—¿Y dónde vives?

—En Madrid.

—No me digas.

—La Guindalera.

—No sé, ¿dónde está eso?

—Metro de Diego de León, bueno, toda esa zona: cerca de la Plaza de Toros, la calle Azcona, siempre he vivido ahí con mi familia...

—Ya, ya, bueno... No me suena. ¿A vosotros?


Tengo miedo.


—Deja al chaval en paz, Troll.

—¿Y él?

—¿Él?

—¿Él dónde vive?

—En Madrid también, por Argüelles, creo, tampoco lo sé muy bien. No le conozco de mucho, sólo hemos coincidido un par de veces.

—¿Y qué hacíais aquí?

—Me invitó a las fiestas.

—Pero dices que no es de aquí.

—No.

—Veraneantes...


Javi va unos pasos más adelante con un tipo enorme que le tiene medio cogido. El Troll me deja y se acerca para darle una colleja y gritarle en la cara. Javi se podrá defender, sabe aikido, pero ¿yo? cuando se pongan a pegarnos, ¿yo qué voy a hacer?


—No te preocupes, mira, yo también era un veraneante. La primera vez que salí, ese tío, el Troll, me rompió la boca, y ahora somos íntimos amigos. Como si nada. Nos llevamos de puta madre.

—Ni siquiera es verano.

—Tú tranquilo, será sólo un rato.


Los ruidos de la feria se siguen oyendo a lo lejos y de vez en cuando se ve un cohete estallar en el aire. Por lo demás, no se puede apreciar nada: todo está oscuro. Detrás de mí hay un grupo con tres o cuatro chicas. Al principio me tranquilizó que hubiera chicas porque suelen tener sentido común, pero éstas van muy borrachas o muy pasadas de coca, no sabría decirlo, y se las ve que están deseando no perderse la pelea. Y eso que ni siquiera va a ser una pelea.


Tienen a Javi agarrado del cuello mientras intentan tirarlo al suelo con pataditas en el tobillo. Javi se defiende y les sonríe, como retándoles. «La cosa va con él», me dijeron desde el principio. «Tu amigo, el de la guitarrita, al Troll le ha caído muy mal».


Curioso tipo el Troll, casi dos metros, cara desfigurada, nariz de boxeador; se sentó a nuestro lado en la discoteca —«el único sitio que conozco donde no nos van a poner pachangueo», dijo Javi— le miró fijamente y le dijo «no me gustas» y Javi tan tranquilo pero yo empecé a sudar, pese a que ya no hace calor y menos aún aquí en la Sierra, pero estaba empapado en dos minutos y entonces el otro, que no tiene nombre, o no lo he oído, se sentó a mi lado y dijo: «y el que sobre, para mí» y entonces yo intenté hablar con el dueño de la discoteca pero ni siquiera me miró, acostumbrado estaría a todo esto y nos sacaron a empujones y me metí en otro bar pero nada, todo el mundo celebraba y nadie quería saber de nosotros.


«¡Nos van a pegar una paliza, nos van a matar!», gritaba a los chicos, a los mayores, que no levantaban la vista del chato y sólo el dueño se acercó, me miró y dijo:


—Lo siento, vamos a cerrar...

... y los otros nos cogieron y nos llevaron por un camino que dejaba de lado la orquesta, la feria, los cohetes... No, no nos cogieron: no nos tienen cogidos, de hecho. Sólo a Javi. A mí me tienen rodeado, eso es todo. Simplemente, no podría huir aunque quisiera.

—¿Tienes novia?

—Sí.

—¿En Madrid, no?

—Sí.

—¿Dónde me dijiste que vivías?


En ese momento un cohete estalla en mil luces verdes con forma de palmera que se va desintegrando en el cielo y a los dos segundos se oye un estruendo lejano.

_____________________
TEXTO: GUILLERMO ORTIZ
sobrecito schnier26@hotmail.com
FOTOGRAFÍA: PEDRO M. MARTÍNEZ
© 2005


Los meses:

ENE   ·   FEB   ·   MAR   ·   ABR   ·   MAY   ·   JUN
JUL   ·   AGO   ·   SEP   ·   OCT   ·   NOV   ·   DIC

LITERATURA - FOTOGRAFÍA - PINTURA - MÚSICA - ARTÍCULOS - PÁG. PRINCIPAL
REVISTA ALMIAR - MARGEN CERO™ (2005) - Aviso legal