El camino de la felicidad
artículo por
Ricardo Rodríguez Boceta

 

A

ristóteles metió baza en todos los órdenes del conocimiento y en ninguno fue exacto ni conciso. Cuando dijo que la tierra era plana, la Iglesia lo creyó; cuando afirmaba que la tragedia era mejor que la comedia, la Filología lo creyó; cuando subrayó la importancia de la observación en la investigación, la Ciencia lo creyó. Hay que tener en mente que «El Estagirita» nació en el siglo IV antes de Cristo, fue tutor de Alejandro Magno y, finalmente, murió aislado en una isla griega: había huido de Atenas para no correr la misma suerte que Sócrates diciendo: Atenas ya ha cometido suficientes crímenes contra la filosofía. Parece ser que la filosofía era incómoda, incluso en sus mejores tiempos.

Leer a un autor tan antiguo es farragoso. Hay muchas afirmaciones incómodas contra las mujeres y contra los esclavos, el lenguaje es difícil y la manera de explicarse suele ser complicada. Si los tiempos en los que Cristo perdió la alpargata ya nos parecen algo remotos, hay que tener en mente que nuestro filósofo era polvo en el viento cuando el llamado hijo de Dios era apenas un bebé. Filosóficamente, Aristóteles está en la génesis del cristianismo, y por eso es interesante acercarse a su figura. Occidente era una utopía.

¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es el objetivo por el cual estamos en el mundo? Platón, maestro de nuestro filósofo de hoy, decía que este objetivo era el Bien. Todas las cosas en el mundo tendían hacia esa idea platónica e idealizada del Bien supremo. Luego, a esa idea se le llamó Dios, pero eso es otra historia. Dicen que los mejores alumnos son los que superan a sus maestros. No sé si es el caso de Aristóteles, pero él reformuló la idea del discípulo de Sócrates y dijo: no, el sentido de la vida es…

La felicidad. Estamos en el mundo para ser felices. Qué bonito, ¿no? ¿Quién puede llevar la contraria a esta idea? ¿Quién no desea la felicidad para sí mismo? Pues bien, la única pregunta que cabe responder es ¿cómo llegamos a ella? o ¿podemos ser felices?

Aristóteles pensaba que sí, podemos llegar a la felicidad diaria. Como estamos en una época racionalista y toda afirmación debía ser demostrada, el filósofo nos da la receta para una vida feliz, o lo que es lo mismo: una vida virtuosa. La búsqueda de la felicidad en la filosofía no es genuina de Aristóteles. Ya antes se había apostado por otras fórmulas como la ignorancia o los placeres. Pero resultaron infructuosas y llevaron al camino contrario: la desdicha. Por eso él propone una tercera vía para alcanzar este objetivo humano. Cada uno debería encontrar su propio camino y no hay una sola manera de alcanzar ese estado, de hecho, para cada cual será diferente, pero todos habrán de encontrarla de la misma manera: hallando primero el equilibrio.

Dibujemos un eje en nuestra mente. En un extremo pondremos la cobardía, el sentimiento que teme a cualquier cosa; en el otro, pondremos la temeridad, la tendencia irracional de no temer a nada. Pues bien, en ambos extremos, en la cobardía y la temeridad, encontramos el vicio. Solo es en el punto medio entre los dos donde encontramos, equilibrando ambas fuerzas y situándonos en el centro, la virtud: la valentía, porque es bueno ser valiente. Y así con todo. Podemos tomar otros ejemplos.

De esta manera, el amor no es lo contrario del recelo. Sino que es el punto medio entre el recelo y la ingenuidad. Y una vez hallado el centro encontraremos placer, pero no será un placer físico como el que sienten los animales, estos no pueden albergar la idea de felicidad, por lo tanto, no pueden ser felices. Luego, no podemos ser felices con los placeres animales: solo comiendo, solo durmiendo, solo teniendo sexo. Necesitamos algo más porque nuestra propia condición nos obliga a ello. De hecho, comiendo mucho, durmiendo mucho y teniendo demasiado sexo nos situaremos en los vicios y ellos nos conducirán a la desdicha. Cuántas sectas y religiones abogan por la abstención con probado éxito: no comas eso, no ames aquello, no reposes allí. Pero la abstención absoluta tampoco lleva, según Aristóteles, a felicidad alguna, aunque no es tan dañina.

Hay que buscar, entonces, el término medio. No hay que prescindir de los placeres físicos, pero ellos no pueden ser el eje de nuestra vida. Si no, acabaremos en el otro extremo y tampoco servirá de mucho. Encontrar ese centro es difícil, eso queda contemplado. Una manera efectiva para encontrarlo es el autoconocimiento. Cada persona es un mundo y tiene sus propias tendencias. Hay algunos que tienden a la cobardía, hay otros que tienden a la temeridad. ¿Cómo encontrar el término medio?

El que tienda, por ejemplo, hacia el recelo, deberá esforzarse por llegar al camino contrario: la ingenuidad. Así, como su tendencia personal siempre lo inclinará hacia la desconfianza, encontrará el centro virtuoso del Amor. Si es cobarde, lo mismo, deberá empujarse a sí mismo hacia la temeridad y, por el camino, encontrará la Valentía.

A los filósofos de esa época les gustaba buscar ejemplos en el día a día. Para explicar esto, decía que las personas éramos como un madero torcido: para ponerlo recto, habría que empujarlo y torcerlo para el lado contrario. Sin duda, tiene bastante sentido.

Y luego vino la Historia. Los intereses económicos y espirituales que guiaban las sociedades según unos magnates u otros. Aristóteles influyó profundamente en el pensamiento de la escolástica religiosa, pero no deben entenderse como lo mismo. De hecho, el pensamiento aristotélico fue utilizado por la Iglesia durante el medievo. Desconozco si Aristóteles tenía o no razón, pero que su impronta está en nuestro pensamiento más profundo es un hecho porque su modelo ético fue un exitazo.

Los cristianos ortodoxos en el siglo XIX decían que las sociedades católicas acabarían siendo ateas por su manera de entender la vida. No sé si ser ateo es positivo o negativo, pero sin duda los ortodoxos no se equivocaron. Ha habido una implosión en el pensamiento religioso y miramos hacia Oriente buscando a Buda, el Karma o a Ganesha: la suerte, la serenidad, la felicidad humana. A mí personalmente, el fundamentalismo religioso me abruma y me parece demasiado simple para entender la complejidad de la vida. Así que he mirado hacia los precedentes del cristianismo y me he encontrado a un tal Aristóteles buscando el camino de la felicidad. Sin duda, si esta Ética a Nicómaco se publicara hoy con otro título, otro estilo y otro autor, sería un bombazo y vendería cientos de miles de libros dentro del género de la autoayuda.

Para los más pragmáticos me gustaría señalar, a modo de glosa, el pensamiento de otro filósofo contemporáneo, un poco más antiguo, llamado Diógenes de Sinope, el que da nombre al célebre Síndrome de Diógenes. Se le representaba durmiendo y viviendo en una tinaja, su profesión era la de vagabundo. Como Aristóteles, también buscaba la felicidad, pero este renunciaba a todo lo que fuera innecesario. Por ejemplo, se dice que Diógenes vagaba por el mundo sólo con una manta, una bolsa, un bastón y un cuenco para beber agua. Un día vio a unos niños bebiendo agua de una fuente con las manos y Diógenes tiró el cuenco. Otra anécdota famosa es la de su encuentro con Alejandro Magno, el hombre más poderoso de aquel mundo. Alejandro fue a ver a Diógenes que estaba tirado en el campo y le dijo: «Pídeme lo que desees, que yo lo conseguiré para ti».

Diógenes lo miró largamente y al fin contestó: «Deseo que te apartes, que me tapas el sol».

 


 

Contactar con el autor de la reseña: ricardorodriguezboceta [at] gmail.com

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Ilustración artículo: Fotografía por ElisaRiva / Pixabay [Public domain].

 

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