relato por
Guillermo Martínez Collado

R

icardo se despierta con las primeras luces del sol. Se asea en el baño y se pone la ropa arrugada del día anterior. Baja por las escaleras bostezando. Barre el lugar un poco para que se vea más presentable, acumulando montoncitos de barro seco y piedras que se cuelan en la casa en la suela de sus botas. Aprovecha las ascuas para hacer fuego, primero usando yesca y luego con leña seca. Pone una cafetera de la que saca un líquido negro y muy espeso. Es una mezcla de la tienda de ultramarinos, consiste en granos de sabor fuerte recién tostados y unas cucharadas de achicoria. Mientras se enfría un poco friega los restos de la cena, patatas y huevos fritos. Lleva cenando lo mismo hasta donde le llega la memoria. Sale de la casa con una taza de café en una mano, en la otra lleva un cigarro que había fumado a medias la noche anterior. El sol le molesta, le da directamente en los ojos. Observa las montañas, las nubes empiezan a acumularse en torno a la cumbre. Fuma el cigarro sin prisa, pero el viento hace que se consuma más rápido de lo normal. Sabe que acabará lloviendo, así que se dirige a la cuadra. Coge un caldero y un taburete y se dispone a ordeñar a sus cuatro vacas. Luego las deja salir a la finca para que caminen antes de que llegue la tormenta. Echa la leche en un tanque metálico y lleva una pequeña cantidad a la casa. La pone hervir y echa unos trozos de pan duro y azúcar y lo devora con una segunda taza de café. Luego se acerca a revisar las trampas. En una de ellas se ha quedado encerrada una marta. El animal se mueve con furia, lanza dentelladas al aire y mueve sus garras de manera amenazante. Enciende otro cigarro y se lo fuma disfrutando de la desesperación de la alimaña. La cabeza es diminuta en comparación al cuerpo, y el pelaje de un marrón brillante. Se dirige a la cuadra y vuelve con un palo metálico completamente oxidado y manchado de sangre, es el que suele usar. Mete el objeto por la pequeña abertura que hay en la parte superior y espera. Cuando cree que es el momento adecuado lo baja con fuerza. Intenta acertar en la cabeza, pero el animal se mueve tanto que le acaba dando en el vientre y tarda bastante en morir. Desde el gallinero, que se encuentra pegado a la trampa, llega el sonido nervioso de las aves. Piensa que sería gracioso decir unas palabras como en un funeral, y se ríe. Cuando el bicho deja de moverse, Ricardo abre y coge a la marta. Podría aprovechar la piel de haber acertado en la cabeza, pero tal y como está es totalmente inservible. Lanza el cadáver a la cubil y los cerdos se pelean por los restos. En unos segundos no queda ni rastro. El perro, que se llama Rocky, ladra con desgana. Al principio cree que reclama su trozo de carne, pero luego identifica ese ladrido. No es por hambre, alguien se acerca. La casa está en lo alto de la colina y se accede a ella por un único camino de hormigón. A lo lejos se ve una vieja furgoneta Citroën de color blanco que Ricardo conoce. Suelta al perro, que empieza a correr nervioso en todas direcciones. Saca un nuevo cigarro y lo enciende con un mechero que le regalaron en el bar. En letras verdes se puede leer Casa Mari. La furgoneta llega y aparca cerca de él. Deja un pequeño halo de polvo tras de sí, ya que tras meses sin llover, hay una sequía importante. Solo la visión lejana de la ría desembocando en el mar da una ligera sensación de frescor. El perro se acerca a la puerta moviendo el rabo. Santos se baja con dificultad y saluda fríamente.

—¿Qué tal?

Ricardo mueve los hombros hacia arriba mostrando indiferencia. Son hermanastros. Nunca han tenido una relación muy estrecha. Cuando Santos se casó y se fue a vivir a la aldea, en la casa familiar se quedó Ricardo, que desde entonces vive allí solo. Santos, que pasa a verlo en contadas ocasiones, insiste en sacar conversación.

—Este calor es insoportable. Pero parece que por fin hoy acabará lloviendo.

—Eso parece.

—De todas maneras no será bastante para salvar la cosecha. Hay una seca terrible.

Ricardo da unas caladas y mira hacia Rocky, que olfatea el rastro de algún animal. No soporta la costumbre de irse por las ramas cuando hay algo importante que decir. Igual que cuando murió su madre y Santos llegó hablando del partido de fútbol.

—Supongo que si has venido hasta aquí vas a pedir cualquier cosa o bien tienes algo importante que decir. Así que imagino que vas a soltar una chorrada que no me va a gustar. Prefiero que lo digas cuanto antes y que nos dejemos de historias.

Santos se pone colorado. Le indigna que su hermanastro le trate así. Él es más alto y mucho más fuerte, pero sabe que no debe enfadar a Ricardo.

—Ha venido mi hijo de la ciudad. Con su mujer y sus dos niños. Se quedó sin empleo y no tienen un céntimo. En mi casa de la aldea no se podrán quedar, es demasiado pequeña. Además ya tenemos con nosotros a la madre de Blanca. He pensado que vengan a vivir aquí. Esta casa es grande y estás tu solo. La mujer puede cocinar y limpiar, y no te vendrá mal tener algo de compañía. Y por si el plan no te gusta demasiado, te recuerdo que la propiedad está a mi nombre y sólo vives aquí porque yo te lo permito.

Ricardo apura el cigarro hasta que siente demasiado calor en las yemas de sus dedos. Lo lanza al suelo y lo pisa. Se da la vuelta en dirección a la montaña y está así unos segundos.

—Parece que va a caer una buena, sí señor.

2

La casa huele a sofrito de cebolla y a patata cocida. Las ventanas y las puertas se encuentran abiertas para hacer corriente y airear. De paso el olor parece irse más rápido en vez de penetrar hasta lo más hondo de cada rincón. Nieves aprovecha para limpiar el huerto. Quita las malas hierbas con las manos y busca orugas y caracoles que más tarde aplasta para dar de comer a las gallinas. Luego limpia el rincón donde amarran a Rocky. Lo deja suelto un momento, a su aire. Echa agua con lejía y frota fuerte con un cepillo de cerdas. Después deposita un poco de hierba seca para que el animal se eche sobre una superficie caliente. Lo llama de un silbido y cuando lo tiene cerca busca garrapatas con las manos. Le arranca una par de ellas, las pisa y después echa lejía sobre sus cuerpos. Se dirige a la casa para hacer las habitaciones de sus hijos cuando ve unos escupitajos verdes cerca de la puerta de entrada. Va a la cuadra encolerizada para buscar a Ricardo, que está quitando las boñigas secas del suelo.

—Marrano.

El hombre la mira anonadado. Sostiene un cigarro apagado en la mano.

—Eres un cerdo.

Saca el mechero y enciende el pitillo despacio.

—Te tengo dicho que no quiero que escupas tus flemas delante de la puerta de la casa. Acostúmbrate a llevar un pañuelo, o te vienes a la cuadra y escupes aquí, o te metes en la pocilga. Pero ya no vives sólo. Así que aprende a comportarte como una persona.

Ricardo observa en silencio sin decir nada. Disfruta de lo que significa tener compañía femenina en la casa. Alguien que limpia las habitaciones y hace la comida, o que hace la colada y sabe coser el roto de un pantalón. Pero estaba tan acostumbrado a vivir a su aire que muchas veces no soporta que se metan en sus cosas. De todas maneras sabe por experiencia que lo mejor es no discutir al momento. Prefiere fumarse un cigarro y dejar que pase un poco de tiempo. Ella es de carácter, menos con quien lo tiene que sacar. Se mata a trabajar para que luego ese tipo llegue medio borracho y la trate como a un despojo. Sobre todo no soporta que los niños vean cómo llora.

Nieves se da la vuelta y apura para acabar las habitaciones antes de que su marido salga de trabajar. Hace las camas del cuarto de sus hijos. El suelo de madera suena a cada pisada. Baja a la cocina y quita la comida del fuego. Prepara la mesa con un mantel de cuadros rojos y blancos. Lo pone del revés para que las manchas de grasa queden disimuladas. Después coloca los platos, los cubiertos y los vasos de cristal. Echa un poco de agua en un jarrón de cerámica pintado de blanco y azul y sale a coger unas flores para adornar.

Cuando llegan los niños la saludan y van con rapidez a ver a Ricardo, que se encuentra arreglando las trampas del gallinero. Ella observa con curiosidad. El hombre, aunque de cierta edad, se entiende bien con los niños, y a ellos les gusta su compañía. Esto despierta los celos de su marido. Sobre todo no entiende cómo puede ganarse la vida con cuatro vacas y un huerto. Aunque sea una persona sencilla, sin grandes gastos.

Nico ve el animal muerto, que sirve como cebo dentro de la trampa. Pica a Ricardo para preguntarle.

—¿Por qué el pollito muerto tiene gusanos?

—Se debió hacer una herida días antes de morir. Se puso mala y se murió por eso. Cuando te mueres se te comen los gusanos. No es muy agradable pero es así.

—Ah. Y cuando se mueren los gusanos, ¿quién se los come a ellos?

—Es una buena pregunta. No lo sé. Nunca lo he visto. Ni lo había pensado siquiera. Toma, un chicle. Por ser tan listo. Este para tu hermano, a ver si aprende a dar las gracias.

—Gracias.

—Tiene que decirlo él, no tú.

—Perdón.

—Da igual.

Limpian sus manos en el fregadero de la cocina con una pastilla de jabón Chimbo. Se secan con un trapo que tiene dibujos de flores y se sientan en la mesa a esperar a que llegue su padre. Para entretenerse, Ricardo les explica cómo distinguir una víbora de una culebra. Las víboras son más oscuras y pequeñas. Las culebras alargadas y finas. Les cuenta la historia de la enorme serpiente negra que vive cerca de la fuente, a la que no deben molestar. Les dice que a las víboras les atrae la leche y que por eso a veces se enganchan a las ubres de las vacas. Les habla de aquel vecino que de pequeño bebió un vaso de leche, se echó a dormir en el campo, y al despertar tenía una pequeña serpiente enroscada en su boca.

—¡Ricardo! No le cuentes esas historias a los niños, que luego tienen pesadillas.

La mujer mira la hora nerviosa. Echa una ojeada por la ventana. Ya hace un par de horas que su marido debería haber vuelto del trabajo en la mina. Las historias de Ricardo entretienen a los niños, pero el sonido de las tripas se oye por encima de las voces. Pone el aceite de girasol a calentar y fríe la carne. Sirve en unos platos las patatas cocidas y el sofrito y todos lo devoran con los filetes. Luego prepara una cafetera y sirve un poco a Ricardo, que sale afuera a tomarlo, a la vez que se fuma uno de sus cigarros. Nieves recoge los platos y guarda la comida sobrante. Está fregando la cocina cuando oye un sonido de coche. Sale a la carrera y ve un viejo Volkswagen que se acerca.

—Ese no es el coche de Miki.

El coche se detiene a poca distancia de la casa. Rocky ladra enseñado sus dientes. Dos tipos se bajan, son hermanos gemelos. Abren la puerta trasera y sacan a rastras a un hombre al que dejan en el suelo. Tiene el rostro ensangrentado y la ropa raída, hecha trizas. La mujer se abalanza sobre él corriendo. Lo abraza y le coge la cabeza con las manos.

—¡Miki! ¿Qué te han hecho?

Los tipos miran a Ricardo un segundo y vuelven a su coche para salir de allí a toda velocidad.

3

Casa Mari se encuentra abierto con unos pocos feligreses en su interior. Pertenece a esa categoría de bares asturianos que se pueden catalogar como chigres. Es un establecimiento de pueblo. De pueblos, en realidad, ya que se sitúa en un cruce de caminos que une varias de las pequeñas aldeas que se hallan entre el mar y los montes, al pie de la carretera general. Los muebles llevan años sin cambiarse. El suelo está sucio y lleno de aserrín. Los únicos clientes que se pueden ver son hombres.

Ramiro es el dueño del negocio. Permanece sentado en un taburete al lado de la barra, mientras su hijo despacha con desgana. Mira la hora en su reloj de oro y se rasca el bigote. Se acerca a la televisión y sintoniza el canal deportivo, donde hay programada  una velada de boxeo.

Ricardo entra por la puerta y saluda al dueño con la cabeza. En un rincón se encuentran los dos tipos que le dieron la paliza a su sobrino días atrás. Les hace un gesto y se sienta en la mesa de Isauro. Su amigo apura un chupito de coñac mientras observa la partida de brisca que juegan cuatro hombres. Las figuras tienen puntuación ascendente. El tres vale diez puntos. El rey once. Hay dinero apostado, no demasiado. Sin embargo la pasión que ponen es como si se hubieran jugado sus casas.

A Ricardo le sirven un café solo y un chupito de hierbas, ni hace falta que lo pida. Su amigo se gira y señala a los gemelos.

—Creo que los matones de Ramiro le hicieron una cara nueva a tu sobrino.

—Si, joder. El chaval tendrá que tomar purés un tiempo. Se lo tiene merecido.

—Eso me dijeron. Parece que dio con una de las cuevas por casualidad. Al acabar su jornada en la mina se dedicaba a buscar en los antiguos túneles para buscar cosas que chorizar. Herramientas o cobre, no sé muy bien. Así es como acabó dando con el asunto.

—Lo que me sorprende es que lo hayan dejado con vida.

—Sabrían que es pariente tuyo, alguien se lo diría. Yo que tú me andaba con pies de plomo.

En la televisión anuncian la primera pelea de la noche, peso ligero. Un hombre de color y un oriental pelean encima del cuadrilátero. El pabellón se ve lleno de gente que disfruta con el combate. El tipo de piel oscura es mucho más alto y las apuestas van a su favor. Sin embargo el oriental no para de moverse por todo el ring como un rayo y suelta puñetazos acá y allá. Va minando la moral de su rival. Ricardo toma nota de eso. Acaba el chupito y enciende un cigarro. Ramiro se acerca a su mesa y les saluda.

—Es la hora. Hay que irse.

Los hombres asienten. Se levantan y salen al exterior. La oscuridad es total, ya que esta noche la luna está en su fase mínima. Sólo las luces de unas pocas farolas aportan una pista de por dónde discurren los caminos. Se suben al todo terreno que conduce el dueño del bar. Detrás llevan otro coche, donde van los dos matones. Pasan al lado del camping y dejan atrás una pequeña aldea. Al poco tiempo llegan a un camino de tierra y grijo por el que siguen unos minutos. Ramiro apaga las luces y sigue conduciendo un rato, hasta que apaga el motor y tira del freno de mano.

—Podéis bajaros. El tractor está donde siempre, con los monos verdes. Los gemelos os esperarán por aquí.

—Muy bien. Nos vemos.

—Un momento, Ricardo. Cuando puedas tenemos que hablar de tu sobrino.

Ricardo asiente. Sale del coche y empieza a andar junto a Isauro. A pesar de la poca luz, conocen la zona a la perfección, como la palma de sus manos. Llevan pescando en los acantilados y en el pedral desde que tenían cinco años. Llegan al pequeño Pasquali. En el asiento del conductor hay unos monos verdes de la Caja Rural. Se los ponen encima de la ropa y arrancan el tractor. Bajan por la estrecha pista que cae hacia el mar hasta que llegan a una curva abierta donde un gran espacio de tierra permite aparcar. Continúan a pie hasta las piedras y miran hacia arriba para observar los tremendos acantilados en la penumbra. Caminan con cuidado sobre el saliente de rocas que se dirige hacia el mar. Nadie habla en los siguientes minutos. No son nervios. No tienen nada que decir. Poco después llega una lancha que se aproxima adonde están. Los alumbra con un foco. Lanzan varios paquetes y se van. Los hombres cargan las cajas hasta la orilla, lejos del agua, y las van subiendo por turnos hasta el tractor. Cuando tienen todo el trabajo hecho suben despacio, no encienden los focos. Cualquier fallo en ese momento es fatal. Ricardo es el que conduce. Su amigo sacó una rueda fuera en una curva hace años. Se las vieron canutas para salir de esas. Luego Isauro confesó que ni su visión ni su tacto eran los de antaño, así que desde entonces es Ricardo el que maneja el tractor. Cuando llegan arriba siguen por la senda hacia donde se supone que les espera el todo terreno. Es el momento más crítico. Una redada de la policía en ese momento sería imposible de esquivar. Cuando ven el coche, los gemelos se bajan y abren la puerta de atrás.

—Venga, ya estáis cargando eso en el buga.

Los dos hombres se miran, agotados por el trabajo físico y la tensión.

—No esperarás que me manche esta preciosa chaqueta, Ricardo.

Los gemelos se ríen de forma grosera y a demasiado volumen. Cuando acaban de cargar las cajas aparcan el Pascuali en la arboleda. Al regresar, el todo terreno ya ha arrancado y gira sus ruedas en dirección a la carretera. La ventanilla del copiloto se baja y una cabeza se asoma.

—Saluda de mi parte a tu sobrino. Y a su fulana.

El coche sale de allí dando un acelerón. Isauro pone una mano en el hombro de su amigo.

—No pienses en ello, solo tratan de provocarte. Recuerda el sobre lleno de dinero.

Isauro comienza a caminar arrastrando los pies. Ricardo saca la cajetilla de tabaco y enciende un cigarro. Sigue con su mirada las luces del coche que se van haciendo cada vez más pequeñas, hasta que, finalmente, desaparecen de su vista.

4

Ramiro sube por la carretera de hormigón en su todo terreno. Por fin ha llovido un poco, pero los campos se siguen dibujando de un triste color amarillo. Antes de llegar a la cima de la colina ve una finca donde un hombre trabaja afanosamente. Aparca a la orilla y saca una bolsa de la guantera. Hace sonar su claxon, aunque sabe que ya lo ha visto. Salta la pequeña muria de piedra y matorral y accede al interior. Le cuesta lograrlo, porque su generosa barriga le impide brincar como le gustaría. Ricardo ve al hombre caminar hacia él. Está sudando a chorro. Apaga la segadora y le pone el freno. Se pasa un pañuelo por la frente y mira el trabajo realizado. Está cortando la hierba en horizontal, para que sea más fácil manejar la máquina con la pendiente. A pesar de todo los brazos le duelen. La segadora deja unos carriles con forma de calles a su paso. Luego los deberá dejar bien limpios con el rastrillo. Una vez que la hierba se seque la amontonará cerca de la portilla de para poder dársela a sus vacas. Eso supone todo un fin de semana de trabajo. Merece la pena, por ver sus campos limpios y a sus vacas alimentadas. Nada le satisface más. Antes de que el hombre llegue a su altura, saca un cigarro y lo enciende. Cuando Ramiro llega, extiende la mano con la bolsa. Ricardo la coge y mira el contenido. Hay un par de cartones de Winston de contrabando de las cajas que subieron por los acantilados. Saca un sobre que hay debajo y lo abre. Hace como que cuenta los billetes, pero sabe de sobra que es el dinero convenido. Ramiro observa con una sonrisa de satisfacción.

—¿Todo correcto?

—Sabes que sí.

—Antes de marcharme, hay algo que me gustaría hablar contigo. Es sobre ese torpe sobrino tuyo lleno de ira.

—El chaval tiene mecha corta.

Ramiro se ríe. Saca un pequeño puro y lo enciende con un Zippo dorado. Ricardo odia el olor de ese tabaco. Cree que lo único que puede gustar de esos puritos es la mera ostentación de fumarlos.

—Como bien sabes esto es una cadena. Tú trabajas para mí sacando las cajas de contrabando de esos malditos acantilados. Nadie los conoce como tú. Nunca protestas ni pides más dinero, y además eres una persona discreta.

—Gracias.

—No he acabado. Por encima de mí hay varias personas. Mis jefes, si prefieres llamarlos así. Entre ellos ese jodido dueño de la mina. Para él no hay lugar a sentimientos, sólo negocios. Por eso cuando el chaval entró a las galerías con intención de robar, se lo querían cargar. Vale que no tenía ni idea de lo que había allí. Darle aquella terrible paliza fue un mal menor que conseguí por el hecho de que el mequetrefe es pariente tuyo.

Ricardo acaba de fumar el cigarro hasta el mismo filtro. Lo apaga contra la suela de goma y se lo guarda en el bolsillo.

—Es un puto gilipollas.

—Además tienes que tener en cuenta que en esos paquetes ya no viene sólo contrabando de tabaco. Esas lanchas vienen de Galicia. Traen esa mierda que pone a la gente mal de la cabeza. A mí me da igual, es dinero, ¿entiendes? Pero ellos se pusieron muy nerviosos.

—Entiendo.

—Y ahora llega a mis oídos que el hijo puta se pasea por el pueblo diciendo que esto no va a quedar así y que se va a vengar por esa paliza. Tienes que tranquilizar al chaval y que entienda que fue por su bien. Joder, casi diría que nos debe una.

Los dos hombres se dan la mano. Después Ramiro se limpia la suya a los pantalones. Se da la vuelta y recorre el camino hacia su todo terreno. Ricardo observa todo el tiempo, inmóvil.

—Veré qué puedo hacer.

Deja la segadora y el rastrillo allí mismo y sube hacia la casa dando un rodeo. Pasa a echar un vistazo por la finca donde están las vacas. Tienen poca agua en el bebedero así que tendrá que llevar hasta allí la kilométrica manguera llena de parches. Llega por el camino que está detrás del gallinero. Pasa adonde están los huevos y levanta la cesta. Debajo hay un par de piedras que se mueven. Allí se puede ver una especie de chapa metálica. Cuando la retira saca un cofre y lo abre. Dentro está casi todo el dinero que ha ganado trabajando para los contrabandistas. Cuando lo empezó a guardar tenía una novia. En su cabeza albergaba el loco plan de juntar bastante como para formar una familia junto a ella. Guarda el sobre con el resto y lo cierra. Ni siquiera lo cuenta, sabe que es muchísimo. Lo deja todo como estaba y se dirige a la casa a beber agua fría.

Cuando entra a la cocina ve a la mujer llorando. Nieves lo mira dejando a la vista un ojo morado y golpes por la cara.

—¿Qué ha pasado?

—Es Miki. Se ha vuelto loco. Estaba hecho una furia. Dijo que mataría a los gemelos, que no le dejaban en paz y que todo el mundo se ríe de él en la mina.

—¿Y por qué te ha pegado a ti?

—Intenté detenerlo. Se llevó la escopeta de caza y una garrafa de gasolina del tractor. Dijo que quemaría el bar.

—Joder. Ese imbécil no sabe con quién se está metiendo.

Ricardo sale de la casa corriendo y se dirige al hangar. Quita la manta que cubre su vieja motocicleta y la saca al exterior. Trata de arrancarla en dirección a la carretera cuando a lo lejos ve una enorme nube de humo oscuro que sube hacia el cielo. Solo puede significar una cosa. Tira la moto al suelo. Pasa unos segundos en los que no sabe qué hacer. Una única solución se dibuja en su cabeza. Va al gallinero a buscar el cofre. De vuelta hacia la casa encuentra a la mujer llorando en dirección al incendio.

—Tenéis que iros de aquí. Los niños y tú, ya mismo.

—No nos iremos ninguna parte sin Miki.

—Escucha, a ese cabronazo, si no lo han matado ya, le quedan minutos de vida, y lo mejor será que no os encuentren después a vosotros. En esta caja hay un dinero que he juntado estos años. Es bastante para empezar de nuevo. Pero debes irte ya.

La mujer hace amago de protestar. Abre el cofre y mira su contenido. Se queda con la boca abierta y mira a Ricardo. Entra en la casa. Al poco rato aparece con los niños y una pequeña maleta.

5

Ricardo se despierta con la boca pastosa. Baja las escaleras, llena un vaso con agua del grifo hasta el borde, y se lo bebe de un trago. Echa un vistazo a la cocina. En la última semana ha acumulado un montón de platos en el fregadero. La mesa y la encimera tienen polvo y el cubo de la basura rebosa. Limpia la cafetera con agua y pone a hacer un poco de su mezcla especial. Vierte el líquido en un vaso grueso y busca una colilla en el cenicero. Elige la más larga y sale afuera. Cuando acaba de disfrutar el café y el cigarro da una vuelta alrededor de la casa. Puede sentir un pequeño revuelo en el gallinero. Una alimaña se ha visto atrapada en la pequeña trampa. Coge la vara metálica y se dirige hacia allí. El bicho se mueve en la jaula desesperado. Mete el objeto por el pequeño hueco y lo coge con las dos manos esperando el momento adecuado para clavarlo. La marta gira intuyendo el trágico final. Ricardo relaja sus músculos. Abre la jaula y pasan un par de segundos. El animal sale corriendo a toda velocidad hacia el matorral. Antes de internarse en el follaje se da la vuelta y se miran.

 


 

Guillermo Martínez Collado

Guillermo Martínez Collado. (Madrid, 1983). «Cursé estudios en la universidad de Oviedo, aunque no llegué a licenciarme. Tengo relatos publicados en antologías de concursos y en revistas literarias como El Coloquio de los Perros, Letralia o Herederos del Kaos. Actualmente resido en Ribadesella, Asturias, donde trabajo en una pequeña cafetería».

👀 Leer otros relatos de este autor (en Almiar): Patinete rojoCopenhague

Contactar con el autor: amayamier [at] gmail.com

 Ilustración: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

Relatos en Margen Cero Casa Mari

Biblioteca de Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) n.º 132 enero-febrero de 2024

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