relato por
Francisco Juliá Moreno

 

B

illy the Kid desenfundó su Colt 45 y apuntó al coyote que aullaba lastimero sobre un risco, bajo una luna fría. Sobó las cachas de su revólver, en cuyo marfil había tallados glúteos femeninos que se amoldaban perfectamente a la anatomía de la mano y que daba placer acariciar; pero no quiso malgastar su plomo con un coyote solitario que lo había despertado de su profundo sueño junto al fuego. Billy se arropó con su manta de pelo de bisonte, requisada a un piel roja a quien sorprendió fornicando bajo un roquedo próximo a Monument Valley. En tal ocasión, se acercó con sigilo hasta el salvaje, desprevenido por su denuedo erótico, y lo liquidó de un tiro traicionero en la nuca. Tras enmendar con la mujer india los tres meses de abstinencia forzosa, consecuencia de sus largas cabalgadas por el desierto huyendo de la justicia, la mató y se llevó las pieles del improvisado tálamo, dejando los cuerpos al albedrío de buitres y alimañas.

Con los primeros claros despertó Billy. De sus alforjas extrajo un cazo desportillado, en el que preparó café, o cierto serrín adquirido en un store de Toobstone, el cual acompañó con una loncha de tocino, requisado del morral de un mejicano al que sorprendió orinando tras de un árbol, a unas millas del Paso. Le incrustó tres balazos a bocajarro y explicó al agonizante que lo había agujereado por guarro. El charro derramó unas postreras gotas por su bragueta entreabierta y expiró. Billy apuró un último sorbo de café y, a continuación, fregó con tierra el recipiente, para guardarlo, junto con las sobras de tocino, en las alforjas. Se encasquetó el sombrero, aparatoso y deforme, y montó en su yegua baya, que no perteneció al mejicano que orinaba, pues aquella la había reventado huyendo de la justicia por los eriales transfronterizos, sino a un cowboy de Texas que se negó a pagar la consumición del Kid en una cantina.

—Vaquero, ¿pagarás mi whisky, okay? —espetó Billy

—Ni lo pienses, forastero —replicó el infeliz cowboy.

—Este hombre ha hablado por última vez —sentenció Billy, desenfundando sus Colt y disparando tres balazos en el pecho de su oponente, antes de que éste pudiera echar mano de su revólver.

Abandonando sin melindres la cantina, y santiguándose, el homicida espoleó a la yegua con sus espuelas y partió a galope tendido, camino de Fort Summer, donde lo aguardaba con cierto asunto su amigo Patt Garrett. A las dos horas de marcha, tiroteó a una serpiente cascabel que se retorcía y silbaba al borde del camino. Descendió de la cabalgadura, y desenvainando su cuchillo de monte, decapitó al réptil. Guardó como trofeo el cascabel de la cola, el cual contemplaba alelado cuando lo agitaba como un sonajero, y el resto del ofidio lo devoró caninamente durante la comida de mediodía. Después de una dilatada siesta, propiciada por tan farragosa digestión, reemprendió la marcha.

El Kid restregó su trasero calloso sobre la silla de negro cuero, adornada con bellos remates en plata, que sustrajera a un influyente ranchero en las inmediaciones de Lincoln (New Mexico), cuando este cabalgaba por un camino poco transitado, en compañía de sus dos hijas menores, que lo seguían en un tílburi. Acribilló al anciano y violó a las hijas sobre el polvoriento terreno, para luego asesinarlas sin miramientos, de tiros certeros en el sexo. Fui el primero y el último, se vanaglorió Billy, y escupió sobre las que fueran vírgenes y vivas minutos antes. No tuvo remordimientos ante sus cuerpos maltrechos, a los que dejó insepultos, adueñándose luego de la silla y el caballo del ranchero, y huyendo de su crimen como un torbellino, eufórico y sanguinario, ululando como un apache ebrio.

Se le vino la noche encima sobre la cabalgadura, pero no se detuvo a acampar, sabedor, tal vez, de que aquella noche le depararía alguna nueva aventura orgiástica y morbosa. Después de una hora larga de cabalgar en las tinieblas, vislumbró una débil luz en los límites de un vallujo carente de vegetación, como lo eran todos en la reseca Arizona. Era una granja humilde, de la que, conforme se aproximaba, oyó cómo brotaba una festiva música de baile. Billy pensó, con sus sesos curtidos por el sol y las refriegas, que nada más presentarse en la fiesta bailaría con la más guapa, pues para eso su pistola era la más rápida del oeste. Billy fue hasta su muerte un eyaculador precoz.

Los perros, al sentir el tamborileo de los cascos de un caballo sobre el polvoriento camino, o acaso al husmear el sudor apestoso de meses del jinete, comenzaron a ladrar desaforados; pero no se atrevieron a atacar al intruso, porque quizás intuyeron que tendrían que vérselas con el plomo más letal del far west.

Billy allanó la casa sin ser molestado por los mastines. Cuando los allí reunidos lo sorprendieron con las manos amenazadoras asidas a las culatas de sus revólveres, pararon la música y cesaron el baile, observando al intruso con ojos espantados de sorpresa. El dueño de la granja se adelantó con coraje, y preguntó:

—¿Qué buscas aquí, forastero?

—He venido a bailar con la más guapa —sentenció Billy que, aunque neoyorkino, demostraba los toscos modales de un habitante del más zafio poblacho de Arizona.

—En este territorio somos gente hospitalaria, aborrecemos los pleitos y gustamos de ahorrarnos complicaciones; así que pase, muchacho, es usted bienvenido —declaró el granjero, que desconocía la fama y leyenda de Wiliam Booney.

Billy ordenó con su voz seca de aguardiente y desierto que la música continuase y que las parejas reanudasen el baile. El único violín se entregó raudo a rasgar su instrumento, siguiendo el alegre compás con la puntera de su bota. Frente a él las parejas bailaban. El invitado tomó asiento en una banqueta, situada en un ángulo de la sala, después de apropiarse de una botella de whisky en el pequeño ambigú dispuesto para la fiesta. Desde su rincón estudió el panorama y catalogó a las muchachas, según su atractivo, las cuales se contorsionaban y giraban frente a su mirada libidinosa. Tras un breve titubeo, al fin se decidió por la que sería la última mujer que sacó a bailar a Billy the Kid. De su chaleco extrajo el forajido un reloj de oro y comprobó la hora, como tantas veces hiciera su anterior propietario; un empleado de telégrafos de Silver Citty, que en un día lluvioso de marzo se negó a enviar gratuitamente un par de telegramas amenazadores al ganadero Chisum, dictados por un joven barbilampiño y pelirrojo, que sabía a Irlanda y hedía a sudor y a semen. Cuando rehusó por segunda vez tal demanda, tres balas lo atravesaron a bocajarro.

Billy, vuelto en sí por el bullicio de la fiesta, guardó el reloj, afectado por una mórbida nostalgia, después de admirar lascivamente la fotografía de mujer, adosada en la tapa. En verdad, al hermoso reloj solo le restaba la melodía de un carrillón para ser perfecto y digno del revólver más rápido y matarife del far west.

Cuando Billy se dirigió hasta la elegida, ya con medio litro de alcohol en el cuerpo, la sacó a bailar, o a machacar con sus botazas los diminutos pies de la muchacha, mientras empellaba a las demás parejas, sarcástico y ebrio. Para poner fin a tal comedia, harto de baile y música, enarboló su Colt 45 y disparó cuatro veces al aire (ignoramos por qué cuatro). Y al desvanecerse los últimos ecos de las detonaciones, apretando el cañón de su revólver sobre la sien de la muchacha, gritó:

—¡Si me siguen, la mato!

Los reunidos quedaron atónitos y escépticos ante aquella circunstancia inesperada. Nadie se movió. Temieron frente a la desesperación de un forastero ebrio. Billy se llevó consigo a la muchacha sin que le presentaran abierta oposición. Situó a la chica sobre la montura y él se encaramó a la grupa. Partieron al galope, haciendo resonar una orgía de disparos y alejándose con rapidez del peligro de los winchester que retumbaron vacilantes tras él en la noche, y que no se prodigaron, por temor de herir a la raptada.

El rijoso Billy estaba ávido de beneficiarse a su presa; la poseyó tras unos arbustos próximos a un riachuelo de aguas turbias, pero no la mató al concluir el coito. No se sabe bien por qué, aunque se sospecha que no lo hiciera porque quizá fuera la única mujer con la que tuvo una eyaculación satisfactoria y no a destiempo. A la muchacha la encontró la patrulla organizada para la venganza a la mañana siguiente, amoratada y maltrecha; semiinconsciente pero con vida. No descubrieron en los alrededores pista alguna del violador que poder seguir. El cauto Billy había borrado en su huída todo rastro.

William Booney cabalgó sin descanso hasta el mediodía, momento en que se detuvo a comer unas galletas saladas, que introdujera en sus bolsillos de la mesa con las viandas servidas durante la fiesta. Luego, tras una breve sueño, retornó a su montura, para no apearse hasta la caída de la noche. Acampó en un páramo yermo, rodeado de colinas arcillosas, y escuchó nuevamente el aullido del coyote. Aquella noche, soñó que asesinaba, sin parpadear, a siete pistoleros de Chisum en una cantina de Tucson. Se sentía pletórico y capaz de acabar con una tribu de apaches mescaleros si se lo propusiera. Soñó también con la mujer a quien violara unas horas antes, más no la pudo imaginar más que en su pubis y sus pechos. Se esforzó por encontrarle un rostro, un alma, pero Billy era demasiado joven para distinguir el alma de los hombres. Impotente, Billy the Kid lloró sinceramente por primera y última vez.

Amanecido, se vio recortarse su silueta desgarbada y avanzar por la llanura inmensa, hostigado por el tórrido sol que espejeaba en los desperdigados esqueletos de reses calcinadas sobre la llanura desértica. El Kid, sin embargo, había visto demasiada muerte como para fijar su atención en unos cuantos despojos de res, visitados por los cuervos o algún buitre solitario. Se detuvo, se incorporó sobre la silla, secó el sudor de su frente con un pañuelo, y sacó una petaca, la cual sustrajo en su día al sheriff Brady, tras un tiroteo recalcitrante, en el que el alguacil perdió la vida de un balazo certero en el rostro. Divisando el horizonte, y apartando de sí viejos recuerdos, el forajido más buscado del oeste se echó a la boca una onza de tabaco, cultivado por manos indigentes y enemigas de negro. Sin dejar de masticar la áspera hierba, hincó las espuelas en los ijares de su overo hasta teñirlos de sangre, perdiéndose su silueta en un fondo de colinas erosionadas y valles desolados.

Aquella misma noche hizo su entrada en Fort Summer. El villorrio estaba a oscuras. Era una noche plácida donde no se presentía el peligro. Billy se dirigió al trote hacia la cantina, en donde saciar la sed del yermo. Pero en el trayecto un rifle asomó de la noche y una bala certera frenó su carrera atolondrada. Un rayo de luna iluminó el rostro emboscado de Pat Garrett. Billy mordió el polvo por primera y última vez. Retorciéndose de dolor en el suelo como una alimaña, ya solo apremiaba el tiro de gracia. Garrett dejando las sombras, se acercó hasta el herido y lo remató allí mismo sin vacilaciones.

—Si hubiera sido inteligente, podría haber llegado a gobernador —dijo Garrett, convencido de que América era una hermosa tierra de oportunidades.

 


 

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biblioteca relato Los crímenes apócrifos de Billy the Kid

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Revista Almiarn.º 117 • julio-agosto de 2021 • MARGEN CERO™

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