Los argentinos tras la muerte de Maradona

artículo por César Bisso

 

E

l pasado 22 de junio nuestro país vivió un emotivo momento al recordar el famoso gol de Maradona a los ingleses, en el Estadio Azteca de la Ciudad de México. Pasaron treinta y cinco años de aquel salto hacia la gloria. Hubiera sido un día más para nuestra alicaída sociedad, sino fuera porque desde las usinas futboleras irrumpieron con un mandato celestial: a las 16:09 (hora argentina) todos debemos recordar el gol de Diego.

En las oficinas, en las fábricas, en las calles, en los hogares, había que gritar bien fuerte, para que «nuestro D10S» nos escuche y sepa que nadie lo olvida. La iniciativa de la Asociación del Fútbol Argentino fue acompañada por la gran cofradía de periodistas aduladores, que ocuparon todos los minutos posibles en redes y medios de comunicación, desmenuzando anécdotas de aquella proeza y mostrando imágenes vistas una infinidad de veces. La crónica también sirvió además para sorprendernos con situaciones absurdas, como diputados interrumpiendo un importante debate en el Congreso para solicitar un aplauso celebratorio de ese gran momento histórico, hasta la presencia de una avioneta difundiendo desde el cielo a todo volumen un audio con el relato del gol. Lo mismo ocurrió en los altoparlantes de muchos estadios del país, pero sin público, a causa de las restricciones sanitarias. Es decir, todo resultó un grito para adentro, ahogado por las circunstancias adversas de esta dura realidad.

En nuestro país Maradona fue convertido en un ser supremo mucho antes de su muerte, o mejor dicho en D10S, tal como lo describen las paredes y tapiales de cada barrio. Obviamente no es una cuestión religiosa, tampoco convive con ninguna fe ni dogma. Es un fenómeno cultural, construido desde la pasión argentina por el fútbol y robustecido en el tiempo por los intereses del poder político y económico. Así hay que entenderlo. Y muchos se nutren de su figura: unos para sentirse más cerca del pueblo; otros, porque seduce y vende.

Cuando ocurrió el desenlace fatal, escribí en esta revista un artículo con el título de El último Maradona es el que vendrá. Conozco mi país y la frágil costumbre de convertir en épica cualquier circunstancia propicia de la historia. Todo comenzó con aquel funeral desenfrenado, donde el ataúd representaba el estandarte de la soberanía nacional y los hinchas se aferraban a él como el más grande objeto de veneración. Al otro día del sepelio, la burocracia gubernamental ya lo homenajeaba, colocando su nombre en calles, rutas, plazas, estaciones de trenes, estadios y levantando estatuas en algún lugar emblemático. Y los hinchas, improvisando santuarios o gigantescos murales.

Luego sobrevino el carrusel de acusaciones entre médicos, familiares y séquito de amantes y amigos. ¿Cómo murió Diego? ¿Quiénes lo dejaron morir? ¿Qué seremos sin él? Algunas preguntas vagas que disparo en este momento como ejemplo de las tantas que se han hecho a lo largo de estos meses. Acusados, difamados y procesados, los profesionales que controlaron la salud del ídolo siguen siendo indagados en tribunales de justicia. Seguramente le llegará el mismo sayo al abogado que controlaba su fortuna y al entorno que conformaba el círculo más íntimo del ídolo.

Pregunto: ¿por qué Diego no podía morir? Era una persona con muchos problemas de salud y ya había pasado por graves episodios donde vio la muerte de muy cerca. En sus últimos días de vida, tras haber superado una operación cerebral, se lo veía caminar como un sonámbulo y con dificultad para poder expresarse con palabras. La tenebrosa combinación de errores profesionales y desafectos familiares eclosionó en el cuidado de un hombre enfermo, que poco podía hacer por sí mismo.

Allí estuvo presente el Diego que nadie quería ver, que pocos deseaban atender y que muchos aprovecharon para saciar su oportunismo. La última etapa como entrenador causaba una inmensa pena, tanto en los fieles como en los infieles. Observarlo sentado en un sillón al borde del campo de juego, con la mirada extraviada, frente al inexorable destino. El trono de un rey sin reino. Más allá de la demostración simbólica, esa imagen descubría el rostro de un hombre abatido, infeliz, acorazado en su disfraz de ídolo. Es probable que Diego haya disfrutado de ese estado de lucidez que existe entre el reconocimiento genuino de la gente y el instinto de ilusionista, capaz de embaucar a todos. Pero también se advertía un cuerpo resquebrajado por tantos años de brusquedades y excesos. Y tal vez una mente abatida.

Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía, dijo nuestro querido humorista gráfico y escritor Roberto Fontanarrosa. Esta frase, como una consigna irrevocable, ha sido la que atravesó estratos sociales, teorías, creencias y estadísticas. Al pueblo maradoniano siempre le importó más el jugador de fútbol que el personaje incontrolable que transgredía todos los límites. Un rectángulo de césped se veía como el altar. Y allí es donde se adoraba a D10S, cuando él se hacía presente.

Indudablemente, la vida de Diego fue un saco roto. Todo abarcaba y desaparecía al mismo tiempo, como la luz y la sombra. Por él han pasado historias de todo tipo, siempre rodeadas de curvas y contracurvas, subidas y bajadas. Una peligrosa montaña rusa que lo fascinó y lo llevó a descubrir los rincones más exóticos del poder. Y cada uno de ellos significó una fuente inspiradora para la producción de libros, revistas, documentales, películas, series y canciones. Una mezcla de ficción y realidad donde aparecen la Camorra napolitana, los cárteles colombianos y mexicanos, las barras bravas argentinas, los oscuros dirigentes del fútbol, la armonía ideológica con líderes políticos latinoamericanos, el complejo entorno de amigos, la familia, las amantes, los lujos, los caprichos, las miserias, las adicciones. ¿Quién no habló alguna vez de Maradona? Por ejemplo, fuera del ambiente futbolero, los escritores García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Benedetti, Soriano, supieron mencionarlo con admiración en alguna charla. Otros, entre tantos, lo describieron con dedicación y respeto, como el mexicano Juan Villoro y los argentinos Eduardo Sacheri y Martín Caparrós.

¿Dónde estaba su magia, su magnetismo? Sencillamente en su inconmensurable amor por la pelota. Y, a través de ella, en el apego a la camiseta de su país. La celeste y blanca brilló en su pecho más radiante que las otras que vistió a lo largo de su carrera. La que se puso en 1979 para ser campeón juvenil del mundo en Japón; la de 1986 en México para vengar con su mano endiosada y su gambeta endiablada la derrota del pueblo argentino en Malvinas; la que lució en Italia en 1990 para insultar al público local que abucheaba el himno de su patria; o la de Estados Unidos en 1994 cuando le «cortaron las piernas», como él mismo dijo al ser sancionado por doping. Y ese amor irreductible de Diego por la camiseta lo asumió el pueblo y con el tiempo lo transformó en amor al genio que idolatra más allá de su muerte. Por eso nunca conoceremos del todo a Diego, porque el verdadero siempre será el que vendrá. Una leyenda que no tiene fin. Y que va a estar cada día en la pantalla del televisor o en la página del diario, como lo vemos hoy, eludiendo rivales, haciendo goles, contando anécdotas, reclamando necesidades para los de abajo, denunciando arbitrariedades de los de arriba. O al otro extremo, como espectadores pasivos de una lluvia de causas judiciales que caen sobre irresponsables que no admiten culpa. Así su vida, de orilla a orilla, desde el nacimiento futbolístico en el potrero de Villa Fiorito hasta el revolucionario ingreso a la inmortalidad.

Todo mito se construye desde un relato acerca de lo que fue o pudo haber sido. El actor puede ser irreal y no trascender más allá del propio relato, pero si es real puede traspasar las fronteras de lo imaginario y convertirse en un hecho concreto, que pendula entre el caos y el cosmos. Diego, un niño que surgió del barro de una villa para ser Maradona bajo un cielo de oro. Desde la humildad del pobre a la arrogancia del poder. Dio todo hasta donde pudo, o hasta donde lo dejó llegar la lisonja inmutable de una corte de adláteres del éxito, llámense dirigentes, técnicos, jugadores, políticos, dictadores, sindicalistas, periodistas, médicos o su complejo entorno. Nadie más protegido que él, menos en el momento que más lo necesitó.

Rememoro estas palabras de Eduardo Galeano: Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio. Más devastadora que la cocaína es la exitoína. La fulminante droga que Diego nunca fue capaz de abandonar.

 


 

César Bisso. Nació el 8 de junio de 1952 en Santa Fe, República Argentina. Es Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Ha recibido la Faja de Honor de la Asociación Santafesina de Escritores y obtuvo, entre otros, en el género poesía, el Premio Regional «José Cibils» y el Premio Provincial «José Pedroni». Coordinó los talleres de escritura del Rectorado de la Universidad Tecnológica Nacional y fue coorganizador del Primer Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires (1999).

🖼 Ilustración: Maradona-Mundial 86, Unknown author, Public domain, via Wikimedia Commons.

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 117 · julio-agosto de 2021 · 🛠 PmmC

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