relato por
Ajedsus Balcázar Padilla

H

an pasado tantos días desde que la señora Beatriz se quedó sola, el tiempo se ha tatuado delicadamente en cada una de sus canas. La rutina se convirtió en su máximo aliado: regar las plantas al amanecer, dar de comer a los canarios al mediodía, ver viejos álbumes de fotos en la tarde, tomar un poco de té al caer el crepúsculo y mirar a las estrellas al anochecer.

Siempre se queda observando los cuartos vacíos de sus muchachos. Escucha a lo lejos sus risas y charlas, distingue poco a poco cómo algunas sombras se mueven de aquí para allá. Pronto los sigue con la mirada y se vuelven espejismos de polvo y pelusa. «¿Cuándo volverán?», se pregunta. «¡Pronto, mamá!», responden sus voces que salen de las paredes. Los recuerdos siempre llegan a quedar plasmados en las cosas, en los lugares y en las personas. Vivir en completa soledad, invoca estos fantasmas, atrapados entre las emociones encarnadas en el corazón.

Recuerdo aquel día cuando conocí a Bety. Parecía una enorme mole con largo vestido floreado, se acercó a mí con una escoba y por poco me saca volando por la ventana. Yo me aferré a las rejas de la jaula de sus canarios; que, en ese momento, yo intentaba cazar para devorar alguno y saciar mi hambre. Sus cuerpos emplumados y coloridos, revoloteaban en el interior, algunos mofándose de mí, al ver mi cara de espanto ante su protectora dueña.

Ella me agarró de los pelos y me habló:

—¿Qué haces aquí, pequeño? Ellos son mis pajaritos y no deberías molestarlos.

Yo la vi, con mis ojos bien abiertos y le solté un leve maullido. Sus manos pronto comenzaron a acariciarme.

En cierto momento, ella cambió su semblante de enfurecida a uno de compasiva comprensión y terminó por tomarme y abrazarme. Yo no hice más que ronronear ante aquel gesto. Aunque en cientos de ocasiones, las personas me habían lanzado piedras y palos, en ese instante, aquello resultaba un gesto que nunca había tenido en mi corta vida.

—Veo que eres un gatito callejero, ¿te gustaría quedarte conmigo? Podrías hacerme compañía —mencionó con calidez. Nunca antes alguien me había hablado con calma.

Ella me inspeccionó y me sacudió un poco. Algunas ramitas y polvo fueron expulsados de mi pelaje.

—Ahora… ¿Cómo te llamaré? —se preguntó y pensó por un rato–. Eres negro como la noche y dulce como el café… te llamaré Nocturno.

Y así fue, cómo nuestra relación comenzó. A pesar de que la anciana era grande y gorda, su voz dulce y parsimonia al moverse, me transmitía cierta paz que nunca había experimentado.

Desde que nací, la vida seguía un curso acelerado. Cuando apenas daba mis primeros pasos, pude contemplar con horror cómo mi madre fue arrollada por una pesada máquina con ruedas. Me acerqué junto a mis hermanos a su paradero, pero era demasiado tarde. Sus ojos estaban desorbitados y escupía sangre. Quiso decirnos algo al final, pero solamente un ahogado «amo» salió de su boquita antes de desfallecer.

Los días siguieron avanzando y cada uno de mis hermanos tomaron un camino diferente. Escalando bardas y tratando de sobrevivir. Buscando alguna rata o paloma que devorar, intentando no ser amedrentado por alguna persona que se cruzara en nuestro camino. La vida de gato nunca fue proclamada como fácil; aunque dicen que tenemos siete vidas, los infortunios que nos acontecen ponen en riesgo a más de una.

Por eso y muchas cosas más, ese día en que Beatriz me adoptó, fue como nacer en una nueva vida. Alejado de los peligros terrenales y encapsulado en aquella casa de azulejos y con acolchados sillones; con olores a rosas y el canto melódico de los canarios.

En ocasiones la anciana entablaba largas charlas conmigo. Se sentaba en su sofá preferido y colocaba un poco de música clásica. Tan pronto lo hacía, me acercaba a ella y saltaba a su regazo, me acurrucaba y me ponía cómodo recostando mi cabeza en sus piernas.

—Mi querido, Nocturno. ¿Crees que falta poco para navidad? Espero que este año mis hijos vengan a visitarme. Sé que viven lejos y tienen familias, pero, ¿acaso no existe un poco de tiempo para ver a su anciana madre? —me decía y yo me la quedaba mirando. Maullaba un poco, intentando seguir de alguna manera su conversación.

—Tienes mucha razón, Nocturno. Sus vidas son apresuradas y los tramos en la ciudad son peligrosos. ¿Quién se acordaría de una vieja como yo?

Ella extendía su brazo y alcanzaba un pequeño cuadro, en el se observaba a una Beatriz mucho más joven y a su marido.

—Seguramente pronto pueda emprender el viaje y alcanzarte, mi vida —opinaba mientras miraba atentamente al retrato—. La vida fue tan grata al vivir tanto tiempo juntos… y ahora que no estás, cuánto extraño tu compañía.

Tras ello, me tomaba y me abrazaba mientras soltaba algunas lágrimas. En aquellos momentos, entendía su pérdida. Lograba sentir aquella emoción de nostalgia que acudía a mi memoria cuando recordaba a mi madre.

Posiblemente, en aquel momento, ambos nos complementábamos; ella me había acogido como una mamá y yo, ocupaba de alguna forma el lugar de sus hijos y su marido.  De una u otra forma, ambos disfrutábamos de nuestra compañía.

Al pasar el tiempo, pasé a formar parte de su rutina; al amanecer y al mediodía me daba un poco de leche y a la hora del té, siempre nos sentábamos juntos a conversar. Deseaba que algún día ella me pudiera entender. Tal vez Bety pensaba que no comprendía nada, pero de igual forma siempre me tomaba en cuenta. Entre los canarios y yo, siempre formamos parte de su reducida familia. Por momentos sabíamos que tarde o temprano ella ya no estaría y el pesado vacío inundaba nuestros pensamientos.

¿Y cuando no estuviera ella, qué sería de nosotros?

Siempre quedaba en el aire la inminente pregunta.

Una tarde fría de otoño. Miraba la calle por la ventana de la sala, las hojas caían lentamente como plumas en el asfalto. Por alguna extraña razón, la señora Beatriz no había salido en toda la mañana de su cuarto. A lo lejos, escuchaba que por momentos tosía. Tal vez un pequeño resfrío le había pegado.

Subí por cada uno de los escalones al segundo piso, el reflejo de los rayos pálidos del sol se filtraban por la ventana, evocando mi sombra desfigurada. Cuanto más me acercaba, más intensa se escuchaba su tos. Temí lo peor en aquel instante.

En el interior de su cuarto, un tenue vapor con aroma a alcanfor y eucalipto flotaba como una pequeña bruma. Existían varias tazas de té en su baúl y algunas cajas de pastillas tiradas por doquier. Salté hacia la cama y ahí la vi. Una manta cubría su rostro y tenía la boca abierta. Al sentir mi presencia, ella se levantó poco a poco, saliendo de su profundo letargo.

—Hola, amiguito… —se inclinó y tosió sobre un pañuelo—. Perdóname si no te he dado de comer hoy. Es una pena, pero me siento muy mal. He llamado a una enfermera para que me cuide, no creo que tarde en llegar.

Me acarició por un breve momento y luego se volvió a acostar. El día prosiguió en silencio, hasta que una persona tocó a la puerta.

Beatriz con paso lento bajó a atender la llamada y una mujer vestida de blanco ingresó. Traía un maletín café y en su cabeza portaba un lindo gorro.

—¿Cómo se encuentra, doña Bety? ¿Ha tomado lo que le indiqué? —preguntó la mujer, poniendo su mano en la frente de la anciana.

—Sí, mi querida Julia. Hice lo que me recomendaste, pero los malestares no han parado de cesar.

—Si sigue así, deberé llevarla al hospital mañana.

—No quiero ir al doctor. Estoy tan vieja que no deseo que me den malas noticias —refunfuñó Beatriz.

—Debe ir, así podremos obtener mejores medicamentos. No deseo que le pase nada grave.

La señora Julia cuidó toda la noche a mi estimada dueña. Por ratos, tardaba hablando por teléfono, tal vez, comunicándose con sus hijos siempre ausentes. «No te preocupes, hijo. Si no puedes venir lo entiendo, pronto me recuperaré», decía y colgaba soltando un profundo respiro.

La enfermera meneaba la cabeza con total desaprobación.

—Vaya que sus hijos son unos irresponsables, doña Beatriz —sentenciaba Julia.

—Descuida, ellos tienen vidas ocupadas. Los entiendo, además, con tu ayuda y la compañía de Nocturno, podré mejorar…

Al día siguiente, Julia acompañó a la anciana al doctor. Desde muy temprano se vistieron y salieron en una mañana fría. El viento entró a la casa como un aliento gélido. Me escondí debajo del sofá, hasta que la ráfaga pasara.

Estuve todo el día jugando con mis bolas de estambre. Cuando me dio hambre, acudí a mi plato y por suerte me habían dejado croquetas. Aunque tenían un sabor a filete de pescado, siempre me preguntaba si realmente ese sabor ostentaba un plato fresco. Deseaba alguna vez, probar un pescado tal como los que aparecían en la televisión.

Cuando el ocio no dio para más, me acerqué a mirar a los canarios, para ver qué hacían.

Ellos murmuraban conforme me acercaba.

—Nuestra dueña, se ha puesto mal por tu culpa —mencionó un pajarito azul.

—Siempre le daba alergia tus sucios pelos —agregó con saña otro.

—¡No es cierto! —exclamé enojado.

Los tres canarios me observaron con sus ojos maliciosos y volaron en círculos dentro de la jaula.

—Mamá Bety, nunca se había enfermado antes así. Es una casualidad, que, ante tu llegada, ella termine de esa manera…

—Yo nunca provoqué molestia a la anciana —declaré enérgico y proseguí—. Ella simplemente se enfermó, son padecimientos que suelen tener los humanos.

Todos me vieron con sospecha y se acercaron más a las rejas.

—Si le tienes aprecio a la viejecilla, deberías largarte de aquí. Tal vez así, ella logre recuperarse.

En aquel instante aferré mis garras en la jaula y todos se escondieron dentro de su pequeña choza de paja.

—¡Cállense!

Me alejé de la negatividad de aquellas ratas emplumadas y bajé al sofá donde siempre acostumbraba a sentarse doña Beatriz. Me recosté y esperé a que volviera.

Pasaron horas y horas y ella no volvió.

Julia regresó al siguiente día y arregló algunas cosas de la casa que llevaría a algún lugar.

Me acerqué y maullé tratando de sacar alguna respuesta de su persona.

—Hola, pequeño Nocturno. Tal vez te preguntes cómo está la anciana. Ella está muy grave. Tal vez pase unos días en el hospital. Deberé encomendarte el cuidado de la casa, esperemos que pronto ella pueda volver —me explicó mientras se agachaba cerca de mí.

Tras ello, se retiró.

Ante lo que me habían dicho los pajarracos, un sentimiento de culpa acudió a mi mente.

¿Y sí realmente yo tuviera la culpa? ¿Pudiera ser qué por mis pelos ella se enfermara?

Traté de ignorar cualquier cuestión vinculada a ello y salí a dar una vuelta por la vecindad.

Escalé por los muros y llegué hasta la azotea. En aquel instante un cielo estrellado se mantenía imponente en el firmamento. «Ojalá te recuperes pronto, mi querida Beatriz», dije y de pronto una reluciente estrella fugaz cruzó en el horizonte.

Al exterior, se vivía un ambiente muy distinto al confort del hogar. El ruido de los automóviles, el estridente sonido de las ambulancias y patrullas, el murmullo de una multitud en las calles y los aullidos desquiciantes de los perros que me miraban desde abajo. ¿Cuánto tiempo podía haber pasado ahí con ella? Con el paso de los días, la cotidianidad se había vuelto un preciado regalo. Sus apapachos y caricias, las largas pláticas y sus tardes de té. Aunque yo solo era un sucio gato callejero, sentía cierto cariño hacia la abuela. Deseaba que algún día sus hijos llegaran a visitarla y su vida se colmara de alegría. Esperaba con esperanza que la salvaran a tiempo de aquel calvario.

Caminé por largo rato sobre una barda, hasta que vi acercarse a otro gato. Había bajado de un techo y cargaba algo en su boca. Decidí saludarlo.

—Hola, amigo —dije y él me vio lanzando un fuerte maullido.

—¡¿Qué quieres, viejo?! Consigue tu propio alimento, esto es mío —exclamó y mostró sus afiladas garras.

—Descuida, ya he comido. Solamente paseaba por acá.

—Muy bien, entonces no molestes —sentenció y comenzó a comer lo que parecía una pierna de pollo.

Vi por un rato al peculiar felino, devorando con gusto su alimento. Tras verlo con más detenimiento, pude comprobar que traía una cola muy corta, parecida a un rabo.

—¿Qué ha pasado con tu cola? —pregunté con curiosidad, mientras me acercaba.

Luego de dar un largo bocado, me contestó:

—Hace algún tiempo, un hombre me tomó de la cola y me la cortó.

—¡Oh dios! Qué horror —exclamé con consternación—. ¿Por qué te hicieron eso?

—Ya debes saberlo, los humanos son muy malos. Siempre nos detestan y más cuando buscamos comida entre la basura —explicó cabizbajo.

—Te entiendo, yo perdí a mi madre porque uno de ellos la atropelló…

—Lo siento mucho —dijo apenado y me acercó un poco de su merienda—. ¿Gustas un poco?

—¡Muchas gracias! —mencioné y di un mordisco por cortesía.

Conversamos un rato y él me enseñó parte del vecindario. Me comentó que era muy recomendable buscar comida en las noches, dentro de recipientes de basura y que, con un poco más de suerte, podíamos entrar a ventanas abiertas y robar algo que viéramos apetecible.

—Tal vez, algún día podrías pasar por donde vivo, para que te dé un poco de mi atún —comenté alegre.

—¿Atún?

—Sí, pescado enlatado. A menudo me dan de eso. La señora con quien vivo, es muy buena conmigo.

—Eres un suertudo. A mí todos me tratan mal.

—No te desanimes, yo era un gato callejero como tú, y un día ella me acogió. Con un poco más de suerte, posiblemente alguien te adopté en algún lugar —expliqué.

—Espero que tenga vidas suficientes para ese entonces.

Tras dar un largo paseo, decidí regresar a casa.

—Cuídate mucho, amigo. Espero vernos pronto —me despedí.

—Igualmente, camarada. Y nunca olvides desconfiar de todos.

—¡Lo tendré en cuenta! —afirmé y él se perdió entre los árboles.

 

Cuando estuve cerca del hogar, pude ver que un gran auto con luces rojas estaba afuera. Corrí lo que más pude y entré por una de las ventanas de la sala. Subí hasta su cuarto y ahí la vi. Estaba acostada en su cama y algunos tubitos de plástico salían de su nariz. Julia se acercó a mí cuando me vio y me cargó.

—Ahora mismo, no podrás entrar a verla, amiguito. Hasta que se encuentre mejor —dijo y me llevó hasta mi cojín.

En aquel instante, entendí que tal vez mi presencia le había hecho mal de alguna manera. Miré tímidamente hacia su cuarto sin acercarme.

Al día siguiente, un fuerte ruido nos despertó muy temprano. Cuando Julia abrió, dos altos muchachos y una chica cargando un bebé entraron a la casa.

—¿Dónde está mamá? –preguntaron.

La mujer apuntó hacia arriba y todos subieron.

Me quedé en la puerta observando aquella reunión y supuse que los dos chicos eran sus hijos.

Con todas sus fuerzas doña Beatriz se levantó y quitó los cables transparentes que salían de sus manos.

—¡Raúl, Javier! ¡Qué gusto me da verlos! —exclamó y tosió un poco.

—No te levantes, mamá. Aquí estamos. Por favor, guarda calma. ¿Cómo te encuentras? —preguntó uno con larga barba y algo gordo.

—Mucho mejor, hijo. Pensé que nunca llegarían…

—Una disculpa, madre. Pero la casa nos queda muy lejos de donde vivimos. Por favor, mamita, espero que te recuperes —dijo otro con lágrimas en sus ojos.  Detrás de él, se acercó su esposa.

—¡Recupérese pronto, mamá Bety! —mencionó la chica, mientras acercaba al bebé para que lo viera.

—Mi pequeño, Jordancito. Vaya que ha crecido. Espero mejorar y pueda abrazarlo muy fuerte.

—Lo harás, mamá.

El día transcurrió con mayor tranquilidad. La visita de sus hijos, habían alegrado en gran manera el lastimado corazón de la anciana. Julia siguió cuidándola a pesar de todo.

Y cuando llegó el mediodía, pude observar con perplejidad, cómo doña Beatriz bajaba lentamente por las escaleras. Traía en todo el cuerpo un brillo peculiar y se acercó a mí con una sonrisa.

—Muchas gracias por estar junto a mí, pequeño Nocturno. Pronto nos volveremos a ver.

Tras ello, la viejecita de ojos claros y mechones blancos desapareció como un tenue vapor. Los canarios no dejaban de cantar en aquel momento, entonando una melodía de despedida solemne.

En aquel instante, supe con tristeza que ella se había ido para siempre.

 


 

Ajedsus Balcázar Padilla. (Tuxtla Gutiérrez, México, 1993). Escritor chiapaneco de ciencia ficción, terror y fantasía. También poeta y compositor. Nació el 29 de octubre de 1993 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas y vive actualmente en San Cristóbal de las Casas. Maneja la revista de literatura fantástica El Axioma y ha sido publicado en diversas plataformas digitales como: Sexta Formula, Revista Ibidem, Página Salmón, Espejo Humeante, Teresa Magazine, Diablo Negro, Polisemia Revista, El Narratorio, Fanzine Letras Públicas, Revista Poetomanos, Teoría Omicron, Revista Letras y Demonios, Perro Negro de la Calle y participa en Relatos Increíbles N.º 21, Revista Historias Pulp #5 y Revista Círculo de Lovecraft N.º 19. Forma parte de la antología Solar Flare – OVNI de Editorial Solaris (2020), de Uruguay, Error-404: Vínculo no encontrado de Editorial Libre e Independiente (2021), Deathward de Editorial Speedwagon Media (2021), de Perú y Flores que solo se abren de noche de Editorial La Tinta del Silencio (2021), de México. Su primer libro se titula Mis tristes memorias eléctricas, disponible en Amazon.

🖥️ https://ajedsus.art.blog/

Ilustración: Fotografía por Manfred Antranias Zimmer, en Pixabay [Public domain]

 

relato Tejiendo palabras Blanca Caballero

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 124 · septiembre-octubre de 2022

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