relatos por
Andrés Varela Miranda

 

No

me acuerdo de cuántos años tenía yo pues mi memoria es bastante caprichosa, por no decir pésima, y nunca he sido buena calculando edades. Ni siquiera la mía. Yo funciono de otra manera, pero sin manual de instrucciones, que nadie los lee, a mí que no me mientan. Y si algún día descubro que alguien gasta su precioso tiempo en leer las interminables instrucciones de un reproductor o una radio o un portátil voy y me lo cargo. Palabra. Es como si la primera vez que haces el amor te presentas con un libreto diciéndote los pasos. Paso 1: Desnúdate con elegancia, los calcetines incluidos, y evita el baile sensual si en las discotecas eres de los o las que se taladra al suelo con un cubata en la mano. Paso 2: Asegúrate de que tu compañero o compañera de juegos ha hecho lo propio. Ayúdale si es necesario. Paso 3…

Volviendo a lo de las edades. A mí me pones un niño delante y quizás te puedo decir que tiene más o menos trece años, pero ya está. De la misma manera que te puedo decir si una persona adulta está más o menos jodida, o peor, muerta. Pero ya está. Son los porros, supongo. O el alcohol de los fines de semana. Me reconforta pensar que incluso al resto de los animales les gusta colocarse. Sino mira esos experimentos de ratas colgadas de las palancas salivando para conseguir otro chute. Ante la falta de felicidad, droguémonos como cabrones. No hay secreto. Algunos se vuelven adictos a las drogas, otros a la comida, otros a toda la literatura sobre batracios amazónicos, a viajar o a rezar una vez a la semana. El caso es buscar algo interesante y repetirlo hasta que te flaqueen las piernas o hasta que encuentres algo nuevo para sustituirlo. Total, la idea de que la evolución escoge a los más sanotes y equilibrados es una auténtica falacia. Enciende la tele un par de minutos. Un par, no más. Luego me cuentas. Y yo creo que a veces eso es fantástico. La perfección me chupa un pie porque negarla quiere decir que las fronteras entre lo bueno y lo malo se difuminan como el humo. Además, ¿cómo una palabra de diez letras, a pesar de lo molón que es un acento, puede ser tan pretenciosa como para designar la idea de algo sin fallos?

Cambiando de tercio. Te dicen que no bebas y luego te calzan publicidad hasta en las carpetas de papel de las fotocopiadoras, en los autobuses, los profesores te dicen que no bebas con una camiseta regalada por una conocida marca de whisky… Por lo menos seamos coherentes. Quiero decir, si se ponen anuncios de ron en paneles enormes al lado de las carreteras pues que nos dejen beber y conducir. Alegremente, sin pamplinas éticas, vías llenas de conductores ebrios acompañados por tipos que les han contactado en blablacar con Highway to Hell a todo volumen dando bandazos por el asfalto, como en pista de coches de choque de feria. Las ventajas son enormes, considerando que la demografía mundial va a ser un problema de primera categoría que nos hará replantear esas sensibilidades tan características de los países dichos más avanzados.

El hecho es que me cuesta pensar y de vez en cuando veo una araña subiéndome por la ropa que no consigo matar. Tal vez esté en otra dimensión. Ella, yo no. Ya me gustaría. La primera vez creí que la arañita era real, la segunda vez cogí un calendario y marqué un día no muy lejano, tampoco cercano, en que dejaría de fumar. Espero que al día siguiente de esa fecha no me quede tiesa subiendo las escaleras o sentada en el retrete o con el buscador a punto de abrir cualquier cosa de la que me avergüence. Y es que incluso los muertos pueden sentir vergüenza, por eso hay que enterrarlos en bonitos ataúdes guaridos en bellos mausoleos con jesusitos crucificados en las esquinas. Estoy seguro de que esos cadáveres están sonriendo y los gusanos fuera con los colmillos largos incapaces de perforar el mármol. Vaya, este relato está saliendo bastante pesimista. Y eso que siempre he odiado a estos escritores que desprecian la vida y la consideran un sinsentido y absurda. Entiendo que pueden pensar eso pero, ¿para qué coño escriben? Que dejen a los demás tranquilos. Si no tiene sentido que se queden al borde de la playa contando olas. Que no me cuenten sus mierdas que ya tengo bastante con las mías. Yo no voy al cine a ver una película dramática. Si eso, voy a un parque de atracciones de estos que son como un mundo de gominola donde la gente se lo pasa fenomenal y se llora de risa y te dan globos y se te cae la baba de lo bien que te sientes subiendo en montaña rusa. La suerte es que, en cierta parte del mundo, los parques de atracciones se han querido extender tanto que ya no se sabe qué es la vida real y qué lo otro. No para todos, claro.

A estas alturas, aunque más bien debiéramos decir bajuras pues leemos hacia abajo, excavando como topos. Por eso cuando leemos los textos nos vamos calentando, especialmente con los textos con los que estamos muy de acuerdo o muy en desacuerdo, del mismo modo que si profundizamos en la tierra la temperatura aumenta. A estas bajuras pues, quizás te habrás dado cuenta de que soy muy difusa, como una estrella que acaba de explotar y sus restos se esparcen por el universo en busca de algo, como sondas a la deriva explorando un lugar donde descansar. Así que no te sorprendas con el siguiente párrafo, que debí haber escrito una página a una temperatura inferior, o sea, más arriba.

Fuimos yo, mis hermanos y mis padres al zoo. Ya sé que algo se te ha escocido dentro al ver el «yo» en primer lugar pero, qué demonios, ¿qué le voy a hacer si entré primera y quiero ser fiel a la historia? Total, empezamos a ver los dromedarios y camellos, los lobos, pajarillos, tiburones, osos, las iguanas (sí, sí, los reptiles epilépticos estos, cómo son que no paran un momento), los tigres y toda la tropa. Para serte sincera, los pájaros y reptiles me dan bastante igual y es que, llámame loca, pero cuánto más parecidos a nosotros son los animales más les queremos. ¿A quién no le hace gracia un mono montando en bici? Pero, ¿y una rana con gafas jugando al ajedrez? No, gracias. O visto desde otro ángulo, ¿hay alguna ley que prohíba matar hormigas u otros pequeños insectos? Quizás la razón sea que en nuestro interior los humanos sabemos que esas mierdecillas de animales nos van a sobrevivir.

Iba viendo a los bichos y no cesaba de pensar en lo importantes que nos son. No solo, como alguna gente piensa, para considerarlos retrasados en la lucha por la supremacía mundial (aunque en un entorno natural nos den para el pelo a la mínima). También nos han sido útiles para expresarnos. Así es que iba de jaula en jaula dándole vueltas a las expresiones que usamos utilizándolos: estar como una cabra, ser un cerdo, estar como una ballena, ser una zorra, peludo como un oso, más lista que un lince (aunque no lo han de ser tanto si están a las puertas de la extinción), memoria de elefante, camaleónico… No sé, me iba dando pena pensar que si desaparecen nuestras expresiones no encontrarán correlación en la realidad y me daba tal pena que me puse a llorar hasta que mi madre me vio y me acarició la cabecita con coletas. Me sentí mucho mejor. Parece mentira, pero a veces un simple gesto inclina la balanza.

En un momento dado, creo que viendo embobada las medusas de colores, perdí la noción del tiempo después de leer que los bichos detrás del cristal comían y cagaban por el mismo sitio. Me parecía un conocimiento apasionante que quizás me fuese útil en el futuro. Cuando miré a los lados ya estaban las luces apagadas y algunas puertas estaban cerradas.

Me puse nerviosa. Llegué corriendo a una puerta pero estaba cerrada. Luego abrí otra y otra. Parecía una idea estupenda para un concurso de televisión pero a mí no me hacía nada de gracia. Al fin me escabullí por un hueco y salí al espacio central, surcado por caminos y parques. No había nadie, bueno, cuando se dice nadie nos referimos a personas, claro. Sin embargo, al escuchar unos ruidos humanos me escondí inconscientemente cerca del recinto de los gorilas. Me achanté entre unos helechos y afiné el oído. Allí en la zona de los gorilas podía escuchar a un par de ejemplares sentados. Uno de ellos sacó una cajetilla de tabaco y ofreció un pitillo al otro.

—¿Quieres uno?

Pues claro, tío. Apetece después de toda la jornada.

—Pues sí. A ver si nos suben el sueldo.

Luego, el que ofreció cigarrillos se lleva la mano a algún lugar del cuello y baja la extremidad recorriendo su torso hasta la cintura dejando al descubierto una camiseta blanca con una enorme A inscrita en un círculo. Luego tiró de los pelos de su cabeza y salió la máscara. El otro se la dejó puesta mientras fumaba mirando el foso.

—¿Tú crees que saben que los monos estos ya han desaparecido?

—No sé. Pero no importa. Mientras paguen…

—Tienes razón. Mientras paguen, todo bien.

—Por cierto, ¿te he enseñado la foto de mi novia?

—¿Esto es tipo prisión?

Bueno, si no quieres no te la enseño, vamos a follar igual. Y sí, somos prisioneros, ¿no ves las verjas esas?

—Ya… A ver, enseña la foto.

—Ahí va.

—¡Ostias! Muy… guapa. Aunque está un poco gorda, ¿no?

—Es un efecto óptico, gilipollas.

—Vale, vale. Si a mí me gustan así.

Luego siguieron hablando un rato pero ya no les presté atención porque decidí salir corriendo hasta la entrada. Allí, un portero con no más de diez dientes, en total, discutía con mis padres y hermanos. Al verme combinaron una expresión de odio y de alegría, aunque hasta que me dieron una bofetada no salí de dudas: por la inclinación de sus manos eso era amor.

Ya en el coche, mi padre puso la radio y un famoso locutor de voz grave hablaba de los maravillosos vinos de no sé qué isla. Por un momento imaginé que mi familia y yo nos quitábamos el disfraz de humano para convertirnos en una familia de gorilas contentos por ir a darse un baño tibio en la playa antes de cenar.

 evolución foto adn

Evolución

 

El cielo es gris y cae sin pausa ceniza que se deposita en el suelo formando un almohadón de polvo. Ahí arriba, recortados y en continuo movimiento contra este firmamento grisáceo, cierto tipo de aves inauditas con ojos compuestos y dos pares de alas repiten sin cesar: Mierda, Pepe, ese botón no era. Mierda, Pepe, ese botón no era. Mierda, Pepe, ese botón no era… Una y otra vez, llenando el espacio y marcando el ritmo en este nuevo universo. Al fondo vemos una ciudad en llamas y en primer plano una gran nave industrial repleta de murciélagos blancos que duermen colgados de las vigas. Por aquí y por allá hay algunos matojos violetas de grandes flores rojas pestilentes donde, en intervalos de exactamente trece segundos, se posan miles de insectos parecidos a avispas del tamaño de gorriones.

Contra la pared de la nave industrial tres figuras humanas conversan tranquilamente sentadas. Nos acercamos lentamente en la medida en que nuestras patitas lo permiten, puesto que, querido lector, te guste o no, somos un par de cucarachas mutantes con licencia para comprender el lenguaje humano. Buscamos un buen lugar, como si estuviésemos en el cine o en el teatro, y prestamos atención. Una de las figuras se levanta y encara a las otras dos bajándose los pantalones…

—Os lo juro, tíos, la última vez que miré tenía dos testículos.

 

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 Ilustraciones relato: (inicio) Imagen por OpenClipart-Vectors / Pixabay [CCO] | (en el texto) Fotografía por typographyimages / Pixabay [CCO].

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Revista Almiarn.º 89 / noviembre-diciembre de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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