artículo por
Gaspar Jover Polo

 

U

n alcohólico que, además, es un adicto al sexo, un camorrista que a menudo se mueve por el borde de la locura no parece la persona más indicada para dar consejos. Sin embargo, los consejos que ofrece el escritor Bukowski en sus novelas, cuentos, poemas parecen razonables, sabios incluso, y también sus opiniones sobre la vida: «Saber mantener el equilibrio justo entre la soledad y la gente, ésa es la clave, ésa es la táctica, para no acabar en el manicomio». La literatura de Charles Bukowski se asocia frecuentemente con el caos, con la marginalidad, con la locura y con la ausencia de estilo por culpa, tal vez, del mal efecto que en mucha gente produce la personalidad de este autor, su biografía non sancta; pero, al contrario de lo que se puede suponer, sus novelas, sus libros en general, obedecen a una estructura bastante pensada, planificada, y sus secuencias de sexo parecen cuidadosamente elegidas entre las más originales y aleccionadoras vivencias propias o extraídas de su entorno inmediato. En su novela Factotum no encontramos exactamente un argumento, uno de esos en los que aparecen bien definidos el planteamiento, el desarrollo y el desenlace, y tampoco el personaje protagonista, como marca la tradición, evoluciona a lo largo de la obra con arreglo a las vivencias que experimenta; pero sí se dan un orden cronológico y una estructura, en el sentido de que, en cada capítulo, o en cada dos capítulos como mucho, se cuenta una anécdota biográfica del joven Henry Chinaski, el alter ego de Bukowski, con una rigurosa organización cronológica. Es decir, todas las anécdotas pueden leerse como narraciones independientes, como relatos cortos dotados de principio y de fin, al tiempo que forman parte de un libro coherente y cohesionado. En Factotum el narrador y protagonista va describiendo los numerosos trabajos que ha tenido que desempeñar, y a cada uno le  dedica ocho o diez líneas, ni más ni menos; no merecen mayor atención. Henry es un trabajador no especializado y, como consecuencia, sus empleos no pueden despertar demasiado interés, todos le parecen igual de monótonos, de aburridos, requieren solamente una actividad mecánica. En el libro Factotum el protagonista va saltando de un trabajo a otro, de una localidad a otra, porque la verdad es que no le interesa ninguno de los oficios que le van saliendo, ninguna de las ciudades en las que reside. Y de vez en cuando, Henry encuentra un rato para escribir, para escribir un cuento y para enviarlo por correo a una revista literaria.

Un cierto caos entra a formar parte de la forma de escribir de este narrador, pero el caos no domina al autor sino todo lo contrario, es el escritor el que se sirve del descontrol para poder llegar más lejos, para salvar algunos de los límites que impone el aplastante dominio de la lógica: «Bien, reflexionemos», dice Henry a su novia mientras los dos se encuentran con resaca y tumbados sobre la cama, «hemos puesto el despertador con la hora de la radio esta media noche. Nosotros sabemos que adelanta 35 minutos por hora. Él marca ahora las siete y media de la tarde, pero nosotros sabemos que no es verdad porque aún no es bastante de noche». Y además del uso que hace del caos, en esta novela aparecen también como señas de identidad el humor socarrón con el que consigue salir más o menos airoso de las peores situaciones y la morosidad con que describe cada noche, o cada tarde noche, el ritual de la bebida: «Vacié mi whisky, me levanté y me serví otro vaso», la importancia que le da a cada copa servida y bebida, a cada una de las cervezas que se toma en casa o en la barra del bar. Los ingredientes que entran a formar parte de su forma de entender la literatura son muy variados pues también hace uso con frecuencia de la paradoja: el protagonista se queja casi continuamente de la vida de perros que lleva; sin embargo, parece estar, al mismo tiempo, locamente enamorado de la vida; no piensa nunca en el suicidio por muy desesperada que se le presente la situación.

Le acompaña cierta fama de desaliño, de desorden, incluso de desidia en su forma de contar. Y seguramente la agitada vida del personaje Henry Chinaski, y del autor Bukowski, los cientos de trabajos que tuvo que realizar para sobrevivir y las innumerables borracheras le impidieron centrase a tiempo completo en la tarea de narrador. Tal vez no podamos considerarlo un ejemplo de artista concienzudo y sacrificado. Pero también es cierto que, con menos peculiaridades, otros autores han alcanzado fama de consumados estilistas. Para ser justos con él, hay que reconocer que en sus escritos demuestra una fuerte personalidad.

 


 

Gaspar Jover Polo. Profesor de enseñanza media. Ha publicado en varias revistas digitales: Proyecto Sherezade, Culturamas

Contactar con el autor: joverpolo [at] hotmail [dot] com

Ilustración artículo: Charles Bukowski, GFreihalter, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons.

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Revista Almiarn.º 113 / noviembre-diciembre de 2020MARGEN CERO™

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