relato por
Antonela Pallini Zemin

 

Pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño
si solamente estás donde ya no te busco.
(Cortázar, 1944)

 

E 

n una intersección de zona sur que bien pudo ser Savio y Rocca o 61 y diagonal 73, la mirada hambrienta de Adele Smithson miraba hacia el norte. La incontenible gana de dar un paso hacia el frente y la ya conocida cobardía la detuvieron allí más de lo esperado. Podía sentir el latido de su corazón en sus sienes, las manos calientes y pesadas a los lados del cuerpo inmóvil, y un leve dolor en los ojos transparentes. Vio caer una hoja de un árbol, que bien pudo no haber estado en aquella calle, y rodar hacia sus pies que esperaban una orden. Al fin el pie derecho se elevó lentamente, la rodilla flexionada siempre hacia delante, y luego la vereda firme bajo su suela.

El jardín parecía crecer ante los ojos acostumbrados al verde. Allí, muy adelante, yacía el castillo contento en un día de sol en Northumberland. Al levantar el pie izquierdo para dar el segundo paso sintió cuánto le apretaba el corsé, esta incomodidad sin embargo le pareció familiar. Cerró los ojos y respiró un poco de aquel aire lleno de sol, y sin más, se echó a andar hacia el castillo. El dolor de los ojos había desaparecido, la única molestia, si es que ese es el término que permite describir la sensación de Adele, era el calor que sentía bajo la campana de aquel vestido rojo. Las mangas blancas y rojas, un poco separadas del cuerpo, casi no permitían el movimiento normal de los brazos al caminar. Recorría el vestido todo un hilo púrpura que encontraba una extensión en los zapatos ocultos. La vista de Adele se mantuvo siempre hacia adelante, hacia la dirección en la cual podía marchar, hacia donde estaba el castillo.

La vereda era bastante ancha, le hubiese gustado que una multitud la rodease para poder justificar su inmovilidad eterna. La entretuvo un buen rato pensar qué tipo de gente la rodearía, quizá un profesor de matemáticas, un pasea perros con siete perros blancos desatados, un bailarín, un vagabundo harapiento pero con olor a rosas, una poeta, una musa, dos recolectores de residuos, un cura sonriente que ayudaba al vagabundo a mantenerse en pie, una señora con un kilo de duraznos en una bolsa plástica, tres chicos adolescentes cargando sus mochilas enormes, un hombre como cualquiera al que solo se le podía mirar la fea nariz, y dos extranjeros hablando en una lengua desconocida.  Pero viendo que nadie estaba allí, dio sin querer el tercer paso. Se detuvo instantáneamente, no tanto por haber avanzado sin estar consciente de ello, sino porque escuchó el repique de los pasos de un animal de cuatro patas que pasó corriendo por su izquierda.

El trote de aquel caballo se detuvo para que Sir Steven Adelton extendiera su mano como haciendo una reverencia y esperando que Adele la sostuviera para besarla y luego subirla de un solo impulso al blanco caballo, que salió a todo galope ni bien Adele rodeó a Sir Steven Adelton con sus brazos incómodos. En menos de un minuto llegaron a la inmensa puerta principal del castillo que se abrió como una boca a punto de hablar o de tragarse algo. Adele, que caminaba detrás de Sir Steven Adelton, miró los marcos altísimos y pensó que algún día no estarían allí, que algún día desaparecería la puerta enorme, y que algún día solo quedarían los ladrillos irregulares de los costados, como la dentadura de un viejo vagabundo. Caminó acompañada de dos damas de honor por los pasillos silenciosos y entre las habitaciones sordas, que dejaban entrar por las ventanas magistrales el sol de aquel verano cristalino, que rebotaba en los espejos sonrientes y revoloteaba por toda la habitación hasta escabullirse por las cerraduras que lo dejaban alcanzar los pasillos mudos. Ese sol que solo allí habitaba la llamaba como el canto de una sirena.

Tomó de su bolsillo un trocito de papel donde había escrito la dirección. La sabía de memoria. La miró varias veces para asegurarse que en verdad fuese allí. No sabía cuándo, pero ya había oscurecido. El frío de aquella calle no le permitía abrir con rapidez el ya flexible papelito. ¿Y si no era allí? ¿Y si esa calle, ese departamento, esa persona solo existían en sus sueños? Entonces no estaría dónde la buscaba. Pero qué hay del papelito, que ya cansado insistía en una dirección de una calle fría, de un barrio frío, de un Buenos Aires frío. Una gota borró una letra del fatigado papelito. La siguiente le cerró un ojo, recordándole el dolor, y recordándole que no había llevado paraguas. Pero todos estos pensamientos se rindieron ante la reminiscencia de una mano cálida, de una voz tentadora, de unos ojos transparentes, y de unas mejillas honestas. Una palabra que no significaba nada para aquella persona, y que significaba todo para Adele, que seguía allí, inmóvil, recordando todo lo que le había escuchado decir, cualquier cosa, por más trivial que fuera, como una ya lejana cadencia de un poema.

Una melodía ligera hizo que la mano de Adele danzara de un lado a otro en el aire, y de vez en cuando acariciara el terciopelo verde del sillón que descansaba al lado del hogar apagado. El sol brillaba en su taza de té con dos terrones de azúcar, en la mesa de madera lustrada, en los firuletes del hogar inmenso, en los marcos de los grandes cuadros. La alegre melodía de la gaita movió los pies de Adele, que pronto fueron acompañados por los de Sir Steven Adelton. Los brazos en línea perfecta de Adele ya no se sentían incómodos. De aquí para allá, dando vueltas, por el sillón y por entre la mesita y el hogar, por delante de la ventana que enmarcaba un paisaje perfecto y sonriente, Adele sentía las cosquillas que le causaba la melodía. Sus manos empapadas de música se hallaban cómodamente apoyadas en la cintura de Sir Steven Adelton, quien siempre la miraba a los ojos transparentes. Y el placer que juntos inventaron hizo que ella sonriera.

Se le borró la débil sonrisa de la cara ya empapada de lluvia. Los truenos, el ruido del viento entre los árboles, el sonido de los motores apurados de los autos que salpicaban al pasar cerca de las zanjas, eran la única melodía que Adele recibiría en aquella calle. Y sin haber llegado a dar el cuarto paso, se dio vuelta y se alejó cantando, bajito, «Hoy me sangra el recuerdo como una espina nueva del corazón. Hasta siempre, amor, cuando sueñes conmigo en las noches de frío ya no estaré». Bajó el cordón pisando un charco que le inundó el alma y caminó por la bocacalle.

Subió con el pie derecho un escaloncito y se recostó en aquella cama con dosel protector. Cerró los ojos e imaginó las estrellas que estarían allí afuera, como todas las noches, en un cielo que no conocía las nubes. No necesitó taparse.

 


 

Antonela Pallini Zemin (Buenos Aires, 1988). Se graduó como Profesora en Lengua y Literatura Inglesas por la Universidad Nacional de La Plata en 2013 y posee un Master en Creative Writing Poetry por la universidad University of East Anglia, Reino Unido (2020). Poemas suyos, en español y en inglés, han sido publicados en diferentes revistas literarias en Estados Unidos, Reino Unido, España, México y Argentina.
📧 antonelapallinizemin@gmail[dot]com

 

Ilustración relato: Imagen por QuinceCreative en Pixabay [dominio público]

biblioteca relato El milagro de las Mercedes

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) ·🛠 PmmC · n.º 117 · julio-agosto de 2021

Lecturas de esta página: 46

Siguiente publicación
desde las usinas futboleras irrumpieron con un mandato celestial: a…