relato por
Marcelo Choren

-P

api, ¿el señor Tokugawa también es un samurái?

—No creo —dijo papá. Mientras, buscaba las llaves del viejo Packard negro—. Habría que preguntarle.

—¡Ni se te ocurra, Marcelo! —dijo mamá apuntándome con el dedo. Y a papá—: ¡No le pongas esas ideas en la cabeza, al chico! ¡Ya sabés, que es demasiado imaginativo!

Papá se rió con ese tono bajo que yo le conocía bien, y me revolvió el pelo.

Ya acomodado en el asiento trasero me dejé llevar por las imágenes.

Habíamos visto La patrulla de Batán y el recuerdo de esos japoneses malos como el diablo seguía dándome vueltas en la cabeza: eran terribles, sin embargo me atraían.

Cada vez que los evocaba, un escalofrío delicioso me ponía los pelos de punta.

 

El señor y la señora Tokugawa se habían mudado al lado de mi casa hacía pocos meses. Abrieron un negocio donde vendían plantas y flores. Apenas hablaban castellano y recibían, según mamá, muy pocas visitas. Eran de lo más educados y siempre saludaban con una sonrisa y una brusca inclinación de cabeza.

La señora Tokugawa ayudó a mamá a trasplantar los rosales y a organizar el cantero de los malvones. Me gustaba la señora Tokugawa, con su cara redonda y plana, los ojos como dos rayas, la nariz respingada, sus dientes parejos y casi transparentes, de tan blancos que eran. Imico, se llamaba. Por lo menos, es lo que entendí como su nombre.
Cada tanto le repetía a mamá: «Marcelo, chico bueno. Muy bueno. Nosotros no hijo». Y meneaba la cabeza. «Usted mucha suerte, chico bueno». Me daba vergüenza ese halago, sobre todo cuando recordaba mi boletín con alguna mala nota. Y tristeza. Una tristeza rara, como si yo tuviera la culpa de algo.

El señor Tokugawa, en cambio, me daba un poco de miedo de tan serio que era. Bajo, «macizo» me había dicho papá. El señor Tokugawa usaba el pelo echado hacia atrás, brillante de gomina. Yo lo espiaba detrás de la ligustrina cuando, después de limpiar almácigos y regar un montón de arbolitos casi de juguete, se encerraba en el galpón que había construido en el fondo del terreno. ¿Qué haría allí? ¿Qué escondería? ¿Se pondría el uniforme de soldado y se miraría en un espejo? ¿Sería un samurái de verdad, no más? Yo no podía creer en eso. Pero, me encantaba imaginar que el señor Tokugawa era un terrible samurái. Un samurái que, revoleando su sable ensangrentado, chorreando sangre y, gritando «¡Banzai! ¡Banzai!», saltaba de trinchera en trinchera como esos otros japoneses, los malísimos japoneses de La patrulla de Batán.

Una tarde aburrida a fines del verano, yo me había sentado en la vereda tratando de dibujar una fila de plátanos, la del baldío de enfrente: me salían unos palitos temblorosos, unas hojas cuadradas y duras.

—No aprieta lápiz —me sorprendió el señor Tokugawa, que torcía la cabeza sobre mi maltratado cuaderno—. Papel amigo, lápiz amigo, mano enemiga.

—Es que no me sale —alcancé a decir.

El señor Tokugawa asintió.

—Tiene que practicar —dijo, y me tendió la mano.

Era caliente y seca, áspera.

El señor Tokugawa tocó el timbre de mi casa.

—Chico viene conmigo —le dijo a mamá, que se había asomado—. Viene conmigo y aprende a dibujar.

—No se moleste —dijo mamá—. Para Marcelo, dibujar es como un juego, nada serio.

—Si aprende, dibujo es mejor juego.

Mamá no insistió. Pero, me dio mil recomendaciones antes de dejarme ir: me ardieron las orejas mientras, delante del señor Tokugawa, me recordó, una por una, todas las cosas que debía y no debía hacer en una casa ajena.

 

Avanzamos por un caminito de lajas, entre dos filas de pinos no más altos que yo. Por fin iba a conocer el secreto del galpón. El corazón me golpeaba y me silbaban los oídos. ¿Y si el señor Tokugawa se me aparecía de samurái? Temblé, ¿y si me mataba a sablazos? No me atreví a soltarme de esa mano firme que me conducía.

El interior del depósito me produjo desilusión y alivio: una mesa, un banco largo, y muchas acuarelas en las paredes.

El señor Tokugawa, lejos de agarrar un sable —que no vi por ningún rincón—, me hizo sentar frente a la mesa y me dio una hoja de papel. Después trajo un bol amarillo, con unos dibujos de pájaros como cigüeñas.

—Ahora —dijo—, Marcelo, dibuja esto.

Era un modelo bastante bobo, pero recordé las indicaciones de mamá y me dispuse a copiarlo.

—Así no —la mano áspera envolvió la mía, obligándome a cambiar el ángulo del lápiz, guiándome. Apreté mis dedos—. Suelte la mano, deje que yo ayude. Acueste el lápiz, haga rayas suaves.

Olí su loción para después de afeitarse, era la misma que usaba papá.

Poco a poco, el dibujo del bol tomó forma. Me parecía imposible que se pareciera tanto al modelo. Hasta las cigüeñas dibujamos.

La señora Tokugawa nos interrumpió con unas tacitas parecidas a dedales.

—¿Marcelo toma té?

—Imico —le dijo el señor Tokugawa Y siguió hablando en japonés.

La señora Tokugawa volvió al rato con un bol igualito al que habíamos usado, pero repleto de café con leche. También trajo una galletas raras de arroz con miel. Yo las comí cerrando bien la boca y me tomé el café con leche de a traguitos. Les di las gracias como mil veces.

Al salir, giré para saludarlos de nuevo: permanecían de pie, uno junto al otro. La señora Imico sonreía, igual me pareció un poco triste. Y el señor Tokugawa, que le había pasado un brazo por los hombros, le daba palmaditas.

—Marcelo vuelve mañana —me dijo—. Misma hora. Y dibuja. Cada día, dibuja.

 

A mediados del otoño, el señor Tokugawa me cambió el papel de siempre por otro mucho más grueso y como esponjoso. Trajo una cajita de madera pintada de un negro muy brillante, con unos pinceles suaves y gordos. Empecé a usar acuarelas. Aprendí a superponer los colores transparentes, a dejar espacios en blanco. Aprendí a ver la imagen en mi cabeza antes de pintarla.

El señor Tokugawa colgó una de mis acuarelas entre las de él. Era una escena simple, unos bambúes con dos pájaros posados. Me pareció un gran premio, aunque se notaba que mi composición era muy fea al lado de las otras, tan delicadas que parecían de aire. Igual me emocioné.

—Marcelo progresa mucho —me decía—. Pronto, pinta muy bien.

Y yo me esforzaba todo lo que podía.

Después venía el rito de la merienda. La señora Imico hacía postres y cosas dulces que yo no había probado nunca antes. Se sentaba a mi lado y cantaba bajito, para adentro. El señor Tokugawa se quedaba pensativo y más callado que nunca. Yo volvía a sentirme triste, y culpable de algo desconocido.

 

A mediados del invierno me enfermé de neumonía, según el médico. Fueron días borrosos, intermitentes. Recuerdo como en sueños a mamá y a papá, sentados al pie de la cama y con cara de fantasmas. Recuerdo las dolorosas inyecciones, los fomentos calientes, el olor asqueroso de las cataplasmas de lino, el agua hervida y con hojas de eucalipto, las friegas con Vick Vaporub. La fiebre.

Cuando mejoré, había adelgazado mucho. También había crecido, y el pijama me quedaba corto.

Una tarde, en que ya me costaba soportar la cama y quería levantarme, mamá me dio la mala noticia: la señora Imico había muerto.

Había preguntado por mí todos los días, me contó mamá. La querida señora Imico se había enfermado de golpe, de un día para el otro. Y, en menos de una semana, se había muerto.

No pude imaginarlo. No era posible. Lloré hasta quedarme dormido.

 

Rondé la casa del señor Tokugawa sin atreverme a entrar hasta que él me llamó con una seña.

Volvimos a las acuarelas y a los dibujos, pero la falta de la señora Imico era más fuerte que su presencia. Las meriendas, después de algunos intentos que nos dejaron mudos y mirando el suelo, también desaparecieron.

Dos hombres, dos japoneses muy flacos y de traje oscuro, empezaron a frecuentar al señor Tokugawa. Venían en un Buick enorme y azul, que estacionaban frente al negocio de plantas. Durante esas visitas, el señor Tokugawa no me enseñaba a pintar. Y cuando yo me iba a dormir, la masa oscura del Buick seguía allí, como un animal gigante y muerto.

El señor Tokugawa hablaba cada vez menos, aunque seguía trabajando en los almácigos y regando los arbolitos.

—No más dibujo —me dijo un día—. No más dibujo. No más acuarela.

Pensé que se habría aburrido de mí. Que yo había sido tan mal alumno que no valía la pena perder el tiempo tratando de convertirme en artista. Sin embargo, me regaló la cajita de madera con los pinceles y un rollo de papel.

—Ahora —dijo—, Marcelo pinta en su casa. Pinta solo.

Fue la única vez en que me acarició la cabeza.

—Vaya. Vaya ahora. Vaya a su casa.

No supe qué contestarle, y agaché la cabeza como hacía él.

El señor Tokugawa se dobló por la cintura hasta quedar en un ángulo recto.

—Es honor —la voz se le había puesto ronca—. Es honor para mí.

En la vereda me crucé con los japoneses flacos, que me miraron fijo. Llevaban un paquete grande, envuelto en papel madera.

El motor del Buick crujía, como si le sonaran los huesos.

 

—¿Y esto? —mamá señaló la cajita negra.

Le dije que me la había regalado el señor Tokugawa.

—¿Le diste las gracias?

Debo haberme puesto colorado porque mamá me mandó a dárselas «inmediatamente».

Ya oscurecía, y las primeras hojas de los plátanos eran como manitos de bebé. Manos que se sacudían en el viento cálido, saludándome. Paseé con los brazos abiertos aspirando el aroma a verde, a nuevo. Mañana pintaría esas mismas hojas y le regalaría la acuarela al señor Tokugawa. Los grillos cantaban.

Pasé junto al Buick.

En el caminito de lajas, los pinos enanos parecían soldados. Los toqué con la punta de los dedos para hacerlos susurrar. Su perfume era fuerte y picante.

Entré en el galpón sin llamar.

Los tres hombres llevaban uniformes color caqui. El del señor Tokugawa, lleno de condecoraciones y medallas. No supe por qué, pero el señor Tokugawa estaba sentado sobre los talones, con las rodillas bien separadas. Por la chaquetilla entreabierta le vi la piel blanca, tan blanca como el pañuelo que sostenía en la mano, y que envolvía a medias un cuchillo largo y brillante. Uno de los japoneses flacos levantaba un sable sobre el cuello del señor Tokugawa. Ese sable de samurái que yo había buscado tiempo atrás. El otro japonés estaba en posición de firmes.

Al verme, los tres se pusieron a gritar y a señalarme. Entendí que el señor Tokugawa les daba órdenes a los otros dos. Parecía desesperado.

El que no tenía sable me agarró de la camisa y me empujó hacia afuera. Siempre gritando me arrastró hacia la calle y se volvió corriendo. Desde el galpón me llegó un portazo.

Después oí un grito que se interrumpió.

Quise caminar y las piernas no me hicieron caso. Quise llamar a mi mami, pero me había quedado sin voz. Me acurruqué en la vereda, abrazándome las rodillas.

Uno a uno, los grillos volvieron a cantar. Era una hermosa noche de primavera.

 


 

📧 Contactar con el autor: marcelo.choren.m[at]gmail [dot] com

🖼️ Ilustración relato: Samurai agachado, wallpaper publicado por Luxz3049, autor desconocido, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons.

TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

Los confines del mundo Los confines del mundo, por Carlos Montuenga. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2006)
La mar tenebrosa (en Vikingos) La mar tenebrosa, por Raúl Roldán García. En Margen Cero (Taller literario de El Comercial – 2002)
En la madriguera (en El camino del samurái) En la madriguera, por Marcelo Choren. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2003)

El camino del samurái

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 130 · 👨‍💻 PmmC · septiembre-octubre de 2023

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