, que ya no están. Eso de vivir, es así de complicadamente simple.

Y pienso (y realmente no sé por qué) en la revelación de una infidelidad. ¿Por qué se hace? ¿Por qué, cuando eres infiel, le dices a tu pareja que lo hiciste? ¿Por quién lo haces? ¿De qué le sirve a él saber, algo que te hará bien decir a ti? No lo sé, supongo que somos también egoístas en ese aspecto; nada es por otros, sino por nosotros.

Y regreso a pensar en cuando solo sentía que era una cebolla, y no lo sabía, y Tommy me hablaba de las piedras, de la historia que tiene cada una, y de que el mundo no es lo suficientemente original como para crear nuevas historias.

—Estuve pensando, tonto. ¿Sabes algo de historia? —le dije que no. Giramos a la derecha y caminamos hacia el metro—. Realmente no importa; pero estuve pensando, ¿sabes? Y creo que hay tantas personas en el mundo, y hay tantas cosas que pasan, que las cosas empiezan a repetirse, pero nadie lo nota, o si lo hacen, luego lo olvidan.

—¿Tienes algún ejemplo?

—Sí, uno, pero es un poco tonto, y tal vez no tenga sentido, o no sea políticamente correcto.

—Dilo.

—Es sobre el gobierno bolchevique, en Rusia —A Tommy le encantaba Rusia, excepto la homofobia que había en ese lugar, al igual que en el Reino Unido. Una vez hablamos de eso, y le dije que atentar contra la homofobia, es igual de malo que atentar contra los homosexuales. Pelear por una causa que creamos buena, no la hace realmente correcta, y el mundo sería un lugar mucho mejor si cada quien mete las narices en sus asuntos—. Antes de ellos, estaban los zares, y ellos (o bueno, el último Zar) exilió a muchos judíos que terminaron en Alemania, y los Bolcheviques también tenían campos de concentración, no solo los nazis. ¿Lo entiendes? Nos fijamos en los nazis solo por lo que pasó en el holocausto; pero olvidamos que Francia bombardeó y masacró a los argelinos, y que el origen de holocausto, se dio mucho antes de que Hitler siquiera asomara sus narices en Berlín. ¿Lo entiendes? El mundo recuerda lo que le dicen que recuerde.

—Tommy, no sé nada de historia —le dije. Él respiró hondo y me dijo que lo entendía, guardando la decepción para sí mismo.

Los siguientes días no nos vimos mucho. Tommy estaba muy ocupado estudiando para su prueba de admisión, y yo pasaba el tiempo leyendo en casa, porque últimamente no me gustaba leer en el auto, o en el bus. A veces era lindo dejar de leer y alzar la cara, ver que algo más te aguardaba, sonreír e imaginar cientos de vidas donde te pudo haber tocado un mejor lugar, donde tus problemas fuesen menores; porque con diecisiete años se tienen más problemas de lo que se piensa; pero esta es la vida que nos tocó, y no podemos desperdiciar tiempo en lamentarnos.

A veces lo llamaba, quería decirle que se había preparado cinco años estudiando para esa prueba, que había dejado de cantar, por estudiar. Que no había ido a ese concierto, porque su madre insistió en que debía estudiar.

Yo solamente pensaba en que si te pasas la vida buscando otra vida, ¿qué pasa con la que estás usando para buscar? Y ¿por qué las personas hacen lo que él hacía?

Tommy había entrenado para correr por cinco años en una pista que no era la que quería, y tenía baches, y la mía estaba limpia, pero tampoco era mía; habíamos alquilado los sueños de otros, y los nuestros esperaban a ganar más valentía, a poderlos pagar con quincenas que no conseguiríamos.

Tommy siguió preparándose y decía y hacía todo al pie de la letra.

Y ahora, mientras pienso en él, no sé realmente por qué fuimos amigos; pero lo fuimos, y pudo ser de otro modo, pero fue de este, y creo que lo sé:

Cargamos con demasiado peso, demasiado pasado heredado por las inseguridades y fracasos de nuestros antepasados. Cargamos con demasiados cuerpos muertos, hasta donde no pudieron llegar sus fracasos. Cargamos con palabras no dichas, propuestas no hechas, madres y padres que se quejan de lo que pudieron haber hecho y de lo que nos toca a nosotros hacer por ellos; pusimos su peso sobre nosotros, porque habían hecho lo suficiente por cuidarnos y criarnos cuando no tuvieron absolutamente nada.

Nuestra retribución es el sacrificio de nuestras vidas.

Cargamos con demasiadas cosas, pero se supone que no somos adultos, que la vida aún no ha empezado a ser difícil para nosotros. Creo que Tommy cargaba con más cosas que yo, y cuando íbamos por cigarrillos, y él apretaba la caja, y compraba otra, y la sentía antes de pasarla, pensaba que así se sentía tener algo, controlar algo; saber lo que ese algo hará de ti, pero aun así hacerlo, porque lo quieres, por el placer de hacerlo; porque había sido un inútil toda su vida, pero con los cigarros era un inútil jugando damas con la muerte, era alguien más. Luego agradecía por el fuego; calaba el cigarrillo y se quitaba mi ropa, se iba a bañar y se colocaba la suya; no confía en la veracidad de los cigarrillos de menta, pensé, pero nunca fue eso, quería controlar en quién se convertiría, y esa era su forma.

Al final soy yo el que debe agradecer por el fuego.

Hubo noches en que llamaba llorando porque no podía con eso, y me sentía mal por oírlo llorar, y por ser su único amigo; otra persona también podía cargar con sus penas. No podía cargar con las suyas y las mías al mismo tiempo, y realmente lo siento. Las penas compartidas no pesan menos, solo le transportas el dolor a otra persona, y esa persona debe cargar con eso.

Faltaban tres días para la prueba. Creo que fue horrible para él tener a su madre al lado esos tres días, más pegada que nunca, saboreando la victoria futura; no hubo descanso, no hubo cigarrillos, no hubo control futuro.

Tommy se convertía cada vez más en lo que trataba de evitar, pero no podía. Desapareció esos tres días y hablamos el día siguiente de la prueba.

La casa estaba impecable, y solo pudimos estar en la sala. Estar en la habitación de Tommy era como estar en una cárcel: solo estaba una cama, y el armario. No había postes, no había ventanas, las paredes estaban horriblemente blancas; nada en la vida debe ser tan perfecto, y si lo es, entonces está muerto.

La sala funcionaba como típica habitación, pero sin Directv, o cable; solo había un DVD y una montaña de documentales. Su madre no quería un niño estúpido, entonces no había nada que pudiera enfermar su cerebro.

Nos sentamos allí, en medio de todo eso, en medio de lo que tenía, en medio de la causa que lo había transformado en eso, y tratamos de ser lo que éramos, en medio de lo que había; pero no funcionó, y salimos afuera.

—Mamá ya empezó a maquinar todo lo que haré cuando entre en la universidad. Me recomienda libros, pero realmente no me los está recomendando. Tú lo entiendes, ¿cierto?

Lo entendía, pasaba por algo similar, aunque lo de Tommy era mil veces peor, y solo esperaba no verme tan gastado como él, aunque por dentro ambos lo estábamos, uno más que el otro, pero esas cosas, ese tipo de «gastado», solamente se siente, no se dice, no se comparte, y si se hace, no es completamente cierto.

—Pasará, Tom, créeme.

No era cierto, de ese modo sería hasta que él tuviese su propia familia. Ambos lo sabíamos.

—Lo sé.

Hablamos un poco más y luego subimos a la azotea.

—Aunque no es lo que quería, creo que me puede gustar. Sé cómo hacer que las cosas me gusten, Demian.

—Es como engañarte a ti mismo, ¿cierto?

—Es exactamente eso, y ¿sabes qué? Funciona, no sé cómo lo hago, pero funciona.

«Solo eres fácil de engañar» y era algo que perfectamente sabíamos.

Empezamos a ese ritmo, luego aumentó, luego aumentó más y Tommy entró en crisis. Todo se salió de control y lo abracé.

—Tranquilo, sabes cómo hacer para que las cosas te gusten, y esto pasará. No será por siempre.

Me abrazó fuerte.

Me lanzó a un lado.

No hubo tiempo siquiera de voltear.

Primero vino el sonido.

Luego pensé que eso no había pasado.

Y luego estuvo la plena conciencia de una muerte.

 

4

 

Hubo un velorio, pero no fue el gran velorio, porque las personas no sabían si realmente estaba allí. Caer desde tan alto te deja el cuerpo destrozado, y hay cosas que simplemente no vuelven a ser como eran antes.

Yo creo que Tommy sí estaba allí dentro, pero nadie se animaba a abrir el ataúd. Yo tampoco quería hacerlo.

Había caído desde tan alto, y se había liberado, y lo que estaba allí dentro era lo que siempre, lo que realmente, había sido; pero nadie quería verlo, y el suicidio quedaría como un pecado. Toda una vida brillante para acabar pecando, y sin poder pasar a la gloria de Cristo. ¿Realmente alguien como él se merecía eso?

Ni siquiera yo quería ver el ataúd.

No soy especial, Tommy, y tampoco soy tan común como todos los que esa noche estaban allí. Para ellos fuiste lo que fuiste, no eras más que lo que les mostrabas. Para mí eras un poco más, pero tampoco eras más de lo que pensaba.

Ahora estás muerto, y nadie sabrá realmente quién eras.

A un lado de tu ataúd estaba tu madre. La recuerdo más acabada que nunca, ella ahora era la que estaba muerta en vida.

Nunca se apartó de allí.

Y entonces la entendí, ahora que no estabas, entendí lo que pasaba, y lo que pasaría con ella.

Lo malo de vivir a través de otra vida (o por otra vida) es que cuando muere, lo que haces, lo que hiciste, ya no tiene sentido. Lo más sensato es suicidarse, pero ella tenía otro hijo.

Y de ese modo te fuiste, Tommy.

Y la muerte, y lo que dejaste aquí, se perderá en cientos y miles de noticias. No nos dejaste nada, y la perdiste, Tommy.

Si solo hubieses abierto tu ataúd mucho antes.

Mucho antes de estar allí, y ser lo que fuiste.

Es así de complicadamente simple.

 


 

Dayron Bolívar. Es un joven autor de la red social Wattpad, donde en 2016 ganó el premio The Wattys.

Web: wattpad.com/user/dernierD

Ilustración: Fotografía por homar / Pixabay  [public domain]

 

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Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 100 • septiembre-octubre de 2018

 

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