exposición de fotografías
Belén Alonso

Juan Peláez Gómez

 

S

e le vararon las costillas. Cuando Astarté salió del mar empapadita de estrellas, estiró sus huesos. Su deseo de calor y luces era tan enorme como su  inmensidad.

La arena acunó su redondez y se amoldó con deseo a sus formas. ¿Cuántas veces sus insignificantes granitos tendrían oportunidad de acariciar la piel de una diosa? Se aprovecharon del momento y acabaron, impúdicos, por transgredir límites e introducirse como el que no quiere la cosilla, en las oquedades de Gaia.

La hipnosis de las olas subyugaban a Astarté. Aquellas idas y vueltas encrespadas de rizos blancos, le mecieron los roquedales.

El añil blanqueteado de nubes, relajó el cansancio de su identidad esquizofrénica. Tanta historia, tantos nombres, identidades preñadas de belleza y gritos de terremotos, lavas devoradoras y avalanchas portentosas. Así preñada por ellos fue Cibeles, Magna Mater, Pachamama, Umai, Anan, Mari, Amalur, Atabei, Nuñe Kapu, María, Pincoya… Que vértigo. ¿Cómo no estar borracha de la dificultad de saber de quién era ella?

En los últimos presentes, se olvidaba de aquello y de los que tiraban de sus poderes, la invocaban y con los látigos de sus letanías la atosigaban con peticiones. Cerraba sus oídos de acantilado en las noches a los gritos de humanos que la requerían. Durante los días, la pesadez de las maldiciones por sus actos cataclísmicos, la asaeteaban. Le punzaban las costillas que trataba de descansar en la playa al son de salomas tan lejanas como su propio pensamiento.

Le hubiera encantado escuchar un concierto de los Fisherman Friends y relegar, a las viciosas manos de un Poseidón profundo, sus pesares. ¡Anda y que el mar se quedara con sus cavilaciones!

Allí despanzurrada, prefería los vientos, los vientos que suavizaran sus hendires. Los aires que transportan canciones y se la metían dentro de sus minerales.

Y qué decir de las luces que la brilloteaban en sus cristales de mineral. Las que daban sosiego a los parásitos de su piel, a los musgos que artroseaban las pocas flexibilidades de sus flich, sinclinales y acabalgamientos tectónicos.

Por eso decidió dormir, dormirse en los arrullos de la sal. Del olor que como una escoriación le arañaba las capas de pesares. La exfoliaba la responsabilidad por tanto sujetar un mundo que se le caía sin la ayuda de Atlas. Aquel caudillo Titán castigado por Zeus tras la Titanomaquia que sujetaba los cielos. ¿Qué era ella sino tierra que bailaba entre las estrellas? Sin el apoyo de aquel desdichado héroe, tras fugarse harto de castigos, ella tuvo que sujetarse sola. ¡Desagradecido! Empezó a darse cuenta de su propio peso y que, sobre ella cielos, a su derecha más universo, bajo sus pies, estrellas. En fin, vacuidad alrededor de todos sus puntos cardinales. Agotamiento. Así que optó por la playa. Tumbar sus enormes costillas, sin crema para achicharramientos, ni hamacas distanciadoras de las arenas, ni sombrillas que atrajeran más sombras.

Silencio. Ahí quedó embarrancada con el disfrute del instante.

 

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Web de Juan Peláez: https://juanpelaezescritor.wordpress.com/

👁 Otras obras de Juan Peláez (en Revista Almiar):
La fuerza de todos los nombres (relato)
Montañas de la montaña (fotografías)
Con Tacto (fotografías)
Reflejos en San Francisco (fotografías)
Mujeres en Irán (fotografías)

 Ilustraciones: Fotografías por Belén Alonso y Juan Peláez ©
✍🏻 Texto: Juan Peláez (©)

 

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Revista Almiarn.º 115 / marzo-abril de 2021🛠 PmmCMARGEN CERO™

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