relato por
Agustín García Aguado

 

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engo cincuenta y siete años, un cañón bien baqueteado entre las piernas para disparar salvas a proa o a popa, según soplen los vientos, y un cáncer de páncreas del tamaño de un huevo de gallina. Soy de esa clase de hombres de aluvión que pueden dar el pego en las campañas de cualquier ONG, barba descuidada, mirada torva de ecologista activo, en fin, el tipo ideal para asaltar monjitas con fervor cristiano en medio de una reunión diocesana. Un tesoro, como me dice la Conchi, mi tendera-abogada de oficio cada vez que se ve obligada a encontrarse conmigo en el estrado ante el juez de guardia. Le sonrío, poniendo morritos de mohíno y me limito a clarificar la voz para hablar como un cuáquero desdentado ante la altiva presencia del fiscal o de su togada señoría. Solemos triunfar en nuestros recursos (formamos la Conchi y yo un gran equipo de juristas, si nos vieran preparando la defensa… Yo con mi brick Don Simón de vino aguado y ella con su imperial taza de té con leche, sentando jurisprudencia cinco minutos antes de entrar a sala), y como salimos victoriosos, o simplemente apercibidos con una multa que soy incapaz de pagar por mi destino de pobre diablo insolvente, nos citamos hasta la próxima con gestos familiares y solidarios. Un día intenté besarle en los labios, a la vista de dos guardias civiles que custodiaban la puerta del juzgado, y les aseguro que no me retiró los belfos, por el contrario, se limitó a rascarse la cabeza con su boli Bic cristal y a decirme que la próxima vez que besara a una mujer procurara ducharme antes. Cosas de mujeres, ya saben. He llegado a un punto de no retorno, y esta consideración me produce más de un dolor de cabeza, donde el equilibrio se guarda como una botella de gaseosa a la que se agita de vez en cuando para ver, como en una probeta de laboratorio, la colisión cósmica de un millón de burbujas. Es lo que podríamos interpretar como el experimento científico denominado error de tipo alfa o falso positivo, pero para cuestiones de semejante calado prefiero que me aporten una moneda y ya les desarrollo yo la teoría completa.

Pensarán que estoy como una cabra, y así es, no lo voy a negar. Hace siete años, en el umbral de la cincuentena, decidí tirarme sin parapente desde un collado de la sierra de Gredos, y solo sobrevolé diez o quince metros como un ícaro palurdo y poco avisado; el caso es que terminé zampándome un arbusto de no sé qué familia alpina y con un dolor de cabeza de los que no se mitigan ni con un tubo entero de okal. Desde entonces, y siempre bajo la supervisión de mi propia persona un poco tarada, no lo voy a negar, he podido disfrutar del mágico mundo de Disney en mi barrio empobrecido de Madrid. Veo curas y arcángeles bajo el puente que me cobija en invierno y hasta metrópolis de algodón, cuando me acerco a algún compañero de puente compartido para calentarme las manos en su hoguera. Ayer, por ejemplo, me descalcé con toda la ceremonia del mundo, en plan buen sarraceno, puro diletante, para entrar en la Embajada de Turquía. Cuando el guarda de seguridad me retuvo en la garita, comencé a danzar como un derviche giróvago y a mentar a la madre de Atatürk en nombre del pueblo kurdo. Recuerdo que un preboste tocado con un ridículo fez con borla roja y blanca (créanme si les digo que parecía un hincha del Atleti), me pateó el culo hasta las doscientas yardas y terminé empotrado entre los muslos arcaicos de una hembra rotunda que paseaba con caniche blanco por las estribaciones montañosas de Rafael Calvo con Martínez Campos, provocando el leve desplazamiento de una falla tectónica. Lo noté enseguida. Mis huesos comenzaron a sacrificarse en aras de la ciencia, y solo recuerdo el maldito dolor de los incisivos perrunos clavados en mi entrepierna como alfileritos de una sesión callejera de acupuntura, y a la pobre dama de Botero, despatarrada como un vehículo accidentado, mostrando unas bragas infinitas de color rosa pastel. Ya saben, la memoria es traicionera, podría haberme fijado en el visón carísimo que le colgaba del cuello, pero no, mis ojos se dispararon al detalle absurdo de las valoraciones cromáticas. Estás un poco chiflado, me repetí como una letanía, y le presenté mis disculpas y mis manos, como poleas elevadoras, para enderezarla en la calle como un abeto centenario. Aquella noche comí de caliente, y me enamoré de sus modales de condesa hocicada y viuda. Así surgen los grandes amores, me dije con un punto de sarcasmo, y entonces le narré el drama de enfermo terminal y acabamos la noche recogiditos entre sábanas de lino y cerámica Ming en su apartamento de doscientos metros cuadrados de la calle de Serrano. Fin de la pobreza. Au revoir a la Conchi. Nunca más tendría un abogado de oficio; por el contrario, si el carcinoma antignomos me respetaba algún tiempo, ya me veía yo acudiendo al juzgado con coche y paje de librea, y hasta estableciendo rivalidad con trajes de primeras marcas con los petimetres del juzgado de Primera Instancia.

Y aquí comienza la historia de nuevo. Un hombre redivivo y al borde de la sociedad de consumo, consumido como una pavesa entre los brazos mortales de su adoratriz, pero feliz y perfumado con esencias parisinas de jazmines y lirios. Es como la historia de Cenicienta, pero sin calabaza, solo langosta y mucho amor entre plato y plato, y yo les aseguro que son demasiados platos para un hombre de costumbres sencillas, pero a todo termina acostumbrándose uno, ya saben. El otro día, sin ir más lejos, probé el caviar iraní, el auténtico, y recuerdo el reguero de cagarrutas negras que salpicaba el embozo de nuestra cama oceánica. Con un cucharón me fue alimentando mi dama y, observando mi gusto por las hipérboles y el bon vivre, comenzó a bailar frenéticamente como una ballena azul en su período de apareamiento. De aquel guirigay salió un profundo dolor de estómago y un moratón en la base de mi prepucio, pero no se crean, la estación de los amores y de los lujos asiáticos no parecía tener fin. Ella daba de sí como un chicle. Se estiraba en la cama, y entonces la vida era mucho más prometedora para un candidato inminente a esquela y cinerario de luxe. No les he dicho, atiende por María Teresa de los Cigarrales y Caballero (cómo me han gustado siempre las conjunciones entre apellidos, son como ostentar un pedigrí que te distinguen de esa chusma obrera que camina por calles y barriadas con su tartera de la comida), y su propósito en este mundo, me ha dicho, es guardar la memoria de su marido y hacerme feliz a mí hasta que me muera. Su generosa entrega comienza a plantearme algún problema moral, pero supongo que las cosas del corazón deben guardar un orden y ser respetadas. Sí, estoy enamorado. Ella vive encima de mí como una losa de mármol que me asfixia, y no hablo en sentido figurado, así que me veo en la obligación de sentirme querido y admirado. Quizá cuando esté muerto regresaré a su casita de papel y descubriré la luz limpia en sus ojos, porque ella posee una mirada de cielo suizo ¿saben? Así que por el momento voy a construirla poco a poco, luchando si es necesario con molinos de viento, y hasta terminaré por hacerme un cursi insufrible. Si me vieran ustedes ahora con mi batín de general retirado, sentado en un carísimo sillón de diseño italiano, creerían que soy un aristócrata de modales ,mientras espero a la enfermera a que venga con su botiquín y su morfina, aunque todos sabemos que la cosa va de casting de final de mis días. Al menos, me he ganado el derecho al perdón de los pecados en vida, y eso es algo que me enorgullece sobremanera. Ya no estoy en la base de la pirámide, oh la la, y con ese orgullo de salvaje evangelizado me limpio la comisura de los labios y decido telefonear a la Conchi. No quisiera abandonar este mundo sin arreglar los papeles de la herencia. Nombraré como única heredera de mis bienes a María Teresa de los Cigarrales y Caballero, se lo tiene merecido por todo este lujoso purgatorio que me está regalando con tanta generosidad. Solo las almas buenas tienen derecho a gozar de un certificado de últimas voluntades, sí señor, y pueden pasear orgullosamente su condición de viudas honradas quemándose en la pira de sus difuntos esposos. Será divertido ver la cara de la Conchi cuando me vea entre tanto aplique art-decó y tanta pintura flamenca. Me va a admirar como al santo dios de un pantocrator hecho a mi medida, y quizá hasta le robe un segundo beso con lengua sin necesidad de que se destape con comentarios mordaces acerca de la higiene personal. Ahora huelo a camomila y a champán francés, si bien, cuando me llega el bajón, creo que también doy un tufo a cadáver de carnicería marroquí, si se me permite tal licencia.

La Tere me hace pucheros y me coge la mano en un poco saludable ejercicio de piedad, pero yo me dejo. Sé que el sol no volverá a bañarme la frente y que no volveré a disfrutar de mi vieja libertad de chiflado retando a la luna en una carrera desigual, pero no me importa. Mi muñeca chochona ha decidido zamparse todo el dolor ella sola y permanece a mi lado como un confeti caído de alguna fiesta ya olvidada, dándole todo el día a la manivela de mi cama de hospital, arriba, abajo, ahora incorporate que va a venir el doctor a drenarte… Ni que yo fuera un pantano con víctimas por ahogamiento, protesto, pero ella entonces me seduce con su semblante de matrona nazi y termino por abandonarme al dolor y a las dudas con la buena disposición de un fiambre inaugurando su primer capítulo. Después llega el vendaval, no crean, una cellisca que me atrapa en medio de un terror desconocido y me deja con el culo al aire, doliente y negro como una morcilla ensartada en su brocheta. Es la protesta sin voz del duende que se apaga. Ayer vino a visitarme la Conchi con mucho duelo. ¿Dónde voy a encontrar un cliente más fiel que tú?, terminó diciéndome con su vocecita trémula de diosa degradada por la pena, y entonces todos lloramos mucho, la Tere, la Conchi, una auxiliar fea que acababa de aguijonearme el culo como una abeja asesina y yo mismo. Parecía un retablo de Salzillo la escena, se lo aseguro. No faltó ni dios a aquella función, pues justo en aquel preciso instante se presentó de las alturas con su bata de oncólogo eficaz y se unió a la berrea con gran tristeza y devoción.

María Teresa de los Cigarrales y Caballero, y ésta es la última vez que pronuncio su nombre por falta de tiempo, no crean, cuerpea con la cabecera de la cama como una Virgen enloquecida a la que se ha privado de su dulce retoño. Creo que son horas de madrugada, no lo sé, y esta mujer estampa su frente contra la pared en un último intento de apelar a la piedad divina, pero nadie la escucha. Llora ríos y torrenteras, y a veces se pellizca su kilométrico vientre con la desesperación de una plañidera que ofrece sus servicios en la sección de anuncios por palabras de un diario regional. Ella es así, y yo le agradezco al cielo aquella tarde de hace casi dos meses cuando aterricé como un mig 15 ruso para estamparme entre sus pantagruélicos hangares. Creo que ya es la hora, siento como una mano que me dice adiós, feliz viaje, y lo extraño es que me siento preparado como un boy scout en su primera excursión.

 


 

Blog del autor: La ternura de las bestias (http://laternuradelasbestias.blogspot.es/)

Ilustración relato: Fotografía por rawpixel / Pixabay [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 105 · julio-agosto de 2019

 

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