relato por
Juan J. Sánchez González

 

J

ulia salió de su casa en mitad de una fresca noche de mayo, cruzó la calle deprisa, sin hacer ruido, calzada con sus zapatillas de paño y envuelta en su bata rosa, agitando a cada paso sus grises pelos desgreñados. Parecía un fantasma deslizándose silencioso en la metálica penumbra generada por la iluminación LED. Pero Julia no estaba para pensar en su aspecto. El mundo, su mundo, se había derrumbado ese día… aunque todavía podía ser peor…

Se detuvo ante la puerta de la casa de enfrente, la casa de Laura. No se hablaba con ella, solo se hablaba con un par de vecinas de la calle, pero su marido, Fermín, era policía municipal, él sabría lo que hacer. Con la mano derecha golpeó con suavidad la puerta de hierro. Esperó. No hubo respuesta. Volvió a llamar más fuerte. Tampoco. Lo intentó por tercera vez. Escuchó un «ya va» amortiguado por la distancia y la puerta. Algún tiempo después un cerrojo chirrió y la hoja derecha de la puerta se desplazó ligeramente hacia dentro, abriendo una estrecha rendija por la que asomó un ojo negro, grande, redondo, aureolado por la luz amarillenta que escapaba del interior.

—Qué pasa —era la fuerte voz del policía, una voz airada, casi ofendida.

—¡Este hombre me va a matar! —empezó a sollozar Julia, al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho, hasta colgar sus manos de los hombros—. No sé dónde se ha metido… desde que se fue esta tarde no ha vuelto.

El ojo se retiró de la rendija y la hoja de la puerta se abrió del todo, mostrando a un hombre robusto, de mediana estatura, vestido con un pijama blanco con rayas azules, en cuyo rostro destacaba un rotundo mostacho negro. Ahora eran dos los ojos grandes y oscuros que miraban a Julia con una mezcla de asombro y fastidio.

—¿No te dijo dónde iba? —preguntó de nuevo el policía.

Tras la gruesa silueta de Fermín, sobre su hombro, asomó una cabeza de mujer, pálida, gorda, blanda, con ojos de sueño y el cabello rubio alborotado.

—No… después de… después de eso se fue y no sé dónde…

—Y qué quieres que haga yo… —replicó Fermín, ahora con voz entrecortada.

—Tú eres municipal…

—Pero… pero… puede que se haya entretenido en alguna parte.

—Ya no bebe… desde lo del infarto ya no bebe… no pisa los bares ya.

—Entonces… ¿qué crees? —preguntó el policía casi en un susurro.

Julia empezó a llorar sin ruido, arrugando la cara en torno a los ojos, estremeciéndose dentro de su bata rosa, con los brazos cruzados delante del pecho y las manos sujetas a los hombros.

—Voy a ver… Pedro está de servicio… voy a ver, voy a ver.

El policía dio la vuelta y se adentró deprisa por el corredor hasta perderse por una puerta lateral. Laura quedó sola frente a su vecina, envuelto su gordo cuerpo en una bata similar a la de Julia, solo que de color azul. Miraba llorar a su vecina con sus ojos claros muy abiertos y la boca temblorosa. No sabía lo que hacer… no se hablaba con esa mujer, la detestaba, pero aquello, aquello…

—Pedro, perdona que te moleste… tú estás de servicio, ¿no? Verás, es algo importante… —a través del pasillo, la voz de Fermín llegaba nítida, rotunda, con un tono de resignación solemne—, mira, a ver, es por un caso de posible… posible suicidio… un hombre, un vecino mío… la mujer no sabe dónde está y bueno… sospecha que ha podido hacerlo… no, no sabemos dónde puede estar… sí, ven para mi casa… de acuerdo, hasta ahora.

Fermín regresó a la puerta. Informó a Julia de que un coche de la policía municipal estaba de camino. Regresó a la habitación para cambiarse.

Ahora, sin la solemne voz de fondo, el silencio entre Laura y Julia era más tenso. La mujer del policía empezaba a sentir algo parecido a remordimientos. La tarde de aquel domingo había sido demasiado buena. No todos los días la familia que uno más odia se destroza a vista de todo el mundo. Habían gritado, se habían insultado, habían puesto al descubierto las miserables causas de sus pretendidos éxitos, esos éxitos que a Julia tanto le gustaba airear en la calle: que si su hijo ingeniero había montado una empresa y ganaba mucho dinero y se iba a comprar un BMW «nuevo de la casa» y un terreno para levantarse un chalé muy grande con piscina, que si se iba de vacaciones a este sitio, o al otro, nombrando países y ciudades que ninguna vecina conocía pero que sonaban caros… y el otro, el mayor, el chófer de confianza de las altas autoridades del gobierno de la región, al que podía vérsele a menudo tomando el aperitivo en la terraza de algún bar de la Plaza de España, relajado, descansado, engordando a buen paso, mirando con desprecio a la gente a la que esclavizaba su trabajo con horarios fijos y obligaciones desagradables. Ahora, después de esa tarde, todo estaba claro. Ambos hermanos se lo habían echado en cara, a grito pelado, lo suficientemente claro como para que toda la calle lo escuchase. De nada habían servido los lloros de Julia, que veía cómo la furia de sus hijos tiraba por tierra todas sus mentiras, ni el turbio silencio de Ramón, al que todos los vecinos imaginaban hundido en uno de los viejos sillones orejeros del salón, con esa cara de enfermo que se le había quedado tras jubilarse, sucio y despeinado su escaso pelo gris, vestido de chándal, la única prenda con la que se le veía últimamente, mirando hacia ningún sitio.

Ahora toda la calle sabía que el lujo de Alfredo, el ingeniero, se lo habían comprado sus padres a costa de vender las tierras que habían heredado y que el puesto del chófer, Juan Carlos, era el premio a pasarse años «chupándosela a los del partido», según habían podido escuchar de boca de su hermano. Eran cosas que se sospechaban desde hacía mucho tiempo, sobre todo lo del mayor. Desde muy jovencito Ramón lo afilió al partido que llevaba gobernando la región sin interrupción desde 1983. Durante varios años fue presidente de su sección juvenil en Villaumbría, donde mostró siempre una lealtad absoluta hacia los jefes del partido, sin criticar jamás ninguna de sus actuaciones, lo que le valió ser contratado como chófer de los altos cargos del gobierno regional. Por eso cuando llegaban las elecciones se multiplicaba. Juan Carlos, que tenía fama de vago, estaba en todas partes: pegando carteles, repartiendo folletos en el mercadillo o en la plaza de abastos, acudiendo a todos los mítines, en los que sonreía y tocaba las palmas con exagerado entusiasmo, ejerciendo como celoso apoderado de mesa electoral el día de las elecciones… Después, obtenido el triunfo, volvía a su habitual pereza.

Lo del hijo menor, Alfredo, el ingeniero, había sorprendido algo más. El matrimonio empezó a vender las tierras que había heredado con la excusa de que Ramón ya era muy mayor para trabajarlas. Sin embargo, lejos de mejorar su nivel de vida, el matrimonio parecía haberse abandonado. Julia no se compraba vestidos nuevos, ni siquiera para las pocas bodas y comuniones a las que era invitada, apenas se peinaba, andaba todo el día en bata y no iba a ninguna parte. Peor era lo de Ramón que, tras jubilarse después de cuarenta años trabajando como herrero, se pasaba el día en los bares, hasta que volvía a casa borracho ya entrada la noche. Un infarto le obligó a renunciar a la bebida. Entonces se enfundó un chándal y empezó a pasear. Ahora todos los días eran largos días de paseo, de paseo solitario y lento, sin ningún destino y sin salir siquiera de las calles del barrio. También adquirió por entonces una extraña costumbre, la de aparcar el coche, su viejo Renault Laguna azul de más de veinte años, lejos de la puerta de casa, incluso en otras calles, costumbre para la que nadie encontraba razón alguna y que los vecinos achacaban a manías propias de un hombre que se hacía viejo muy deprisa.

Con lo que sí coincidió la venta de las tierras fue con el inicio de la buena vida de Alfredo. La fortuna de Juan Carlos la había labrado Ramón al introducirlo en el partido. La de Alfredo la forjó Julia. El objetivo era convertirlo en un triunfador, especie rara en aquel vecindario habitado por familias obreras que sobrevivían como podían a la crisis, con hijos, muchos de ellos con carreras universitarias, que se buscaban la vida con cualquier cosa y que incluso habían tenido que emigrar a Inglaterra o Alemania. Quizás hubiera podido conseguirlo con sus propios medios, con el estudio de ingeniería industrial que había montado con un compañero de la universidad. Solo que Julia tenía prisas, demasiadas prisas por poder contar a sus vecinas lo bien que le iba a su hijo en la vida. Con la excusa de que eran préstamos que Alfredo debería devolver al patrimonio familiar cuando el negocio marchase bien, empezó a vender las tierras que una afortunada combinación familiar había puesto en sus manos, pequeños lotes de tierras que habían sido la modesta ambición de sus antepasados jornaleros pero que sumados constituían una pequeña fortuna.

El ambiente familiar se había ido enrareciendo a medida que las tierras disminuían y el tren de vida de Alfredo aumentaba. Juan Carlos dejó de hablar a su hermano y se enfrió la relación con sus padres. El detonante de la batalla que habían sostenido aquella tarde de domingo fue la comunión de la hija mayor de Juan Carlos, que había pedido a sus padres un préstamo como los que concedían a su hermano para celebrarla «por todo lo alto». Julia se negó, no estaba dispuesta a vender más tierras «para dar de comer a gorrones». Ramón, como de costumbre, no dijo nada. Alfredo, que acudió a la llamada de su madre, actuó con la precipitación que le caracterizaba y nada más entrar en casa afirmó que «por sus santos cojones no se vendían tierras para dar de comer a gentuza». Así se desató la tormenta que, durante al menos un par de horas, se desahogó a base de gritos, insultos, portazos, amenazas de muerte y reniegos de familia… y todo para gozo y disfrute de los vecinos de la calle que, encerrados en sus casas, vigilantes tras cada persiana, atendían entusiasmados a la guerra de aquella familia.

Cada segundo de espera, en aquel silencio, era eterno. Laura no sabía qué hacer. Detestaba demasiado a Julia como para que, incluso en un momento así, sintiera por ella algo parecido a la compasión. Sin embargo, había que cumplir con las obligaciones sociales. No quería que al día siguiente las vecinas dijesen que se había portado muy mal con la pobre Julia, que no le había ofrecido su hombro para llorar el suicidio de su marido. Haciendo un gran esfuerzo, salió a la acera y abrazó a Julia, un abrazo breve, seco y forzado que la avergonzó profundamente. Julia no reaccionó, se dejó envolver por aquellos brazos cortos y gordos sin hacer nada ni decir nada. Cuando Laura se separó de Julia, su cara estaba roja de vergüenza y ocultaba su mirada entre los desordenados mechones rubios de su cabeza. Laura se dijo a sí misma que no volvería a hacerlo, ni aunque toda la familia de ese bicho se suicidase aquella misma noche.

En aquel instante, un coche dobló la esquina baja de la calle, aproximándose deprisa hasta detenerse con el motor en marcha junto a ellas. Era un coche de la policía municipal. Por la ventanilla del copiloto asomaba una cara ancha, muy blanca, de rasgos blandos, de aspecto algo femenino, que contrastaba con el amarillo fluorescente del peto del uniforme. Era Pedro. Apenas tuvo tiempo de saludar a Laura cuando Julia se precipitó hacia la ventanilla del coche y empezó a gritar que encontrasen a su marido, que iba a hacer una locura. Fermín apareció en la puerta vestido con un polo azul claro, pantalones vaqueros y zapatillas deportivas. Se fue hasta la ventanilla del coche, junto a Julia, a la que intentó tranquilizar.

Para entonces, muchos vecinos se habían asomado a las puertas de sus casas. La mayoría estaba en pijama o bata. Se limitaban a mirar y a cuchichear entre sí. Solo uno de ellos se acercó a Laura. Era un treintañero alto y flaco con los ojos hinchados de sueño.

—¿Qué pasa con Ramón?

—Que no aparece… que desde lo de esta tarde se fue y no se sabe dónde está…

—Pero si yo lo he visto hace poco… en su coche y me ha saludado como si tal cosa.

—¿Cómo? —preguntó Laura entre asombrada y divertida. Su reacción hizo que los del coche callaran y se volvieran hacia el joven.

—Ramón estaba hace una hora o algo más en su coche, sentado dentro —el joven, algo azorado, se dirigía ahora al grupo reunido en torno al coche de la policía—, no sé qué hacía pero yo creo que estaba bien… vamos, yo le saludé y me devolvió el saludo así —agitó la mano derecha en el aire—. No sé, no sé qué hacía allí… no parecía que fuese a ningún sitio.

—¿Dónde está el coche?

—Ahí al lado, en la calle de San Julián, a la altura de la casa de Joaquín el Pelao.

—¡Y la manía que le ha entrao a este hombre de aparcar el coche siempre lejos de casa! —protestó Julia elevando la mirada al cielo, sin dirigirse a nadie en particular.

—Vamos —dijo Pedro.

A pesar de que la calle de San Julián era la inmediatamente paralela, ni Julia ni Fermín dudaron en montarse en el coche. Cuando Fermín cerró la puerta trasera Laura saltó hacia ella, sujetándose de la manilla en el momento en que el vehículo empezaba a ponerse en marcha. Ni siquiera lo pensó, solo obedecía a un impulso repentino.

—Espera, espera, yo también voy.

Fermín abrió la puerta, sorprendido por la reacción de su mujer, aunque no dijo nada mientras le hacía hueco en el asiento, obligando a Julia, que la miraba con gesto de disgusto, a apretarse contra la otra puerta. Ni Pedro ni Juan objetaron nada. Era la mujer de un compañero.

El coche, conducido por Juan, un treintañero alto, delgado y serio, se puso en marcha y ganó velocidad rápidamente, subiendo la ligera pendiente que ascendía hasta una ancha calle transversal. En la esquina giró a la izquierda y en la siguiente bocacalle volvió a girar en el mismo sentido, bajando ahora la pendiente por la calle de San Julián. La calle estaba vacía, dormida, sumida en la misma metálica penumbra, una calle en domingo por la noche, con todas las puertas cerradas, las persianas caídas y ningún hueco libre junto a las aceras en donde aparcar un coche más. A media altura de la calle, Julia reconoció el Laguna azul.

—Ahí está… ahí está… —dijo, abalanzándose hacia delante, estirando el brazo por entre los asientos delanteros.

El Laguna estaba aparcado con el morro orientado en dirección contraria a la que ellos seguían. El parasol, pegado a la luna delantera, impedía ver el interior. Juan detuvo el coche en mitad de la calle, junto al de Ramón. Por las ventanillas laterales se divisaba el oscuro interior del vehículo. La imprecisa figura de un hombre se distinguía en el asiento delantero.

La primera en bajar fue Julia, que casi se tiró del coche antes de que se detuviera y que nada más poner los pies en el suelo empezó a gritar «¡desgraciao, desgraciao!», corriendo hacia el Laguna para golpear su carrocería con los puños. Juan se lanzó tras ella, intentando calmarla, mientras Pedro y Fermín corrieron a la puerta del conductor, por la parte de la acera. Laura se bajó del coche de la policía y permaneció en pie junto a la puerta trasera, cruzados los brazos delante del pecho.

El hombre que estaba sentado dentro era Ramón, pero parecía dormido o inconsciente. Probaron a abrir la puerta, estaba cerrada. Golpearon el cristal. Ramón movió lentamente la cabeza hacia los lados, apenas abría los ojos, parecía aturdido, semiinconsciente. Golpearon más fuerte el cristal, llamándole por su nombre. Julia se había unido a ellos por el lado del conductor, seguía llamándole desgraciado. Para entonces una multitud de vecinos en pijama, bata o chándal se había congregado alrededor del vehículo o miraban desde las puertas de sus casas. Algunos daban consejos sobre cómo debían abrir la puerta, otros decían que ya les había dado mala espina ver a aquel hombre sentado toda la tarde en el coche, aunque la mayoría se limitaba a intercambiar opiniones en voz baja.

Ramón recobró el sentido, al menos lo suficiente como para mirar con asombro las caras que le observaban por la ventanilla. Bajó el cristal despacio, como si le costase un mundo dar vueltas a la manivela. Del interior del coche escapó un hedor denso y nauseabundo.

—¡Me vas a matar, desgraciao, me vas a matar…!

Fue lo primero que escuchó Ramón de boca de su mujer. Pedro y Fermín observaron su mirada vidriosa y abstraída. Le preguntaron algunas cosas sin importancia para comprobar su grado de lucidez. A todo contestaba con voz débil, apenas audible, «dejadme, dejadme». Pedro ordenó a Juan que mantuviese alejada a Laura, a la que el joven agente logró llevarse hasta la parte trasera del coche, sujetándola por los hombros. Después metió la mano por la ventanilla, abriendo la puerta despacio. El grueso cuerpo de Ramón estaba hundido en el asiento, ligeramente inclinado hacia detrás, con los brazos caídos, sin fuerza, junto a los costados. El pantalón gris del chándal estaba mojado, una oscura mancha cubría su entrepierna. Restos de vómito salpicaban el volante y sus piernas, el resto se encontraba desparramado por la alfombrilla, cubriendo sus zapatillas deportivas. En el asiento del copiloto y bajo la guantera, vieron cinco botellas de cristal de tres cuartos, sin etiqueta alguna, vacías todas ellas menos una que estaba a medias y que contenía un líquido oscuro que, por el olor que desprendía el coche, parecía vino tinto.

Pedro preguntó a Ramón si había tomado algo más que vino. Volvió a contestar «dejadme». Pedro y Fermín se miraron.

—Yo creo que sólo está borracho —concluyó Fermín, agitando su rotundo mostacho.

—No sé… no sé —respondió Pedro rascándose la barbilla, después miró hacia Julia, que Juan retenía junto al maletero del coche—. Julia, ¿tu marido está tomando alguna medicación?

Julia se revolvió en su bata, liberándose de Juan, y se adelantó hasta la puerta delantera. Cuando vio el aspecto que mostraba su marido, comenzó a aullar «¡Aaay, aaay!». Juan intentó de nuevo alejarla. Ya era inútil, el viejo cuerpo de Julia vibraba dentro de su bata rosa en una especie de danza primitiva que acompañaba con aullidos y que completaban los rasgos desfigurados de su rostro. Los vecinos, antes curiosos, callaron, serios, un poco solemnes, mostrando la misma actitud que exhibían ante el paso de un cortejo fúnebre. Todos pensaban que había sucedido una desgracia, ahí, en su calle, en plena noche de domingo.

Los aullidos de Julia lograron sacar a Ramón de su aturdimiento. La miraba danzar con sus ojos hinchados y rojos. Balbuceó algo que Fermín entendió como «hija de puta». Después comenzó a moverse despacio. Apoyó el pie izquierdo en la acera, después el derecho. Permaneció un rato sentado en el asiento, mirando a Julia, cuya danza estática continuaba incontenible. Comenzó a levantarse, lentamente, apoyando su brazo derecho en la ventanilla abierta del coche. Fermín y Pedro le dejaron sitio. Un vago terror se apoderó de los vecinos cuando vieron aparecer tras la ventanilla del coche la lamentable figura de Ramón, era como ver levantarse a un muerto. Nadie dijo nada. La calle permaneció en silencio, sólo roto por los aullidos cada vez más apagados de Julia. Ramón se puso en pie ante su mujer. Temblaba, parecía a punto de desmoronarse. Tuvo una extraña sacudida, su cintura se dobló ligeramente hacia delante, un sonoro pedo interrumpió el solemne mutismo que le rodeaba y una mancha oscura comenzó a extenderse por su trasero, al tiempo que un intenso olor a heces empezó a extenderse a su alrededor, haciendo que todos, salvo su esposa, se apartasen. Julia calló al fin. No hacía nada, sólo miraba con los ojos muy abiertos a su marido, que se tambaleaba sobre sus pies y la miraba con ojos febriles. De su boca torcida, con la lengua chapoteando en saliva, escapaban algunas palabras casi susurradas: «déjame reventar en paz».

Todos habían callado, ni siquiera se comentaba el hecho de que Ramón se hubiera cagado encima. No tenía ninguna gracia, al menos por esa noche. En otras circunstancias, al día siguiente incluso, tal vez sí. Pero no entonces, no entonces. Por eso todos se escandalizaron cuando, en mitad de aquel fúnebre silencio que llenaba la calle, se escuchó la risa nerviosa de Laura.

Pero Laura no podía contenerse, lo que estaba viendo era demasiado bueno. Bajo esa apariencia de buen hombre con que Ramón engañaba incluso a su marido, sólo había un asqueroso borracho. Tal vez no fuera su culpa, quizás fuera la única forma de aguantar a los bichos que tenía por familia, pero era un borrachuzo. Laura nunca se había creído que el infarto le hiciera abandonar su vicio así, de buenas a primeras. Algo se olía. Siempre supo que había gato encerrado en eso de dejar el coche lejos de casa. Ahora se veía porqué. El pobre desgraciado lo utilizaba para guardar el vino barato que compraba en cualquiera tabernucho y poder seguir bebiendo a espaldas de su mujer, aunque fuera vino recalentado en el coche. Era demasiado bueno y por eso no pudo contener la risa, esa risa nerviosa que era como si le hiciesen cosquillas en la barriga, y que sonaba como un montón de ratas chillando. Todo el mundo la miraba, miradas de incomprensión y de censura, incluso su marido la miraba así. Pero no le importaba, no le importaba en absoluto, porque en ese momento el odio era más fuerte que ningún otro sentimiento, odio a Julia, a Ramón, a sus hijos, a tanto BMW nuevo de la casa, a tanta casa grande con piscina, a tanto viaje, a tanta felicidad postiza, odio hacia todo eso que la envenenaba por dentro y que los envenenaba a todos.

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Juan José Sánchez González. Autor extremeño, natural de Villafranca de los Barros (Badajoz). Es presidente de la Asociación de Amigos del Museo Histórico de Villafranca de los Barros, desde la que se publica la revista digital El Hinojal (ISSN 2341-3093).
Tiene publicados diversos relatos en las revistas literarias Ariadna RC, Almiar, Narrativas, Relatos sin Contrato (RSC) y Pluma y Tintero, además de en antologías como El Vuelo de la Palabra, el cuento en Extremadura en 2015, en la 1.ª Antología de relato corto publicada en mayo de 2015 por Serial Ediciones y Palabras Contadas de La Fragua del Trovador.

 

Contactar con el autor: ret50jon[at]hotmail.com

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Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 91 | marzo-abril de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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