relato por
Óscar A. Martínez Molina

 

Los celos son también un demonio
al que no se puede exorcizar y
reaparece siempre encaramado
detrás de las orejas, susurrando,
azuzando, sembrando tempestades.

Marcel Proust

 

I

P

edirle a Albertina que fuese mi esposa, trajo a mi vida (y lo trajo de golpe) un cúmulo de sentimientos encontrados. Por un lado la veía con una bondad maravillosa que traía calma a mi espíritu. ¡Llena de inocencia! Aceptaba mis besos —tímidos y fugaces— en sus labios. La veía eternamente bajo la tenue luz de una farola. Me extasiaba viendo aquella sonrisa, la manera en que bajaba la mirada cuando le daba a ella algunos besos en la mejilla.

—Así beso a mi madre —dije alguna tarde, y Albertina suspiró.

—Debes amarla mucho —dijo ella.

—Sí, y como a ella, así te amo a ti —respondí.

Por otro lado, el aciago sino que traía nubarrones a mi alma y que, sensible como soy, me hacía esconder sollozos bajo las sábanas en esas eternas noches de insomnio.

—¡Albertina! —había exclamado mi madre (elevando las cejas) cuando le externé mis deseos de casarme con ella—. Deberías conocerla un poco mejor —dijo—. Es muy linda sin duda alguna, sin embargo…—y mi madre dejó entrever que ella sabía algo más.

Albertina, mi pequeña e inocente amada, por quien daba yo la vida, era desde su tierna juventud, la amante de la señora duquesa de Chaussepierre y —después me enteré, estando ya casados—, de muchas otras mujeres.

 

II

 

La princesa de Guermantes tenía el vocabulario más puro y delicioso que jamás había oído. La pausa perfecta en su conversación. El sentido estético reflejado en cada frase pero, no tan sólo la estética sino, la profunda reflexión con la que abordaba los temas. Sus conversaciones giraban en torno a la música, la pintura, la arquitectura, la literatura y en fin ¡a las bellas artes! De política entendía poco pero, aun así, el peso que daban sus palabras a alguna causa, la hacían muy dignas de tomarse en cuenta.

¡Era muy hermosa! La presencia de su personalidad era notable. Vestía prendas exclusivas y del mayor gusto que pudiera uno imaginar, cada una de ellas diseñada por Fortuny. Sombreros adornados con plumas exóticas, pieles cuidadosamente traídas de la vecina Italia, y ordenadas personalmente a la Real peletería. Calzaba suaves zapatillas de tiernos corderos, rematadas con broches y remaches de oro. La preferencia en sus elegantes vestidos, el color rojo y el color amarillo. Su bebida favorita era la infusión de naranja con fresas y su mayor gusto los pastelillos éclairs rellenos de chocolate y café.

La duquesa de Balbec y princesa de Guermantes, la hermosa princesa de ojos azules, cayó también bajo el influjo y la belleza de Albertina, mi esposa.

—Virtud y vicio son como aceite y agua —dijo mi madre y enseguida agregó—: hijo ninguno de ellos se llevan entre sí.

Esa noche y en la soledad de mi casa, sollocé bajo las sábanas como nunca antes lo había hecho. La duquesa de Balbec (la princesa del alba luminosa) había invitado a mi querida Albertina a su palacio y yo no podía negarle aquella cortesía.

 

III

 

El reencuentro ocurrió una soleada mañana del mes de marzo. Yo leía absorto en un camastro de la playa, estaba solo, la casa, mi casa de veraneo, distaba trescientos metros de los acantilados y la playa de Balbec. Al horizonte se destacaba la delgada silueta de Albertina. Caminaba altiva, grácil y, a medida que se aproximaba, ante mis ojos la explosiva belleza de su sonrisa. Solté el libro y puse mi mano en la frente a modo de visera. ¡Tantos días de angustia, tantas noches de soledad y sollozo! Y allí a pocos pasos de mí, mi amada esposa.

Albertina se detuvo. Su figura se recortó sobre la arena, al fondo el tranquilo vaivén de las olas y sobre estas, nuestra barcaza meciéndose. Mujer, arena, olas, mar y barcaza y mi mente viajó tiempo atrás con los cuadros pintados por nuestro querido Elstir, pintor de marinas y hacedor de magia, mas de pronto volví de ese arrebato, Albertina estaba allí junto a mí y al alcance de mis manos. ¡Albertina! La pequeña bandida que ha robado mis sueños. Albertina la de los ojos verde turquesa, la del rostro más hermoso que he visto en mi vida. Delgada y graciosa. A trasluz y bajo la falda blanca, sus esbeltas y torneadas piernas. Albertina y su silencio y su sigilo de pantera y sus manos que acarician mi alborotado cabello. Albertina que, inocente, se acurruca a mi lado y que ahora sí, susurra palabras amorosas y que se pega a mi pecho, a mi costado. Albertina que suspira y que, repite una y otra vez, que me ama como nunca jamás lo había hecho. ¡Albertina! Mi amada Albertina a la que cubro de besos en la mejilla, como lo hacía con mi amadísima madre cuando corría yo a protegerme en su regazo.

—Mi pequeño tontuelo —dice Albertina y yo la abrazo y la cobijo y le digo de nuevo lo mucho que la amo, y le hablo sobre los sueños de desesperanzas que he vivido en su ausencia.

—Mi pequeño tontuelo —repite ella y entonces sollozo en su regazo pero, ahora, mis sollozos son por la alegría de tenerla de nuevo junto a mí.

—Tontuelo, tontuelo —repite una y otra vez mientras acaricia mi rostro y entonces, me atrevo y doy un delicado beso en sus labios.

Albertina ha vuelto y con ella la inocencia de saber que todo lo que dicen las lenguas, incluso la de mi madre, sobre los malos pasos de ella y sus enredos con mujeres, han sido testimonios falsos.

—Tontuelo —dice Albertina y besa mis ojos con una ternura que solamente ella es capaz de hacer.

Y allí estoy de nueva cuenta reviviendo mi amor por ella, abriendo mis ojos ante la desnuda belleza de mi amada Albertina, ella de pie frente a mí, sus pequeños senos redondos como si fuesen frutas nacidas de su cuerpo, la entrepierna y la colina al centro cual horizonte al mar con el sol cayendo.

—La señora ha vuelto —dije al jefe de mayordomos cuando regresamos al palacete en París, señalando hacia nuestra recámara y con la orden de que fuese cuidadosamente preparada.

Al alejarse el jefe de mayordomos susurró entre dientes.

—¿Ha vuelto? A ver por cuánto tiempo, señor.

 

IV

 

¡La locura era absoluta! Velaba día y noche el sueño de Albertina, enloqueció mi mente en el afán de hacer de mi amada una extensión de mi vida, una fibra más de mi corazón, una cuerda más de mi alma. Enloqueció mi cordura enceguecida por los celos y, considérenme, mis celos no eran los celos vulgares que sienten otros por amantes varones, ¡Albertina Dios eterno! Me engañaba con mujeres y sin duda alguna, ese engaño suele ser de los más graves. ¡La locura era absoluta! Velaba sus sueños y se extasiaba mi espíritu viendo sus cabellos, el mechón dorado que cubría parcialmente su rostro. Se extasiaba mi alma al sentir su aliento. El respirar pausado. El rítmico y danzante sube y baja de sus pechos. Toda ella sumida en el profundo mundo de la inconsciencia y de allí a la inminente llegada de la muerte.

—Porque solo así se acaba el vicio —había dicho mi madre alguna de estas tardes, mientras me entregaba, cuidadosa, el sobre con extraños polvos—. Al final de todo, esto mismo hubiera hecho tu abuela, si ella viviera —dijo mi madre—, para quien eras el más grande de sus tesoros —agregó.

Antes de cerrar la puerta detrás de mí alcancé a ver por última vez a Albertina. Tenía los ojos cerrados, como si estuviese durmiendo.

 

© 2021 By Óscar Mtz. Molina

 


 

Óscar Antonio Martínez Molina

Óscar Antonio Martínez Molina (Yajalón, Chiapas, 1958). Es médico Cirujano Ortopedista por la UNAM. Profesor de posgrado del curso de Ortopedia y Traumatología de la facultad de Medicina, UNAM. Autor de artículos de la especialidad en revistas indexadas. Coautor del libro: Patologías del hombro (Ed. Alfil) Ha participado en los talleres de escritura: Laboratorio de Escritura Autobiográfica de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM. En el de cuento de la Escuela de escritores Sogem. Y Literatura y Violencia en el Cuento Contemporáneo, de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Formó parte de los autores en la antología Más cuentos irónicos (Ed. Selector). Sus cuentos, El viejo profesor de narrativa, y Posesos de lujuria, fueron publicados en los números 169 y 170 de los meses de marzo y abril del 2015, en la Revista el Búho, dirigida por el Profesor René Avilés Fabila. Dos colecciones de cuentos publicados por Amazon.com: (1) Aromas de café y (2) Le juro que fue la luna.


🔗 Web del autor: http://medicosmexicanosporlacultura.blogspot.com/

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🖌 Ilustración relato: Marina 2020, por Lau Mendoza, artista plástica. Óleo sobre tela 25×30. ©

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 115 · marzo-abril de 2021

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