relato por
Álvaro Salazar

L

a Rusa vivía al otro lado de la calle, justo frente a la casa de mi abuelo. Cuando surgía por la boca del portal arrastrando con su escoba la broza hasta el centro de la calle, dejábamos de jugar y nos quedábamos mirándola muy fijamente, en silencio. Ella nos sonreía entrecerrando los ojos y tampoco decía nada, o, si lo hacía, eran palabras que no se entendían. Luego desaparecía por el portal para regresar a la buhardilla en la que vivía, y yo la imaginaba subiendo el último tramo de escaleras, estrecho y muy empinado —subir esas escaleras conteniendo el aliento y bajarlas a la carrera dando gritos de miedo y emoción tras golpear la puerta de la buhardilla, era una de nuestras aventuras preferidas.

La llamaban la «Rusa» porque había vivido en Moscú, que es la capital de Rusia, un país que por aquel entonces nos parecía aún más grande y lejano de lo que hoy nos parece. Cuando le pregunté a mi madre, me dijo que la Rusa era muy niña cuando tuvo que irse a vivir tan lejos: «Tendría tu edad o puede que fuera más pequeña», me contestó. Y claro, a mí me aterraba la idea de que mis padres se desentendieran de mí y me enviaran a Rusia o a América, y por eso no volví a preguntar por ella.

Pero no era raro oír hablar de la Rusa. Por ejemplo, en mi casa se decía: «Pobre mujer. Lo que habrá tenido que pasar. Hambre. Hasta hambre habrá pasado», aunque luego Javi, un amigo de mis primos, asegurara que en Rusia no había hambre, que todo el mundo estudiaba el bachiller y que muchos iban a la universidad. También se decía que en Rusia hacía mucho frío, que había muchos comunistas y que hacían la señal de la cruz al revés. Pero a mí todo aquello no me importaba. Yo solo pensaba en la Rusa de niña y la imaginaba en una gran fila esperando a subir al barco que la llevaría hasta la otra punta del mundo, lejos de sus padres. Por eso, cuando aparecía arrastrando broza con su escoba hasta el centro de la calle, yo me quedaba muy quieto, mirándola en silencio, aguantando la respiración.

***

Vivía detrás de la iglesia, en una de esas casas de fachadas tristes alineadas a lo largo del curso del regato, fuera del círculo de luz, a extramuros. Cuando me topaba con ella, mi mirada se agarraba a sus caderas y la seguía hasta que se perdía de vista. Luego su imagen permanecía en mi cabeza durante uno o dos días. Y así siempre.

Aún hoy, la Cubana es esa mujer de enormes caderas y enorme culo en movimiento, de rostro redondeado y tostado, de gruesos labios y pelo ensortijado con forma de coliflor. Que por aquel entonces corrieran las habladurías en torno a ella, carecería de importancia para mí (en el tiempo del misterio, el de la cubana sería uno de tantos).

Ya digo, la imagen de la Cubana sigue grabada en mi memoria, formando una determinada configuración de conexiones neuronales que me trae aromas de mi niñez. De ahí que su recuerdo permanezca indeleble, como mi rostro reflejado en los cristales de los escaparates, como aquel perro que acompañaba mis caminatas, como los bancos de la plaza húmedos de lluvia.

***

Venía todos los años de vacaciones y parecía Fabiola Fernanda María de las Victorias Antonia Adelaida de Mora y Aragón —a la sazón reina consorte de los belgas tras su matrimonio con el rey Balduino de Bélgica— recién salida de una de esas revistas que a mi tía tanto le gustaban. Siempre traía algún detalle para la familia, y siempre, siempre, un paquetito de caramelos de colores para mí y para cada uno de mis primos. Además de los caramelos, recuerdo sus peinados y sus vestidos, tan diferentes a los de las mujeres del pueblo. Pero sobre todo, recuerdo la atmósfera que dejaba tras de sí al despedirse: «Me alegra haberos visto tan bien», decía regalándonos una de esas sonrisas llenas de dientes y carmín. Se iba la Belga —la llamábamos así porque vivía en Amberes, que era una ciudad de Bélgica muy bonita y elegante, desde luego nada que ver con la ciudad de hierro y carbón que por aquel entonces era Bilbao— y el aire comenzaba a colmarse con nuestros suspiros y sobreentendidos hasta volverse pesado, irrespirable.

No nos gustaba la Belga. Ni siquiera le gustaba a mi tía que de niña había sido su amiga. Era su forma de hablar, de reír, de moverse. Y, sobre todo, era lo que decía: «Es cierto: aquí hay paz y seguridad, y eso es mucho. Pero el mundo está cambiando tanto, y es tan emocionante…», afirmaba arrastrando las palabras. Luego, cuando se iba, el salón en el que la recibíamos se nos volvía antiguo, gastado, propio de una realidad encerrada en sí misma, al margen del mundo moderno —que era como por aquel entonces se llamaba a las modas y acontecimientos que nos llegaban a través de la pantalla del televisor—. Y nosotros, envueltos en esa atmósfera de pesadumbre que crecía con cada respiración y que tanto tardaría en disiparse, también nos sentíamos gastados, al margen de la modernidad.

La Belga nos visitaba cada verano.

No recuerdo que la Rusa pusiera un pie en la casa de mi abuelo. Tampoco la Cubana.

 


 

Álvaro Salazar Agustino

Álvaro Salazar Agustino (Balmaseda, 1959). Ha trabajado en el ámbito de la tecnología y la innovación en diversas organizaciones y es montañero de vocación. Como escritor, ha publicado seis novelas: Si viéramos con los ojos (2010), Nadie, Nunca, Nada (2011), Constantin (2016), La huella y la pisada (2019), Marco. Historia de un encuentro (2022) y EXIT (2024). También ha publicado varios relatos en revistas digitales. (Lee otro relato de este autor, en Almiar: La vida tras los cristales)

🖥️ Web del autor: https://asalazarbernatxo.wordpress.com/

 Ilustración relato: Euphoria fades memory, Nedprojects, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

 

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