relato por
Alexandro López Baquero

 

E

ra Luisa Ponce quien consumía las facturas. Doña Ponce —la madre— revolvía en columnas de grueso papel algún contrato perdido, mientras dictaba pacientemente los recados al proveedor del teléfono. Cuando culminaba su jornada, el reloj digital de la repisa parpadeaba con misteriosa cizaña la vigésima hora de la noche. Sencillamente no podía ser la madre; era Luisa quien consumía las facturas.

¿Pero qué se puede decir de Luisa que no sea algún reproche, o resignación a lo que se espera siempre en el destino de una juventud prometedora? Tenía talento, sí. Bailaba, sabía muy bien cómo moverse en las danzas: promulgaba, como sirena, un ritual de nados en el vasto campo de océanos. Y, además, era hermosa; tenía cierta pulcritud en las facciones, la belleza se erguía firme sobre la nariz puntiaguda y los pómulos prominentes, belleza que simplemente presagiaba una vejez bastante alejada de los cien años.

Para la época, cursaba los estudios del noveno grado y un eslabón intermedio en la academia de danza. Sus actividades obligatorias culminaban al mediodía: de allí se dirigía a casa no sin antes pasar al frente de una plaza con bellas exposiciones de fuentes, para luego seguir los caminos escarpados de la redoma, donde además saludaba a los guardias de otras urbanizaciones, quienes volteaban la mirada para violar las mallas provocativas que se escondían bajo su falda.

Llegaba, tiraba la mochila al lado de la puerta y llenaba un vaso de agua hasta el borde partido del cristal, se lo llevaba a la habitación. Las prendas de la institución permanecían puestas, por lo menos, hasta la entrada crepuscular de la tarde, donde Luisa, después de una siesta incesante y agotadora, decidía quitarlas para vestirse con pijamas cortos, que a ojos de cerdos malvivientes y guardias recatados de urbanización hubieran desbocado la muerta creatividad de sus mentes. Luisa revisaba el celular para toparse con una decena de mensajes en la bandeja de entrada, una cantidad desmesurada que terminaba por reafirmar sus ya mencionadas características. Prendía el computador y conectaba el cable al celular para vislumbrar orgullosamente sencillas fotografías recién tomadas: una en el noveno grado, una en las fuentes, y la última con el pijama. Cargadas ya, en una carpeta con su nombre, las transfería con emoción a los espacios dispuestos en la cuenta. Empezaba a retocar las largas uñas, impaciente, sobre la superficie barnizada de la mesa y tomaba un sorbo de aquel vaso de agua, esperando simplemente el sonido de su primera notificación. Entonces llegaba una, llegaba la otra; seguidamente hasta rozar la centena; dándole a Luisa una satisfacción única, parecida a los logros alcanzados por el mérito. Entonces discurría las miradas en un centenar de admiradores, buscando atisbar alguno que por lo menos compartiera amigos con ella… seguramente había muchos. Luego, caminaba entre joviales pensamientos los espacios vacíos de la casa; a veces se sentaba con el celular en el sofá de la sala y encendía todas las luces temiendo que se apareciera un fantasma; prendía las radios y televisores en cada habitación, para tener la sensación constante de no estar sola.

Luego buscaba el balcón y se sentaba en el sucio pretil adornado de luces y macetas; veía el abismo que se desplegaba hacia abajo como un enrollado pergamino y en una minuciosa inspección de edificios se alumbraba la mirada al observar a un joven, sin camisa, fumándose un cigarro en las ventanas. Luisa posaba felizmente con el celular al frente y se sacaba otra foto; acto seguido, volvía al computador y la cargaba en la cuenta.

Los susodichos detalles de la rutina, para nada extraña —si hablamos sobre la masa de quinceañeras en la época— confirman la culpabilidad de Luisa con respecto al brusco alzamiento de las tarifas mensuales, denuncia sobre la cual Doña Ponce venía recalcándole con severo tono los puntos claros. Y un hecho, no menos importante que el resto, se daba cuando Doña Ponce se levantaba en plena salida de un sueño inacabado, sobre eso de las tres de la madrugada —justo la hora a la que el populacho atribuye la manifestación de las almas—, pasaba por la puerta rosada de Luisa, llena de afiches y calcomanías, de cuyos bordes se remarcaba la pequeñita luz del computador; Doña Ponce se acercaba al ras de la madera para escuchar voces, ajetreos y disputas que se consumaban en las series televisivas de Luisa. Tras unos golpes en la puerta gritaba a su hija: ¡Acuéstate a dormir, Luisa! Si la hermosa niña respondía, apagaba todo en unos minutos; si no, posiblemente llevaba ya algunas horas dormida.

 

*   *   *

 

Tiempo después, transcurriendo en paralelo a la vida cotidiana de doña Ponce, se llevaban a cabo los enormes vítores y triunfos del precoz éxito de Leonardo Sosa. Un día soleado de abril las nubes se acumulaban al costado del panorama, para mostrar un lienzo hermosamente azul, sobre el cual toda mente que se perdiera sería capaz de dibujar.

A las afueras del teatro, decenas de vehículos hacían fila para asistir a lo que, en su momento, era una importante ceremonia de galardones: a cinco prestigiosos estudiantes asignaron el magno premio de la ciencia, uno de ellos era Leonardo Sosa, que con su temprana edad rompía el paradigma de antiguas generaciones y llenaba a las mentes más vetustas de la ciencia de incentivos y positivas expectativas a futuro.

En los espacios de administración, que en aquella escena constituían el bastidor del salón, las autoridades designadas para el transcurso protocolar del evento estaban muy preocupados, ya que de los galardonados solo había tres presentes, se ausentaban otros dos; uno de ellos, llegó con cinco minutos de retraso, pero el otro —Leonardo— tardaba demasiado y los premios estaban a punto de ser dados.

Leonardo apareció en la raya. Toda su apariencia delataba una víspera fuera de compasión: la corbata desordenada, los cabellos amarillos desiguales y entrelazados como paja, los ojos llenos de bolsas que delataban un trasnocho desconocido. Al instante de presentarse en el despacho, se arremangó la muñeca para observar la hora del reloj debajo de una pulsera de negras perlas. En respuesta recibió una mirada severa de las autoridades y de no ser por las razones que lo llevaban al lugar hubiera salido por la puerta de atrás con una despedida irremisible. Lo que no sabían las autoridades era que, justo aquella madrugada, Leonardo pasó velada en el laboratorio 38 de la institución; junto con un compañero de habitación, mucho menos listo que él.

Leonardo llevaba meses dando rienda suelta a un proyecto singular que tenía en mente; solía confesarle a Lucio (el amigo) ciertos descubrimientos que había hecho en el campo de la informática con un nuevo comportamiento del código binario, sobre el cual, además, había construido una fórmula esencial, a la que él, pretenciosamente, otorgaba igual importancia que la concebida por la relatividad general.

Esa madrugada Leonardo se rascaba la nuca, dejando caer pensamientos sobre una extraña máquina de pequeño tamaño, construida a finales del mes pasado: era exótica, parecida a un proyector, de cuya superficie brotaban cómicas antenas numerosamente, al menos ochenta repletas como pelos por todo el metal del artefacto; quien la viera de repente no evitaría el recorrido de un escalofrío pensando que aquello fuese un repugnante animal. Leonardo ajustaba la tuerca de una articulación escondida, mientras Lucio preparaba un café. En el momento que el joven galardonado pareció dar con la falla que por semanas le había impedido la consumación del proyecto, casi grita entre dientes: «¡Jueputa, lo conseguí!». Lucio se acercó algo contagiado por la expresión, y puso el café en la mesa; mencionó una lista de ciertas cosas que pudiera haber olvidado el prodigioso estudiante. Leonardo asintió a cada detalle de las tarjetas, las configuraciones, los circuitos y los cables: el proyecto estaba listo. En una silla alejada estaba reposando la portátil, la aproximó hacia la pequeña máquina innovadora y se dispuso a encenderla. Ambos observaron los efectos que ejercía el artefacto sobre el computador y quedaron fascinados. A lo que, en un parpadeo, Leonardo atisbó un pequeño detalle, totalmente indispensable para que el proyecto en su conjunto pudiera alcanzar el objetivo.

—¿Sabes qué nos falta? —preguntó Leonardo, como esperando que Lucio recordara. Su gesto insinuaba una larga trayectoria de planes y macabras averiguaciones, un punto clave de los descubrimientos, un sentido crucial por el cual se espera vivir todo en una vida. Ante una respuesta desahuciada se respondió él mismo, mirando el artefacto:

—Nos falta la cuenta.

—¡Cierto es! —dijo Lucio, y mencionó al instante—: Luisa Ponce.

 

*   *   *

 

Aquella madrugada, los vestigios de la habitación de Luisa no mostraban variación. El computador, sobre la rasa mesita de noche, estaba prendido exponiendo vulgaridades tétricas de una página web, los sonidos eran tenues y casi imperceptibles. Alrededor había zarcillos y pulseras de tela, pequeños papelitos llenos de anotaciones: caras felices y números telefónicos. Casi al borde de la mesa, estaba el vaso de agua medianamente lleno; el líquido era tan transparente en aquella escena que se podía creer capaz de alumbrar la oscuridad con una pequeñita claridad de diamante. Luisa había colocado una de sus dramáticas novelas y, como siempre, olvidaba cerrar la pestaña de la cuenta. Se había quedado dormida.

Podía decirse que todo sucedió en las escenas intermedias del sueño, donde los episodios que se sucedían estaban dotados de toda la realidad percibida y de los ruidos más sonantes. Cuando en un pequeño colapso energético, de la pantalla desembocó una extraña mano y se apoyó torpemente en los números del teclado; el brazo era flacuchento, las venas delataban un singular peso soportado, en la muñeca se ajustaba un reloj que marcaba las horas de la madrugada y una pulsera de perlas negras. Enseguida emergió la otra mano, agitándose igual que la primera, y todo el cuerpo de Leonardo fue saliendo con cierta expresión dolorosa y desnuda, como los cuerpos que salen del agua. El tambaleo de aquella erupción, hizo que algunas cosas cayeran de la mesa, entre ellas el vaso de agua, cuya superficie de cristal se dotaba de cierta curvatura procurando que, en aquel estado, el agua se derramara lentamente.

Luisa no despertó. Por fría respuesta a los sonidos de Leonardo profirió algunos desplazamientos en la cama y se desarropó la hermosa figura de bailarina, destapando los provocativos pijamas cortos. Leonardo, sorprendido, miró en retorno la luminosa pantalla del computador, nada de aquello lo creía. Cuando detalló perfectamente las curvas de la muchacha, no pudo evitar que toda la hombría de alguien como él, se concentrara en el punto más bajo de la cintura. El joven estudiante reaccionó al instinto: demostraba que en todo el riguroso albor del estudio, en que un hombre apasionado por el conocimiento se ve envilecido, siempre hay un instante en que se vuelve a ser simplemente el animal… el vil y asqueroso animal. Prácticamente de un salto, Leonardo se posó encima de Luisa y el impacto que viven los seres al presenciar el último suspiro del moribundo tiende a ser desgarrador, pero nada se compararía con la mirada que vio Leonardo en esos ojos llenos de terror que se abrían solo por vez última. Invadido con la siniestra voluntad del asesino, no pudo contener el impacto de los ojos negros de Luisa, esos mismos ojos que antaño había visto en las reveladoras fotos de la cuenta. Y ante un posible grito de la muchacha Leonardo tapó su boca, y con una fuerza hercúlea ahorcó a Luisa; la hizo sucumbir a un sueño casi eterno. Casi, porque la muchacha aún no moría. Acto seguido la violó dos veces.

 

*   *   *

 

Leonardo al terminar el imprevisto crimen, se quitó las pocas sábanas que se le subieron a la cintura y lanzó a los lados la piernas blancas de Luisa; de un pequeño salto llegó al filo de la mesita de noche, revisó el reloj de la muñeca ayudándose de la débil claridad del computador, las agujas marcaban las 3:00 a.m. Inmediatamente sonaron unos golpes en la puerta. Leonardo, aturdido como si aquellos golpes dieran a parar directo a su cabeza, se metió en los portales infinitos de la pantalla y desapareció.

La bruma oscura de la habitación era pesada, tras la huida de Leonardo, el computador se apagó instantáneamente tras una tensión generada por su propia voluntad, como si él hubiera sido testigo de los hechos y como si hubiese decidido a apagarse resignado a no ser utilizado jamás.

Doña Ponce pegada al ras de la puerta cerrada, emitió dos toses acostumbradas y dijo:

—¡Acuéstate a dormir, Luisa!

Dentro de la habitación, que ya tocaba la negra víspera de una tumba, Luisa moría irremisiblemente, el celular descansaba inclinado sobre la almohada, la portátil tiesa dejaba de calentar la mesa y el vaso volteado derramaba los últimos segundos que restaban de aquella vida. Ya se quedó dormida, pensó Doña Ponce.

 


 

Alexandro López Baquero

Alexandro López Baquero: «Amante de la lectura desde los nueve años. Fanático indiscutible de la saga literaria de Harry Potter mediante la cual mi madre inculcó el amor a los libros desde temprano. Destaqué, muy pequeño, en habilidades artísticas: escritura y dibujo. Estudié en el colegio Teresa Carreño, de Caracas, donde conocí el ajedrez, cuya influencia accidentalmente cultivó, aún más, el amor a las letras. Estudié ingeniería en la Universidad Simón Bolívar; pude allí labrarme una reputación moderada en algunos docentes; a través de escritos y los cotidianos ensayos de tarea…».
alex27.lopezb [at] gmail.com

Ilustración: Fotografía por rupixen, en Pixabay [dominio público] 

 

biblioteca relato Alexandro López Baquero

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 107 · noviembre-diciembre de 2019

Lecturas de esta página: 124

Siguiente publicación
A Catalina, la hermana de Andrés, y a quien desde…