relato por
Viviana Sampedro

 

E

ntusiasmada, llegué a Ezeiza, con tres valijas grandes y el carry on. Llevaba en una de ellas la ropa que usaría durante el riguroso invierno madrileño y en otra algunos presentes que familiares y amigos le mandaban a mi hijo, cada vez que alguno de nosotros viajaba. Debí pagar un adicional por la tercera maleta que despaché y que contenía los dos trajes y los accesorios que usaría para ambas ceremonias: la del civil y la religiosa. Los abrigos eran demasiado pesados, pero me veía obligada a llevarlos ya que era probable que el día de la boda nevara. El viaje de ida, no me preocupaba demasiado porque mi hijo me iría a buscar al aeropuerto. El regreso desde Madrid, resultó algo más complicado porque nuevamente tuve que despachar la misma cantidad de valijas; esta vez la tercera maleta traía los obsequios que el nuevo matrimonio enviaba a sus respectivos familiares y amigos porteños y algunos souvenirs que me permití comprar. Como si esto fuera poco, llevaba en la mano un abrigo, que no había entrado en ningún sitio, y un cuadro, con una lámina de Sorolla, que mi nuera se empecinó en regalarme.

A más tardar a las seis de la tarde, debía llegar a Barajas y presentarme para abordar el vuelo de Latam. Esta vez nadie me alcanzaría hasta el aeropuerto, pues aquella mañana el joven matrimonio había partido de viaje de bodas a Menorca. No me preocupaba demasiado porque conocía perfectamente el aeropuerto Adolfo Suárez, donde el taxi me dejó en la terminal número uno.

Cuando bajé del auto ya había oscurecido, por eso no logré darme cuenta de que allí no había ninguna persona, ni tampoco estaban los carros en los que apoyar el equipaje. Encontré uno perdido, a unos diez metros del lugar en que había dejado las maletas. Fui subiéndolas al carro, de a poco, y me dirigí hacia la puerta de esa terminal que aparentaba estar en remodelación. Con gran dificultad, caminaba por esa vereda de baldosines pulverizados, haciendo malabares para que el cuadro no se cayera, hasta que, finalmente, me topé con una puerta por la que pude acceder al edificio.

El lugar estaba desierto, lo que llamó aún más mi atención. Afortunadamente, encontré la escalera mecánica que me llevaría al mostrador del check in. Subí con el equipaje pero cuando faltaban tres escalones, para llegar al piso superior, una de las ruedas se engranó y el carro se me vino encima, con todas las valijas. Por un momento pensé que el peso y la fuerza con la que cayeron sobre mí me aplastarían. Solo recuerdo haber empujado los bultos hacia arriba, mientras yo caía de espaldas, escaleras abajo.

Tirada boca arriba, sobre el piso de la planta baja, grité pidiendo ayuda, pero en ese lugar no había nadie. Creí que moriría en ese momento, porque todo daba vueltas en mi cabeza. Solo alcanzaba a ver la escalera y mis valijas desparramadas. Estaba sola, destruida y temerosa de pararme, pensaba que era probable que me hubiera quebrado algún hueso. Con mucha dificultad pude subirme a la escalera y, en cuanto llegue al primer piso, habiendo recuperado todo mi equipaje, rompí en un ataque de llanto.

Recuerdo que estaba mareada, que lloraba, que el cuadro no se había roto y que el lugar estaba completamente vacío. Recuerdo a una mujer que apareció de la nada y trató de calmarme, mientras me hablaba. Recuerdo que me acompañó hasta una sala repleta de gente y me dejó allí, sentada en una silla, rodeada por mi equipaje. Pero luego ya no recuerdo nada más, hasta el momento en que me animé a sacar de la cartera el espejo con que me atreví a inspeccionar mi cara.

«Y nada, no me veo nada. Ni un moretón, ni una marca, ni un rasguño. Nada. Estoy tal como salí de la casa esa misma tarde, ni siquiera mi cabello se ha despeinado mientras caía por la escalera», pensé. Entonces volví a mirarme una y otra vez en ese espejo. «Al levantar la vista solo veo a una niña rubia que me mira y sonríe mientras pasa a mi lado una y otra vez. Ella no me habla, solo me mira a los ojos mientras camina alrededor mío y sonríe».

Volví a mirarme al espejo y comprobé que el maquillaje no se había corrido, luego del accidente en el que, además de caerme, recuerdo haber llorado. «Al levantar la vista, veo a una niña pelirroja que me mira y sonríe mientras pasa a mi lado una y otra vez. Ella no me habla, solo me mira fijo a los ojos mientras camina alrededor mío y sonríe».

Respiré profundo, traté de relajarme y me sentí como transportada hacia otro lugar. Tomé nuevamente ese espejo en el que miré mi cara en la que ni siquiera encontré una raspadura. «Al levantar la vista, veo a un niño de cabello negro que me mira y sonríe. Él tampoco me habla, solo me mira fijo a los ojos mientras camina alrededor mío una y otra vez. Sonríe, siempre sonríe».

Recuerdo a esos niños y después ya no puedo recordar nada más, hasta que estoy en la sala de pre embarque, a la que no sé cómo había logrado llegar. Allí, parada en la fila de pasajeros, que abordaría el vuelo Madrid-Buenos Aires con escala en San Pablo, volvieron a desfilar frente a mí: la niña rubia, la pelirroja y el niño de cabellos negros. El mismo gesto, la misma sonrisa, los mismos movimientos.

«Al subir al avión veo sentada a la nena pelirroja que viaja en primera, veo al nene de pelo oscuro luchando para poner su mochila en el portaequipaje situado sobre su asiento en business class y veo a la nena rubia sentarse en la fila treinta y siete de la economy class . Luego ya no los vuelvo a ver».

Durante el vuelo me paré y los busqué. Corrí la cortina de primera clase y me atreví a caminar por ahí, metiéndome de prepo, pese a las restricciones que puso la azafata. Luego recorrí los asientos de bussiness y caminé hasta la última fila de economy, pero no los encontré, no obstante pasar un par de veces. Ensayé artimañas que me permitieron descender primera en San Pablo y me paré justo al final de la manga porque estaba empecinada con ver otra vez a esos niños, que nunca bajaron de aquel vuelo.

Entonces me apuré, para no perder la combinación que llegaría a Buenos Aires, convencida de que esos chiquitos tal vez no habían existido, o quizás fueran angelitos que me protegieron después de la caída, o tal vez no me hubiese caído, o quizás nunca hubiera estado sola en la terminal uno del aeropuerto Adolfo Suárez de Barajas.

Por eso durante el tramo San Pablo-Buenos Aires corrí hasta el baño del avión, me desnudé y revisé mi cuerpo sin moretones, mi ropa íntegra, ¿sin un enganche? Y luego de pasar por migraciones y retirar el equipaje, en otro espejo, miré mi cara intacta sin magullones ¡y el vidrio del cuadro de Sorolla sin rajaduras!

«Y subo las valijas a ese carro y entonces ya no recuerdo nada más. Sola, tirada sobre las cerámicas del piso, veo las luces, miro ese techo, cuántos quejidos, solo un gemido, ya no me veo, todo está a oscuras, hay un agujero».

 


 

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Ilustración: Imagen por Free-Photos en Pixabay [Public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 115 · marzo-abril de 2021

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