relato por
María Luisa Deles


A Santiago Lezama, siempre

 

«M

ás vale aquí corrió que aquí quedó», soltó el abuelo Venustiano lanzando un desagradable proyectil de secreción mucosa sobre mi jersey favorito.

Poco tiempo antes de aquel pronunciamiento mis padres habían llegado al clímax en su investigación sobre la rana toro, una especie con curiosos ejemplares que llegan a alcanzar el kilo por cabeza, practican la endogamia y se dejan comer por los humanos. Entre otras cosas, los viejos concluyeron que la carne del anfibio aporta altas concentraciones de potasio, fósforo y proteína, un prodigio de información que no supieron dónde poner y que sin embargo, el abuelo, verdadero sabio de la familia, aprovechó para comercializar de forma muy rentable en charolas de 250 gramos bajo el nombre de Don Froggy.

Yo contribuía con unos y otro haciéndome cargo de la caza de los renacuajos silvestres. Las escurridizas criaturas nada sospechaban de su próxima mutación y mucho menos de la deferencia a que eran sujetas en el laboratorio, como lo llamaban mis padres, que no era más que un anexo de nuestra casa rodante mucho mejor equipado que la cocina. Todas las tardes, al volver de la única escuela emplazada en San Crescencio, salía a cumplir con la encomienda acarreando una cubeta de aluminio y la rústica red de nylon que mi abuelo diseñó en aras de facilitar la recolección. Para ello debía cruzar el cementerio, un recorrido bien recomendable para un muchacho de once años con la imaginación crecida, protegido del sol con una gorra del Toluca y los mitones de jardinero que mi abuela utilizaba al acicalar sus hermosos rosales.

Mi primera parada era precisamente en el camposanto, donde tenía como mejor amigo a Gumersindo Valladares, hombre muerto en 1936 a la edad de 22, quien a decir del epitafio a cargo de su sufriente viuda había sido un sujeto sobrio y confiable. Parecía digno de convertirse en mi confidente, de modo que a él le hablaba de mi difícil profesión mientras ingería el bastimento provisto por el abuelo Venustiano a costa de su propio peculio. Dicho almuerzo consistía en un huevo duro, dos rebanadas de jamón y un zumo de fruta que iba variando según la temporada. Deglutía tan proteínicos manjares en tanto me explayaba con Valladares y la idea de la dicha merodeaba mi cerebro con las torpes alas de una mariposa recién salida del capullo. En el fondo yo quería echar raíces como los rosales que mi abuela cultivaba frente al remolque, pero éramos nómadas científicos y cualquier descubrimiento nos obligaba a cambiar de residencia.

De ahí partía a un valle próximo rodeado de espesa vegetación y prolíferas ciénagas. Los ápodos requeridos por nuestro estudio debían contar con entre siete y nueve semanas de vida y solo era posible hallarlos en las profundidades de un estanque lejano que suponía intrincados esfuerzos. Poco después supe que el tamaño era más necesario para los fines comerciales del abuelo y no tanto para las averiguaciones en el laboratorio: mientras más grandes y desarrollados, más pronto llegarían a las charolas Don Froggy y en consecuencia a nuestro bolsillo. Descubrí además que la mayor parte del tiempo los renacuajos suelen ser amistosos, cosa que cambia al llegar el momento de la reproducción cuando se vuelven territoriales y malgeniudos. Los machos eligen un Alfa a costa de cruentos combates cuerpo a cuerpo (de ahí el apelativo de toro), y el suertudo ganador se rodea de varias hembras para fecundarlas por turnos convirtiéndose en el padre de toda la siguiente generación de gusarapos. Nunca conocí el destino de esos otros que quedaban fuera de la repartición de las ancas, pero supe de cierto que la ley del más fuerte no era un cuento más del abuelo Venustiano. «No es por el huevo, sino por el fuero», decía sobándose los testículos cada vez que lo interrogaba acerca de este ventajoso sistema.

Mi abuela era una delicia de mujer que nada supo de las dificultades mundanas. Durante el día podaba sus rosales y por las noches se sentaba en un viejo sillón reclinable, junto al que yo me tendía para que me rascara la espalda, a mirar la telenovela en un televisor a blanco y negro. Así fue hasta que tristemente palmó de indigestión por la ingesta de varios aderezos creados por mi abuelo para los productos Don Froggy. La fuimos a enterrar muy cerca del amigo Valladares y a ella también solía visitarla de camino al valle, aunque desde luego no le hice nunca confidencias. La mantuve al tanto del progreso de la empacadora y de los enredos amorosos de la novela, pues me había aficionado a los culebrones y en punto de las ocho me instalaba en el sillón heredado por derecho. «No se hizo la miel para la boca del asno», decía el abuelo Venustiano ante los zafios lloriqueos de Mariquita Téllez, la protagonista pobre, coja y ventruda de los primeros diez capítulos de Patraña de amor. La misma a la que en el episodio once practicaron un fashion emergency dotándola de robustos senos y procurándole esbelta cintura. Con la transformación también se le enderezó la pierna y ganó altura, milagro que convenció al abuelo de ocupar mi sillón cada noche en punto de las ocho. «Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija», sentenció rascándose las nalgas a dos manos cuando vio a la nueva Mariquita deambular por un centro comercial capitalino.

En cosa de meses el viejo se convirtió en ranicultor. Auspiciado por el gobierno municipal montó un criadero en condiciones buenísimas aprovechando los rosales para proveer los insectos, que es lo que comen las ranas, y nuestro remolque desapareció detrás de la malla ciclónica con que rodeamos aquel hábitat de mentiritas. El exceso de trabajo me obligó a abandonar a Gumersindo y a la abuela, pero en pocos meses nos sobrepasó la bonanza y a finales de aquel agosto pudimos edificar una casa de ladrillo. A mis padres les entró entonces un ataque de abulia y emigraron al santuario de la mariposa Monarca, cuyas costumbres de hibernación reactivaron su entusiasmo científico. En el trajín yo no alcancé a notar su ausencia, de todos modos había sido mi abuelo Venustiano quien me iniciara en el culto al futbol y el uso del rastrillo. Los requiebros de la sexualidad también me fueron dados a conocer por él, quien aviniéndose a la sorprendente similitud entre las prácticas de nuestras ranas y las del género humano (excepción hecha de la muy sobrevaluada costumbre de besar) me puso al corriente de los hábitos sanitarios más elementales. «De la panza sale la danza», me dijo señalándose el pene y contoneando la pelvis, cuando me dio la insuficiente explicación acerca de los menesteres reproductivos.

Pasado un lapso que no sé especificar, me descubrí el bigote una mañana de abril. Era un miserable asomo de pelusilla pero Dios sabe que me colmó de vanidad; ya era un hombre y no un pelele al que podían dar órdenes hasta los trabajadores de más baja estofa. Se me había inculcado que la hombría es una cuestión de actitud, de modo que salí de mi recámara decidido a probarme con el más fajado y hasta las hijas de los empleados lo notaron al llevar ese día las canastas con la comida, pues ninguna fue capaz de sostenerme la mirada. De entre ellas, Fátima fue la que más llamó mi atención por darle un aire a Mariquita Téllez cuando era fea y ventruda. De inmediato nos caímos bien ya que era muy igualada y me miró desde arriba como si yo no fuera el patrón chiquito, eso me animó a enseñarle los secretos de los juegos de azar que yo dominaba tan bien. El primer beso se lo gané a los dados, los siguientes me los dio sola. De a poco me fue permitiendo tocarle un brazo, un rizo de la melena y la protuberancia de la rodilla, y un buen día me decidí a invitarla a mi habitación. Ahí le mostré mis instrumentos de caza y ella elogió la destreza con que maniobré la red de nylon, aunque a decir verdad, se manifestó más conmovida con la televisión que ahora teníamos a color.

Sin más preámbulo la convidé a nuestro ritual de las ocho. «Éramos diez y parió la abuela», masculló el abuelo, hurgándose las orejas con los meñiques, al verla despatarrada en el sillón de la discordia. Fátima recibió aquellas palabras como un cumplido y le dedicó al intruso una mustia sonrisa con la que sin ningún aspaviento acabó de medir influencias, pero a las pocas semanas lo nuestro dejó de ser divertido. Podía meterle mano a placer siempre que no me acercara demasiado a sus partes frágiles: la entrepierna, los sobacos y áreas periféricas, y así llegué a los quince años con el temor de despertar una mañana con la mano cubierta de pelambre, como según mi abuelo les ocurría a los viciosos practicantes del onanismo. Un día el viejo me agarró en plena acción conmigo mismo: «A falta de pan, tortillas», dijo tratando de contener una carcajada que le salió por el trasero en forma de ventosidad, así que por no volver a pasar semejante afrenta le hablé a Fátima de mis necesidades. Ella me explicó que, siendo tan pobre, su única riqueza recalaba en su virginidad y aunque yo no entendí muy bien si estaba vendiéndome algo que no quería comprar, me quedó clarísimo que de penetración, nada.

Al siguiente agosto nos cayó de visita mi suegro. Quería hablar a solas con Don Venustiano, dijo, y ambos fueron a encerrarse al despacho para una entrevista que duró más de cuarenta minutos. Era la primera vez en tres años que mi abuelo se perdía la novela y cuando al fin salieron de la oficina traía la mandíbula desencajada. «Nomás esta flor le faltaba al ramo», escupió al tiempo de hurgarse la nariz con el dedo corazón de la diestra. En el pueblo se rumoraba que entre los dos intercambiábamos a Fátima para satisfacer pasiones indignas y, como ella resultó en estado interesante, se aseguraba también que alguno de nosotros era el fecundador. Yo le aseguré a mi abuelo que aquello no podía ser. Más allá de los escarceos a que la chamaca daba lugar, me atrevía a prometerle —por la salvación del alma de la abuela— que nunca nos habíamos apareado.

De San Crescencio salimos en calidad de prófugos. Un moco procedente de los dedos sucios de don Venustiano recaló en mi jersey favorito, cuando íbamos ya rumbo a Angangueo para reunirnos con mis padres en el santuario de la Monarca. La expresión del abuelo trastabillaba en mis oídos: «aquí corrió, aquí corrió, aquí corrió» y la camioneta levantaba a ciento veinte kilómetros por hora. El viejo iba comentándome, a propósito de los lepidópteros, de la existencia de una planta bulbosa llamada «mata de la seda», al parecer un buen alimento para las mariposas. Supe enseguida que un nuevo negocio comenzaba a gestarse en su imaginación.

 


 

Marcela María Luisa Delfín Espinosa (‘María Luisa Deles’). Ha colaborado en el periódico Intolerancia con la columna «A cientos de kilómetros» y en la revista digital Insumisas con el blog Cómo te explico. Sus cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Ochogramas, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en Basta 100 mujeres contra Violencia de género, de la UAM Xochimilco y en Mujeres al borde de un ataque de tinta, de «Duermevela, casa de alteración de hábitos».

Ha sido finalista del certamen nacional «Acapulco en su Tinta 2013», ganadora del segundo lugar en el concurso «Mujeres en vida 2014» de la FFyL de la BUAP, obtuvo mención narrativa en el «Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores», con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el «Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017» de Fá Editorial.

Ha participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.

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Ilustración relato: Fotografía por keiblack / Pixabay [Dominio público]

 

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