relato por
Diego Kindler

 

H

ay quien dice que no tengo fin, de lo cual, según esa premisa, cabría decir que tampoco tengo principio. Se oyen voces, en cambio, que atribuyen mi origen a una fuerza ajena a mí. ¡Como si eso fuera posible! Soy, para que nos entendamos, la substancia; la idea trascendental, el sujeto y lo omnicomprensivo. Soy inexpresable desde la comprensión subjetiva, una antinomia epistemológicamente irresoluble, incompatible con las reglas sintácticas de cualquier lenguaje en tanto que soy, hablando claro, inexpresable e ignoto, agnoseológico y ontológicamente independiente de todo cuanto hay en mí.

Yo, por mi parte, no me puedo pronunciar ni en un sentido ni en otro, más que nada, porque de hacerlo, sería del todo inútil ya que no tengo con qué o quién compartirlo y, además, poco me importa lo que puedan decir de mí unas formas de vida efímeras y mermadas de comprensión. Esto lo digo sin acritud, ya que su merma es consustancial a su insignificancia.

También hay quien sostiene que de mí hay infinitas formas o versiones, todas ellas paralelas. De poco sirve, ya que lo paralelo se encuentra en el infinito, y lo infinito soy yo. Ser una unidad infinita o un número infinito de unidades no tiene la más mínima importancia cuando se es un absoluto total, como tampoco la tiene ser un absoluto total en sí, ya que, en mi mismidad, soy lo objetivo y no admito lugar a dudas o discusiones, así como tampoco, por todo ello, puedo permitirme juicios de valor ni entrar en disquisiciones subjetivas, ya que ni van conmigo, ni gano nada con ello, en tanto que lo importante está sujeto a una percepción subjetiva, y por lo tanto es impropio de mi naturaleza.

Con todo, y pese a lo ajeno que, por todo lo anteriormente expuesto, me resulto —es decir, que en tanto que comprendo el todo porque ese todo soy yo y, por lo tanto, aunque intrínseco en mí, es absolutamente irrelevante y además carezco de opinión—, no faltan en mí cosas que me entretienen.

Un cuásar, por ejemplo. Con ellos he echado bastantes tardes, observando su actividad, su energía. Y con ellos, los agujeros negros, como los llaman por ahí, con esas ganas irrefrenables de comerse el mundo, los mundos, y los restos de materia que salpican el espacio. Es más: aunque carezco de voluntad, me viene muy bien que se ocupen de la materia que, en el fondo, es el origen de todos los problemas. Sin materia se está bien, y además está todo más limpio.

¡Ay, la materia! ¡En qué momento! Algo tan general, tan abstracto y, a su vez, tan concreto. Algo que, en definitiva, es absurdo —si bien no está sujeta a la necesidad de un sentido— y apasionante —porque sin materia no hay pathos. Pues bien, estaba mirando uno de esos objetos que son esféricos por su propia gravedad, que giran alrededor de una estrella —no me preguntes cuál, porque hay demasiadas como para que me fije en una en concreto— con cierta masa, pero no tanta como para causar fusión termonuclear, y libre en su entorno de planetesimales. Ese objeto, compuesto en su capas exteriores por gas y amoníaco, giraba sobre su eje desafiando al resto de sus homólogos de su sistema por su orientación, en una constante tormenta en la que, por su temperatura, se solidificaban los meteoros transformándose en diamantes, cayendo irremediablemente atraídos por la gravedad de ese objeto hasta las capas inferiores, en donde la presión y otra temperatura licuaban los diamantes, que a su vez eran devueltos, en su nueva forma, a las capas superiores, en una vorágine constante de transformación. ¡Dime que eso no tiene su aquel! Pues eso, aunque haya quien diga lo contrario, no tiene nada que ver conmigo.

Pues bien, ya que ese objeto está ahí, a lo suyo, y no parece que, por el momento, ello genere ningún conflicto con ningún otro —en cuyo caso ni puedo ni pienso intervenir—, no veo mal alguno en él y me da que pensar: ¿cómo es posible que convivan en la misma época objetos tan bonitos con otros en los que, por lo que sea, se conciben cosas como las cachiporras? Es más, de cuando en cuando me encuentro con objetos en cuyo interior se dan las circunstancias más ridículas, y mira tú por dónde, suele haber carbono de por medio.

Solo al carbono se le ocurriría basar la medida de algo tan obvio como el tiempo en una cantidad determinada de oscilaciones de radiación emitida en la transición de dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 de un átomo de cesio en condiciones a las que, subjetivamente, consideran normales. No me canso de decir que no emito opiniones, pero esto último es, objetivamente, arrogante. Y sí, digo arrogante puesto que fijan una medida basada en algo arbitrario para poder trazar una línea sobre la cual basar ya no solo su propia existencia, lo cual tendría cierto pase, sino lo que consideran el conjunto de toda la existencia, aun asumiendo su condición eterna, ante lo cual no cabe medida de tiempo alguna. Es paradójico desde un punto de vista lógico, y miope desde una perspectiva que va más allá del campo de comprensión que permiten ciertos impulsos eléctricos albergados en una especie de coliflor viscosa. Y lo peor es que casi siempre es el carbono.

Del carbono emana, además de las cachiporras, el yogur griego y los alemanes, el concepto de la cosa en sí. Mucha atención a esto: La cosa en sí es la realidad tal y como es, al margen de cualquier experiencia posible y está, por lo tanto, más allá de todo conocimiento posible. Y dirás, no sin razón, que la susodicha cosa en sí hace inútil la observación de cualquier fenómeno, puesto que, en tanto que tal cosa encierra la realidad tal y como es, permanece ajena a la aprehensión, es decir, a la captación subjetiva de cualquier contenido de consciencia. ¡Pues vamos apañaos! No puedo imaginarme la ansiedad que debe generar un planteamiento tan poco alentador —aunque humilde, todo hay que decirlo.

Pues bien, esas formas de vida desalentadas y miopes pueden tacharme de nihilista. Pueden, digo, pero no lo hacen, porque en su honesta miopía, reconocen su incapacidad para aprehender lo que, en un ejercicio de falta de imaginación y pobreza poética, llaman la cosa en sí. Y en cuanto al nihilismo, puedo objetar en cuestión de forma, si bien, en el fondo y, pese a que se contradiga en su planteamiento exterior, da en el clavo, aunque le falte cierto hervor a la hora de formular su tesis. No obstante, reconozco que me hace gracia. Resulta que, haciendo un resumen muy sintético, todo se reduce a nada. ¡Y se quedan tan anchos al soltar semejante incongruencia! Y digo incongruencia porque la nada no existe y, por lo tanto, ningún objeto, substancia o premisa puede redundar en la ausencia de cualquier formar de existencia, no sé si me explico. Cabría, por ello, darle la vuelta a la síntesis y reducir a que nada se reduce a todo, en tanto que no hay nada fuera del todo. Esto es algo que al carbono le cuesta asimilar, aunque siendo justos, da bastante juego para contar tan solo con cuatro electrones en la órbita del núcleo, y de ahí que existan hipotecas de tipo variable acompañadas de juegos de sartenes.

Por eso digo que no falta en mí entretenimiento. Claro, ¿cómo no va haberlo, si el entretenimiento forma parte del todo, que soy yo? Y dirás también que, si eres una forma orgánica basada en un no metal tetravalente, por la misma razón, también hay aburrimiento, entre otras emociones que pueden ser subjetivamente agradables o desagradables, como el asco y la alegría, o viceversa. Pues bien, y sin ánimo de ofender, deja que te recuerde que los principios inmediatos de la química orgánica parten de la conversión del cianato de amonio (inorgánico) en pis (orgánico), y que las moléculas orgánicas solo son testigos de su presente, careciendo por tanto de pasado y de evolución histórica, de manera que te aconsejo que te calmes, o que añadas algún electrón a la órbita de tu núcleo si quieres subir el tono de esta discusión, ya que he visto agujeros negros con más luces que tú.

En fin, a veces me pregunto si vale la pena poner energía en este tipo de cuestiones, ya que esa energía se transforma irremediablemente en tedio e irritación, y de ahí que las ondas puedan aparecer como partículas, particularmente en un plano adimensional, ya que, más que ocupar espacio, consumen tiempo.

Y sí, puede parecer paradójico que un absoluto no sujeto a la subjetividad de un conocimiento pueda razonar como lo hago yo. Sin embargo, en tanto que lo absoluto abarca necesariamente la realidad, está condicionado por una noción a priori. De ahí que mi existencia pueda resultar impropia desde un punto de vista objetivo y, por lo tanto, puesto que no soy aprehensible por mi propia naturaleza, todo lo anterior carece de valor real. Dicho lo cual, dime qué harías tú en mi lugar. ¡Es tanta la soledad cuando se es un único todo! Y eso lo digo objetivamente. ¡Intenta compartir impresiones, ideas y opiniones, nociones y axiomas cuando después de ti no hay nada más! Eso, sin contar con que la nada no existe, de modo que, infinito y vacío de sentido, mi propia substancia, pese a ser necesaria por sí misma, es tan irrelevante y contingente como la de todo aquello que contengo.

Buenas tardes.

 


 

Diego Kindler, Madrid, 1984. Licenciado en Lenguas Modernas por la Universidad de Estocolmo, ha publicado la novela El tablero de Parchís (Caligrama, 2019) y los cuentos La muerte de Iván Antónovich y La cola, ambos traducidos al polaco por el catedrático de literatura de la Universidad de Szczecin Piotr Michalowski, que fueron publicados en la revista literaria Fraza. También ha participado en el libro de relatos Archipiélago 988 (Ed. Cuadernos del Laberinto, Madrid, 2022). X: @KindlerDiego

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Ilustración relato: Imagen realizada con técnicas IA (Redacción)

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Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 134 · PmmC · mayo-junio de 2024

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