un capítulo de la novela
El Club de los Jerónimos
de
Joaquín Mas Perlá

 

E

n un partido de entrenamiento en el Retiro, Pomares y «Bilbao» echaron a pies. Era una costumbre de la muchachada de entonces. Se colocaban uno frente al otro, a dos metros de distancia, y avanzaban por turno, poniendo un pie delante del otro y con el tacón tocando la puntera. El que terminaba pisando el pie contrario era el primero en elegir un jugador para su equipo. En un bando nos tocó a Emilio Pomares, «Carbonero», Cantudo I, Andrés Gálvez, Fernando Moya, Bellomo, Jalón y yo. En el otro bando, estaban: «Bilbao», Sergio, Balaguer, Javier Santos, «Pisacuellos», Cantudo II y Octavio. Como de costumbre, Pepe Bonilla sería el encargado de ir a recoger los balones que salieran lejos. Un muchacho que no pertenecía a nuestro barrio, de aspecto famélico, que tenía un silbato, se ofreció a ser el árbitro. Solo le faltaba, comentó, «algo» para cronometrar el tiempo. Un anciano bien vestido, que fumaba en pipa y tomaba el sol en un banco, sacó de un bolsillo interior un reloj de los de tapa y cadena de plata y se lo prestó.

El partido transcurría entretenido y sin incidentes, hasta que los hermanos Cantudo, que se alineaban en bandos opuestos, chocaron uno contra otro y se enzarzaron en una de sus habituales peleas. No conseguíamos apaciguarles. De pronto, Pomares gritó:

—¡Un momento! ¿Dónde está el árbitro?

El anciano de la pipa iba de un lado a otro, gimiendo:

—Mi reloj… Mi reloj…

Toda la muchachada, espectadores, jugadores —incluidos los hermanos Cantudo— se movilizó en busca del árbitro famélico. Pensé que nunca más volveríamos a ver al pillo. Al enterarse de lo que pasaba, un grupo de chicos ajenos a nuestro barrio, se unió a la persecución. Lo hacían más por el placer de la caza que por otra cosa. Fueron ellos quienes, jugando a vigilantes del Far West, cogieron al chico del pito cerca del Palacio de Cristal y, tal como solíamos ver en las películas del Oeste americano, pretendían lincharle y no sabían si colgarle de un árbol o llevarle hasta el Estanque y lanzarle al agua. Y también, como en las películas de buenos y malos, aparecieron los buenos: Sergio, Balaguer, Octavio, Fernando…

—Nada de linchamientos —dijo Octavio autoritariamente—. Este chico robó un reloj, no un caballo.

—Entonces le llevaremos a la policía —dijeron los otros.

—Este asunto no os incumbe —intervino Sergio, amenazador—. Soltadle o…

La pelea por la posesión del muchacho del silbato iba a comenzar, pero la oportuna llegada de «Carbonero», «Bilbao», los hermanos Cantudo y los demás chicos del barrio, disuadió a nuestros oponentes. Sin dejar de rezongar nos entregaron a su prisionero. Antes de llegar a la explanada donde jugábamos, nos detuvimos entre los árboles y Sergio recuperó el reloj de las manos temblorosas del árbitro famélico.

—¿Qué pensabas hacer con él, venderlo? —preguntó.

—Cambiarlo.

—¿Cambiarlo?… ¿Por qué cosa?

—Por comida.

Sergio hizo una colecta entre nosotros y utilizando su pañuelo como cepillo de iglesia envolvió en él la calderilla, que no era poca, y la entregó al muchacho. Octavio le guiñó un ojo al pobre ladrón y señalándole un sendero, le animó:

—Vamos, chico, corre por ahí y no mires atrás.

El otro no lo pensó dos veces.

No se habló más. El reloj fue restituido a su atribulado propietario y yo, en mi almanaque de pared, anoté aquel día como el de «la captura del cuatrero».

Aunque la violencia, gracias a Dios, no era el pan nuestro de cada día en el barrio, yo mismo me vi envuelto en dos hechos que jamás podré olvidar. Comencé a ir a la escuela de Artes y Oficios. Quería ser escultor. Estudiaba una hora de Cultura General y pasaba otra en el taller de modelaje practicando con arcilla. Yo, la verdad sea dicha, no prosperaba mucho. Las caras que me ponía mi profesor eran como para arrojar la espátula y salir corriendo. Armándome de valor le pregunté un día si él veía en mí alguna posibilidad de llegar lejos. Mirándome con aire de conmiseración, respondió:

—Hombre… Tan lejos como Benlliure… Claro que si solo pretendes modelar figuritas de mazapán…

¡La ironía de mi maestro no me mortificó ni me desanimó! Yo bien recordaba que muchos grandes genios del arte habían tropezado en sus comienzos con la incomprensión y la envidia.

A la escuela asistía un sujeto presuntuoso y pendenciero. Se llamaba Lorenzo y creía que la escuela era, poco más o menos, su coto privado. Lorenzo estudiaba para mecánico, pero sus características personales encajaban mejor en un ring que en un garaje. Con él iban casi siempre dos incondicionales, sarcásticos y aduladores, que actuaban como guardaespaldas. Al tal Lorenzo le caí como carbonilla en un ojo. No sé por qué. Un día se acercó a mí en el pasillo y me dijo:

—Oye, tú, me han dicho que juegas muy bien al fútbol, pero que como escultor no sirves ni para modelar figuritas de mazapán.

—Bueno, si te han dicho eso…

Di media vuelta, pero él me cogió de un brazo.

—Eh, eh, eso es una falta de educación. Te estoy hablando.

—Ya te he oído. Y ahora, si no te importa…

—Sí, me importa. ¿Sabes lo que pienso, chiquito?

—No me interesa.

—Pues voy a decírtelo, aunque no quieras. Pienso que tienes miedo de mí y pienso también que eres un imbécil.

Los dos acompañantes de Lorenzo se echaron a reír. Me irrité y acerqué mi rostro al suyo.

—Se ve que frecuentas mucho el gimnasio. ¿Acaso pretendes ensayar tus músculos con los míos?

Él se volvió a sus amigos.

—¿Veis qué listo es? Adivinó lo que yo quería.

—Adivino algo más —dije—. Adivino que eres un atorrante.

Su mano, grande y recia, me agarró por el cuello de la camisa.

—Repite eso.

—Suéltame —le ordené pegando mi nariz a la suya—. Tú tienes fuerza en los brazos, pero yo la tengo en las piernas.

Le rocé, solamente le rocé con mi rodilla en el bajo vientre y se echó hacia atrás dejándome libre.

—¿Serás tan hombrecito como para verte conmigo a solas?

—Donde quieras y cuando quieras.

—¿Sabes que eres un suicida? Esta tarde, en lugar de clase, novillos y nuestra cita en la Plaza de las Cortes. Ve solo.

—Eso mismo te digo a ti.

Me preocupaba la pelea. Sabía que me tocaría la peor parte porque Lorenzo era, sin lugar a dudas, mucho más fuerte que yo, pero mi propia estimación me prohibía buscar ayuda o rehuir el encuentro. Iba a ser algo así como una cabra y un lobo dentro de una jaula. Me resigné a hacer mi papel de cabra lo más dignamente posible. La escuela estaba en Marqués de Cubas. Al salir de mi casa, después de merendar, caí en la cuenta de que había cometido una gran imprudencia. ¿Cómo iba a poder encajar los golpes en el estómago?…

Llegué a la Plaza de las Cortes a la misma hora en que debería estar entrando a la escuela. Lorenzo me esperaba impaciente. Estaba en la esquina de la calle del Prado y le acompañaban sus inseparables guardaespaldas. Me aproximé a él y dije:

—Me habías prometido…

—No te preocupes por ellos —respondió con sequedad. Solamente están aquí para vigilar.

—¿Vigilar qué?

—Tú hablas demasiado.

Yo no daba por mi físico ni una perra gorda. Iba a comenzar la pelea cuando, de pronto, vimos aparecer a Octavio, Fernando y «Pisacuellos». Con aire divertido se acercaron a nosotros.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté sorprendido.

—Eso no está bien, camarada —me recriminó Octavio un tanto socarrón—. Debías habernos invitado a esta fiesta. Los amigos son para algo.

—Pillín, eres un pillín, Miguelito —me dijo el «Mono» al tiempo que me guiñaba un ojo—. Quieres divertirte tú solo, ¿eh? Menos mal que un chaval de Fúcar, que va a tu escuela y se enteró de lo que pasaba, corrió a contárnoslo todo.

—¿Quiénes son estos? —quiso saber Lorenzo.

Octavio se acercó, hizo una reverencia y respondió:

—Somos los tres mosqueteros; Athos, Porthos y Aramis, y éste —me puso la mano en el hombro— es D’Artagnan. Tú, ya lo sabemos, no eres otro que el siniestro Cardenal Richelieu, de la Escuela de Artes y Oficios del Marqués de Cubas.

—Me gusta ser precavido —dijo Lorenzo con sonrisa astuta; y señaló a cuatro muchachos que se acercaban por la Carrera de San Jerónimo. Uno de ellos preguntó:

—¿Llegamos a tiempo, Lorenzo?

—Sí —respondió este, engallado—. Ahora sí que nos vamos a divertir.

—Me parece que en este partido vamos a perder por cuatro a siete —se lamentó “Pisacuellos”.

—No lo creo —comentó el «Mono» señalando la calle San Agustín. Por ella venían deprisa y con caras de niños traviesos: Sergio, Balaguer, «Carbonero» y los hermanos Cantudo. Les seguía Bonilla con un palo en ambas manos. Lorenzo y su pandilla se quedaron inmóviles. Julio Rueda apretó con el dedo índice el pecho del mecánico y le advirtió en tono amenazador:

—Escucha bien, Al Capone de segunda mano, deja en paz a nuestro escultor D’Artagnan o tendré que pisarte el cuello.

Se retiraron. Lo hicieron a regañadientes, pero sin mirar atrás.

Nunca más fui molestado por el pendenciero Lorenzo.

 


 

Joaquín Mas Perlá nació en Posadas (Córdoba) el 3 de mayo de 1926. Era hijo de una actriz de teatro y de un representante teatral. Fue actor de teatro muchos años, pero sobre todo le gustaba escribir. Estuvo de emigrante en Inglaterra, Nueva York y Puerto Rico, donde trabajó como camarero. Los últimos años de su vida residió en Estepona (Málaga).

La novela El Club de los Jerónimos (ISBN: 978-84-18123-26-9), ha sido publicada en 2021 por Margarita Mas Díaz. Esta obra se puede adquirir en La Casa del Libro (https://www.casadellibro.com/libro-el-club-de-los-jeronimos/9788418123269/11928499)

🖌 Ilustración: Dibujo por Jordi Ponce Pérez, incluido en la novela; autorizada su reproducción para esta publicación. © Derechos reservados.

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 115 · marzo-abril de 2021

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