Es el cumpleaños de Lucía —veintiún años, hoy— pero eso no la libra de tener que ir al trabajo como cada mañana. Está más cansada que de costumbre y hace mucho calor, o más bien bochorno, o sofoco... y sabe que cuando termine de subir las escaleras del puente metálico que cuelga sobre la M–30 estará aún más cansada y más mareada y acabará quitándose la rebeca que lleva puesta.

A las ocho de la mañana, en verano, no cruzan tantos coches como en enero, por ejemplo, pero incluso a esta hora, la ciudad recién amanecida, el asfalto sigue enviando el calor hacia arriba para que las nubes grises lo devuelvan hacia abajo, con Lucía y el puente en medio, y una especie de «boina» (así lo han llamado esta mañana en la radio) de polución amarilla cubre la ciudad con un manto fantasmal que parece bruma.

Podría evitar el puente y entonces no le cansarían las escaleras, ni tendría que cruzar a toda velocidad la pasarela para no sentir el vértigo de su cuerpo oscilando de un lado a otro según pasan los coches: como si el puente se estuviera meciendo y meciendo a su vez a Lucía y a todos los que cruzan. Podría evitar el puente, decía, pero eso sería aún más penoso porque de Prosperidad al Parque de las Avenidas sólo se puede llegar por ese puente o por un túnel, donde los taxistas (y toda clase de conductores) acostumbran orinar por las noches y, durante el día, en verano, el olor es insoportable...

Insoportable —también— es la sensación que tiene Lucía cada vez que está en lo alto y le parece que se va a caer y lo que querría es quedarse acurrucada con la espalda en los barrotes de protección: la mirada perdida en el suelo lleno de colillas y de chinas clavadas en el cemento, una especie de mosaico de mil formas imaginarias. Lo que no puede, en ningún caso, y lo sabe, es mirar a los lados. No mientras cruza el puente.

Otra posibilidad es no ir a trabajar, avisar de que está mala, las gripes abundan en verano y son tremendas, sólo que Lucía se sentiría culpable y eso le amargaría el día. Además, no tiene mucho que hacer. Si ahora ya se derrite de calor, en seguida el sol lo quemará todo y en su casa sólo tiene un ventilador con un cable de conexión a la red tan gastado por los años que a veces hace contacto y otras —las más— deja las aspas ahí quietas, mirándola... Mejor estará dentro de la oficina que fuera.

Poco a poco va acelerando el paso, fijándose en las líneas de color del cemento en la pasarela del puente. Se las conoce de memoria y, aunque no mire nunca al horizonte, sabe perfectamente cuánto le queda para llegar al final y poder volver a respirar tranquila.

Lo que rodea a Lucía, y ella lo sabe, aunque se niegue a mirar, es un espectáculo de marcas comerciales. Bueno, espectáculo no es la palabra adecuada: Times Square es un espectáculo y Piccadilly intenta serlo... A los lados del puente que cuelga sobre la M–30 separando el edificio de IBM del trabajo de Lucía hay torres y torres con letreros sin brillo en lo alto: Telefónica, Philips, Iberia, Flex, Gas Natural... Por debajo, los coches expulsados del túnel de María de Molina suben la carretera hacia el aeropuerto con una especie de prisa rutinaria.

De vez en cuando los aviones vuelan tan bajo que provocan un estruendo imposible de ignorar y Lucía sube la mirada, y la gira y se marea y se da cuenta de que ya ha llegado a la mitad del camino y que ahora no puede volver atrás y el corazón le da un respingo y acelera un poco más el paso mientras empieza a sentir un sudor frío por los brazos.

«Habría que cambiar algunas cosas», piensa mientras camina cada vez más rápido, la cabeza siempre fija en los pies. «Lo que no sé es cuándo empezar, ni por dónde». Lleva un montón de caramelos en una bolsa. Como si fuera una niña. Va a repartirlos entre sus compañeras en cuanto llegue, antes de que empiecen las llamadas y los problemas y las miradas. A ratos parece que va a llover y a ratos el sol lucha por colarse entre las nubes grises y altas, poco a poco la bruma empieza a abrirse.

Lucía no mira. Y como no mira, no ve. Sigue su sprint de unos veinte-treinta segundos como un elefante corriendo marcha y al final cruza su línea de seguridad, desde la que sabe que no va a sentir vértigo ni va a necesitar ayuda.

Ahí sí. Ahí Lucía levanta la cabeza y lo ve todo, pero entre las ramas y las hojas amarillas de un árbol seco. Justo debajo de ella han colocado una estatua y unos 35 cipreses. También ve a otra gente que cruza, en una dirección y en otra, cansada, ojerosa, apática... imposible dormir bien estos días en Madrid. En el reloj rojo del edificio de Avenida de América marcan las 8,10: cinco minutos para llegar a la oficina.

Hacia el otro extremo se aleja un chico de unos veinticinco años con los cascos puestos, y a Lucía le divierte verlo marchar de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, movido por los vaivenes de este puente colgante, las barandillas torcidas hacia dentro y hacia fuera. El chico no la mira porque está mirando al suelo, andando muy despacito, como con miedo a caerse, pero como Lucía aún no se ha movido, cuando él llega a la otra punta del puente y también se vuelve para mirar —como cada mañana— lo que le rodea, sus ojos acaban cruzándose, hay un breve instante de reconocimiento, y Lucía se sonroja y los baja y mira otra vez al horizonte, y son y 13 y lo piensa, pero decide que no, que sería una locura y que mejor que baje y se meta en la oficina.

Así que baja las escaleras todo lo deprisa que puede, tiene la sensación de que se ha quedado un poco fría ahí arriba, se vuelve a poner la rebeca verde y gira por última vez la mirada hacia el puente, donde el chico sigue de pie, con la mirada perdida, como dudando. Lucía mete la mano en la cartera para buscar algo y acaba apretando la bolsa con fuerza. Practica en voz alta: «Es mi cumpleaños, quizás quieras un caramelo».

Y al instante el puente vuelve a temblar con las pisadas de una chica corriendo.

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TEXTO: GUILLERMO ORTIZ
sobrecito schnier26@hotmail.com
FOTOGRAFÍA: PEDRO M. MARTÍNEZ
© 2005


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