José M.ª Atienza Borge

Nace en Palencia, 1977. Se licenció en Derecho por la Universidad de Valladolid en el año 2000. Desde entonces, ha compaginado su carrera como cooperante internacional y trabajador de entidades sin ánimo de lucro con la literaria.

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José María Atienza Borge

El Truco para la Paz


E

n Bolivia se ha puesto a la venta un artilugio tan sencillo como sorprendente. Un invento que recorre las inmediaciones de El Alto en pleno brote pandémico de Coronavirus. Un frasquito que viene a traer un rayo de esperanza a la humanidad cuando son ya más de ochocientas las personas fallecidas por CoVid-19 en el país y cerca de medio millón en todo el mundo.

Fuentes no oficiales han decidido bautizarlo con el singular nombre de El Truco para la Paz y ha sido puesto a la venta por Aklla T’ika, una septuagenaria indígena con más de sesenta años de experiencia en la venta ambulante y sin ningún escándalo a sus espaldas. Acérquense y adquieran este sencillo pero revolucionario artefacto —se escucha su voz tímida y disfónica, cargada de buenos deseos, veraz y sin pretensiones, por entre los mercados de El Alto—. Ustedes, políticos y demás ciudadanos con autoridad, adquieran ahorita mismo uno de los chismes que traerán la paz a nuestros pueblos —proclama la anciana con sincera ternura a las puertas de la sede municipal—. Y ustedes, personas de bien —se dirige ahora a las multitudes que deambulan por los alrededores—, aprovechen también, les garantizo que encontrarán la paz en todo cuanto rodea sus vidas. Paz en sus ocupaciones, en el amor, ¡incluso con ustedes mismos! Pero la muchedumbre esquiva su carrito destartalado sin dar crédito a cuanto escuchan. Los veinte bolivianos que pide por el chisme podrían saciar los estómagos de sus familias durante dos o tres días. Además, a quién habría de importarle ahora el milagrito de la paz cuando el demonio tiene forma de virus zoonótico.

¡Por los dioses y el mismísimo wiracocha, se lo regalo carajo! —ofrece cada mañana Aklla T’ika su potingue con deseo sincero de curar al mundo—. ¡Llévenselo gratis antes de que los yankis o los españoles se adueñen de la patente y cobren una fortuna por él! Pero desconfianza es lo único que se lee en los rostros de cuantos deambulan a diario por el mercado, escamados de ver el nulo éxito de la anciana, hastiados de haber sido engañados por unos y otros desde hace siglos. Mírala, pobre vieja, no lleva mascarilla y ni siquiera respeta la distancia de seguridad, va a conseguir que nos infectemos todos —murmuran con reprobación.

Pero oiga, ¿es que acaso no desea un remedio contra la guerra, el odio, la envidia y el egoísmo? —interpeló Aklla una mañana a un mujer que arrastraba los pies por el mercado con gesto de infinita fatiga, dos niños a sus espaldas, otro agarradito de su mano y cara de llevarle los demonios— ¡Tómalo linda mía, te lo regalo!

Pero hace ya largo tiempo que no creemos en nada, y menos aún en la paz. O quizás no deseemos la paz. Antes necesitamos reclamar venganza por el daño que nos inflingieron o exigir el saldo de viejas deudas. Solo entonces habrá sitio para la paz. Hasta que llegue ese día solo necesitamos escapar del bicho, que no nos pille el maldito virus. ¡Regálaselo a otros antes y si no se indigestan o se mueren de aburrimiento con tanta paz ya veremos si me hago yo con uno!


Ilustración: Fotografía por skeeze / Pixabay (Public domain)
Leer otro relato de este autor: El último que apague la luz

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