relato por
Luis Amézaga
S
algo de la casa con sangre en el oro que cuelga de mi cuello y también reluce anillado en mis dedos, con la ausencia de un animal zaíno en mi corazón hibernado y con la vasta sombra que esa fiera extiende sobre el pavimento. Así es mi trabajo, sin horarios fijos, en contacto con los fluidos de las personas a las que he de ofrecer un tránsito precipitado. Cobro la mitad por adelantado y la otra mitad a la verificación de la esquela.
Combatí como mercenario en dos guerras. No recuerdo qué bando las ganó ni las razones que las originaron. Los contendientes dan explicaciones de porqué la empiezan, o porqué la acaban. Y la razón suele ser distinta. En mi opinión, siempre es por un orgullo herido o por un miedo irracional. Pero no me meteré a psicoanalizar las guerras. Para ganar la guerra hay que odiar al enemigo sin dejar resquicio ni tener consideración alguna hacia él. Pero el odio merma la empatía y daña el sentido de la justicia. Es por eso que los hombres que hacen la guerra deberían apartarse y dejar a otros gestionar los tiempos de paz. El caso es que yo era un simple soldado que luchaba al lado del mejor pagador, la causa de la confrontación me daba igual. En tiempos de paz, mi trabajo no difiere demasiado.
Hay mucha literatura sobre los mercenarios y sus motivaciones. A la gente hay que dejarla pensar lo que quiera para mantener su autoestima en niveles óptimos. Ni así lo consiguen, pero no es asunto mío. Como soldado regresé irreconocible para los seres queridos, que esperaban un héroe. Volví de las dos guerras despreciando a los pacíficos. Se tapan y esperan que otros se manchen las manos por ellos. Además, se permiten el lujo de moralizar comportamientos ajenos. Mis conocidos, a la vuelta, escucharon mi historia edulcorada y me congracié con el futuro mientras pelaba patatas a media luz en un restaurante peruano. Pero me cansé pronto del trabajo honrado, despreciado y mal pagado. Tenía que volver a lo que mejor sabía hacer.
En el cielo se está produciendo un duelo de nubes con espada láser. Los peatones se ponen a resguardo. La primavera castiga con crueldad la mala elección de atuendo mañanero. La elegancia está hecha de sugerentes aproximaciones. Intento ir a gusto y elegante, a veces me sale bien y otras me queda una presencia de dandi desfasado. Cuidar mi imagen es necesario para que el cliente no tenga la impresión de que contrata un matarife o un simple asesino de suburbio. Y luego están los objetivos, que también atienden mejor a un hombre agraciado, aseado y que cuida su vestimenta. Para mí es un honor que no sospechen qué les tiene preparada la providencia hasta que estoy en plena faena. Las ovejas van en busca del lobo para entablar un diálogo sin prejuicios cuando el lobo va bien vestido y bien afeitado.
Mi cara es angulosa, prognato, con la sonrisa fría según aclaran los espejos, con las manos calientes. Mi andar es calculado, nunca me verás correr, nunca me verás perder la compostura. Los trajes me sientan bien sin ser hechos a medida, llevo zapatos cómodos, calcetines de hilo. Practico la ortología siempre que tengo ocasión en conversaciones de trabajo. Me cuido las uñas y acudo a un peluquero de confianza al menos dos veces al mes. Podría ser modelo, pero no soy modélico en casi nada. Fui un mal estudiante porque me daban dentera las tizas rasgando la superficie de las pizarras amenazadoras, y porque durante los exámenes las ramas de los árboles golpeaban las ventanas del aula llamando mi atención, atrayendo mi interés siempre por lo inútil. Solo he sabido concentrarme en mi propio pulso, hacerlo sobre otro asunto me parece una temeridad, puesto que la muerte puede que se presente y te coja distraído con asuntos del mundo. Sería una falta imperdonable. Me atrae el ciclo de la vida, la muerte y la resurrección en cuerpos distintos. La naturaleza habla de ese tema si te pones a escucharla con honestidad. Desde mi infancia, desde ese pupitre en la parte de atrás del aula que me permitía observar el prado cercano, la naturaleza con su bella crueldad me parece lo único interesante y verdadero. Los humanos decidimos abrir una nueva vía y no nos hacemos responsables de ella ni de la que dejamos atrás. Somos irresponsables y lloricas, porque en cuanto las cosas se ponen feas echamos la mirada al cielo en busca de milagros descatalogados por los dioses. Un milagro es la corrección a la vía paralela que hemos elegido y que nos gusta solo si las cosas van bien. Nunca pueden ir bien, puesto que es una vía muerta.
No quiero buscar excusas ni justificarme por ejercer esta profesión. Bueno, quizá sí pretenda dar a comprender algunas de mis actitudes, quizá sí busque comprensión, eximirme, descargar algo de peso de mis hombros. Cuando te conviertes en un asesino (que no consiste solo en matar), entras en un estado irreversible. Dialogar o negociar con alguien cuyo desenlace no tiene vuelta atrás es una trampa de la que no podrás escabullirte. Es por eso que hablo de la vida y la muerte, es por eso que me considero un filósofo del asesinato. Al menos no voy de justiciero, ni siquiera pregunto a mis clientes sus motivos para liquidar al objetivo. No me importa lo que han hecho, ni juzgo su trayectoria. Nada de lo que arrastren del pasado sería para mí razón suficiente para matarles. El único motivo que tengo es que soy un profesional. No me engaño diciendo que si no lo hago yo, lo hará otro. Lo hago porque soy bueno en mi trabajo. Algunos aseguran que soy el mejor. Mi tarifa así lo indica. En el mundo tiene que haber de todo. Y no, el mundo y sus reglas no los he inventado yo. Antes me negaba a sacar de la circulación a mujeres y niños. Pero desde que las mujeres luchan contra el heteropatriarcado capitalista, he pensado que no está bien por mi parte discriminarlas, así que solo veto a los niños como víctimas.
Muchos de mis objetivos, cuando llega el momento de ser conscientes del desenlace, buscan un héroe dentro de sí. Algunos encuentran el coraje, otros antes de atisbar el heroísmo tropiezan por el camino con tres cobardes internos. Les dejo un momento, corto pero suficiente, para que adopten una postura ante el cambio de estado que van a experimentar. Es un acto compasivo, un gesto de consideración por mi parte. Morir sin darte cuenta no me parece humano. Las muertes que se producen en los hospitales bajo los efectos de drogas que dejan fuera de juego al paciente, me resultan más horribles que las de un matadero. A la muerte hay que mirarla a la cara, como a la vida. Y saludar con una sonrisa, si es posible. De los dos tipos de muerte que hay: la abrupta y la que se produce por desgaste, la primera va mejor con mi carácter.
No recuerdo la última vez que cerré los ojos por la noche con la esperanza de volverlos a abrir. No se trata de querer morir, sino de la necesidad de novedades. Entramos en dinámicas de las que acabamos siendo juguetes en vez de jugadores. Hacemos las cosas por inercia, sin disfrutar intensamente de cada movimiento, de cada experiencia, de cada palabra dicha o escrita. Cuando el ego adelgaza hasta poder pasar por el ojo de una aguja, la opción del suicidio —que es un acto en el que te das mucha importancia— desaparece del radar. Mi ego está controlado, aunque en general guardo buena opinión de mí mismo, pero el mundo no es un lugar seguro. ¡Lo sabré bien! El mundo es una creación (nuestra) dentro de la creación. Cada vez más desconectada una de la otra. Solo los que nos dedicamos al negocio de la muerte estamos en contacto directo con la naturaleza frágil y renovable. Para los que guardan escrúpulos con gente como yo quiero tranquilizarles diciendo que la Vida, con mayúsculas, en ningún caso puede ser asesinada, ni siquiera está amenazada. La muerte no es el opuesto a la vida, sino al nacimiento. En cuanto algo o alguien nace al mundo de las formas está destinado a morir. Soy un instrumento de esa realidad ineludible. Nada más. No comprendo por qué parecemos una especie a medio hacer, un proyecto, seres que están en continua búsqueda de realización, como si estuviéramos en mitad de una cocción. El resto de elementos y criaturas del universo son completos desde su aparición hasta su extinción.
Aunque sea difícil de creer, no tengo enemigos de los que precaverme, y uno a veces se aburre. Carezco de enemigos porque mato sin odio, sin motivo personal. Cuando los familiares, amigos o socios del difunto descubren la macabra escena, suelen tener claro hacia dónde apuntar su ira. Pero mis clientes se fabrican una coartada y son muy cuidadosos al borrar las huellas que les llevan a mí. Por la cuenta que les trae. Supongo que algún lector se preguntará si me ha tocado encarar un trabajo donde el objetivo fuera un antiguo cliente. La respuesta es que más de una vez. Incluso ha habido familiares de alguno de mis objetivos, que al cabo del tiempo, me han contratado para eliminar a quien ordenó matar a su pariente. No pongo impedimentos a la venganza. Y ellos, si sospechan de mí, se lo guardan. Comprenden que es mi trabajo.
Cuando estuve en la guerra había un dicho entre nosotros los mercenarios: «En un campo de minas se prima la extrema delgadez». Nos reímos de las ocurrencias. No era miedo, era aburrimiento. Aburre conocer el guión de las películas que interpretas. También solíamos comentar un extraño fenómeno: «¿No os dais cuenta de que siempre son otros los que se mueren?». Y nos carcajeábamos del golpe. Al día siguiente siempre había uno menos para reírse.
Una mujer, a través de un antiguo y buen cliente, supo de mí. Eso es lo que me dijo cuando nos encontramos en un parque del centro de la ciudad. Necesitaba de mis servicios. El objetivo era su exmarido. Tenían la custodia compartida de su única hija y quería darle matarile. Como tengo por costumbre, no pregunté por los detalles ni quise que me los diera, pero esa mujer necesitaba desahogarse y justificarse. Afirmó que su ex abusaba de su hija de nueve años cuando le tocaba ir con él los fines de semana alternos. Pero no podía demostrarlo, la niña se bloqueaba cuando le preguntaba y entre temblores y lloros afirmaba querer a su padre. El cabrón se cuidaba muy mucho de no dejar evidencias físicas. La mujer creía que era pánico, no amor, lo que sentía la niña por su padre. Le rogué que no me contara más, que no era de mi incumbencia, y que el relato no iba a favorecer que aceptara el trabajo. La mujer calló y se limitó a añadir dirección y descripción física de su ex marido.
—A la niña le toca estar con él la semana que viene. Sería un buen momento. Quiero que sea la última vez que la vea, que sea la última vez que vea nada de nada. Ciérrele los ojos para siempre, hágame ese favor.
—Sin favor, señora. Ya conoce mis honorarios. La mitad por adelantado.
Seguí a cierta distancia al hombre y a su hija aquel sábado feriado. Nunca he fumado, entretengo la vigilancia con caramelos Ricola de hierbas suizas.
Padre e hija estuvieron en el puesto de churros, en el de helados, en los autos de choque y en el laberinto del terror. Permanecí atento a la tierna escena paterno-filial, no recuerdo ninguna de las caras de los barraqueros. La gente es toda igual. Hay pruebas de que dios elimina a los profetas con mucho atractivo personal para que no puedan hacerle sombra. El padre acariciaba la mejilla de su hija cuando iban andando el uno al lado del otro. La niña parecía de cera, no hablaba, no se reía, tampoco lloraba ni evitaba a su padre. Se dejaba llevar. Y detrás, caminaba yo con un encargo que cumplir. Los marqué de cerca cuando llegó la hora en que padre e hija se fueron a casa. Él estaba instalado en un apartamento de barrio populoso. Una buena zona para pasar inadvertido. Cuando entraron al portal, detuve el coche de alquiler en un lado de la calzada y me dispuse a transitar la noche arrebujado en el asiento de cuero usado. Vigilé aquella casa como lo haría un fantasma. Los fantasmas solo tienen memoria. Las vidas detrás de los muros están llenas de misterios pegados a los muebles.
Al día siguiente salieron a la calle hacia el mediodía. Comieron en una hamburguesería, luego fueron al cine y cuando terminó la sesión, el objetivo se dirigió a casa de mi cliente a llevar a la niña. Hizo la entrega con normalidad, sin cruzarse con su exmujer. Luego, ya solo, se dirigió a una tasca a tomarse unas cervezas. Entré en el garito detrás suyo y me senté a su lado en la barra. Conseguí entablar conversación contándole que me acababa de divorciar y que me encontraba bastante perdido. Sé mentir con naturalidad, al contrario de cuando digo la verdad, que se me nota. Pagué la última ronda. Bueno, se la pagó mi clienta, su exmujer. Salimos juntos del local. En la acera nos despedimos. El objetivo se fue andando, yo cogí de nuevo el coche de alquiler y me fui directamente al apartamento del objetivo a esperar su llegada. Me colé en el portal detrás de un vecino y chupé uno de mis caramelos de hierbas suizas haciendo tiempo. Él llegó al cabo de diez minutos. No me escondí. Aproveché el efecto sorpresa para asestarle un golpe en la cabeza con la culata de mi arma (una de ellas, recuerdos de guerra). Decidí despedirme antes de matarlo. Con el objetivo en el suelo, aturdido y doliente, me acerqué a su cara y con una sonrisa sin gracia, le solté:
—¿Es cierto eso que dicen?
—¡Qué quiere de mí! ¿Está loco? Si es dinero, puedo dárselo, no hace falta que me haga daño.
Pregunté de nuevo.
—¿Es cierto o no eso que dicen?
—¿Qué coño es eso que dicen?
—Que el incesto es fruto de la pereza que da salir de casa.
Debido a la perplejidad y al miedo, se le abrió la boca, aproveché ese gesto para introducirle el cañón del arma y disparar.
Remar a contracorriente es el destino de todo hombre que ha visto truncada su inocencia de forma brusca. Eso pienso. Aunque al hecho de pensar no le doy un crédito excesivo. Un hombre herido hace daño. Matar no daña, dinamita el daño. Infligir castigo es alimentar la rueda que acabará aplastándonos a todos, que no nos dejará respirar. Respeto a quienes se arrojan sin temor a la vida, dispuestos a salir vencedores o morir en el intento. Teniendo en cuenta que el mundo no te va a dejar tranquilo, lo justo es que tú también le revientes las pelotas y protejas a los corazones sencillos. Muchos no dan ningún crédito a las palabras de un sicario. Hacen bien. Son solo palabras. Las palabras son interpretables. Mis hechos, no.
A través de otro de mis clientes, un reconocido magnate del mundo audiovisual, con varias cadenas de televisión, radio, periódicos, agencias y compañías de Internet, llegó a mí un periodista con la propuesta de un reportaje. Accedí porque estaba seguro de que cumpliría con la condición de confidencialidad y anonimato, ya que tenía cogido de los huevos a su jefe. Me había hecho varios encargos en el pasado y seguro que me haría más en el futuro.
El periodista era un chico largo, algo nervioso, con ganas de agradar. Reconozco que a mí casi todo el mundo me parece nervioso. Me miró a la barbilla cuando me propuso aquel reportaje que podría cambiar su vida, que no la mía. Le recordé, que larga o corta, toda procesión acaba en la iglesia. También le hablé de Melek Taus, el ángel benévolo de los yazidíes, que lloró durante 7.000 años y sus lágrimas llenaron siete jarrones con los que se apagaron los fuegos del infierno. No entendió nada, pero supo que no iba a tratar con un matón de mierda, sino con alguien que adora su trabajo y que reflexiona sobre aquello que le rodea.
Me hicieron fotografías de espaldas, medio disfrazado con un sombrero. Me grabaron imágenes con gafas oscuras caminando por una calle desierta. Podía ser cualquiera. De hecho soy cualquiera. Nadie me conoce. Le expliqué al muchacho que a día de hoy carezco de familia o amigos. Vivo solo y no llamo la atención en el vecindario. Nunca me han puesto una multa de tráfico. Soy un ciudadano modélico, inexistente para los registros de la Administración. Ser íntegro es agotador, por fortuna toda la gente que conozco está descansada.
Me presentó un borrador, una parte del texto que se publicaría. Quería que comprobara el tono y diera mi aprobación.
«El sicario, de nombre Vasile (es el nombre que consensuamos), me ilustró con detalle cómo ejecuta los trabajos que recibe por encargo. Vasile es de origen rumano (otra invención pactada) y se mueve por la Costa del Sol (ni mucho menos es así). Vasile es sicario fino. Arte puro. Solamente toca los puntos que cuando son tocados le joden la vida a uno. No es de dar palizas. Vasile explica que con un cuchillo afilado y la fuerza suficiente para manejar a la presa, sobra para dejarla quebrada. Con arma pequeña, si la distancia es corta, tampoco hay margen para el error. Vasile se acerca a sus víctimas con precisión de cirujano, sabe exactamente lo que debe hacer para cegar al objetivo, dejarlo en silla de ruedas o darle pasaporte; depende del presupuesto con el que cuente el contratante y el menoscabo que se desea aplicar al objetivo.
Relata Vasile que en una ocasión una de sus víctimas le confesó antes de morir que nunca antes se había cuestionado su sexualidad hasta que él le introdujo el cañón del revólver en la boca. Iba a morir y le gustaba la sensación. El frío metálico parece ser que le subió del paladar al cerebro como si recorriera un tobogán invertido. El tipo acarició el gatillo ejecutor donde estaba acomodado el dedo de Vasile, y anticipó un fuego que le sumiría en el éxtasis definitivo».
No puse pegas a esas líneas ni a las siguientes que me mostró. Luego él añadió aquí, quitó de allá, puso algo de morbo por el otro lado y llegó a la redacción definitiva del artículo. Las fotografías servirían de apoyo para la publicación en papel y las imágenes grabadas serían usadas en la promoción para la televisión e Internet.
Compré la revista en un quiosco de la calle Graciela Cabal. Me llamó la atención un párrafo en particular.
«… Cuando los días se suceden como Nada envuelta en celofán y untada con margarina, el crimen empieza a establecer los parámetros a seguir: el rito preparatorio, la estrategia, la víctima, la consumación, el vacío. Sin motivo, sin plan de escape. Para qué. Adónde iba a ir. Alguien lo llamó el arquetipo de la quietud sin saber de qué coño hablaba. Por muy sórdida que sea la carnicería, levanta la cámara, haz un travelling, barre las nubes y un halo romántico, melancólico, recorrerá la espina dorsal del espectador que acaba de presenciar el crimen más repulsivo. Vasile se aleja de la escena con la parsimonia de quien degusta un trabajo bien hecho».
Con los años he descubierto en mí a una criatura escéptica que a la vez se conmueve con facilidad, adivinando en esta especie de contradicción. Las paradojas son maravillosas. Me percibo tan grande, me veo tan pequeño… Mis acciones sé que trascienden el sentido miope de las cosas y al tiempo pienso que no van a ningún lado. Existe intervención de lo divino en el curso de los acontecimientos, yo solo aparezco en un renglón, tuerzo el cuello de un desconocido y la historia va encajando, no sé para quién, no sé cómo, pero va encajando. Somos capaces de encerrarnos en una mazmorra, decorarla con flores de plástico para que se vea nuestra sensibilidad para con la belleza, y tirar la llave a una alcantarilla. Eso es a lo que llamamos libre albedrío, pero visto desde fuera es firmar nuestra extinción como especie, no sin antes llevarnos por delante lo que haga falta. Así que sí, las contradicciones nos describen. Pero los que hemos desterrado la personalidad —esa chupóptera de energía— para encomendarnos a la nada, seguiremos dando la batalla.
Han pasado dos días desde mi última confesión. Y sí, he vuelto a pecar. No sé qué me pasa, ¡me gusta tanto arrepentirme! No me río del sacramento de la confesión, ni de los ritos religiosos. Es la moral, que como invento para la supervivencia de la mazmorra, me paso por el forro de mis bajas pasiones. La inquina en sí misma es observable y fácil de desactivar. El problema está en la cantidad de poder que posee el que manifiesta esa inquina. Por eso que mis mejores clientes son personajes con poder, ellos tienen la posibilidad de dar conmigo, de pagarme y de librarse de la responsabilidad de sus acciones. Los que tienen poder no buscan ser queridos, les basta con ser temidos. Para ellos la moral no existe, es un invento para las clases medias, para tenerlos domesticados.
El joven periodista que me hizo el reportaje, antes de despedirnos, me preguntó si había pensado alguna vez en la retirada, habida cuenta de que he ganado suficiente dinero como para vivir un par de vidas a todo tren. No va conmigo, no me veo plantándome en una isla del Caribe a engordar, a tomar cócteles y pasearme con amantes de catálogo por la playa, o escondiéndome en una casa de campo a pintar paisajes al óleo mientras espero la llegada de un cáncer de colon. Cada mañana, tenga trabajo o no, busco a ese hombre al que no pueda doblegar. Sé que lo encontraré. Hay una bala con mi nombre, una bala que me ayudará a abandonar este cuerpo en dirección a todas partes. Ese día el juego no habrá terminado, pero sí el jugador.

Luis Amézaga. Nacido en el año 1965 en la ciudad de Vitoria (España) donde vive actualmente. Entre lecturas y escritos concibe la medida del tiempo. Mantiene habitualmente el blog El búnker travestido: http://bunkertravestido.blogspot.com.
Ha escrito artículos y colaborado en diferentes revistas literarias: Bolsa de Pipas, Letralia, Ariadna, Narrativas, Almiar-Margen Cero, Groenlandia, Agitadoras… Ha participado en antologías de relatos y poesías como La Casa del Poeta (Noche Polar), Doble en las Rocas y Escribir en Crisis (Editorial Letralia), o Antología de poesía Viejoven (Versátiles Editorial). Es autor de varios libros de poemas: El Caos de la Impresión, A Pesar de Todo… Adelante, o Los Alrededores del Idiota. Con el poemario Bolsa de Canicas obtuvo el premio en el certamen convocado por la revista literaria Katharsis y se publicó revisado en segunda edición en el año 2012. Ofreció a los lectores el libro de máximas y aforismos El Gotero en la revista Groenlandia. Con el poeta Adolfo Marchena publica el libro de crónica poética La Mitad de los Cristales. También compartió proyecto en su libro dietario El Reloj de Arena junto al escritor hondureño David Morán. Destacar la publicación del libro de sentencias, crítica y pensamiento, que ha recogido bajo el título Una semana de arresto domiciliario. Cuenta con un librito de relatos titulado Tarde de Moscas, y su flamante trabajo publicado con la editorial Amarante bajo el título: Vuelos rasantes, un ejercicio narrativo que cuenta con nueve historias perturbadoras. Su última entrega a los lectores es Los ladrones de ideas, que obtuvo el segundo premio del IV Concurso Literario de Relatos «Letras Cascabeleras».
📩 Contactar con el autor: luisamezaga43 [at] gmail [dot] com
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🖼️ Ilustración relato: Collage por Pedro M. Martínez, utilizando tres fotografías suyas realizadas en el Barrio del Pilar (Madrid) .
👉 TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)
Carta para Alicia, por Augusto Rubio Acosta. En Margen Cero (Relatos 2; 2002) |
Perdonen que no me levante, por Fernando L. Pérez Poza. En Margen Cero (primeros relatos publicados; 2001) |
Medianoche en El Caravan, por Iván Humanes Bespín. En Margen Cero (Cuentos 3; 2002). |
Revista Almiar · n.º 144 · enero-febrero de 2026 · 👨💻 PmmC · MARGEN CERO™
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