relato por
Carlos Montuenga

 

El triunfo supremo de la razón
—facultad analítica, esto es,
destructiva
y disolvente—
es poner en duda
su propia validez.

Miguel de Unamuno

 

…S

í, puede parecer extraño pero es probable que haya bastante de cierto en todo eso. ¿Sabe una cosa?, cuando las miro tengo la sensación de que cada una tiene una manera particular de ser. Nos parecen meras copias de un mismo modelo, pero le aseguro que no hay dos iguales aunque pertenezcan a la misma especie; usted dirá que este rododendro no se diferencia en nada fundamental de aquél, que ese rosal es prácticamente igual a los otros que crecen junto a él en el seto… Pero si observara día tras día una de esas plantas en particular iría descubriendo que es distinta de cualquier otra, tiene sus preferencias, su manera de reaccionar ante los cambios y hasta… sus manías. Yo ignoraba por completo esas cosas y aunque le había cogido gusto a dedicar algún que otro rato al cuidado del jardín, todo lo hacía, ¿cómo decirlo?, de forma más bien mecánica, dejándome guiar por el sentido común: abonar con esto o lo otro, eliminar partes secas, tener en cuenta que algunas plantas necesitan mucha luz mientras otras se desarrollan mejor en zonas umbrías… Pero el caso es que poco a poco empecé a ser consciente de algo que nunca habría imaginado. En fin, suena un poco absurdo, lo sé, y no quiero aburrirle con detalles, pero era como si las plantas tuvieran conocimiento de que yo me esforzaba en tenerlas bien atendidas…

—Bueno, profesor, a veces la imaginación nos hace ver cosas inexistentes.

—Sí, claro, a mis años no sería tan raro que empezara a desvariar. Pero ahora viene la segunda parte: hace unos meses leí que un grupo de investigadores, canadienses me parece, después de estudiar durante años el comportamiento de cierta especie —sauces o álamos, no estoy seguro— había logrado demostrar que cuando esos árboles son atacados por orugas emiten señales para advertir del peligro, de modo que otros árboles de la zona las reciben y empiezan a acumular en sus hojas sustancias tóxicas para los insectos, logrando así mantenerlos a raya. Bien, pues tras enterarme de aquello me puse a indagar y no tardé en descubrir otros estudios que tratan de cosas no menos sorprendentes, por ejemplo que los hongos forman vastas redes subterráneas mediante las cuales conectan las raíces de muchas plantas, permitiéndolas comunicarse y compartir sustancias nutritivas. Y también tengo noticia de que algunos biólogos han llegado a proponer la existencia de algo similar a campos vibratorios que serían responsables de la transmisión de hábitos e instintos entre los individuos que integran las distintas especies. Por cierto que esa teoría volvería a poner sobre la mesa la cuestión del inconsciente colectivo propuesta por Jung. Bueno, ¿qué me dice ahora?

—Pues, francamente, no sé; si esas cosas son algo más que meras especulaciones sería necesario empezar a cuestionarse algunos de los principios más sólidos sobre los que se fundamenta la ciencia.

—Sí, estoy de acuerdo, pero eso de cuestionarse lo que parece inamovible es un ejercicio de lo más saludable, yo se lo recomendaría a cualquiera… Y quién sabe si la realidad no será algo muy diferente de lo que imaginamos, acaso su naturaleza se nos escapa entre los dedos debido a nuestro hábito de tratar de entender cada cosa separada de las demás, como si el mundo pudiera reducirse a una suma de partes sin sacrificar con ello nada esencial. No sé, quizá no podamos cambiar eso, estamos demasiado acostumbrados a marcar límites en todo y sería absurdo ignorar que de otro modo el progreso material habría sido imposible. Separamos unas cosas de otras porque de ese modo creemos poder dominar una realidad tan vasta que escapa a nuestra comprensión. Antes pude ver que usted se detenía un momento a ojear uno de esos volúmenes de historia natural que tengo ahí, sobre la mesa. Es una obra magnífica, ya no se hacen libros así, con esas ilustraciones a todo color tan perfectas y esos cuadros desplegables donde aparecen divididas en grupos la multitud de especies que pueblan la Tierra; le diré una cosa: al mirarlos tengo la sensación de que la variedad casi infinita del mundo viviente está a nuestro alcance en esas páginas, ordenada, clasificada, sometida… Se trata de algo fascinante, ¿no cree?

—Sin duda, profesor, pero si le he entendido bien usted afirma que ese hábito mental de dividir la realidad en partes es precisamente lo que ha permitido que la humanidad progrese…

—Lo es, desde luego, pero no podemos ignorar que las divisiones cumplen solo una finalidad práctica. El problema surge al creer que el mundo mismo, y nosotros con él, está formado por fragmentos que existen por separado. Verá, cuando yo estaba haciendo mi tesis doctoral en física de partículas —¡qué lejanos se han quedado ya aquellos años!— tenía el convencimiento de que las teorías que manejan los científicos nos ofrecen algo así como una copia directa de lo que la realidad es. Bueno, a decir verdad eso es lo que piensa la mayoría de los físicos que he conocido a lo largo de mi vida profesional, ¿sabe?, para ellos todo consiste en encontrar ecuaciones matemáticas que permitan describir el comportamiento de las partículas y si alguien muestra alguna inclinación a cuestionarse qué diablos pueda ser el mundo más allá de esas ecuaciones, le miran como si se hubiera escapado de algún sótano sombrío lleno de redomas y alambiques. Muy pocos se toman la molestia de plantearse una cuestión como esa; de modo que, dígame, cómo extrañarse de las paradojas con las que los físicos vienen lidiando desde hace ya más de un siglo, por ejemplo que los electrones se manifiestan unas veces como partículas y otras como ondas; es decir, que aunque la materia esté constituida por átomos y sea por tanto discontinua, tendría al mismo tiempo un carácter ondulatorio, o sea, continuo. Más claro, el agua, ¿eh?

—Verá, profesor, yo no sé mucho de electrones y ondas pero creo entender lo que quiere decir. Según usted, la imagen del mundo que nos ofrece la física es ilusoria en alguna medida, pero los científicos parecen ignorarlo, no son conscientes de lo que eso implica.

—No somos conscientes o no queremos serlo, porque en el fondo se trata de algo bastante evidente: lo que pensamos acerca de la realidad, nuestra propia actividad mental que nos permite desarrollar esos sistemas matemáticos y teorías, no es la realidad misma, más bien está incluida en ella; la confusión surge sin remedio cuando el observador, el que piensa, se sitúa al margen del mundo que trata de describir, como si fuera un elemento externo, independiente.

—Ya, ya, eso parece claro… Pero, dígame, ¿no es esa forma de entender el papel del observador lo que caracteriza precisamente a la ciencia?

—Sin duda lo es y le diré más: si en el curso de los últimos siglos ha sido posible desterrar  mitos  ancestrale s y  construir  un  modelo  racional —bien que incompleto— del mundo, ha sido a costa de dejar fuera todo lo personal, es decir, aquello que constituye lo más propiamente humano. De manera que uno tiene derecho a preguntarse si el precio pagado por esa conquista no habrá sido demasiado alto. Ahora bien, ¿tenemos la obligación de creer que la ciencia no puede evolucionar, abrirse a nuevas formas de contemplar la realidad sin dejar por ello de ser ciencia?, ¿tiene cabida el dogmatismo en el espíritu científico auténtico? Basta volver la vista atrás para darse cuenta de que la historia del conocimiento no sigue un curso lineal; por el contrario, los grandes avances suelen producirse en períodos de crisis y la consecuencia de los mismos es que una cierta manera de entender lo real se abandona en favor de otra enteramente distinta. Olvidamos con facilidad que algunos de los principios fundamentales que han hecho posible el desarrollo de la ciencia moderna plantean paradojas desconcertantes; así, la ley de la gravitación universal, que el genio de Newton fue capaz de intuir, constituía una transgresión inaceptable para la mentalidad «moderna» de los seguidores del racionalismo cartesiano, quienes entendían, y no sin motivo, que aceptar la existencia de una fuerza a distancia entre los cuerpos celestes —esa gravedad cuya naturaleza el mismo Newton renunciaba a explicar— suponía volver a caer en la visión mágica del pensamiento medieval. En fin, cuando me lanzo a hablar de estas cosas no hay quien me pare, espero no estar aburriéndole…

—Le aseguro, profesor, que es difícil aburrirse mientras uno le escucha hablar, pero si me lo permite querría hacerle una pregunta de tipo personal.

—Claro, claro, pregunte lo que quiera. Para eso ha venido, ¿no?

—Pues… Me gustaría conocer la causa que le empujó a dejar sus investigaciones para recluirse en este lugar solitario.

—¿Recluirme? Hombre, eso suena algo excesivo, no me tengo precisamente por un anacoreta, mi casa está abierta a todo el que quiera acercarse por aquí y yo bajo al pueblo con alguna frecuencia; tengo allí buenos amigos, ¿sabe?, alguna que otra vez quedo con ellos para tomar unas copas, mientras arreglamos el mundo, o echar una partidita de damas… Mire, yo conocí este lugar hace ya muchos años durante un viaje que hice con mi mujer por Austria mientras disfrutaba de un año sabático. Ella era fotógrafa profesional y se enamoró de estos valles nada más verlos. Buscamos un acomodo en el pueblo y en las casi dos semanas que permanecimos aquí no paró de hacer fotografías, casi siempre desde un collado próximo a este prado en el que ahora se levanta la casa donde estamos. Lo que me sorprendió entonces fue que sus fotografías reproducían siempre el mismo encuadre: en primer termino, las laderas abruptas salpicadas de abetos y hayas que descienden por ese lado hacia el valle, y allá en la lejanía el perfil azulado de los Alpes recortándose sobre la claridad del cielo. Recuerdo que cuando le pregunté por el motivo de repetir una y otra vez esa imagen, ella me respondió que ninguna foto era igual a las demás ya que estaban tomadas en días y momentos diferentes, por lo que la luz nunca era la misma. «Pero» —le dije—, «¿tanto te interesa ese enfoque en particular?». Entonces, tras alguna vacilación, me contó que al poco de llegar, una tarde en que yo me había quedado en el pueblo, subió por vez primera al collado con su equipo fotográfico a cuestas y se quedó admirada contemplando el panorama majestuoso de las lejanas montañas, resplandecientes al llegar el día a su término. «Cuando al fin comencé a disparar mi cámara» —añadió— «la luz era ya algo distinta y aquel momento de esplendor incomparable había pasado. Entonces me propuse volver al día siguiente con la esperanza de que se repitiera y conseguir “capturarlo”». Así que volvió un día tras otro al collado y logró hacer algunas fotos realmente magníficas, pero yo creo que ella no quedó convencida con ninguna, era una persona que se exigía mucho, tal vez demasiado. Difícil empeño el de capturar lo efímero, ¿no cree?, sea la belleza de un atardecer, el brillo de una mirada o ese estado de profundo bienestar que alguna vez sentimos sin razón aparente… Pero perdone por esta digresión, usted me preguntaba acerca de las razones que han podido empujarme a un cambio tan radical de vida, ¿no es así? Pues verá, yo mismo no lo sé con certeza, creo que necesitaba alejarme de todo, poder pensar con entera libertad… y pocos lugares podrían servir mejor que éste a ese propósito. Cuando se está acostumbrado al bullicio de las ciudades, a los compromisos sociales, las agendas de trabajo, el trasiego de unos sitios a otros, en fin, a todo ese cúmulo de circunstancias que conforman nuestra vida, la soledad de estas montañas puede producir al principio una impresión extraña, parece como si el mundo se hubiera quedado en suspenso y, sin embargo, esa quietud que está en todas partes es algo dinámico, transmite —si se le presta suficiente atención— una especie de vibración poderosa que infunde calma y confianza…

—Sí, sí, le comprendo, profesor. Pero francamente, no deja de resultar chocante que alguien como usted, un científico famoso que, según afirman sus colaboradores más próximos, estaba en lo más alto de su potencial creativo, decida un buen día dejarlo todo para iniciar esta especie de… no sé cómo habría que llamarlo, ¿retiro?

—Bueno, en esta especie de retiro yo hago algo más que pasear por los prados y regar las margaritas del jardín; se equivoca si piensa que he abandonado mis investigaciones, en todo caso ahora utilizo métodos algo distintos.

—Pero, ¿de qué medios dispone aquí? No veo ningún tipo de instalación especial, ningún instrumento o máquina…

—No, seguro que no ve nada de eso y sin embargo hay un instrumento muy particular que está siempre a mi entera disposición: el cerebro.

—¿El cerebro?, quiere decir, el suyo…

—Hombre, sí, es el único que tengo a mano.

—Claro, claro. Pero, ¿podría decirme algo sobre la naturaleza de esas investigaciones a las que se dedica ahora?

—No es fácil responder a esa pregunta en dos palabras… Hay cosas que siempre me han intrigado aunque tuvieran poca relación, al menos en apariencia, con mi trabajo en física fundamental. Cosas como eso a lo que suele llamarse intuición, una facultad un poco misteriosa que nos permite en ocasiones conocer la solución de un problema sin que medie por nuestra parte esfuerzo consciente alguno; cosas como esas vivencias fugaces que alguna vez se presentan frente a nosotros igual que si una ventana se abriera por un instante a algo imposible de describir con palabras. Ese tipo de fenómenos sugiere que disponemos de cierta capacidad innata para conocer de forma directa la realidad. Y le diré más, yo creo que se trata de algo común durante la niñez aunque luego, con el paso de los años, tienda a desaparecer casi por completo. ¿Sabe lo más lamentable del caso?, que nuestros sistemas educativos contribuyen no poco a esa pérdida, al poner todo el énfasis en cultivar el desarrollo de la lógica y el pensamiento racional. Caemos en un error muy serio, el de creer que el verdadero conocimiento ha de tener por guía la luz de la razón y damos por seguro que ese modo de mirar al mundo propio de la primera etapa de la vida es solo un balbuceo, algo que se irá corrigiendo al madurar el individuo.

—No sé si le sigo. ¿Está usted afirmando que el desarrollo intelectual que la educación promueve se logra al precio de anular un modo superior de conocer la realidad?

—Entienda bien lo que quiero decir: ese desarrollo de nuestra mente lógica, analítica, que vamos logrando poco a poco tras años de duro aprendizaje es muy importante o, mejor dicho, imprescindible. A nadie en su sano juicio se le ocurriría poner en duda el valor de saber que el número pi representa la razón entre la longitud de cualquier circunferencia y su diámetro, o que la energía irradiada por el sol tiene su origen en la fusión atómica de cantidades ingentes de hidrógeno contenidas en su interior; el problema radica en que no se nos dice apenas nada sobre otras cuestiones de enorme importancia: el significado de estar vivo, sentir alegría o miedo, emocionarse ante una acción heroica o al escuchar determinado movimiento de una sinfonía. Es como si solo se concediera verdadera importancia a lo que se sujeta al número y la medida, relegando todo aquello no expresable en términos matemáticos a un papel subalterno. Nos hemos ido acostumbrando a verlo así, pero una parte de nosotros se niega a admitirlo… Yo nunca olvidaré un verano, muy lejano ya —figúrese, no habría cumplido aún los siete años—, que pasé en un pueblecito de la costa donde mi padre había alquilado una casa desde la que se veía el mar. ¡Qué tiempo tan feliz, aquel! No faltaba allí nada de lo que yo podía desear: la playa, el mar, los charcos entre las rocas donde a veces lográbamos coger algún cangrejo, el paseo marítimo con sus puestos de helados, las excursiones en un tren de vía estrecha que recorría la comarca; pero, por encima de todo, aquellas noches en que mi padre decidía llevarnos al cine cuando daban alguna película de aventuras. Era un cine al aire libre flanqueado por tapias blancas al que se entraba pasando bajo arcos adornados con lamparillas de colores. El interior era un simple patio terroso con sillas de madera iluminado por focos situados en las esquinas y para mí, que era un niño de ciudad, aquel cine tan sencillo sin ni siquiera vestíbulo ni techumbre tenía algo de lugar encantado. Cuando se apagaban las luces, a punto ya de comenzar la sesión, y el patio se iba quedando en silencio bajo la inmensidad del cielo nocturno, yo sentía que todas las cosas —el cine, la brisa que traía olor a mar, el rondó monótono de los grillos, la lumbre del cigarrillo que mi padre sostenía entre los dedos, el temblor lejano de las estrellas—, todo sin excepción, quedaba unido de forma misteriosa en una misma y única realidad. La película iba a empezar de un momento a otro y cualquier cosa podría ser posible entonces: surcar los océanos en busca de la ballena blanca —aquel monstruo perverso que el capitán Ahab estaba empeñado en destruir—, asaltar la fortaleza donde los señores normandos mantenían cautivo al noble Ivanhoe, descender por el cráter de un volcán remoto a las entrañas de la Tierra y descubrir maravillas que nadie habría podido imaginar…

—Si me permite, profesor, ese tipo de vivencias que usted describe de manera tan gráfica, ¿no son meras ensoñaciones propias de un niño de siete años?, todos sabemos que la mente infantil es incapaz de distinguir con claridad entre lo real y lo imaginado.

—Querido amigo, me parece que ahí está precisamente el meollo de la cuestión. Eso que solemos llamar lo real es, en todo caso, lo que percibimos de la realidad y al confundir una cosa con la otra concedemos a nuestro pensamiento un poder que está lejos de poseer.

—Un poder que el pensamiento esta lejos de poseer… Pero ahora sí que no le entiendo, ¿no ha dicho usted que existe en nosotros la facultad de conocer de forma inmediata la realidad?

—¡Pues claro!, pero no creo que esa facultad responda en absoluto a lo que entendemos por pensamiento. El pensamiento —es decir, pensar en las cosas o, si lo prefiere, razonarlas— opera en el campo de la lógica, de la acumulación y análisis de datos, de la formulación de teorías. Todo ello es utilísimo, claro, pero la razón también crea fantasmas, realidades ilusorias que hemos terminado por aceptar como ciertas. Y tal vez la más elaborada de todas, la que más condiciona nuestro modo de entender la vida, es la ilusión del yo.

—¿A qué se refiere?

—A lo largo de nuestra existencia, el pensamiento va creando algo que cobra la apariencia de entidad real, el yo, como un centro que existiera al margen de lo pensado, cuando se trata solo de una construcción mental, un conglomerado de recuerdos, sensaciones y deseos.

—Sí, ya veo, y mientras le escuchaba me ha venido a la memoria la famosa sentencia que Shakespeare pone en boca del mago Prospero: Somos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños…

—Muy bien, pero dese cuenta del verdadero significado de esa frase: no que soñamos sino que somos nosotros mismos, ese yo en apariencia tan real, un sueño, una mera creación del pensamiento. Se trata de algo verdaderamente extraordinario de lo que no tenemos una conciencia clara, y ello provoca en nosotros un conflicto permanente, una enorme pérdida de energía, al erigirse esa creación en algo que pretende ejercer un control sobre la mente —la propia y la de los otros—, algo que dice «estoy furioso y debo controlarme» o «sé que tengo razón y nadie conseguirá convencerme de lo contrario».

—Pero, profesor, aunque eso fuera así no veo qué actitud tendría uno que adoptar frente a sus pensamientos y emociones…

—Menuda cuestión, ¿verdad? Por un lado el observador, el yo, y por otro lo observado, en este caso sus recuerdos, deseos, emociones: placer, ira, miedo, esperanza, celos… Y el observador piensa que debe actuar sobre todo eso, porque quiere conservar ciertas sensaciones y librarse de otras. Pero, ¿y si el observador vuelve la mirada sobre sí mismo y cae en la cuenta de que, en realidad, tanto él como ellas son solo construcciones mentales? No digo admitirlo en un sentido teórico sino verlo con toda claridad, en cada instante de la vida diaria (lo cual, créame, requiere poner en ello toda el alma; es necesario ir en contra de lo que nos dice el sentido común). Bien, pues cuando se es capaz de eso los conflictos empiezan a desvanecerse, no hay nada que retener ni de lo que librarse, la mente fluye con libertad porque ya no está dividida y parece como si dentro de nosotros se hiciera el silencio. Es como sentarse bajo los álamos al atardecer solo para contemplar los colores cambiantes del cielo y el continuo oscilar de las ramas en la brisa que desciende desde las cumbres.

—¿Y después?

—Después, seguir adelante aunque no podamos ver el camino y mantener viva nuestra capacidad de asombro. Puede que en el momento más inesperado comience a disiparse la bruma y aparezca ante nosotros ese océano infinito que ya conocimos en los días lejanos de nuestra niñez…

—¿Volver a la infancia?

—No, de ningún modo. Eso carecería por completo de sentido, ¿no cree?; la infancia es irrecuperable, los niños han de convertirse en adultos, hombres y mujeres que tendrán ante sí enormes desafíos en esta bendita sociedad que hemos ido haciendo entre todos. Claro es que esos niños han de dejar atrás la infancia, pero todavía no hemos comprendido que el proceso de crecimiento y maduración no exige la pérdida de ese poder extraordinario que deriva de mirar en torno nuestro con total libertad, como si viéramos las cosas por vez primera. De niños lo ignoramos todo —hasta la identidad; apenas tenemos todavía la noción de un yo separado del resto— y por ello nos resulta posible sentir lo que el mundo es. Poseemos una capacidad natural de valor inapreciable y perderla trae como consecuencia que durante el resto de nuestra vida solo seamos capaces de percibir una realidad rota, aparente… Se trata, por tanto, de abrir caminos que nos permitan armonizar la visión intuitiva del mundo con el poder de la razón.

—¿Y cómo cree usted que un logro de esa naturaleza podría afectar al modo de entender la ciencia?

—La cuestión más importante es cómo nos afectaría a nosotros mismos y, por tanto, a la sociedad. Debe entender que estamos hablando de una transformación personal sin precedentes, algo que podría desencadenar cambios difíciles de imaginar; la noción misma de individuo como centro de conciencia separado de muchos otros similares, pierde todo sentido cuando queda al descubierto la irrealidad en que se fundamenta… Y si nos referimos en particular al dominio de la ciencia, y más concretamente al de la física, es innegable que nos encontramos en un período de crisis iniciado hace ya más de un siglo: los conceptos clásicos de tiempo y espacio no nos sirven, tanto la relatividad como la teoría cuántica conducen a nuevas formas de considerar el mundo en las que el propio experimentador ya no es un elemento ajeno al resultado de sus observaciones. Algunos creemos que en vez de dividir la realidad en distintas partes y analizarlas por separado, habríamos de considerar un todo que fluye sin descanso, una corriente universal en la que las cosas surgen y desaparecen continuamente tal como lo hacen los pensamientos en el movimiento incesante de la mente. Tal vez las partículas elementales no sean, como habíamos llegado a pensar, entidades separadas de lo demás sino estados transitorios de esa realidad única que en ocasiones dejan su rastro fugaz en nuestros instrumentos de medida [1]… En fin, ¿quiere que le diga algo más? Yo mismo estoy trabajando en un modelo matemático que espero permita desarrollar esas ideas de forma precisa; tal vez usted sepa que en la teoría cuántica se utiliza la llamada función de onda, función que ha de satisfacer una ecuación lineal asociada a operadores hermicianos… Pero veo por su gesto que no está usted muy familiarizado con esas cosas, ¿verdad?, bueno no se preocupe, los físicos tenemos la fea costumbre de utilizar a veces un idioma que los demás no entienden… Además se está haciendo ya un poco tarde, ¿qué le parece si lo dejamos aquí?, usted tiene que volver y no debe fiarse de estas carreteras de montaña, mejor conducir cuando aún es de día. Ahora que si tiene verdadero interés, tal vez podríamos continuar en otro momento… ¡Ah!, pero espere, no puede irse sin probar una tarta de arándanos que me han traído esta mañana del pueblo; ya verá como le gusta, según tengo entendido las hace una sobrina del alcalde y le aseguro que yo no había comido una igual en toda mi vida. Pase, pase por aquí, la cocina está al final del pasillo…

 

[1] El concepto de un flujo universal en el que mente y materia son distintos aspectos de un movimiento único hunde sus raíces en tradiciones milenarias y está presente en el pensamiento de filósofos como Schopenhauer y Bergson. Dentro del dominio propio de la ciencia moderna tal concepto  fue extensamente desarrollado por el físico norteamericano David Bohm, conocido sobre todo por su  teoría de las variables ocultas en química cuántica (véase, por ejemplo, D. Bohm. La totalidad y el orden implicado. Editorial Kairós, 1987) 

 


 

Carlos Montuenga Barreira

Carlos Montuenga Barreira (Madrid, 1947). Es doctor en Ciencias y colabora, de forma habitual, con sus relatos y artículos en espacios literarios como Almiar (revista Margen Cero), Ariadna-RC (Revista Cultural) y Revista Narrativas. Ha publicado también varios de sus trabajos en las revistas digitales El Fantasma de la Glorieta, Adamar, Palabras Diversas, Amalgama, Voces, Aledaños de la Literatura, Letralia (Venezuela), Remolinos (Perú) y en portales dedicados a la difusión de las humanidades y la filosofía, como A Parte Rey y La Caverna de Platón. Es miembro integrante del taller literario de El Comercial (Madrid), desde el año 2007, y su relato Tránsito fue seleccionado como finalista del XXVIII Certamen Nacional de Poesía y Narrativa Breve El Decir Textual 2013 (Argentina). Ha publicado los libros de relatos Los confines del mundo (Editorial eBooks Literatúrame; 2013) y Cuentos de la otra orilla (Café Literario Editores; 2016). Ha participado en los libros, también de relatos, Inventarĭum (Margen Cero; 2013) , Martínez en tertulia (Café Literario Editores; 2014) y La tertulia por excelencia (Café Literario Editores; 2019).

 Leer otros relatos de este autor (en Margen Cero):

Los confines del mundo · Newton el mago ·

Un viaje poco común · Al morir el día

 

 Ilustración: Eternidad en Lisboa, Víctor Nuño from Madrid, Spain [CC BY-SA 2.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)]

 

biblioteca relato Cine bajo las estrellas

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) n.º 107 noviembre-diciembre de 2019

 

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