relato por Luis Amézaga

E

s una mujer que al día siguiente se marcha. Da igual cuándo te encuentres con ella, al día siguiente debe viajar a otra ciudad, a otro país, a otro continente, por motivos de trabajo, de salud, de ocio, a ver a un familiar, a un amigo, a reunirse con fulano de tal para un proyecto artístico, a buscar inversores para una idea de negocio relacionado con el tema en el que esté en ese momento. Lleva el pelo corto, más cómodo, afirma. Es guapa, ágil, divertida, ocurrente, dispersa y pasional. Viste con sencillez, informal, con algunos complementos excéntricos, pero no rebuscados, puestos ahí por casualidad, como un sombrero o una gorra, un fular de estrellas, un cinturón como el de Orión. No suele colgarse pendientes ni collares. Usa habitualmente calzado de tacón bajo. Es de estatura media. Su capacidad para captar a la persona que tiene enfrente es asombrosa, aunque no dé opción de apegarse a ella. Hay que aceptarla como es o dejarla pasar de largo. Nunca he cometido el error de no apreciar su compañía, aunque sea breve y huidiza.

 

—Mañana he de partir hacia Dodoma.

—¿Dodoma?

—Sí, a Tanzania, al lugar donde se ha hundido el elefante, que es la significación, más o menos, de Dodoma. Estoy en tratos con unos socios de allí: un constructor y una arquitecto. Queremos construir un edificio eficiente con espacios comerciales y estacionamiento subterráneo. Hay mercado y posibilidades atractivas en esa ciudad. Un proyecto que tenemos avanzado y para el cual he venido a Madrid a buscar algún inversor de referencia al que pueda interesarle el asunto.

Mirándose la chaqueta de lana violeta con que se cubría, dejó caer: «allí no la necesitaré». Me cogió del brazo y nos pusimos a caminar calle arriba.

 

Asteria me había avisado de su visita hacía tres días. Tiempo suficiente para cuadrar mi anodina agenda y acompañarla como se merece. Hoy es sábado y hemos quedado a media tarde. Ha trazado un plan para que disfrutemos de una agradable velada. Adquirió, en cuanto tuvo noticia de su actuación en Madrid, dos entradas para el concierto de la cantante australiana Tash Sultana. Antes de la cita musical, me propone una cena rápida en un restaurante popular cerca de mi casa. Demuestra conocer mejor que yo —que nunca he salido de aquí— el barrio. Asteria conoce el mundo mucho mejor que cualquiera de nuestras amistades comunes, y a mí me agradaba dejarme llevar por su entusiasmo. Cuando un proyecto le sale rana, actúa con más convicción si cabe, pues considera que el número de acciones es lo importante, una cuestión estadística. Hay planes que salen bien y otros mal. Cuantos más emprendas, más éxitos obtienes. Los fracasos son asumibles. Habla mucho. No está de acuerdo con esa máxima de «callarse si no se tiene nada que decir». Asteria piensa que las palabras crean ideas, crean hechos, y si las pronuncias, aunque no estén bien sostenidas por un pensamiento anterior, pueden generarlo, sorprendernos con su don para materializar realidad. Asteria habla con un tono de voz seductor y convincente. Da mucha pereza llevarle la contraria. Al fin y al cabo tener razón o no es algo insustancial.

Asteria se aprieta a mí con esa complicidad que da el afecto exento de meandro sexual. Es la única mujer que no es de mi familia con la que puedo mantener roce físico placentero sin que se me ponga dura.

Comemos una cazuelita de pulpo, un poco de jamón y unas croquetas. Dos choperas de vino engrasan nuestras gargantas y ponen música en las palabras. Por suerte, aún no es hora de máxima afluencia. Estamos sentados a una mesa con vistas a la calle. Compartimos chascarrillos sobre amigos comunes entre bocado y bocado, entre trago y trago sin catas innecesarias. Es vino de año: contundente y sobrio. Cuando llega la hora de acudir a la sala donde actúa Tash Sultana, nos fastidia cortar con la conversación. Cuesta renunciar a una buena charla, pero es mejor quedarse con ganas que agotarla. Nos encaminamos a disfrutar de la actuación de esa artista que no conozco y de la que Asteria me habla maravillas. La tarde ha roto su idilio con la luz que recoge sus cuernos de caracol y se adentra en el cascarón de la oscuridad, proclive a saltarse las normas que imperan durante el día. Los espejos quedan desactivados.

Vamos cogidos del brazo, deprisa, animados por los taninos. A mi carácter sedentario y acomodaticio no deja de sorprenderle el arranque de Asteria y me pregunto por qué estará tan a gusto conmigo. El cariño que nos dispensamos desde la adolescencia no ha sufrido baches, quizá porque no competimos en los mismos terrenos de juego ni hay entre nosotros una visión compartida, excepto la vida y su curso asombroso que desemboca siempre en el mismo mar.

Asteria puede cambiar de aires, de condiciones externas continuamente y seguir siendo la misma. Es como si su cuerpo viajara mientras ella permanece protegida en un cubículo interior en el que se ha realizado como ser. Asteria transmite ese poderío. Otra cosa es la receptividad de los demás. Yo siempre la he percibido y me he alimentado de ella. Es nuestro pequeño secreto. Un secreto que no verbalizamos. Asteria sabe más de lo que sus palabras manifiestan. A su magia acudo cada vez que tengo ocasión. Algo se me pegará.

Miro hacia el suelo de la calle fría, me fijo en que calza unas zapas de lunares y lleva un calcetín de cada color. Son pequeñas cosas que yo no me atrevería a plantearme, no sabría cómo defenderlas ni quedarían naturales en mí. En Asteria la asimetría y la originalidad adquieren sentido. Carl Gustav Jung decía que todos nacemos originales y morimos copias. En Asteria la copia, si llega, será a última hora, cuando el moribundo deba reunir sus fuerzas para escapar a la fuerza de gravedad del mundo. Es naturaleza salvaje, tan admirable para la contemplación por mi parte, que soy planta de interior en tiesto de bazar. Ella es luz allá donde va. No me ciega la amistad, que suele tener buena fama pero es muy competitiva.

La sala, que es recogida, está llena. A primera vista el público parece civilizado. Necesito que haya un espacio de seguridad entre otro cuerpo extraño y el mío para sentirme a gusto. A Asteria no le importa empujarse un poco mientras mueve los pies y los brazos en un baile extático. Según he curioseado en mi móvil, Tash Sultana toca la guitarra desde los tres años. Domina más de diez instrumentos, incluido el de su voz. Sale al escenario descalza. Se sitúa en una alfombra en la que le esperan un montón de pedales bucle y una serie de aparatos e instrumentos. Piensas cuando ves tanto aparataje que van a actuar media docena de músicos. Ella es una mujer orquesta. De joven pasó por un proceso psicótico grave por consumo de drogas. Ahora tiene 29 años y da la sensación de que ha conocido diversos estados de conciencia y bailado mucho en la soledad de alguna habitación cargada de inciensos y cachimbas. En cuanto la veo salir al escenario comprendo que le guste a Asteria. Tash Sultana tiene mucho talento, salta a la vista. Es un prodigio musical hipnótico y autodidacta. Puede llegar lejos si le interesa, que no parece ser el caso.

Observo a Asteria mientras bambolea el cuerpo al ritmo de la música y mantiene los ojos cerrados. No olvido que mañana se marcha. Al día siguiente desaparece. No es de ahora, de siempre. Da igual si a Tanzania o a Santo Domingo de la Calzada. Es una mujer que no permanece al lado de nadie. Es una mujer con la que puedo contar y sobre la que puedo contar muchas anécdotas interesantes. Ella vive para la acción, para modelar la escultura del mundo, yo para estarme quieto y escribir sobre lo que pudo ser. En una sala a oscuras, donde suena buena música, el tiempo deja de tener un efecto apremiante. No me gusta esta sensación engañosa. Mañana se va, se marcha la mujer con la que me siento especial, como si me pasaran cosas de verdad, como si hubiera un motivo insoslayable para mi presencia aquí, entre personas que se hacen selfis para vivir o viven para hacerse selfis.

Asteria, en una anterior visita se enfadó conmigo porque me permití el adolescente capricho de emborracharme. Quería estar ante ella ocurrente y desinhibido. Fue un error que nunca había cometido y no volveré a cometer. Recuerdo que con aire más serio de lo normal me recriminó que intentara actuar ante ella. Me dijo algo como que la dignidad previene de la locura aun en las circunstancias más desazonadoras.

Termina el anfetamínico concierto de la australiana. Ovación prolongada. Me hago el remolón. No tengo prisa en salir a la noche de calles repisadas de sábado. No me apetece despedirme de Asteria ni verla marchar. Le digo que se quede a dormir en mi casa, que allí podemos prolongar la velada con una copa, relajados. Me repite que al día siguiente se va, que sale su avión a las diez de la mañana, que será mejor irse a la casa que fue de sus padres, asegurarse de que la maleta está bien provista, dormir lo que pueda.

Es injusto, se va mañana.

Me abraza, me besa. Me dejo hacer. Volvemos a pasear muy juntos, en silencio, por la ciudad jaranera, hasta que veo pasar un taxi libre y lo paro para ella. Prefiero despedirme en la calle, prefiero que la historia acabe con el trávelin siguiendo la espalda del hombre solitario que camina por la acera hacia su escondite donde escribe pamemas.

—Mándame un mensaje cuando llegues a donde se hunde el elefante.

—No lo dudes, corazón.

Cierro la puerta del taxi. Al verla marchar pienso que mientras uno de los dos viva, es suficiente; que mientras uno de los dos se quede aquí para contarlo, será para siempre.

 
 

Luis Amézaga

Luis Amézaga. Nacido en el año 1965 en la ciudad de Vitoria (España) donde vive actualmente. Entre lecturas y escritos concibe la medida del tiempo. Mantiene habitualmente el blog El búnker travestido: http://bunkertravestido.blogspot.com.

Ha escrito artículos y colaborado en diferentes revistas literarias: Bolsa de Pipas, Letralia, Ariadna, Narrativas, Almiar-Margen Cero, Groenlandia, Agitadoras… Ha participado en antologías de relatos y poesías como La Casa del Poeta (Noche Polar), Doble en las Rocas y Escribir en Crisis (Editorial Letralia), o Antología de poesía Viejoven (Versátiles Editorial). Es autor de varios libros de poemas: El Caos de la Impresión, A Pesar de Todo… Adelante, o Los Alrededores del Idiota. Con el poemario Bolsa de Canicas obtuvo el premio en el certamen convocado por la revista literaria Katharsis y se publicó revisado en segunda edición en el año 2012. Ofreció a los lectores el libro de máximas y aforismos El Gotero en la revista Groenlandia. Con el poeta Adolfo Marchena publica el libro de crónica poética La Mitad de los Cristales. También compartió proyecto en su libro dietario El Reloj de Arena junto al escritor hondureño David Morán. Destacar la publicación del libro de sentencias, crítica y pensamiento, que ha recogido bajo el título Una semana de arresto domiciliario. Cuenta con un librito de relatos titulado Tarde de Moscas, y su flamante trabajo publicado con la editorial Amarante bajo el título: Vuelos rasantes, un ejercicio narrativo que cuenta con nueve historias perturbadoras. Su última entrega a los lectores es Los ladrones de ideas, que obtuvo el segundo premio del IV Concurso Literario de Relatos «Letras Cascabeleras».

📩 Contactar con el autor: luisamezaga43 [at] gmail [dot] com

🖍️ Ilustración relato: Dibujo por BiancaVanDijk, en Pixabay. 👀 Lee otro relato de este autor: El artista

🔖 TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

Los confines del mundo Los confines del mundo, por Carlos Montuenga. En Margen Cero (Biblioteca de relatos, 2006)
La colección (en Asteria) La colección, por Pedro M. Martínez Corada. En Margen Cero («Taller literario de El Comercial», 2003)
En la madriguera (en El camino del samurái) En la madriguera, por Marcelo Choren. En Margen Cero (Biblioteca de relatos, 2003)
Relato Luis Amézaga

Biblioteca de Margen Cero

Revista Almiar · n.º 139 · marzo-abril de 2025 · 👨‍💻 PmmC · MARGEN CERO™

Lecturas de esta página: 253

Siguiente publicación
«El desnudo hijo dentro de la imperial bañadera de hierro…