artículo por
Manuel Aguilera Serrano

T

ómame, oh noche eterna, en tus
brazos y llámame hijo.

Yo soy un rey que
voluntariamente abandoné mi
trono de ensueños y cansancios.

Mi espada, pesada en brazos
flojos, a manos viriles
y calmas entregué;
y mi cetro y corona yo los dejé
en la antecámara, hechos pedazos.

Mi cota de malla, tan inútil,
mis espuelas, de un tintineo tan fútil,
las dejé por la fría escalinata.

Desvestí la realeza, cuerpo y alma,
y regresé a la noche antigua y serena
como el paisaje al morir el día.

(Versión de F. Gutiérrez)

 

Fernando Pessoa (1888-1935) es uno de los grandes poetas contemporáneos que, curiosamente, pasó desapercibido en vida, de manera que tan solo editó un libro, Mensagem (un conjunto de poemas patrióticos), además de escribir y traducir para algunas revistas. De no haberse descubierto el baúl en el que iba guardando poemas, anotaciones, cartas y otros escritos que no había publicado, bien poco sabríamos de él.

El poema Abdicación aparece en portugués con la forma de soneto. Es lógico que no se haya conservado así, en las traducciones al español, por la dificultad que supone mantener la métrica y la rima. Sigo en el comentario la versión de F. Gutiérrez, quizás una de las más difundidas.

La originalidad de Pessoa llega al extremo de desdoblarse en distintas personalidades (los llamados heterónimos), cada uno con su técnica literaria e ideología distintas. Utiliza bastantes, siendo los más significativos Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro. El poema del presente comentario lo escribe con el heterónimo de Ricardo Reis. Poema bien estructurado en tres partes con un sentido circular. Se inicia una breve primera parte con una deprecación o súplica ardiente («Tómame, oh noche eterna, en tus / brazos y llámame hijo»). Le sigue una segunda parte, la más amplia, que es en sí la abdicación, la idea central del poema, que finaliza con la tercera y última parte, que enlaza con el contenido de los primeros versos del poema; de ahí esa estructura circular.

Capital importancia adquiere el sustantivo rey, sobre el que se forma un campo semántico de símbolos concernientes a ese afán que se establece en la existencia humana por el poder, la fama, el logro (indicado todo ello en las palabras trono, cetro, corona), la lucha o esfuerzo para conseguir esos fines (espada), el prestigio (cota de malla), la vanidad (espuelas, utilizándose muy apropiadamente el recurso de la aliteración onomatopéyica con la expresión «de un tintineo tan fútil»), y un largo etcétera. A menudo, utilizándose la violencia o la idea maquiavélica de utilizar cualquier medio con vistas al logro del fin. Una febril carrera tras el medro y los honores.

Pues bien, el poeta renuncia a ese «trono de ensueños y cansancios», y lo decide «voluntariamente». Muy significativo es este adverbio, ya que podría ocurrir que la abdicación se produjese por presión, y ya no es lo mismo. Para el poeta no tiene sentido vivir de esa manera. Es una «espada, pesada en brazos flojos», la cede a quienes sirvan para ello, «a manos viriles y calmas». Para él, ser rey tiene otro sentido: ser dueño de uno mismo, no sentirse poseído de lo que es ajeno a él, es decir, de lo que ha renunciado. En otro poema (No tengas nada en las manos…), explica Ricardo Reis lo que se ha expresado anteriormente: «Siéntate al sol. Abdica / Y sé rey de ti mismo».

El proceso de la abdicación (segunda parte) adquiere un dinamismo de lucha interna manifestado por los verbos de acción empleados (abandoné, entregué, dejé, desvestí), que contrasta con la quietud de la vuelta a la naturaleza, de sentir su ritmo, manifestado en la noche que lo acoge del mismo modo que al «paisaje al morir el día». Un desvestirse de las pretensiones humanas, ya mencionadas, para ser auténtico hijo.

Algunos estudiosos de Pessoa han denominado estética del absentismo a este pensamiento, como se puede observar en su Libro del desasosiego cuando manifiesta que «satisfecho solo puede estarlo aquel que se conforma, el que no tiene mentalidad de vencedor. Solo vence el que nada consigue nunca. Solo es fuerte el que siempre se desanima. Lo mejor y más digno es abdicar». Algo peculiar de su personalidad, siempre tan reservado, solitario. Una vida muy rutinaria trabajando en una oficina como traductor de correspondencia comercial en inglés, sin ninguna pretensión de notoriedad. Y de allí, prácticamente a diario, al café A Brasileira, donde se le podía ver en su velador escribiendo. Esta actitud tiene también una resonancia estoica, en el sentido de practicar un control personal ante lo que considera perjudicial. Un mantenerse firme en la propia decisión.

 


 

Manuel Aguilera Serrano

Manuel Aguilera Serrano. (Priego de Córdoba, 1948). Es licenciado en Filología Románica por la Universidad de Granada y doctor en Filología Hispánica por la de Málaga. Catedrático de Secundaria en Málaga, donde vive, de Lengua Castellana y Literatura hasta 2008, en que pasa a Clases Pasivas.
Ha escrito, entre otros artículos, El comisario Cervantes en Santaella (Revista de Santaella, Córdoba, 1996); Hacia un equilibrio ortográfico, a través de Educación Compensatoria, de la población marginada en los barrios periféricos urbanos (1987); Los elementos narrativos en ‘Réquiem por un campesino español’ (Analecta Malacitana, volumen XIII, 1990); los poemarios Entre luces, sombras y ecos de ausencias (Ed. Vértice), Calle de la mar sin número (Ediciones Vitruvio), Notas de arpa en vuelo (Imprenta Cervantina – Perea Ediciones), ganador del II Concurso Internacional de Poesía Jorge Manrique y Vinos de Uclés, Los rostros de Ítaca (Ediciones Rilke). Como conferenciante, La polémica entre cristianos viejos y nuevos en la literatura de los siglos XVI y XVII.

📩 manuaguise [at] gmail [dot] com 🖥️ http://manuaguise.blogspot.com

👁️‍🗨️ Leer otro artículo de este autor (en Almiar ): La polémica entre cristianos viejos y nuevos y su reflejo en la literatura del Siglo de Oro 

🖼️ Ilustración artículo: Pessoa (detalle del original). Plantilla: Cavalão, Dominio público, via Wikimedia Commons.

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Revista Almiar n.º 121 / marzo-abril de 2022MARGEN CERO™

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