relato por
Aída López Sosa

 

R

ufino Orozco se alejaba por la calzada solitaria, con su pesada maleta deportiva colgando del brazo derecho, el izquierdo sangraba dejando copiosas gotas en su camino, como pistas para que alguien corriera a su auxilio y lo llevara adonde le curaran las heridas físicas pero también las del alma. Los escritores no son salvajes, se decía mientras avanzaba, renqueando, sobre la avenida Mariano Otero en busca de un lugar para arrellanarse.

La Ola salió a su encuentro. Cosa extraña, la fuente tenía agua. Remojó el brazo herido para calmar el fluido rojo, su vista apenas alcanzó a mirar en la placa un fragmento del cuento de Octavio Paz. Juan Soriano la esculpió en honor al Nobel y ahora Rufino lavaba el gaje de su oficio, un pobre vendedor de libros viejos cuyo valor más que real era simbólico para los amantes de la literatura. ¿Cuál era su pecado? No le robaba a nadie, no ofendía a alguien, ¿por qué la vida se ensañaba con él de esa forma? No merecía la golpiza. Todo por ganar un concurso…

Intentó doblar las rodillas para apoltronarse detrás de la fuente y no quedar visible, podrían confundirlo con un borracho o, peor aún, con un moribundo, listo para que los amantes de lo ajeno lo despojaran de su tesoro por el que ahora pagaba el precio. Advirtió que perdió un tenis y en su calcetín roto, el dolor lo tenía alienado, apenas reparó que su pantalón estaba raído.

Comenzaba a oscurecer, la parvada de golondrinas lo anunció, si tuviera alas hubiera emprendido el vuelo con ellas, se perdería en el horizonte, lejos de los hombres. Los animales son menos salvajes, cuando atacan es porque se sienten amenazados, no sin motivo. Rufino se extravió entre sus pensamientos, cerró los ojos entrando a un estado soporífero.

 

—¡Hey, amigo! ¿Estás vivo?

Una voz masculina intentaba despertarlo. Rufino apenas levantó los parpados, la presencia del hombre hizo que abrazara con más fuerza su mochila.

—No, no te voy a robar. Me presento, me llamo Rufino. Estás todo maltrecho… vi lo que te pasó. Estaba en la fila para entrar a la feria cuando escuché los gritos de «ese famoso escritor, debieran expulsarlo del gremio literario, es una vergüenza para sus colegas».

Rufino ante la empatía del hombre sintió confianza y más porque se llamaba igual que él.

—¿De verdad te llamas Rufino? No es un nombre común.

—Así son las casualidades. Las piedras rodando se encuentran, ¿has oído ese dicho?

Rufino, el vendedor de libros, apenas podía hilar las ideas y entender las palabras.

—Sí, sí lo he escuchado… —dijo sin estar consciente de su respuesta, más bien para no llevar la contraria.

—¿Por qué te golpeó el salvaje?

—Dice que yo plagié una historia y por eso gané un concurso, pero eso no es cierto. No me creyó cuando le dije que yo la escribí.

—¿Solo por eso? ¡Debes denunciarlo! Basta de tanta prepotencia, creen que por unos libros publicados son dioses. ¿Le vas a los Yankees? Igual yo, tenemos una gorra parecida.

—Cuando era chamaco quería ser beisbolista, pero mi estatura lo impidió, también jugué futbol en la juvenil. Sí, es mi equipo favorito, no  me pierdo los partidos ¿y el tuyo?

—También le voy a los Yankees por eso traigo su gorra, bueno, no de ellos, pero con un bordado del equipo; en la adolescencia al igual que tú jugué en la liga juvenil. ¿También eres escritor?

—Nooo, ¡qué va! Nunca había escrito nada hasta que lo hice con un refrito de Romeo y Julieta, tuve una chava que se llamaba así y decía que yo era su Romeo, por eso me leí la obra de teatro un día que la encontré en una librería vieja del centro de Ciudad de México.

—Uuuffff y pensar que después del gusto te llevaste un susto con este tipo. Si lo supiera tu Julieta…

—No se va a enterar, claro, si me hubiera ido a la otra vida igual y se lo contaba.

—¿Ya se murió?

—Hace unos años la atropellaron cuando iba en su bicicleta, pero eso es otra historia.

—Mira cuántas casualidades, también a mí se me murió una novia, pero eso también esa es otra historia, jajaja. A todo esto, ¿cómo te vas a ir de aquí? No pensarás dormirte debajo de La Ola.

—La verdad, llegué a casa de una tía, solo vine por la FIL, no quiero que me vea así. Quizá al rato camino unas cuadras y me la paso en una banca del parque Chapalita o me meto al kiosco. Conversar contigo me hizo bien, ya no me siento tan adolorido.

—Aquí cerca está la Cruz Roja, ahí podrían curarte y no es caro.

—No te apures, tocayo, el agua de La Ola es milagrosa mira, dejé de sangrar. Puedes dejarme aquí, ya me siento mejor, de verdad. Gracias por acercarte, mi mamá siempre lo decía, aún queda gente buena.

—Lo mismo decía la mía. Te veo mejor, cuando menos ya hilas una plática. Me voy, te deseo suerte.

Rufino, el vendedor de libros, también le deseó suerte. Sonrió satisfecho al ver alejarse a la silueta con gorra y… ¿sin un tenis? El cuerpo se le cimbró de un escalofrío al percatarse de que un hombro arriba y otro abajo iba marcando su paso renco.

—Rufino, tocayo… —pronunció lo más alto que pudo, pero el hombre continuó caminando hasta que la silueta se confundió con la neblina de la noche.

 


 

Aída López Sosa

 Aída López Sosa (México). Psicóloga, Capacitadora Certificada, Tallerista de Cuento y Correctora de Estilo. Diplomada en Creación Literaria por la Sociedad de Escritores de México. Ganadora del Primer Concurso Nacional de Cuento de Escritoras Mexicanas (2018). Primer lugar en el certamen Calaveras Literarias (2019), organizado por la Fundación Elena Poniatowska Amor, A. C. Ganadora del Fondo de Ediciones Literarias del Ayuntamiento de Mérida con el libro de cuentos: Despedida a una musa y otras despedidas (2019). Ganadora del Premio Estatal de Literatura 2020. Incluida en el Mapa de Escritoras Mexicanas Contemporáneas y en El Catálogo del Cuento Mexicano. Miembro del PEN Internacional.

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📧 Contactar con la autora: aidamarialopez64@gmail [dot] com

Ilustración: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

relato Como dos gotas de agua

Biblioteca de relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) • n.º 120 • enero-febrero de 2022

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