relato por
Juan Carlos Vásquez

 

A

ntes no le sucedía, ahora le sucede, padece de amnesias fragmentarias por una interrupción neuropsicológica del hipocampo, su cerebro no está bien. La solución resulta simple, disminuir las cantidades de alcohol y comer. «Doble A» sospecho que estaba de nuevo en la posición del principio, pero con muchos más años. Asimilado esto tenía que calcular el próximo paso antes de caer en los impulsos violentos. La nueva trampa que experimentó ya la había experimentado; la trampa de la perpetuidad, de la superchería y la del mundo al que momentáneamente pertenece. En su espera, siente una rabia lasciva, todas las palabras huecas, continúa dando grandes zancadas como un animal enloquecido, enjaulado, y luego sale y mira hacia arriba. A los pies del límite todo suele parecerle insignificante.

Ha decidido suicidarse. Se especifica que está escogiendo entre una forma y otra. Se especifica que desde que tiene uso de razón, nunca ha hecho nada sin juzgarlo mil veces. Consulta los relojes que le informan de la hora en los diferentes hemisferios para saber en qué momento su familia recibirá la noticia y desliza los ojos por una calle inexplorada. «Doble A» respira hondo. De vez en cuando enciende un piloto en su subconsciente y una especie de déjà vu le traslada a territorios oscuros que tiene la bizarra sensación de estar «revisitando». Al racionalizarlo se recuerda a sí mismo que ya se ha enfrentado a la muerte más de una vez. Aun así, no puede evitar pensar si de verdad la muerte le ha escogido al percatarse de su adicción a la adrenalina, de su tendencia a caminar por el filo de las cornisas. Y comienza a escuchar canciones sobre tortura que alteran su producción de dopamina. «Doble A» se queda pensativo durante unos segundos, concentrado. En medio de su discurso interno no es consciente de que ya son demasiados años deliberando. Y sin vaticinio, vuelve a diluirse en la nada. Solo sus ojos quedan flotando en lo oscuro, como dos breves reflejos que se resisten a apagarse. No se lo podía quitar de la cabeza: la fatalidad siempre introduciéndose en sus sueños. Su voz enclenque describiendo raras escenas. Una insoportable certeza de que ya todo estaba terminando cuando justo al llegar hasta abajo todo volvía a comenzar. ¿Hasta cuándo…?

2

«Doble A «de nuevo» tiene otra idea para desligarse de todo, mientras el dolor de cabeza se hace insoportable, mientras las palpitaciones de su corazón aumentan a un ritmo descontrolado». Caminando observa una gasolinera, a la par de su búsqueda escucha desde el interior de un coche el discurso del Rey de España: «¡Feliz Navidad! ¡Feliz año nuevo! Deseos de salud para todos […].» Lentamente saca dinero de su bolsillo y compra un bidón. Lo ha llenado, ahora a paso lento se dirige hasta la que en ese momento se convirtió en su casa, abre la puerta, entra, vierte la gasolina en los interiores y enciende una cerilla para tirarla, la tira. El fuego cobra fuerza y alcanza una altura considerable, los objetos entran en combustión, se rompen los vidrios y las llamas salen al exterior, parecen un cañón de fuego a plena potencia.

La trayectoria natural ascendente del fuego escala pared arriba. Todo empieza a calcinarse. La propagación por fachada; muros, cortinas, el sofá, la cama y por último, materiales de revestimiento combustibles arden sin control alcanzando las casas de los vecinos. «Doble A» sonríe, y emprende un camino zigzagueante antes de ser detenido. Fue algo absolutamente delirante lo que lo arrastró de nuevo a la «violencia»; la escena se fraguó en el interior de su cabeza en una habitación desde donde espiaba un camino a través de la ventana, y vio arder en llamas a un árbol, y vio bajar corriendo a unas ardillas desde lo más alto.

3

«Doble A» nunca había sentido tanta relajación, placer, interés, curiosidad. Tras las rejas no hacía más que preguntar por el fuego. Quería estar seguro de que no quedara nada sin haberse calcinado… repentinamente empezó a sentir somnolencia, calambres, dolor de cabeza, agitación, temblores graves, náuseas y vómitos, sudoración convulsiva. Cursa por su cabeza otra extrañeza, ilusiones violentas hacia sus compañeros de celda, formas de muerte muy perturbadoras, midriasis a causa de una interrupción repentina. El daño cerebral se hace irreversible. Necesita un tratamiento de desintoxicación, pero no lo acepta.

«Doble A» no solo usó alcohol, también barbitúricos, benzodiacepinas, para lograr un «down-regulation». La malnutrición, las iras peligrosas, la sensación de persecución siguen, esperará que termine la sentencia, soportará los «flash back», las acusaciones para salir y acabar con todo.

4

«Doble A» pasó de un intento de cambio al suicidio y del suicidio a la agresión, para darse un tiempo, como un pirómano, quemando lo que le incomodaba. ¿Qué escogería una vez salir?: ¿Cambiar? ¿Suicidarse? ¿Matarlos a todos…?

«Doble A» y sus elevadas reflexiones tan extremas y características, por fortuna, para él y para muchos, algo inesperado siempre lo saca de su objetivo principal.

Se había distraído para aliviar los dolores de la conciencia, se anestesia con pensamientos luminosos que iban apagándose. Aprendió en la desolación, porque el mundo no se rige por el tiempo del dolor sino por el tiempo feliz y él había sido feliz.

Se mira en el espejo, ve a un suicida que espera una deducción valiente. Inclinado se siguió examinando. Todo pasó después de un trago, una tarde de —¿Qué sería?—. Tenía que ser de noche porque siempre salía de noche, porque hacía un calor espantoso… Todo parece negro… Cuerpos inclasificables, deformados, visitas extrañas, presumiblemente parientes. Sueños continuos de quemarse; estar buscando algo en un pozo.

Él sabía que ya todo estaba preparándose, lo mismo que una gran obra. Y llegado el momento; disparará, se corta las venas, se ahorca, se envenena o se arroja al vacío. «Si te gusta, vive; si no te gusta, eres libre de regresar al lugar de donde viniste».

«Doble A» estaba seducido por la aniquilación, pero detiene violentamente su respuesta cuando alguien lo llama.

—¡Doble Aaaa!

—¿Qué?

         —A comer.

—¿Qué hay de comer?

—¡Vale ya! A comer, venga.

—¿Así, sin más?

—Así, sin más. Luego sigues con tus cosas.

—¡Valeee!

…Y pensó, que tal vez estaba ante un bucle infinito, raro, donde su tragedia interna no tenía la más mínima repercusión.

5

Cuando algo se quiebra es muy fácil sucumbir al encanto de la desdicha; la muerte alcanzó un punto álgido cuando entendió que no había más. Así que pensó en las formas cuando terminó de comer.

¿Saltar? Y visualizó el escenario, la altura, la conmoción. Cómo sobresale una contusión y laceraciones que imitarán su figura. Fractura-luxación del miembro inferior izquierdo a la altura de la rodilla. De ambos fémures, aversión pulmonar. La desproporción de las lesiones internas con relación a las externas. El agua o el concreto serían definitivos. ¿Y si fuese un disparo? Y. ¿Y si falla? Si falla podría padecer una parada cardiorrespiratoria y tendría que apurar antes de desmayarse para apostar por un segundo disparo… ¿Ahorcarse? Cómo la erupción de un volcán en su cabeza, mejor el veneno para no «bailar en la cuerda». Con el veneno tenía una inmensa diversidad de información por desclasificar: Monóxido de carbono, fosfina, etanol, opiáceos y anfetaminas metales, arsénico, antimonio, seconal. «Doble A» con tantas recetas para combinar en sus causas indefinidas, pero regresa la voz chillona y cansina de aquella mujer que servía la comida…

—¡Doble A! Que me he enterado ¡Eh! —repite sin parar —. ¡Saldrás libre! ¡Saldrás libre!

…Y por la mañana, lo condujeron detrás del edificio, donde había un funcionario con una carpeta y una bolsa. Después de entregárselas abrió una puerta que conducía a un gran portón eléctrico que se abrió apenas acercarse. Antes de que «Doble A» cruzara el límite de la penitenciaría y quedara en libertad el policía le exigió no regresar. Pero lo primero que pensó al salir, es que en la ciudad donde vivía no había normas que restringieran la automedicación, y se podían comprar alcoholes, pastillas, agujas y jeringuillas en cualquier parte. Después de un largo paseo se acercó a un hombre y comenzó un forcejeo. «Doble A» arrebató la pistola a un policía vestido de civil y le disparó a una cisterna llena de gasolina que estaba parada frente a una estación de servicio; la onda expansiva y el fuego de la explosión mató a María Eleoina Huera y a sus hijos de cuatro y seis años; a Marcelino Freitas; a Jazmín Ramier; a Francis Coleman y a su perro Bretes. Y a ocho turistas iraníes que habían hecho una pausa para utilizar los servicios. Cuando el Servicio Médico Forense comenzó con el levantamiento de los cadáveres, encontró el cuerpo de Doble A parcialmente enterrado bajo el asfalto.

 


 

Juan Carlos Vásquez

Juan Carlos Vásquez (Valencia, Venezuela). De carácter errante, ha investigado muy de cerca los submundos urbanos que describe en sus textos. Autor del libro de relatos Pedazos de Familia (Estival teatro, 2000). Otros textos han sido publicados en diversos volúmenes colectivos y antologías en Chile, México, EE.UU. y España. Forma parte del proyecto literario y artístico Mirages from an Unreal World by Laura Orvieto, Author house (New Jersey, Estados Unidos, 2010). Integrante del grupo cultural Spanic Attack (Nueva York, 2004). Obtiene distinciones en los Concursos de Poesía Pro lingüístico y Multimedia Premio Nosside (Calabria, Italia), Edizione 2005 y 2006. Semifinalista en el concurso de poesía Pasos en la Azotea (DF, México 2006). Finalista del concurso de microrrelato Guka, Buenos Aires 2018. Ha residido por más de quince años entre: Saint Petersburg, Tampa; Nueva York; San Francisco; A Coruña; ‘Bokaj’ren’ y Barcelona.

📩 Email: herederosdelcaos [at] gmail [dot] com

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🖼 Ilustración relato: Fotografía por Umanoide (en Unsplash) · Public domain

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 114 · enero-febrero de 2021

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