relato por
Ana María Manceda

 

S

u presencia gótica, imponente, parecía burlarse del desprecio de los renacentistas que la calificaron de bárbara. Ahí estaba desde el siglo XII y con ella Ulrico, él sostenía sus muros, eran su creación, su luz para llegar a Dios. Si uno dejaba elevar su espiritualidad podía ver que las torres casi tocaban el cielo. Los siglos le fueron dando una pátina de nobleza que la hermosa campiña que la rodeaba desde sus orígenes no pudo adquirir. Con el transcurso de los años, el paisaje original fue reemplazado sucesivamente por la aldea, el pueblo, la ciudad. Los hombres también cambiaron, los campesinos sumisos y religiosos, amantes de su monarca se convirtieron en la nueva clase trabajadora explotada por gobernantes surgidos de una alquimia única que formaron nuevas sociedades con el arribo a la comarca de guerreros, comerciantes, tasadores y vendedores de tierras, banqueros, filósofos, poetas, burócratas, prostitutas, proxenetas.

Ulrico Eisleben había proyectado la Catedral para testimoniar la presencia Divina en la tierra. La sólida estructura de sus muros ampararía la soledad de los hombres, los arcos ojivales significaban la elevación de la inteligencia hacia el cielo y por los vitrales, de exquisitas figuras coloreadas, entraba la luz del señor para despejar las tinieblas de las almas. El artista entregó su vida a la obra, fue perdiendo a su mujer, sus hijos, los primeros obreros pero él siguió con la construcción. No descansaba, no conocía la fatiga, en el camino supo del altruismo de su gente y la perversidad de la envidia en los ajenos, pero la emoción de los campesinos cuando alzaban sus ojos hacia la monumental catedral le daba fuerzas para seguir. Cerca del final de la obra, descubrió con horror que si terminaba todas las torres, el suelo cedería, el derrumbe sería total. El arquitecto deambulaba como un loco por las naves, oraba fijando su mirada en Cristo, iluminado por las luces que entraban por los vitrales. Sus plegarias se desplegaban como ecos y se confundían con el olor a incienso y el murmullo musical de un milagro.

Un día cualquiera Ulrico Eisleben desapareció. La Catedral quedó incompleta, faltaban algunas torres, pero siguió enhiesta en medio de la campiña, la aldea, las ciudades, a través de los días, los años, los siglos. Solo sus muros conocían el secreto de su naturaleza, el arquitecto, como plasma adosado a sus ladrillos, los sostenía con el vigor de su Fe. Eisleben fue testigo de crueles épocas, en las cuales la maldad del hombre, invocando el nombre de Dios, cometió las más atroces de las torturas a seres que osaron con la alquimia llegar a la ciencia, paradojalmente estudios que seguramente en el futuro salvarían la estructura edilicia. Los feligreses y el habitante de los muros escuchaban desde la nave central ruidos de cadenas y gritos infernales que llegaban desde los sótanos. Este estado de terror pretendía ser disimulado con la ejecución de la maravillosa música del órgano o de voces humanas que homenajeaban al Señor. Ulrico seguía allí, dando fervor a los verdaderos creyentes, sosteniendo con su lealtad el templo para la posteridad.

 

El Ingeniero Augusto Della Ròvere quedó emocionado por la película sobre la guerra de Viet-Nam que acababa de ver. Le trajo recuerdos de su vida de estudiante, la juventud tan plena de ideales, las protestas en pro de la paz. Ahora estaba en la etapa madura de su vida, era el momento óptimo para aceptar el cargo ofrecido como Jefe del emprendimiento más ambicioso que tuviera la ciudad. El objetivo era agregar las torres faltantes a la famosa Catedral y apuntalar toda la edificación, sería una obra extraordinaria, un legado cultural para la humanidad. Antes de aceptar pidió reflexionar, estaba en juego su prestigiosa vida profesional. Desde ese momento la idea lo obsesionó. Primeramente se documentó sobre la vida del artista que había ideado tan magnífico producto de la arquitectura gótica y de su misteriosa desaparición.

Desde el quinto piso del edificio donde se encontraba su estudio, podía observar la imponente catedral que se situaba justo enfrente, en el lado opuesto a la plaza. Le fascinaba mirar la fachada principal, con su típico rosetón vidriado, pasaron ocho siglos y no podía comprender qué inspiró a esos albañiles para ejecutar tan exquisito arte. El Ingeniero era agnóstico, ignoraba el poder de la Fe.

Una tarde se decidió cruzar la inmensa plaza, cuya belleza acompañaba la estética de la arquitectura circundante, y hacer una visita a la Catedral. Cuando subió por la amplia escalinata y traspuso los portones comenzó a sentir impresiones especiales en sus oídos y en su piel. En todo momento percibió una energía que lo elevaba a zonas espirituales que jamás había explorado su mente. La luz que atravesaba los vitrales producía un ambiente irreal y allá Cristo, sobrio en su sufrimiento. Se arrodilló para observar cada detalle, para oler cada siglo transcurrido, para que su piel absorbiera la historia de cada ladrillo y sus oídos escucharan murmullos intemporales. No tuvo percepción del tiempo pasado, cuando salió, ya de noche cerrada, con la emoción pegada a sus sentidos, aceptó que accedería a realizar el proyecto, sabía que la fuerza del pasado lo acompañaría.

Los años se sucedieron y los ciudadanos admiraban orgullosos las nuevas torres que cumplimentaban la monumental obra. Como toque final se colocó un valioso carillón que ejecutaría su melodía en homenaje a Dios.

El día de la inauguración se vistió de gala a la Catedral y sus alrededores; iluminación, coros y miles de personas en la plaza. El Ingeniero ya anciano y algo enfermo no podría concurrir, pero sí iba disfrutar de la fiesta desde el ventanal de su estudio. Se sentía en paz con su vida y con su obra. En el momento que las luces de láser enfocaron a la Iglesia, se escuchó el tañido de las campanas tocando armónicas notas de gloria. Augusto Della Ròvere reconoció entonces el poder de lo absoluto, allí, radiante, intangible entre la música y las luces, estaba Ulrico, dirigiendo con la fuerza de los siglos su irrenunciable Fe.

Los párpados del ingeniero se fueron cerrando, sentía una emoción que lo ahogaba, sin embargo antes de cerrarlos escuchó entre la música y los sonidos de la fiesta, unas voces, venían de un túnel en penumbras. Luego llantos, gritos de cuerpos torturados y una deslizable e infinita sensación de derrota.

 


 

Ana María Manceda

Ana María Manceda. Hace cuarenta años que vive en la Patagonia Argentina (San Martín de los Andes). Fue docente de Geografía y Biología I en C.P.E.M. n.º 13 por 25 años. Coautora del Libro de los cien años (libro homenaje a los CIEN AÑOS DE SAN MARTÍN DE LOS ANDES; Historia, Geología, Educación, Geografía, Sociedad, Cultura, Turismo…). En octubre de 2008, recibió el 1.º Premio en Certamen Internacional Artes y Letras 2008 en narrativa por su obra Derrumbe; Editorial Novelarte; Córdoba (Argentina). Integrante de REMES (Red mundial de escritores en español), de Poetas del Mundo y de World Poets Society; Latin Heritage Foundation; Unión Escritores Hispanoamericanos. Integró el primer jurado del CEM (Centro Editorial Municipal de San Martín de Los Andes), donde se sentaron las bases para los concursos literarios municipales (tres años representando a la Biblioteca Popular 4 de febrero). Seleccionada en varias antologías nacionales e internacionales. Participa en diversas revistas literarias por Internet, entre ellas Guatiní, de Ernesto R. Del Valle (Miami), Hontanar, de Cervantes Publishing (Australia) y Revista Sinfín (México). Invitada a participar en la antología poética en homenaje a los estudiantes mexicanos desaparecidos Los 43 poetas para Ayotzinapa (2015). En septiembre de 2011 presentó su novela La noche de la flor del cactus, en la V Feria Regional del Libro de San Martín de Los Andes (2013). Finalista certamen internacional narrativa por la obra El eclipse y los vientos; CEN Ediciones (Argentina; 2013) y recibió el 1.º Premio certamen internacional narrativa «Huellas contemporáneas» por la obra anteriormente citada. En diciembre de 2014 fue nombrada «Embajadora de la palabra» por el Museo de la Palabra (Fundación César Egido Serrano) sito en Quero Toledo.

 Web de la autora: Literatura desde la Patagonia
– En FB: www.facebook.com/ammanceda

 Otros relatos de esta autora (en Almiar): Los pasos de los duendes sobre las hojas caídas del otoño  ·  Derrumbe  ·  Almendros en el crepúsculo

 

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

biblioteca relato La catedral de Ulrico Eisleben

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 105 • julio-agosto de 2019

 

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