relato por
Carlos Almira Pérez

 

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odo empezó como un juego. Escuché que todos los de mi clase de yoga habían empezado a usarlas, por pura moda, y que a algunos les había ayudado a ligar. Al principio no le di importancia. «Otro invento más para sacarnos dinero», pensé.

Pasaron unos días y quedé con mi amigo Javier, que me habló de las bondades del producto. «¡Tienes que probarlo, Migue! —me decía—, yo he conseguido un trabajo gracias a ella». No me lo pude creer. Al principio pensé que estaba mintiendo y que exageraba las virtudes del producto. Luego empezaron a salir en grandes carteles de la carretera, y más tarde pasaban anuncios por la televisión en los que se mostraban las ventajas de llevarlas en diferentes situaciones: una primera cita, para conseguir un préstamo del banco…

Las tiendas se llenaron de diversas máscaras de formas y colores distintos. Más alargadas, más gordas, más puntiagudas… Todas tenían una función y un lugar en el que utilizarse. Llegó un momento en el que todo el mundo la llevaba. Al caminar por la calle, cuando iba al trabajo en metro, en las cenas de los restaurantes. El mismo camarero que te atendía llevaba una.

Salir a tomar un café implicaba enfrentarse a un mar de máscaras que inundaban las plazas y los parques. Desde los más pequeños hasta los más viejos habían sucumbido ya a la nueva moda. Incluso mi oficina, de presunta seriedad y repleta de caras largas, se llenó de esas máscaras de sonrisa plástica y ojos color pastel, quedando solo yo con la cara al descubierto.

Pasaron las semanas y noté que el ambiente se tornaba tenso. Mis compañeros de trabajo murmuraban cosas a mis espaldas mientras yo caminaba por el largo pasillo de mesas para ir al baño, y cuando me daba la vuelta solo veía la sombra de sus ojos asomar por los dos agujeros de la máscara. Seguía llamando a Javier para quedar con él, pero ya no respondía a mis llamadas, y cuando lo veía por la calle era incapaz de distinguirlo de los demás.

Un día mi jefe me llamó a su despacho. Llevaba una gran máscara azul que sonreía, mientras sacaba un papel impreso de uno de sus cajones. «Lo siento, Miguel —dijo— pero prescindimos de sus servicios». Firmé el papel y volví a casa, cabizbajo, entre aquel océano de plástico.

Intenté buscar trabajo, pero nadie me aceptaba. «Lo siento señor, pero el puesto exige llevar una», decía la funcionaria de empleo mientras se señalaba la cara. Pasé un mes, dos, encerrado en mi piso de alquiler. Viví del subsidio por desempleo durante cuatro meses, hasta que el piso fue alquilado a una preciosa familia enmascarada, incluido el perro.

Volví a casa de mis padres, que parecían tristes de verme en esa situación. Ellos también llevaban una. Decían que les facilitaba conseguir medicinas y les posicionaba mejor en las listas de espera de la seguridad social. Pasé semanas allí, sin encontrar un solo empleo en el que se me aceptase. Llegó la navidad y con ella los regalos. Yo estaba deprimido, ya no me importaba lo que hubiese debajo del árbol el día de Nochebuena. Estaba completamente acabado.

«Toma, Miguelín —me dijo mi madre—. Alegra esa cara». Abrí el paquete, con más desencanto que ilusión, y de él salió una feliz careta de plástico color amarillo. Era inevitable.

Ahora vuelvo a estar risueño. He encontrado un modesto empleo de limpiador en mi antigua oficina y recibo todas las mañanas a mis viejos compañeros de trabajo con una gran sonrisa que ellos me devuelven. Y al andar por la calle ya no me siento desolado ni triste.

Solo en ocasiones, cuando vuelvo a casa y me miro frente al espejo, lloro al pensar cómo era aquella cara. Paso mis dedos por el suave contorno amarillento, del que tiro y tiro una y otra vez sin descanso. Pero es inútil. Ya no puedo quitármela. Ahora es parte de mí.

 


 

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Ilustración relato: Fotografía por carrrot / Pixabay [public domain].

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Revista Almiar • n.º 105 • julio-agosto de 2019MARGEN CERO

 

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