Junio

—¿Por qué no me gusta Madrid? Por el olor. Huele a viejo por todos lados. A decadencia, a ropa usada. No me gusta la forma y no me gusta el fondo. La gente. La gente en Madrid nunca te mira a los ojos, ¿te has fijado?

—No.

—Normal. Tú nunca te fijas en nada, vas a tu bola, sólo te preocupa qué famoso te vas a encontrar esta noche. Eso es todo. Famosos y copas y famosos. Y poder contarlo cuando llegue el momento. Es ese tipo de ciudad.

—Mírate a ti.

—Ya me miro todos los días, y si te refieres a eso... no, no me gusta lo que veo.

—¿Y por qué no te vuelves de una vez?

—Porque no puedo. Eso lo sabes ¿Avisaste al técnico?, ¿va a venir a instalar de una vez el aire? Me muero de calor, Sara. El calor huele mal...

—No es el calor, es la soledad...

—Estoy harta del calor y de los ruidos de los coches y de pasar miedo cada vez que me bajo en Pan Bendito y los gitanos me miran.

—¿Qué tienen que ver los gitanos con esto?

—Nada.


Las persianas están bajadas y el sol convierte el salón de la casa en un curioso paso de cebra. Paloma se levanta a por una Coca-Cola y aprovecha para echar en el vaso un poco de whisky.


—Me... muero... de ... calor.

—¿Qué te dicen?

—¿Quiénes?

—Las del chat.

—Tonterías, qué van a decir...

—¿Vas a quedar con alguna hoy?

—Hoy no creo.

—¿Por qué no?

—Hace calor, Sara. Hoy no me apetece.


Sara descruza las piernas, se levanta del sofá y toma un trago del vaso medio vacío de su compañera, acercándose tanto a Paloma que sus caras quedan a dos palmos de distancia.


—¿El único problema es el piso?

—¿Para qué?

—Para volverte. Si encontrara otra compañera y se hiciera cargo de tu parte, ¿te irías?

—Eso lo sabes.

—Sí, pero quiero oírlo... ¿te irías?

—Posiblemente.

—Te irías.

—Sí, me iría, no soporto esta ciudad.

—¿Por qué?

—¿Otra vez?

—Sí, otra vez, hasta las nueve no van a venir éstas, así que tengo tiempo y me aburro.

—No te lo voy a volver a contar, Sara, haces todo esto para fastidiarme.

—No te irías. Eres una cobarde. No te puedes permitir volver sin nada. Madrid es una mierda, vale, pero es Madrid. Santander, ¿qué es? Donde veraneamos los madrileños, eso es todo. Te gusta echarme la culpa a mí por el contrato del piso, pero eso no es más que un clavo ardiendo.

—Vete a la mierda.

—¿No vas a salir esta noche?

—No.

—¿No hay nadie interesante hoy?

—Sara, de verdad, vete a la mierda.


Sara juega con el pelo de Paloma y la mira con cierta indiferencia antes de darse la vuelta y caminar hacia su habitación.


—No eres tan fea, Paloma, búscate una novia o lo que quieras. Hazme un favor: empieza a vivir tu vida de una vez y deja de amargarme la mía.


Cuando Paloma abre la ventana y sube la persiana, lo que queda es el humo de la calle y de los coches, El sol ya no es una amenaza. Se vuelve a acercar a la cocina y se sirve otro vaso de coca-cola, esta vez sin nada más. Espera durante cinco minutos, intentando respirar profundamente. Al cabo de ese tiempo, Sara sale de su cuarto dispuesta a romper la noche.


—Sara, te voy a decir una cosa.

—Ahora no, Paloma, me tengo que ir, llegaré tarde, cariño

—Tienes razón, no me iría.

—Muy bien.

—Ah, y otra cosa.

—Dime.

—Eres una hija de puta y una miserable. Voy a encontrar un trabajo y voy a conocer a una chica maravillosa que me quiera tal y como soy e iremos a pasear de la mano por el Palacio Real y compraremos helados camino de la Plaza de España y no volveré a pisar este barrio de mierda en toda mi vida y...

—Me aburres.


Paloma se acerca a Sara y pone la boca sobre su boca como si fuera a besarla, pero no lo hace.

—... y una cosa, Sara...

—¿Qué?

—Tú no eres tan guapa.

 

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TEXTO: GUILLERMO ORTIZ
sobrecito schnier26@hotmail.com
FOTOGRAFÍA: PEDRO M. MARTÍNEZ
© 2005


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