relato por
Carmen Sogo

 

C

uando una tiene un hijo de dieciséis años con parálisis cerebral y escucha a dos madres hablando de lo triste que es que los niños crezcan, siente ganas de dar dos patadas: a una en la espinilla y a la otra en el cielo de la boca. Pero me controlo y sigo escogiendo fruta como si no supiera que la gente es estúpida. Es una verdad que aprendí hace mucho gracias a mi hijo. La aprendí en el momento en que se corrió la voz en mi familia de que Jimmy tenía un problema. Le dije a mi marido:

—¿Pero por qué le dicen esas cosas?, ¿por qué nos hablan como si fuéramos desvalidos?

Y él, con la sinceridad de siempre, me miró desde su sillón favorito y, sin dejar la cerveza, me lo explicó.

—Porque son estúpidos.

A lo largo de dieciséis años lo he comprobado una y otra vez. También he aprendido que las personas necesitan sentir lástima, les hace creerse buena gente. Así que miran a Jimmy con cara de pena y parece que con eso han lavado su culpa. Yo también sentí pena cuando me dieron el diagnóstico, pero era pena por mí, por nosotros tres en realidad, porque aún no sabía que solo éramos dos. Lo supe cuatro años más tarde, cuando mi marido me lo dijo a la cara con las maletas en la sala:

—Estoy harto de esta vida. Al fin y al cabo es tu hijo.

Así que estamos los dos solos y ya no me doy pena. No tengo tiempo. Cada mañana cuando llevo a Jimmy a la parada del bus escolar me repite que quiere ser químico, y lo será porque es el chico más cabezota que conozco. Cuando llegamos ya hay cuatro chicos esperando, todos suben por la puerta delantera. A nosotros el conductor nos baja la rampa de la central y la señorita Esther tira de la silla. Espero hasta que se cierran las puertas. Luego me voy a trabajar y a la tarde vuelvo a recogerlo al autobús. Vamos a casa, le doy la cena, le lavo, vemos la tele, le acuesto.

Tres veces a la semana acudimos a la asociación para la fisioterapia. Él no es muy hablador, le costó decir su primera palabra, fue cuando comenzamos a pensar que algo no iba bien. Por entonces también notamos que se movía muy poco, menos que otros bebés. Casi todos ya caminaban cuando Jimmy empezó a gatear, o a algo parecido. En la asociación tengo amigas, esperamos juntas charlando y a veces tomamos café de máquina. Una dice que los niños no se fijan en el aspecto de la gente. Nos contó que un compañero de su hijo, aunque lo conoce desde pequeño, le preguntó hace unos días que desde cuándo torcía la cabeza. Según ella nuestros hijos pueden hacer amigos sin problemas. Yo no estoy muy segura, pero me gustaría.

Hoy Jimmy me viene con la noticia. Me lo cuenta a su ritmo. Susana le gusta, pero no como amiga, quiere que sea su novia. Nuevo temblor de piernas. Tendría que alegrarme porque eso significa que sus hormonas funcionan perfectamente, pero no me alegro en absoluto porque imagino lo que sufrirá. Conozco a esa chica desde que tenía seis años, el pelo del color de mis paredes que no llega a amarillo, el iris verde como las hojas perennes, linda. Y él me pregunta que cómo hace para invitarla a salir, sus ojos chispean. ¡Dios! Otra vez el miedo. Que mi hijo es muy guapo ya lo sé, como su padre antes de la cerveza y de Jimmy. Pero si a mí me cuesta cuidar de él, ¿como va a hacerlo una extraña?

Me siento en el sofá azul deslucido y acerco su silla con una mano. Él me mira atento a lo que le voy a decir.

—Lo primero que tienes que hacer, pequeñajo, es intentar averiguar si le interesas. Los chicos lo hacen a través de amigos que preguntan a amigas suyas… Un «no» directo puede ser muy doloroso, es mejor estar seguro. ¿Quién se te ocurre que puede ayudarte?

De sobra sé que no tiene amigos.

—Andrés Morales.

—¿Andrés Morales es tu amigo?

—Sí.

Nuevos temblores. Ni amigo ni nada, uno más que se mofa.

—Pues habla con él, que indague con sus amigas. Puede que ya tenga novio.

Y me explica que no, que es muy simpática con él y que siempre quiere hacer equipo, sobre todo en los laboratorios. Vaya, Susana la hermosa es una aprovechada que quiere subir puntos con los profesores a costa de la ingenuidad de mi niño.

Rezo mucho. Y unos días después llega radiante. Andrés ha preguntado y le han dicho que Susana está dispuesta a tener una cita con él. Pienso que le están tomando el pelo entre todos, que aquello es una canallada, y yo, como buena madre, debo advertirle. Pero soy rematadamente tonta o cobarde.

—Chica lista. Eres fantástico. Mi pequeñajo va a tener una cita, ¡vaya!

Estoy dándole esperanza yo, que le aseo cada mañana y cada noche.

Suena el timbre. Mi Jimmy preparado.

—Buenas tardes, señora González, vengo a recoger a Jimmy.

Es más hermosa de lo que recordaba.

—¿Iréis al cine?

—Sí, y luego me lleva a cenar.

Me lleva, dice me lleva, como si no fuera ella la que tiene que empujar.

—No vengáis demasiado tarde.

Ahora volvemos a ser tres y cuando ellos están arriba estudiando les digo que no cierren la puerta.

 


 

Carmen Sogo. Escritora española (Madrid, 1955). Estudió Magisterio en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y se especializó en Pedagogía en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Uned). Cursó el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado. Autora de la novela Los Owen: Lola y Carl (Casa del Libro, 2015, y Amazon, 2020) y del libro de cuentos Una piscina en la bodega (El Pez Volador, 2020). Relatos suyos han sido incluidos en antologías como Cuentos que llevó el cartero (Fuentetaja, 1998); Cuentos para leer en el metro (Editorial Catriel, 1999); Antología de relatos originales/2 (Editorial Jamais, 2001); Historias de amor y desamor (Editorial Tribium, 2001); Otoño e invierno III, microrrelatos (Diversidad Literaria, 2017), No encajas ( 2021). Ha publicado relatos en las revistas El Asombrario y Letralia. Ganadora del premio Getafe de Relatos Breves con Viaje en tren (1998) y de una mención en el concurso de relato corto «Antología Puente Rosario-Madrid» (2018), que después publicó Editorial Baltasara (Argentina).

✳️ Este relato fue publicado en Una piscina en la bodega (Editorial Clara Obligado, 2020)

📨 Contactar con la autora: mc.sogo [at] gmail [dot] com

🖼️ Ilustración artículo: Dibujo por tsukiko-kiyomidzu / Pixabay [dominio público]

relato Carmen Sogo

Biblioteca de Margen Cero


Revista Almiarn.º 120 / enero-febrero de 2022MARGEN CERO™

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