relato por
Vanesa Núñez Sierra

 

 

I

 

Enciendo el televisor.

En las franjas horizontales grises, empieza a distinguirse el paisaje de una pintoresca aldea del centro de Europa entre montañas. Después mis ojos quedan atrapados en una cara pequeña, enmarcada en un cabello ensortijado con flores. Admiro la delicada belleza de una muchacha. Se había descalzado para remojarse los pies en una fuente situada en el centro de la plaza. También se había empapado los bajos de su sencillo vestido. El blanco era impoluto. Susurra una canción con un tono triste y tranquilo, aunque también cierta emoción, hasta que un disparo silencia su melodiosa voz.

Por encima de las nubes, bajo el atardecer
vuela el solitario halcón.
Si está triste, nadie lo sabrá.
Atravesando el silencioso viento,
con sus pequeñas alas, abraza el vacío cielo.
Nunca logra descansar.

Nadie sabe qué hay en tu corazón.
Tu corazón es como ese halcón.
Nadie sabrá qué hay en tu corazón,
tu tristeza que ahoga al Sol.

El rocío tropieza tiernamente en la tierra.
Esconde en un capullo, de un salmo arrullo,
la lágrima de la pequeña flor.

Todos los colores en la lluvia se desvanecen.
¿Quién se detendría a apreciar
el tenue rosa de tus pétalos?

Nadie sabe qué hay en tu corazón.
Tu corazón es como esa flor.
Nadie sabrá qué hay en tu corazón,
que bajo la lluvia tiembla tu dolor.
[1]

—Vete al infierno —le dijo ella.

—Fui y volví; estaba lleno —replicó el muchacho antes de marcharse y regresar con la deringer de su padre—. Guárdame sitio en el cementerio.

Recién dejaba la adolescencia. Sólo era una niña disfrazada de mujer. Cayó hacia atrás, sus ropas se empaparon totalmente de agua y el agua se impregnó de sangre.

Fueron tres tiros: falló dos y el tercero le dio en el pecho. El espectador se estremece ante su sonrisa helada e infectada de piedad.

 

II

 

Abrió un cajón del carísimo escritorio de caoba, no sin antes acariciarlo como si fuera terciopelo, y sacó una hoja amarillenta. Se reclinó en la silla de cuero y estuvo unos segundos mirando al techo. Después se volvió a pegar a la mesa y, a fin de capturar un grano de las arenas del tiempo, dibujó su retrato. Se imaginó quién había dejado ese papel, intencionadamente para él, y se convenció de que aquella persona lo hizo pensando también en ella.

—No fui yo —empezó a escuchar a través de la puerta. Se levantó rápidamente de la silla, se peinó con las manos, se metió la camisa dentro de los pantalones y adoptó una postura militar, firme, con los hombros atrás y el pecho hacia fuera—. Ríos de tinta corrían por sus venas y envenenaban su sangre. Dejó de escribir cuando empezó a vivir. Bajo negra estrella nace el poeta… No, hay quien nace con estrella y quien nace «estrellao». El dolor fue el fuego que alimentó su canto; ahora intenta callarlo. Es poeta porque insufla vida a las palabras, donde cree que reside el alma de todas las cosas. Ese chico…

—¿Piensas convertirte en su mecenas? —interrumpió, con carcajadas secas, una voz rota.

—Es un iluso que se esfuerza en amar la vida que no conoce y odia.

—Yo no sé nada de la vida, pero sí cómo es el mundo: implacable. Como el niño que es, llora para conseguir algo y sus caprichosas lágrimas se vuelven francas, pues hace del dolor su pan y su vino. ¿Qué quiere del muchacho? Esta casa esconde secretos. Cualquiera que ponga un pie en ella se convierte en una amenaza para todos los que vivimos aquí… Así que es imposible hacerle cambiar de idea. Lo que para mí es un día, para ti es una vida.

—El loco es loco porque no puede disimularlo.

—Así que es escritor (?).

—Era escritor. Antes escribía novelas de misterio; ahora trabaja como detective —sus risas se unieron. Les seguía una tos seca. Parecían dos viejos diablos—. Pero muy pocas personas conocen su nueva profesión. Por eso, es perfecto; nadie sospechará. Cuando cumpla su función, me encargaré de cerrarle la boca.

Abrió la puerta un hombre joven, de contextura un poco gruesa aunque bastante apuesto. Rondaría los treinta, pero imponía con su presencia. Una coleta rubia oscura le caía por el hombro. Olía a rosas. Quedó embelesado.

Antes de presentarse formalmente, se dieron un fuerte apretón de manos.

—¿Me estoy dirigiendo al señor Stroh?

—Conde von Stroh, si no le importa —rectificó un sirviente de complexión fuerte con pinta de guardaespaldas, descubriéndose tras la puerta.

—Vayamos al grano —puso un tono de voz más serio, pero sus nervios todavía eran algo evidente. Se  aclaró  la  voz—. ¿A quién debo investigar?

—A mi esposa.

—¿Cree que le es infiel?

—Lo sé.

—Entonces, no entiendo por qué me ha llamado.

—Para descubrir al hijo de puta que se la está tirando.

Se quedó mudo por un momento, incrédulo al escuchar esas palabras de una persona con una reputación impecable y tanta clase.

—Acabo de regresar de un largo viaje y estoy cansado —supuso que era su forma de disculparse.

—¿Qué lugares visitó?

—Latinoamérica. Cambiando de tema, disponemos de alguno de sus libros en nuestra biblioteca que, por cierto, le invito a visitarla.

—No puedo evitar menospreciarme al preguntarme por qué ha solicitado mis servicios, ya que soy consciente de que hay profesionales con más experiencia.

—La alta sociedad siempre se ha pavoneado con artistas e intelectuales. Usted fue escritor y eso le convierte en una envidiable compañía.

—No señor, no era escritor, sino artista.

—¡Ah!, ¿sí? ¿Y cuál es la diferencia?

—Básicamente, es mejor ser escritor.

—Este nuevo mundo prescinde de artistas cuando más los necesita… ¿verdad, cariño? Te presento a mi esposa: Isabella. Querida, ¿llevas mucho tiempo esperando?

—No quería interrumpir.

—No podrías. ¿Dónde están las niñas? Hace no mucho, venían corriendo a recibirme.

—Han crecido muy rápido.

—¿Me echabais de menos o me echáis de más?

—Siempre tan mordaz.

—Como la vida misma. Detective… ¿Puedo llamarle Franz?

—Por favor. También me sentiría más cómodo si me tuteara.

—Franz, ¿me acompañarías al jardín?

—Glamis Castle —es un tipo rosa—, ¿verdad?

—¿Es aficionado a la jardinería?

Parecía emocionado al hablar del tema. Esa reacción le pilló totalmente desprevenido y no pudo disimular una pícara sonrisilla. Cuando se percató de la presencia de su esposa, dijo rápidamente:

—Disculpen, me gustaría retirarme a mi habitación a descansar. Ya se ha hecho tarde.

—Mandaré que le lleven la cena —contestó Falke—. No podías aguantar la curiosidad.

—¡Mira  quién  fue  a  hablar!  Tengo  espías  en  mi  propia casa —replicó una vez el muchacho entró dentro—. Sólo te amas a ti mismo y a esas rosas. —él quiso reclamarle: «tú me pediste esas rosas y lo has olvidado»—. Quién pudiera ser su espina para clavarse en tu piel.

—«No todas han florecido esta primavera. La última flor no podrá florecer hasta que las otras marchiten». Creo que es una cita de Zeami Motokiyo; hace tiempo, la leí en algún sitio.

 

III

 

Ya era de noche. El joven detective daba vueltas en la cama cuando recordó el papel que había requisado. Primero, tanteó los bolsillos del pantalón; luego, recordó haberlo dejado en el secreter. Barrió todos los cachivaches con un brazo. Puso el retrato a un lado y, a otro, un taco de folios. Del bolsillo de la camisa, sacó su pluma. Soltó una bocanada de aire y una risilla infantil. Todavía podía seguir escribiendo, y escribió hasta quedarse dormido.

 

En cuanto cierro los ojos, escucho una canción. No sé de dónde viene ni quién canta, pero su voz me resulta familiar. Es suave, débil y relajante, aunque también desafinada. Un encantamiento infantil para ahuyentar el miedo. Sólo tengo que pronunciar las palabras mágicas. Si todavía pudiera soñar despierto… Sólo mientras duermo, puedo recordarlas.

Con los ojos entornados, la luz del crepúsculo es de muchos colores. Lo último que ven estos ojos es el Sol hundirse en el Leteo. Percibo en la brisa otros olores. Me llevará a ese lugar solitario ¡volando! Atravesaré un bosque. Las ramas de los árboles, tan altas como los muros de las catedrales, ocultan la Luna. No me detengo hasta llegar a un claro, donde caigo en picado al suelo; pero el follaje es tan abundante y espeso que no me hago daño. Todo está cubierto por una niebla muy densa. Me pongo en pie y no puedo ver mis zapatos. Avanzo un paso; entonces se disipa, un mar nebuloso se parte en dos. Se abren las cortinas y me encuentro de frente con este castillo.

Juraría que un fantasma cruzó el cielo, sobrevolando mi cabeza, en un vestido de encaje blanco. Las mangas, los bajos y el velo que cubría parte de su cara estaban rajados. Mostraba una piel de tono azulado y unas proporciones perfectas, fría belleza; mas el fino tul dejaba entrever su verdadero rostro, desfigurado, un cadáver en descomposición, la fealdad de la muerte, en cuyo reino en verdad seremos iguales. Todos tendremos el mismo pútrido aspecto en la sepultura, hasta la más agraciada. Miro asustado hacia todos lados. La Luna también es azul, como los muros de piedra y las rosas del jardín. A lo mejor se enredó en sus espinas; parece seda la escarcha.

Tengo más miedo ahora que estoy aquí y puedo verlo con los ojos bien abiertos y despiertos, como me veo reflejado en el lago helado que tengo que cruzar. Un sirviente encapuchado me guía y escolta (o se asegura de que me dirija a una nueva prisión). Sin perder la vista del hielo, grito en silencio: ¡Tú controlas este sueño, pero no sé adónde quieres llegar!

 

Se había asegurado de que estaba dormido llamando a la puerta. Entró sin cuidado de no hacer ruido, como el amo del castillo (y todo lo que habitaba en él) que era. No tenía de qué preocuparse, había parado para comprar un preparado de opio que le curaba todos los males y le dejaba K.O., así que podía registrarle con total libertad, y tuvo que llevarse la mano a la boca para no echarse a reír cuando leyó en un calendario:

—Jarabe calmante de la señora Winslow.

Disfrutó la lectura.

—Tienes mucha imaginación… Esos ojos brujos son un pecado.

Corrió a esconderse detrás de la puerta antes de que los abriera.

—¿Qué?  ¿Había  alguien?  Me  pregunto  si  hice  bien  en  venir aquí —suspiró—. No, es tarde para hacerse inocente. Soy malvado; pero debo estar orgulloso de mi maldad porque no es cobarde. Mientras observo su asquerosa bondad, mi maldad se mantiene incorruptible. Todos mis sentimientos: mi amor, mi odio, mi miedo, mi esperanza, mi desilusión… son puros. Odio con el corazón, no la cabeza, y mi odio no tiene fronteras. No me importan las consecuencias mientras pueda contemplar a mis enemigos hundidos en la desesperación y me asegure de que no pueden volver a levantar la cabeza, y sea mi mano la que los empuje bajo tierra, hasta el infierno. Si sólo fuera más fuerte…

—Yo te prestaré mi fuerza —murmuró Falke— y, a cambio, tú me darás más. Me alimentaré de tu debilidad.

—Sí, mi maldad sigue estando muy por encima de la suya, porque sólo despierta ante el odio, y mi odio no responde a ningún interés.  Ellos  no  te  odiarán  hasta  que  dejen  de  sacarte provecho —se recuerda— y, si no pueden hacerlo o piensan que no lo suficiente, entonces ya tienen a alguien hacia quien enfocar su ira. Todos los males del mundo son por ignorancia, envidia y una ira sin sentido, no por pura maldad. Aunque yo me esté hundiendo en la desesperación… Tal vez no sea el amor que me tengo a mí mismo tan fuerte. Después de todo lo que has aprendido —se ríe—, y todavía tienes miedo a ensuciarte.

 

IV

 

Vestía ropas tradicionales cuando la vi por primera vez. Arrastraba los zapatos que parecían hechos de hierro y levantaba el polvo del camino a su paso. Parecía un cisne a punto de echar a volar mientras bailaba, con ese largo cuello estirado para levantar la cabeza hacia el cielo y batiendo sus brazos como si fueran alas. Fue el único día que no la vi descalza.

La plaza estaba abarrotada. En mi vida, había visto tal multitud. Había llegado gente de todas las regiones colindantes. Las calles estaban inundadas de júbilo, música, vino y buena comida. Las puertas y ventanas de nuestras casas estaban abiertas de par en par. Los chiquillos correteaban por los callejones y los viejos habían sacado las sillas a la rúa para tomar el Sol. Se había abierto el cielo y el tiempo era inusualmente bueno. Hacía calor, pero también corría una brisilla muy agradable. Me sentía bastante confiado para sacarla a bailar, así que me armé de valor y me dirigí hacia donde se encontraba con marcha militar; pero se me adelantaron, y me quedé callado, allí quieto, mirando cómo se marchaban de la mano.

 

V

 

Siento que algo me acecha. En este castillo, hay misterios que no quiero resolver. Puedo ver los fantasmas sobre los que escribía, esos que salían de mi cabeza. ¿Volverán a ese lugar, junto a la vaga sombra que nació conmigo dentro de una nube de humo? Sólo sueño con ella… ¿o es ella quien visita mis sueños?… o una mariposa nos sueña a los dos y sólo somos eso: la vaga sombra de una pesadilla, un espíritu cuyo corazón ennegrecido dejó de latir. Esta madrugada había una hermosa luna llena, así que abrí las cortinas para dormir con un poco de luz. Enfrente, un hombre fumaba un cigarro de espaldas a la ventana. Se dio la vuelta y yo, no sé por qué, me escondí dejándome caer al suelo. Entonces empecé a ver destellos en la oscuridad, ojos que brillaban, sombras en las paredes, correteando en círculo a mi alrededor, y algo en apariencia humano junto a la puerta…

Cuando pienso que me falta algo (y esto sucede a menudo) sólo me viene una palabra a la mente: la calma. A todos los que vivimos aquí nos falta.

Con el crepúsculo, empiezan a apagar las luces. Sólo cuando el castillo queda a oscuras, recuerda. Este gigante de piedra se oculta en un frondoso bosque de abetos y captura la luz azulada de la Luna. Nadie duerme en esta hora funesta que el infierno abre sus fauces, ruge y su pútrido aliento inunda esta tierra. En esta maldita hora, podría rasgarme las venas de mis muñecas con mis dientes de ratón. En esta hora maldita, siento correr la sangre caliente de mis enemigos por mi garganta. Todo está vivo. Sus sentimientos calan las paredes y sus sueños violan los míos. Su naturaleza nos tiene abatidos.  Si  nos  clava  la  mirada,  nos  está  clavando  sus colmillos —me siento Harker—. Su aposento está justo encima del mío. Los pasos no se detienen hasta que rompe el alba. Escucho otras voces, además de la suya. ¿Quién es? La pregunta sólo me atrevo a pensarla.

Parece estar alerta en todo momento. Su voluntad es infranqueable. No podemos evitar admirarle. Y hay algo más. ¿Qué lo hace tan hermoso?

 

VI

 

Repetía en voz baja todo lo que escribía:

Un suspiro del diablo asciende de la tierra, candente, palpitante. El viento es aliento… del infierno. Olfateo su azufre.

Se detuvo un momento y señaló al techo.

Sus espinas. Es una rosa. Cuanto más la miras, se vuelve más hermosa. Ahora sé que nunca saldré de este castillo. Mi vida terminó cuando saqué ese papel de su escritorio. Estoy seguro de que lo ha visto y ha leído todo lo que he estado escribiendo; pero no hubiese deseado que fuera de otro modo.

—No puedo acercarme más a ti, ni alejarme; así que ven tú a mí y mutila mi piel, deja abierta una herida que nunca cicatrice. Clava una espina en mi mente y liga mi vida (que para ti será insignificante) a tu floreciente existencia, porque no quiero otra cosa, y hazlo pronto, pero tómate tu tiempo en devorarme. Para nosotros, nunca hubo un mañana.

 

VII

 

Tiende una sábana de raso azul medianoche y me mira con ternura. Alguien puso dos lapislázulis en sus ojos.

La estatua no estaba allí la primera vez que llegué al pueblo. Me contaron que la levantaron unos años después de eso; pero la he incluido en mi recuerdo. Era muy realista. Me congeló su mirada. Parecía a punto de hablar. ¿Quién era? No encontré ninguna placa. Parecía una mujer sencilla, del pueblo. Sus ropas eran de campesina. Su sonrisa petrificada mostraba serenidad y dignidad.

El castillo me recordaba a mis primeros días de infancia en la Toscana, aunque poco tenía que ver esa ostentación con la casa de campo de mi familia. Era por el aroma de las flores. Se situaba detrás de un campo de lavanda y otro de trigo salpicado de amapolas. Sólo faltaban las rosas. No había carretera, sólo un camino pedregoso de tierra para los tractores. Un perro custodiaba la entrada. Jamás le vi moverse. Éramos el uno para el otro algo así como primos lejanos. Jugábamos y hablábamos sin darnos demasiada confianza. Yo iba a visitarlo todos los veranos sin excepción, con o sin mi familia, sin hacer preguntas, mientras nuestros padres iban decidiendo nuestro futuro.

 

VIII

 

Tenía una sonrisa única. Era tan natural y despreocupada. Su gesto siempre era serio. Debió ser por eso que me sorprendió. Solía sujetar las gafas con la punta de la nariz, como las abuelitas, y era un típico gesto suyo ajustárselas a cada minuto. Me encantaban esas gafas gruesas y redondas. Eso pensaba hasta verle sin ellas, cuando empezó a gustarme de una forma distinta.

Los grillos no callaban. Eran lo único que rompía el silencio. Todo estaba lleno de polvo en esa vieja casa abandonada. Él no paraba de estornudar y yo no sé si estaba más aterrada porque fuera mi primera vez o por el ruido del viento colándose entre las rendijas. El mobiliario crujía y parecía que la casa gimiese. Algo debe andar mal conmigo: a pesar del lamentable escenario, encontraba el ambiente erótico y a ese universitario, tumbado en la alfombra, tremendamente sexy. Me excitaba la rebeldía que recién me mostraba y la mía al hacer algo que mis padres no aprobarían, a escondidas con alguien más maduro. Descubrí un nuevo sentimiento más intenso que la admiración y el cariño. Era pasión. Cuando apagó la luz de las velas, el suelo, las paredes y el techo se volvieron del color del fuego. Lo más probable es que, simplemente, se diera la situación; pero me convencí a mí misma de que había esperado a su último día como mi profesor particular para confesarse y que me había deseado todo ese tiempo. Ese también fue nuestro último día juntos.

 

Suelta mi cabello, se queda quieto un rato mirándome a la cara y lo peina a un lado. Desabotona mi camisa hasta la mitad mientras me besa el cuello, va bajando hasta la cintura y, finalmente, me recuesta sobre la cama. Sigue los mismos pasos. Me molesta que sea metódico, es como si el sexo fuera algo que forma parte de su rutina diaria y no tuviera que molestarse en sorprender a su amante, ya que al día siguiente será otra distinta. ¿Pudiera ser que no me recordara y sólo se hubiese dejado llevar? Pero era su experiencia lo que siempre me había resultado tan atractivo. Además, lo merecía. Esa iba a ser, supuestamente, una escapada romántica para mí y mi marido. Yo la había preparado, yo lo había convencido para irnos al culo del mundo. Debía estar en un balneario tratando de recuperar la chispa, en lugar de seguirle a un hotel. «Hoteles del amor» los llaman; pero no era muy romántico que digamos. Era supercutre, y cobraban por horas. No tenía valor para pedir la habitación y me quedé escondida detrás de una máquina expendedora de condones.

Volví a sentirme como aquella cría. Antes de salir, me coloqué las gafas de sol; pero aquella timidez no arruinó el momento, todo lo contrario: «Sigues siendo tan linda», dijo.

Lo recordaba todo: dónde le gustaba acariciarme, su forma de besar, ahora más agresiva… Cuando terminamos, me juré a mí misma que sólo había sido una aventura de una noche. En ese momento, no me arrepentía de lo que había hecho; sentí satisfacción. Tu amor había perforado un agujero en mi corazón; solo la lujuria…

Al llegar a casa y encontrarme el recibimiento de mi familia, sí, sentí culpa; pero también soledad, esa oscuridad que llenaba mi corazón ocupando el vacío de tu amor. «Este amor —pensé— ya ha cicatrizado».

No conseguía pegar ojo. Podía haber tomado pastillas, pero preferí el vodka. Una pregunta me reconcome todavía: ¿cuándo volveremos a encontrarnos? Sabía cómo terminaría esto, que ya no podíamos continuar nuestro romance, que ya era tarde.

—Sabía que acabarías descubriéndonos y sé de lo que eres capaz, pero no me importaba. Sólo puedo sentirme viva entre sus brazos.

«Ese día —quería reclamarme— tú te atreviste a amarme». Recordaba cuando regresamos a nuestra casa con una mirada de despecho capaz de asesinarnos. Yo también:

Ya no sé quién es el enemigo, ya no sé si este pequeño e insignificante, pero infinito, dolor, en venta por fascículos, es real. Nadie puede contemplar lo diminuta que me veo frente a este oscuro y mortecino espejo, a media luz y entre siniestras sombras.

Bajo un eclipse —no sé si esconde el Sol o la Luna, no encuentro diferencia entre el día y la noche; todas las estrellas resultaron fugaces y marcharon hacia quién sabe dónde robando deseos, fatua esperanza que inventó el bobo, engreído, iluso… el mismo loco que inventó el amor—, bajo «el» eclipse que prendió la llama que incendia el cielo esta sombría noche, consumiendo sueños y amores, que ciega mi mirada, mi piel abrasa y me abraza, yo soy esa ilusa; falaz espejismo, débil es la luz encarnada que ha congelado el tiempo.

 

IX

 

Escuchaba Nabucco. El viejo tocadiscos no descansaba. No había salido de la biblioteca en cuatro semanas. Tenía que entrar en cuclillas mientras dormía —roncando como un oso— para abrir las cortinas y dejar que entrara el aire. Era un día como otro cualquiera.

—¡Judas! —gritó corriendo hacia la cocina. Me dio un susto de muerte y solté un taco en voz baja al ver que la masa de pan se había echado a perder—. «Fieles son las heridas de quien ama;  pero  traidores  los  besos  del  que  odia» (Proverbios 27:6) —continuó recuperando el aliento.

—Señor, tenga un poco más de reparo.

Suspiré al tiempo que me daba la vuelta para no ver sus calzones.

—Es preciso que partamos a la Toscana sin más demora. Ya está tardando. Prepare su equipaje. Será una breve visita. Después tomaremos rumbo norte.

—Puede ir solo.

—¿Qué mosca te ha picado? ¡Es un caso! ¡Por fin! Y uno muy gordo. ¡Échale un vistazo! —tiré el periódico al suelo—. Se trata de la alta nobleza italiana y la antigua austriaca, no una sino varias casas mezcladas, en un caso de asesinato, puede que de múltiple asesinato. Ya veo mi… nuestros nombres en los periódicos —soltó una feroz carcajada—. Hasta en las revistas de sociedad. Esto es lo que estábamos esperando.

—No soy su ayudante y no pienso convertirme en cómplice de su delirio. Como en El Quijote, voy a quemar sus novelas de Perry Mason, se lo aviso, que su familia me ha dado carta blanca. Métaselo en su dura mollera: no es detective; sólo escribe novelas policíacas.

—La llevaré a la ópera.

Diciendo esto, me arrastró del brazo hasta la biblioteca. Allí encontré montones de recortes de periódicos, pegados en las paredes, esparcidos por el suelo… por todas partes.

—¡¿Quién se cree que va a recoger esto?! ¡¿Así que a esto se dedica?! ¿Y la novela? Los de la editorial no paran de presentarse exigiendo explicaciones, ya ni siquiera se molestan en escribir cartas, y yo tengo que dar la cara por usted.

Le seguía mientras corría de un lado para otro recogiendo libros con los que llenaba las maletas, hasta que se atrevió a abrir mi habitación.

—Guarde   sólo   lo   esencial,  señorita   Pickels.  Lo  esencial —remarcó.

—Mire, está a punto de rebasar mi paciencia. Como se le ocurra abrir mi cómoda… Claro que voy a hacer las maletas, dimito.

—Rechazo su dimisión. ¿Cuántas veces van ya con esta? En quince… —miró su reloj—. En diez minutos partiremos a la estación, no pienso perder un segundo más, y me acompañará esté lista o no. Ese es su trabajo. Para eso le pago.

—Con la edad ha perdido memoria: me ha contratado su familia para que mantenga la casa y no muera de hambre.

—¡Angélica! —miró su reloj nuevamente—. Nueve minutos y treinta segundos.

Bastó que me llamara por mi nombre de pila para callarme. Puso ese tono amenazante de viejo tozudo y supe que no cedería. El señor Stiller es un judío no practicante de sesenta y tantos años, pero conserva la vitalidad y el espíritu de un veinteañero. Además, tiene una mentalidad muy liberal para su edad. Mi padre era un ferviente admirador suyo, ya que era una eminencia en su campo; pero hace más de veinte años que dejó la abogacía. ¡Le prepararon una encerrona a esta inocentona de campo!, y yo tengo que aguantar a este viejo chocho porque, con la recesión actual y la que está cayendo, no está el panorama para encontrar trabajo. En otras palabras, pagan generosamente mis escuetos servicios.

 

X

 

Cenaban en un restaurante reservado sólo para ellos dos, situado en la azotea del edificio más alto de la ciudad, cuando ocurrió el accidente.

—Disfruta de tu última cena.

—Falke, por favor… —suplicó la mujer con la voz temblorosa.

Esperó a que los camareros se marcharan para sacar la pistola que la empujó hasta la barandilla.

—Tus quemaduras desaparecerán.

—¿Qué quemaduras? ¿De qué estás hablando? —preguntó con una risa ahogada.

—Borraré esa belleza, pero también las apariencias… La de vueltas que damos en este baile de máscaras… Puede que las personas tengan una máscara de bondad o una de maldad para ocultar la vergüenza que supone sobrevivir. Para nosotros sólo hay dos opciones: tratar de escondernos con nuestra vergüenza o perder el miedo que tomó forma de esperanza y desafiarnos a nosotros mismos. Hoy he visto una película de Peter Pan. Sí, me gustan las películas de niños. Tiene razón: Cuando crecemos, hay que guardar los sueños en un cajón, abrirlo de vez en cuando, y ser valientes para cerrarlo de nuevo. Tú tampoco llegarás a vivir. Toda nuestra vida era una mentira que nos habían contado y habíamos decidido creer. Mi pasado… El pasado es un puñado de fotogramas que van cambiando. Mi presente, una ilusión que no puedo sentir; sólo intuir cómo se desvanece. Mi futuro… ¿Qué futuro? Sólo puedo aferrarme a esos sueños que nunca se cumplieron y jamás se cumplirán. Deberían ver el suicidio como un asesinato, y no hacia uno mismo. Me molesta que la historia de los perdedores no sea contada: me recordarán como una persona depresiva, triste y pesimista cuando tú sabes que no es así; soy tan soñador como el que más, y lo seré hasta el final. Mis asesinos, quienes me empujaron a terminar lo que ellos empezaron de la manera más mezquina y cobarde, matándome a escondidas y poco a poco para no ensuciarse, se presentarán a mi funeral con lágrimas de piedad, no sentirán culpa alguna, olvidarán todas las cosas buenas que he hecho por ellos, ya que los muertos no deben favores, y todo lo bueno que soy porque ellos no tienen nada de eso… Pero no sufras: tu existencia no queda delimitada por esta cáscara de huesos, carne y piel. ¿Debería seguirte? Daría mi vida por dejar de sentir este desengaño, y todavía me guardo en esta masa de pútrida carne y me agarro a este mundo, ante todo indiferente, con garras y dientes por algo que probablemente, si lo pienso bien, no merece tanto la pena. No creo que dure mucho el llanto.

—No lo harás. Los grandes egoístas no se suicidan, les robarán el tiempo y la voluntad a otros, y pasará toda su vida mientras se lo piensan.

—Volar —amenaza—; me gustaría probar esa sensación. ¿Cuántos segundos tardará en tocar el suelo? ¿Se congelará el tiempo para poder saborear el momento? No quiero que queden los restos.

—¿Sólo eso? Una vida tan pobre y tan rica como la mía debería ser estudiada —acarició su mejilla—. La hermosa voluntad que se abría camino entre espinos y sangraba sin abrirse una herida, y lloraba sin dejar salir una lágrima, no debería olvidarse. Aquí dentro, todavía queda algo de eso. Yo quería mostrártela: la belleza de todas las cosas que te rodean e ignoras; pero cortáis la flor del rosal, en lugar de la espina.

—Sé que hay personas maravillosas que cantan a la vida y que, a su manera, intentan hacer de este mundo un lugar mejor. Por favor, no os marchéis —dijeron juntos.

—¿Dónde está ahora el ángel de los milagros? Ese que resolvía mis meteduras de pata, que hacía posible lo imposible, que cuidaba de mí mientras dormía, vigilando mis sueños, protegiéndome de estos… También es verdad que… Siempre que caemos, desde el suelo, miramos el cielo y nos damos cuenta de lo azul que es.

—Ese cielo es una maraña. Los milagros terminan a los veinte, junto a la inocencia y la ignorancia.

—Cuando dejamos de creer en ellos.

—Bailemos, bailemos con el diablo hasta que sólo quede oscuridad.

—No se encontró una bala en su cadáver. Un cuerpo en llamas se dejaba caer. Llovía a mares, pero no se apagaba. Un viento huracanado la frenaba sin desviar su trayectoria. No tenía prisa y, aun así, fue una caída en picado. No la vieron entrar acompañada. No escucharon nada extraño. Nadie quiere saber nada. «Todo ocurrió en un instante»; eso dicen los testigos; pero no se preocupe, daremos con el responsable del crimen y pagará su culpa.

—Seguro.

—Sí puedo adelantarle una cosa: hablamos de alguien importante, sólo alguien así puede callar una ciudad entera.

—Gracias, detective Stiller. Ahora, como comprenderá, me gustaría llorar la pérdida de mi esposa solo.

—Te estás pasando —le dijo al oído su ayudante—: hacerte pasar por policía…

 

XI

 

—Conocí a un hombre que no quería herir ni ser herido; por eso renunció a vivir, y a amar. La vida es dolor; esa es la verdad, quien afirme lo contrario se engaña a sí mismo, y mientras duele sabemos que estamos vivos. «Ama hasta que te duela. Si te duele, es buena señal» —cita de Santa Teresa—… Evangeline, hombres y mujeres no aman igual.

—¿Me pides amor eterno? Te has vuelto más codicioso con los años. Ya comprendo: para ti, es más fuerte el miedo a compartirme con otro hombre a que este te arrebate tu lugar… Ese latido que endulza el oído como el murmullo del ruiseñor, tan violento que hace temblar el cuerpo y tan discreto como el rubor de un niño… Yo no lo he sentido. No sé tú. De lo que estoy segura es que nuestro amor es diferente. Tú te enamorarás de la persona que soy en este momento, guardarás esa imagen en tu mente y, cada vez que me tomes, pensarás en ella; mientras, yo soñaré en crear algo contigo. Por eso estaría engañándote si dijera amarte ahora, aunque nunca podré olvidarte, y sé que no mentirías en este instante al jurarme que me amas; pero lo harás un día, tal vez mañana. Pero ama hasta que te duela.

El día no entra por mi ventana hasta que él sale por esa puerta. Una vez, estuve enamorada de él y, con los años, le he querido; pero ¿quién puede entregar su corazón a otro cuando uno puede enamorarse y querer a la misma persona pero no al mismo tiempo? Por eso, nunca podré ganarle a esa mujer.

No te imaginas lo aterrador que es para mí entregarme a alguien. Amar es un suicidio, cambiar un instante de valor por la valentía de toda una vida.

—¿Mama?

—Cariño, ¿te he despertado? Vuélvete a dormir. Puedes quedarte en la cama de mamá toda la noche. Yo te protegeré de las pesadillas. Duerme, dulce niña… Duerme…

 

XII

 

—La entiendo. ¿Qué te sorprende? ¿Que pueda amar? Durante un breve instante, encontraba su amorosa mirada en cada una de mis amantes insignificantes. Intenté amarlas… No, las amé en ese corto momento, mientras las abrazaba; pero, fuera de las sábanas, el frío de este castillo me hacía olvidar ese amor. Porque era amor, ¿verdad? Ahora veo esto y pienso que todo fue premeditado. Mira todo lo que he andado ya y sigo pisando mis huellas. La vida es un presentimiento.

Falke esconde el dibujo: Franz llega corriendo sin aliento.

—¿Ha contratado otro detective porque ha decido prescindir de mí?

—¿Nos disculpas, Silvano?… Por supuesto que no, se contrató él mismo; pero puede sernos útil… Silvano es un compañero inestimable.

—¿Ese sirviente ignorante?

—Su presencia es etérea. Tiene la habilidad de mimetizarse con el entorno. Está a mi lado y no lo noto… Tú te encargarás de conducirlo a donde nosotros queremos.

Podando las rosas, se pincha con una. Entonces, el criado se acerca y vuelve a hacer acto de presencia:

—Señor, déjele ese trabajo a los criados. Yo puedo encargarme de esta tarea con la misma diligencia que el resto del jardín.

—¡Ni se te ocurra tocarlas! —le grita—. Ha sido el trabajo de toda una vida. Junto a estas rosas, he sembrado sueños (también los he enterrado), y ya dicen las sagradas escrituras: lo que siembras, cosechas. Ha merecido la pena cada gota de sangre derramada. No compartiré el fruto de la gloria. Aquí descansa… Me he distraído pensando… He vuelto a soñar con ella.

—¿Con quién? —pregunta curioso Franz.

—Alguien que ya no existe (no en este mundo). Me cuesta dormir. Cada vez que cierro los ojos, otro yo más oscuro los abre, para urdir engaños, traiciones y toda clase de monstruosidades. También tengo otro motivo: ¿Y tú, Silvano? ¿Qué tal has dormido? Han llegado a mis oídos serenatas de medianoche. Recuerda ser prudente en el amor y fiel al enemigo.

—Señor, yo no tengo pesadillas desde que era niño. Cuando uno cae en la cama, agotado después de un duro día de trabajo, no tiene tiempo para soñar.

—Un día me reprochaste que no había visto el mundo ni conocía el carácter de las personas, que todavía no había empezado a vivir —recuerda Franz—. Puede ser cierto… o puede que lo sospechara y me negara a ver la realidad… Amaba a ese tonto.

—Silvano, ¿están todas las chimeneas encendidas? Quiero que todas las habitaciones estén caldeadas; encuentro este invierno más frío que el anterior. Seguiremos hablando junto al fuego. Franz, si te parece bien, me adelantaré. Tenemos a nuestros invitados desatendidos.

—El principal problema del español es su ingenuidad (y yo me incluyo). Incluso su picardía goza de cierta ingenuidad. Son esta característica  y  los  ricos  empresarios,  los  responsables  de  su desgracia. —Quiero aclarar que un banco es una empresa. ¿Habéis visto El fin de los días? Si no, vedla. Fue una película visionaria del nuevo  milenio:  en  ella,  el  demonio  toma  el  cuerpo  de  un banquero—. Ellos hacen realmente lo que quieren. No hay ninguna ley que restrinja su extorsión al pueblo llano; todo lo contrario: los políticos, esos payasos que dan la cara por ellos al frente de su gobierno, los respaldan. ¡Cómo no va a ser así, si son ellos quienes los ponen ahí! Si son ellos quienes hacen las leyes de tal manera que puedan manipularlas a capricho, para defenderse del débil y explotarlo. La prueba está en que las reformas laborales son una humillación al trabajador. España no sólo es un país corrupto, allí la corrupción es legal.

—Estas generaciones jóvenes —se burla Stiller—: mucho criticar pero poco hacer.

—¿Eso piensas? —replica Angélica—. Yo creo que ha sido tu generación… Bueno, la tuya no que eres muy viejo… La de nuestros padres, por ejemplo, la que ha jodido este mundo más de lo que estaba. Pero las cosas van a cambiar; antes no lo creía posible, pero ahora no me cabe la menor duda. Vosotros os dejáis llevar ciegamente por el primer capullo que aparezca y os coma la oreja; pero nosotros somos diferentes. Vosotros estáis dentro del sistema y de ahí no puede llegar el cambio, pero a nosotros nos habéis sacado. Tú, mi jefe, la gente con poder, el político que sale en televisión y el periodista que repite y engalana sus palabras caéis en el mismo error: pensáis que la gente se puede manipular; estáis equivocados: la gente se puede comprar. Pero habéis sido tan ambiciosos que no habéis dejado nada para nosotros. Nos ponéis las cosas cada vez más difíciles y eso, a la larga, puede que no sea tan malo; porque siempre, en cada época, han nacido personas inconformistas, soñadoras, que ven todo lo que puede ofrecer este mundo, que lo quieren todo y no se rendirán hasta conseguirlo, y ahora, en este oscuro momento de la historia, ellos brillarán como nadie lo hizo: porque no estarán solos.

—Su hija es una joven muy interesante —le comenta Stiller a Falke cuando se percata de su presencia.

—Alba es muy inteligente, aunque no muy astuta; pero no es mi hija, sino la de una prima lejana. Su madre, desgraciadamente, falleció hace mucho tiempo, y yo decidí encargarme de su cuidado.

—Ya veo, de ahí su parecido. Un gesto encomiable.

Nada más verme entrar a la habitación, grita:

—¡Franz! Te estábamos esperando. ¿Ha surgido algún problema que  te  retuviera?  —niego  con  la  cabeza—.  ¿Te  costó  dar  con  la habitación? —todos se ríen.

—No sería extraño —interviene Stiller—. Su castillo es enorme.

—¿Fue eso, Franz? —continúa Falke—. ¿Dejaste miguitas de pan?

Asiento y se me escapa una sonrisilla. Me siento en un sillón frente a la chimenea, algo apartado del resto. Angélica arrastra su silla hasta donde me encuentro y se me une para intentar sacarme información (seguramente, confié en su labia y la psicología femenina, pero lo más probable es que termine hablando sola de sí misma, como todas); mientras, Silvano espera junto a la puerta nuevas órdenes y Stiller y Falke conversan:

—Detective,  ¿puedo  confiar  en  usted?  —pregunta  el segundo—. ¿Me promete que quedará entre nosotros dos lo que le voy a mostrar y lo que hablemos? Si es así, acompáñeme, por favor.  Si  nos  disculpan… No  puede  salir  de  aquí, ¿entendido? —insistió.

—¿Qué hace en este castillo?

Angélica no se andaba con rodeos.

—Escribir. Este lugar es la inspiración de mi nueva obra —tampoco mentía.

—¿Cuál es su relación con el conde? No creo que le abra la puerta de su casa a cualquiera. ¿Se conocían de antes?

—Así es. Crecí en un pueblecito muy cerca de aquí y nos encontramos en un par de ocasiones. Como imaginará, no estoy dentro de su círculo de amistades; pero tampoco somos desconocidos.

—¿Y cómo se llama su pueblo, si puede saberse?

—Heiligenblut.

—¡Entonces, somos paisanos! ¡Anda que no echo de menos el valle! ¡No tengo buenos momentos! Como una vez que…

—Esta es la habitación de mi esposa. Puede inspeccionarla y tomarse todo el tiempo que necesite. Me iré para no molestarle.

Echó un vistazo al salón donde su escritor seguía dando palique a la ayudante del detective y volvió a vigilar a Stiller.

—¡¿Sabía que su mujer tenía a otro?! —preguntó este asombrado.

—¡Nunca hubo otro! —gritó—. ¡Ella me amaba!

—Pero las cartas…

—Se veía con alguien. Había sido su mentor. He decidido mostrárselas por si encuentra en ellas alguna pista. Tal vez, en una de estas salidas, alguien pusiera sus ojos en ella y la siguiera aquella noche hasta el restaurante.

—¿Y qué quería? No robaron nada. No hubo ningún forcejeo entre el criminal y la víctima. El cuerpo no tenía señal alguna de violencia, aparte del monstruoso asesinato. Desde el punto de vista de cualquiera, esto se ve como un crimen pasional.

—Sólo quiero conocer la verdad y que la justicia se ocupe de la persona que me arrebató a mi mujer.

—Le prometo que investigaré a fondo este asunto, voy a darlo todo por este caso, pero también le advierto que sigue siendo el principal sospechoso, ahora incluso más que al principio de la tarde.

—¿Crees que ha sido una jugada inteligente? —pregunta Franz.

—Todavía no he hecho mi jugada —responde Falke, sin dejar de sonreír mientras despide a los detectives desde la terraza.

—¿Qué pretende, conde? —murmura Stiller.

—¿Y bien? ¿Encontró lo que buscaba? —pregunta Angélica.

—Ha sido demasiado fácil. No me cabe ninguna duda de que el conde es el responsable del crimen y el perro-flauta su compinche. Sólo me falta saber si ordenó que la mataran o lo hizo el mismo, si actuó solo, y tengo que probarlo, claro. Pruebas, tenemos que encontrar las pruebas.

 

XIII

 

—¿Investigó a fondo su pasado antes de acogerlo en su hogar? Ya sabe a lo que me refiero.

—No, ese fue un golpe de suerte. Me salvó la vida dos veces, una sin conocerme y otra sin saberlo, y eso que supuestamente venía a arrebatármela. Debe estar retorciéndose en su tumba. ¿No lo encuentra también muy divertido? Como ve, la fortuna no alumbra el camino del justo.

—Los canallas como usted, tarde o temprano, se topan con uno de sus iguales. También morirá un día.

—Todos lo hacemos más tarde o más temprano.

—Pero usted lo hará solo, abandonado, desvalido, sin un sentido, ni siquiera propósito, como un perro.

—Yo no me dejaré matar. No podemos huir de la muerte, pero sí de la vida. Yo no voy a huir. Siempre vuelvo aquí, a rezar por las rosas que corto. Usted, que observa cómo se desarrolla la historia sin involucrarse demasiado, con una oscura perspectiva, no es inocente. Sé que no quiere llevarme a la cárcel. Le gustaría verme muerto, que mi pena se equiparase a mi crimen.

—Se equivoca. Quiero proteger a la sociedad de usted.

—¿Qué le debe?

«El Estado no me cuida, me vigila —pensaba la joven mientras tanto—. No soy yo. No me alimenta (justo lo contrario), ni me define. (Cuando el resto se dé cuenta, tendremos un problema mayor). Tampoco lo he elegido, he nacido con esta imposición, pero acepto sudar y perecer bajo su yugo. Esta madrugada sólo quiero enterrar la cabeza entre mis hombros, pues me doy cuenta de lo débil que soy. Tengo guardada una sonrisa forzada, y un pesado suspiro sepulta las lágrimas de la noche pasada mientras me voy alejando de todo lo importante y cierro la puerta de su casa».

—Aunque confieso que, si con ello pudiera regresar la vida a sus víctimas, no dudaría en hacerlo yo mismo. ¿Qué perdería este viejo?

—Hágalo —le provocó Falke dejando ver la pistola que ocultaba su gabardina.

—No lo haré porque sería echar por tierra todos mis principios; pero me consuela pensar que a alguien menos digno no le importará ensuciarse con su sangre.

—Ya veo. Es trascendental dónde crecemos. Hay quienes sacan lo mejor de nosotros y quienes lo peor —volvió a mostrarle el arma—. Le mantendré vigilado como mis buitres hacen conmigo.

—¿Cree que puede amenazarme como si nada? ¿Piensa que le temo? A una persona le puedes robar años, no la vida —se defendió, impotente, pero con la voz clara, menospreciándole con la mirada y lleno de confianza.

—Sólo le sugiero que no se olvide de mí cuando regrese a su mansión. Sé que no me tiene miedo; usted me odia. Es curioso: aquellos que me odian son los que tienen una mejor opinión de mí, y soy bastante bueno intuyendo la opinión que los demás me profesan; conforme me van cayendo años, voy entendiendo mejor a los demás y menos a mí mismo. Os entiendo a todos; he calzado todos vuestros zapatos. Piensa que tiene más edad que yo sólo porque ha nacido antes; créame, yo he vivido más. No deje de odiarme. El odio puede ser necesario, ya que, si perdonamos y olvidamos, nos arriesgamos a sufrir el mismo daño. Mientras odiamos, no olvidamos. En cambio, amar es dar palos de ciego, cerrar los ojos buscando un sueño, dormir descansado… El sendero del amor es más oscuro y siniestro.

—No tiene de qué preocuparse.

 

XIV

 

Debería temerme, se quedó pensando.

—¿Y  yo?  —preguntó  Franz—. Mi  amor,  ¿te  parece  que  soy malo? —Angélica asintió en sus brazos—. No tiene ni idea de lo malvado que puedo llegar a ser. ¡No lo sé ni yo! A la luz del día, tengo un rostro; por la noche, cuando estoy solo, otro. El mundo sólo conoce mi sonrisa.

 

—¡¿Cómo han podido desaparecer así como así?! El análisis del forense, el informe policial, las confesiones del marido y el amante, todos los documentos que nos costó tanto conseguir.

Stiller gritaba indignado.

—Debemos dar gracias que no estábamos en el piso cuando entraron los ladrones —celebraba Angélica.

—Anoche busqué esos papeles, fue mucho antes del robo, y ya no estaban. Sí, la cerradura estaba forzada; pero el trabajo se me antojó una chapuza. Entraron con la llave, cogieron lo que vinieron a buscar, revolvieron el piso y rompieron la cerradura antes de marcharse.

—Entonces, ¿ahora vamos a enfocar nuestra investigación en esto?

—Sería perder el tiempo.

Stiller se detiene al pasar al lado de una estatua que adorna una fuente.

—Habremos cruzado esta plaza una decenas de veces y no me había fijado en ella hasta ahora —murmura—. Perdone, ¿representa esta estatua algún personaje célebre para la aldea? En tal caso, ¿podría decirme su nombre? —demanda a un anciano del lugar.

—Claro, se trata de la señora del conde. Mandó levantarla después de su defunción.

Se han dado prisa en realizar semejante obra de arte, pensó.

—Pues Isabella y esta estatua ni siquiera se parecen en el blanco de los ojos… porque estoy mirándole a los ojos a una persona, no a una estatua. Fíjate: me devuelve la mirada.

—No, es la primera mujer: Helena Díaz von Stroh. Aunque, en realidad, no llegó a convertirse en su esposa. Falleció justo antes de que se celebrara la boda. Imagínese el escándalo, estaba embarazada.

¡Pues lo tenía bien escondido más allá del valle!, refunfuñó.

—Ya estuvo prometido antes… Así que era su madre (!)… ¡Señorita Pickels, tenemos que regresar a la mansión!

 

XV

 

—Hemos llegado tarde —lamentó Stiller. La policía se llevaba a aquel profesor detenido y el conde, prestando declaración sentado en la parte de atrás de la ambulancia, con una toalla sobre la cabeza y un balazo en el hombro, parecía la víctima—. ¡Claro, por eso nos dio las cartas! ¡Cómo he sido tan estúpido! No leí su provocación. Sabía que iríamos a interrogarle. Se delató para que le atacase. ¡Ese imbécil! ¡Podía haber ido a la policía primero! Después de esto, todas las sospechas recaerán en él.

Cuando Falke le vio, fue hacia él.

—Si hubiese llegado un poco antes, hubiese presenciado un horrible espectáculo.

—Puedo imaginarme la situación.

—¿Qué le ha traído aquí?

—Tengo un presentimiento.

—Querrá decir que tenía un presentimiento.

—Sí, eso. ¿Podría dar una vuelta por el castillo?

—Claro —se pensó la respuesta y añadió—: Pero tenga en cuenta las horas que son.

—Sólo daré una vuelta por el jardín.

Claro que mentía; se había propuesto examinar todo el interior del castillo de cabo a rabo. Nunca le hubiese prestado atención al jardín, pero reparó en que, si tuviera algo que esconder, lo lógico sería tenerlo vigilado. Alguien capaz de tramar semejante ardid tenía que ser inteligente y minucioso, no se permitiría el menor error. En cambio, le dejaba campar por el castillo a sus anchas, igual que en sus otras visitas. Él siempre se quedaba en el jardín rezagado, como si no tuviera nada que esconder o desafiándole a encontrarlo; así que pensó que sería buena idea mantenerse cerca de él.

No se desmonta a un criminal por la magnitud de su crimen sino de sus errores, y precisamente eso buscaba el detective. Nadie, ni siquiera él, se hubiera percatado de un trozo de tela blanco enredado en un rosal; pero a veces un gran problema se soluciona por accidente. Pasaba de largo cuando algo le tiró del pantalón. Contuvo un grito, ya que, al principio, le pareció sentir una garra rozando su tobillo. ¿Habría sido una rama? Se había enganchado en las espinas. Iba a desengancharse cuando lo vio. Tuvo otro presentimiento. Empezó a escarbar en la tierra hasta que llegó Falke. Se lo jugó a un todo o nada y gritó a los policías que se acercaran. Aquella noche había prisa por volver a enterrar el pasado.

 

XVI

 

Tenía que confirmarlo, ella me pedía que lo hiciera, así que empecé a escavar. «Son locuras, divagaciones de un demente con mucha imaginación y mucho tiempo libre», me repetía. Salí de madrugada. No me importó que alguien pudiera verme, estaba poseído. Clavaba mis uñas en la tierra que removía a un ritmo frenético, agachado, moviéndome entre la maleza, sin preocuparme destrozar las flores del jardín, dejándome arañar por sus espinas. Cuando volví en mí, lamenté profundamente haberlo hecho. Tenía ante mis ojos aquello que buscaba. No podía reconocer a una persona, eran huesos y carne en descomposición, pienso para los gusanos. Tuve que volverme a vomitar. Entonces, vi el vestido. Me imaginé a la novia más hermosa. Aquel era su día, y se lo robaron. Levanté la cabeza y miré a su ventana. Ahí estaba observándome mientras fumaba su cigarrillo con indiferencia, como el que ve llover. Él me había permitido hacerlo. ¿Para qué? Debía haber pensado lo que sucedería después. ¿Qué iba hacer? Sentía el peso de la lluvia que seguía cayendo impasible, como su imperturbable aplomo y sus crueles carcajadas (¿las imaginaba?). Me vería patético. Esas flores, fertilizadas con cadáveres, regadas con sangre y cuidadas con esmero en una atmósfera de odio, eran las más hermosas. Me compadecí de todas ellas: también habían crecido en esa burbuja, parcialmente inconscientes de la oscuridad que iba envolviéndolas; aunque, al mismo tiempo, envidié esa fragilidad. Comprendí su ira, la ira que nace de una mujer infeliz e insatisfecha cuando acaba de darse cuenta de que ha llegado a un punto de no retorno en su vida y tiene frente a ella a una muchacha con toda una vida por delante, que todavía no ha comenzado a vivir. Empecé a amar la belleza prohibida de un cadáver. Pensé en la siguiente primavera: su tez perdía color, su mirada se enturbiaba a la vez que se volvía más altiva, esa delgadez enfermiza, parecían romperse si daban un solo paso por sí mismas. Su alma todavía estaba incorrupta; todavía incompleta. Ellas serían aun más hermosas.

 

XVII

 

—¿Cómo es convivir con los asesinos de tu madre?

Me sentía ridícula. Todos conocían una verdad que me hacía miserable y se reían de mi ignorancia, hasta una cría.

—Podrás hacerte una idea —le respondí a Evangeline—; tú sigues viviendo por ellos.

—Pero tú pisabas su cadáver sin saberlo —cortó su risa en seco y me atravesó con la mirada al preguntarme—: ¿Por qué has vuelto?

—¿Y tú?

—Porque no quería morir como un perro. En más de una ocasión, pensé en no hacerlo, ¿Sabes?: antes de marcharme a estudiar al extranjero —de escapar, querrías decir—, me frenaba la idea de no hacer sufrir a los demás. Me consolaba pensar así, considerarme necesaria.

Todos somos necesarios.

Pero no imprescindibles. Sólo era una excusa.

—Tu madre se escudaba en esa frase cada vez que se iba de viaje y te dejaba sola.

—¿Y regresaba por mí? Cuando por fin me encontré lejos de todos, en una habitación de hotel, habiendo echado a perder mi última oportunidad de ser feliz y tener una vida propia, me dije: este es el momento. Aquí y ahora. En esta maldita hora, a las puertas de un infierno nevado, no eres nadie. Nadie llorará tu muerte. A nadie le va importar. No harás daño a nadie. ¿No era eso lo que deseabas? Un desconocido encontrará tu cuerpo, frío e ignominioso. Eso no tendría que inquietarte. Pero no pude hacerlo. Tenía miedo; un miedo innato. Si hubiese sido unos años antes, cuando tenía una vida por delante, no; pero ahora tengo más qué temer que de lamentar. Y algo más: no podía aceptar que terminara de ese modo. ¿No te entristece pensar que todo lo que has luchado y llorado quede en vano si mueres? Al final, no valía tanto lo que había conseguido o perdido como lo que me había esforzado. Ahora los días y los meses pasan muy despacio, mientras los años vuelan. Miró hacia atrás. ¿Qué hice? Busco un recuerdo que pruebe que viví ese tiempo. «¡¿Cuánto tiempo he perdido?!». Pero sólo esas palabras resuenan en mi cabeza. Elegí enfrentarme al largo transcurso de las horas de una vida que no he elegido.

—Pues yo por lo mismo.

La rabia que guardo hacia mis enemigos crece cuando los comprendo; así que fui a emborracharme a un bar.

—¿No has bebido demasiado?

Saqué un fajo de billetes y le recriminé al camarero:

—Boticario de veneno, ¿no coges el dinero del sobrio igual que el del ebrio? Sírveme otro.

—¿Bebes para ahogar las penas? —me preguntó con chulería un zagal que quería ligarme. No me acuerdo muy bien de cómo era, apenas me fijé en él, y mirándole de reojo, me recordó al manolo madrileño. Yo no tenía el cuerpo con ganas de fiesta; pero supongo que me apetecía hablar, así que le seguí el rollo:

—No, es justo como Marmeladov —personaje de Crimen y castigo—, bebo para sentirla, porque lo siento el doble. Aflora mi tristeza, emerge la culpa, puedo encajar ese golpe… y por lo del sueño. Destierra a los monstruos que enturbian mis sueños. Por un momento, me despierta; después, me arrulla. El alcohol es una canción de cuna (sólo que se desliza por mi garganta, en lugar de mis oídos); me duerme a mí y al sueño.

—Los niños no deben beber —intervino alguien conocido apartando mi vaso.

«No es el alcohol la raíz de mis problemas —murmuré luego en su coche— aunque me hunda más en la miseria». Franz se empeñó en no dejarme conducir y llevarme a casa. Yo acepté de buena gana, así podía dormir la mona en el asiento trasero.

Se comportó como un caballero (aunque, más tarde, demostraría ser un cretino) llevándome en brazos, como una princesa, hasta mi cama.

—¿Crees que hay vida después de la muerte? —le pregunté sollozando.

—Espero que no, de seguro voy al infierno —susurró mientras me arropaba.

Me gustaba porque me hacía reír, así que empezamos a salir. Da igual cómo terminara la cosa, mi encuentro con él me enriqueció. Parece que mi vida fuera un mapa y alguien hubiera marcado unos puntos en él [2]; puedo decidir qué rumbo tomo, pero no veré el final, seguiré dando vueltas, hasta pasar por esos puntos, porque no hay camino. Creo que las personas nacemos con un destino, preparadas o llamadas a hacer algo, pero también somos libres de tomar nuestras propias decisiones; por eso, si no tomamos las riendas de nuestra propia existencia, ese destino se nos puede escapar de las manos, y es entonces cuando surgen preguntas del tipo «¿para qué vivo?», «¿para qué he nacido?»… Porque nadie nace solo.

En donde vivíamos, había poco que hacer. En nuestra primera cita, me llevó como a un niño al circo. Era más bien una feria de personas y animales raros. Una anciana, con el pelo alborotado y andrajos, que se hacía llamar profeta, gritaba en la entrada:

—Me han hablado de un carro de fuego que atraviesa el cielo dejando un rastro de sangre y se funde con la puesta de sol. Mata sin discriminación. ¿Es esto el infierno? ¿Ha ascendido a la tierra? Ellos, endiosados, jueces, soberanos, omnipotentes…, sólo ven tierra. En su cúpula celeste, hábilmente esmaltada, pueden respirar aire puro y tienen un espejo mágico donde observan el mundo como nosotros las estrellas (extraños, bellos e insignificantes puntos) y la lluvia (beben directamente de ella), pero no pueden ver las lágrimas que les alimentan.

Luego, entramos en una especie de cueva donde tenían a las bestias encerradas en jaulas. Las paredes tenían pintadas. Me recordó a las pinturas rupestres de la prehistoria. Alguien debió de pensar lo mismo porque escuché a mi espalda:

—El cavernícola pensaba en nosotros cuando pintaba un mamut en la pared de su cueva. A lo mejor quería enseñarnos cómo cazarlo. ¡Qué estúpido!, ¿verdad? Eso, ahora, ¿de qué nos sirve? Nosotros dejaremos una enseñanza superior, ¡adónde va a parar! Por ejemplo… cómo cazar humanos, las fuerzas sobrenaturales que nos sustentan. Nosotros, que podemos extinguir especies y culturas enteras sin lanzas, sin darnos cuenta, hemos hecho del mundo una caverna.

Me di la vuelta para verle la cara, pero todo estaba tan oscuro que no se veía un pijo (difícilmente, la atracción).

—Este lugar —empiezo a decir— me recuerda un poco al sitio del que vengo. Pero nunca veréis hasta dónde alcanza nuestra miseria. Los españoles todavía llevamos la capa que todo lo tapa… Por cierto, no te des la vuelta pero una mujer encapuchada con gafas de sol nos ha estado siguiendo desde que pasamos el recinto de las fieras (desde ahí, que me haya dado cuenta; a saber cuánto tiempo lleva haciéndolo).

—¡Qué nos va a estar siguiendo! Te lo estás imaginando.

—Si tú lo dices… De todas formas, volvamos.

 

XVIII

 

Con la respiración todavía entrecortada y los latidos a un ritmo frenético, besa un lunar que tiene en la nuca. Entonces, se sonroja al percibir una mordedura en el hombro. En el último éxtasis, la había mordido donde la estaba besando. Ahora se fija que, justo encima, tiene otro lunar diminuto. No iba a idealizarlo, pero pensó: «no voy a poder memorizarlos todos». Ella sobresalía entre la masa, vaciaba la sala, ensombrecía a todos los que estaban a su alrededor, se hacían invisibles (se sentían así) o se convertían en parte del mobiliario y, como el resto, él no podía evitar sentirse embrujado; nunca se enamoraría, él se enamorará una sola vez, pero en alguna ocasión la echaría de menos. Teniéndola a su lado, al menos durante un rato, podía olvidarse de todo. Después de hacer el amor, sólo recordaba sensaciones: «¿Dónde puse mis labios? La próxima vez marcaré todos mis besos; quedarán bien en esa piel color hueso». En ese momento, ella se da la vuelta. Él aparta la mirada, ruborizado como un virgen. Se sentía torpe y se mostraba tímido. La sigue de reojo. Piensa que se ve mona con el entrecejo fruncido y apretando los párpados, pero se apiada y se levanta a cerrar las cortinas. «Enseguida me das la espalda, en cuanto terminamos», se queja en silencio cuando vuelve a la cama.

—¡¿Lo has oído?!

—Yo… no he escuchado nada —responde el amante, vacilante temiendo haber expuesto su queja en alto.

—Dice que no habrá un mañana, que cargamos los pecados de nuestros antepasados, su culpa, y que seremos castigados por ellos. La sangre nos premia y nos maldice. Nuestro destino está grabado en la sangre. Mi cuerpo es un cielo de estrellas. ¿Tú le crees? No te estoy contando un cuento. ¡Deja de hacerte el dormido!

—¡No me muerdas!

—Ojo por ojo…

—Diente por diente.

Sus sonrisas terminan chocando.

 

XIX

 

No acostumbro dormir siesta porque me cuesta levantarme, pero aquel día me sentía muy cansado. No sé por qué, el conde no me manda ningún trabajo que exija hacer ejercicio físico; supongo que empiezo a notar el desgaste psicológico. Volví a dormirme una vez se marchó la cría y, cuando desperté, ya era de noche.

Un día entero clavado en una cama. Un día perdido, me reproché. Mis piernas siguen dormidas y la casa, vacía, sólo me muestra tu retrato. ¿No se había perdido? Lo había dibujado, ¿verdad? ¿O lo estoy dibujando, en cada pared, detrás de cada ventana…? Tu perfume de verbena está por todos lados. La canción, que el viento arrastra y golpea el cristal de las ventanas, viene de tus labios. Dormido o despierto, mi mundo eres tú. No puedo olvidarlo. Todo es inútil. Ya no quiero saber nada de ellas. ¿Cuáles eran sus nombres? Ninguna puede echarte. No voy a permitírmelo. Viene hasta aquí buscando justicia, jugándome la vida y apostando mi alma. Tengo miedo de levantar la vista al reloj. ¿La mató él o la he matado yo?

 

XX

 

—¡Niños, huid lejos! —decía la vieja—. ¡En esta tierra no hay futuro!

Pero la empatía no existe en un país civilizado. La gente ve un color de pelo, unos ojos o un tono de piel atípicos; pero no alcanzan a más. La voluntad queda lejana y se desvanece ante la decepción que se aproxima. Era la imaginación quien guiaba sus pasos, no la esperanza. ¡Qué gris es la realidad presente y qué negro el futuro que le aguarda al desterrado! Es el tiempo la pesada carga de su equipaje.

Llené la maleta más grande que encontré con recuerdos. «Tengo miedo —pensé en voz alta—; pero no te preocupes, no voy a dar media vuelta»… Mentía.

No es la desconfianza a lo desconocido capaz de frenarnos en nuestro avance hacia el precipicio, pero sí es lo bastante fuerte para hacernos temblar una vez llegamos al final y precipitar nuestra caída.

Tenía ante mí la montaña más alta, cuya cima ningún hombre ha pisoteado.

Una vez estás cayendo… Es una extraña calma. Todo parece más pequeño. Quiero continuar mi descenso, aunque no tengo prisa por pisar tierra firme, quiero ver dónde termina el cielo. Lo más extraño: no deseo volver a estar arriba; prefiero que estos ojos contemplen qué hay al otro lado de la colina; lo que siempre hemos soñado.

—¡Angélica! ¿Me estás escuchando? Repasemos: su familia tenía previsto que se comprometiera con Isabella, pero no era oficial, así que se adelantó y, por su propia cuenta, lo hizo con aquella mujer del pueblo.

—No era del pueblo.

—¿Ah, no? ¿De dónde?

—Del sur de España.

—¿Cómo lo sabes?

—Perdón.

—No quiero tus disculpas, sino que me digas algo que no sepa del caso.

—Pero es que necesito escuchar que estoy perdonada.

—Estás perdonada.

—Ha sido dolorosa la caída; pero ha merecido la pena: también se me ha caído la venda de los ojos. Me alegro de estar de nuevo con los pies en el suelo y de haber vuelto al lugar que pertenezco. Nadie puede darnos ni arrebatarnos nuestra dignidad; ahora lo sé. A lo largo de nuestra vida, nos encontraremos con personas o en situaciones que lastimen nuestra dignidad, pero no la perderemos mientras que no lo hagamos nosotros mismos.

—Y volviendo al caso, a ver: no hay registros de una boda; sin embargo, podemos deducir que se iba a casar por el vestido de novia.

—Iba a fugarse.

—¿Te lo dijo él?

—No, pero lo sé. Quizá por respeto hacia mí… No, porque no le convenía, no decía una palabra acerca de su relación; pero hablaba tanto de ella que siento que la conozco y, de alguna manera, me identifico con la chica. No iba a casarse con él. No se hubiese atrevido a dar el paso final. Sabía que no podría cerrar los ojos siempre. Tampoco abandonarle definitivamente.

—¿Por qué se fugaría con el vestido de novia? ¿Sería el día de la ceremonia?

—La pregunta que debe hacerse es con quién iba a casarse.

—¡Ahí está!

—Pero ya no sirve de nada.

—De todas formas, debemos sacar la verdad a luz.

—¿Y si vuelven a enterrarla?

—Volvemos a descubrirla, y así cada vez la verá más gente.

—Tienes razón. Se lo debemos a ese muchacho… Entonces, ¿la policía creyó que él fue el culpable?

—Claro que no. Los cadáveres estuvieron en su jardín desde el principio. El cabrón se tomaba el café al lado de ellos. Estaba claro que el chaval no podía haber matado a una mosca, y había pruebas más que suficientes para detenerle. No, la verdad es mucho más simple que eso: la policía y la justicia estaban compradas. Puede haber personas con poder y sin dinero, pero no con dinero y sin poder. Como dijo Quevedo: «Poderoso caballero es Don Dinero».

—También me habló mucho acerca de él mismo y del conde. ¿Sabías que era el hijo bastardo del antiguo conde von Stroh? No le reconoció nada más venir al mundo.

—¿Por quién me tomas?

—Nació en la aldea.

—Lo sé.

—¿También que su madre biológica quiso matarlo justo después de darle a luz? Ya veo que no. Era algo que estaba en boca de todos. Por lo visto, primero, pensó en abandonarlo a las puertas de la Iglesia de San Vicente; pero no podía hacerlo a plena luz del día, ya se sabía que era la amante del conde, así que cambió de idea: subió con el recién nacido en brazos a la torre y lo sacó por la ventana pensando en dejarlo caer. Dudó, y firmó su sentencia de muerte. El sacerdote se había retirado a rezar y, fuera de domingo, nadie pisaba suelo sagrado. No debió darse cuenta de que un muchacho de la aldea, que pedía limosna frente a la iglesia, lo había visto todo o no le dio importancia. El caso es que este corrió a toda prisa hacia donde se encontraba y la detuvo. Depositó al bebé en sus brazos. Si no hubiese alertado al sacerdote, la mujer no se hubiera tirado. ¿Cuántos años piensa que tiene el conde? Tiene ya dos hijas adolescentes y es más joven que yo, aunque no lo aparente.

 

XXI

 

Está moviendo los labios. Tiene un gesto de desesperación. Lo siento; a mí también me duele, aunque no comprenda tu dolor. Amor, llegaste tarde. Todo nos llega tarde, hasta la muerte. Y, aun así, tú tuviste que imponerte antes. Alguien grita mi nombre. Es lo único que saco en claro de esta cacofonía. Ahora escucho más voces. Se van alejando… o apagando. Ya tampoco puedo verles. Ayer tenía unas ganas locas de hablarte y escuchar tu voz. Tuve la tentación de ir a verte, pero no estaba segura de reunir el suficiente valor para volver a marcharme. Tengo tantas cosas que contarte… y no puedo; mis labios están sellados con el beso de la muerte, celosa amante (y eso que me prometí que nunca le sería fiel a nadie). Quería ser la última que hiciera temblar tu corazón. Tú y yo no podemos dejar esta vida juntos. Mi fantasma, dispararás tú o lo haré yo.

Cuando por fin estamos frente a frente, sólo puedo mirarte en silencio. He olvidado las palabras que tenía guardadas para ti. Debo irme. Ya es hora: las margaritas marchitan y los árboles pierden sus hojas. El viento los azota y arropa. Abro una puerta negra. Recibo su bofetada. Mano de hierro. Canción de cuna desafinada. Esta es la balada de los lobos azules… llorando por nuestras almas.

 

XXII

 

—Venía a la entrada de la primavera, atrayendo el buen tiempo. Era muy sencilla; no pensé que formara parte de su familia.

—Se negaba a alojarse en el castillo, prefería aquella casona vieja en el centro de la aldea. No le gustaban las grandes multitudes ni su bullicio, pero tampoco estar sola.

—De vez en cuando, paso por delante y me detengo a recrearme en el recuerdo de ella apoyada en el marco de la ventana. Me gustaba cuando el viento la despeinaba y cuando le daba el Sol y sus cabellos se volvían rojizos. Ahora está abandonada… Le gustaban las fiestas.

—Los bailes.

—Sí… Era yo. Íbamos a casarnos con el vestido que había preparado para vuestra boda.

—No lo hubiese hecho.

—Claro que sí; era la única forma de escapar de ti.

—Tienes mucha confianza en ti mismo. Justo ahora hecho algo en falta.

—¿Esto? —le muestra su pistola.

—¿Cuándo me la has robado?

—Cuando tú a mí su retrato… Debí dejar que murieras cuando todavía no le habías hecho daño a nadie. Esa santa sabía lo que hacía.

Los dos se quedaron callados durante unos minutos, sin moverse (parecía que la escena se había congelado), reviviendo el daño.

—¿Y bien? ¿A qué esperas? ¿Vas a dispararme o vas a dispararte tú? Los dos sabemos que tú la mataste. Por tú culpa cayó de esa torre. No, tú la empujaste.

—Ella no era… Tú a ella… Yo no hice nada.

—Enterraste su cadáver.

—Lo desenterré…

—Recuérdalo: tú lo hiciste. Podías ver sus ojos vidriosos cuando, ya sin vida, dormía en tus brazos. ¡¿Puedes verlos todavía ahora en esas cuencas vacías que crían gusanos?! Las moscas salían de su boca, y ¿qué olor desprendía? Su aliento se mantenía caliente.

—¡Basta! ¡Voy a disparar!

Y lo hizo. Oyó el disparó y un grito a su espalda.

—Fallaste. Aunque estés tan cerca, no sirve de nada si no puedes dejar de temblar.

Evangeline y Alba estaban paralizadas. Una pensaba qué hacer: correr por su vida, por ayuda, atacar al que tenía el arma o sujetar al que apuntaba, pero estaba tan asustada que no podía pensar con claridad; la otra buscaba una respuesta: ¿quién merecía morir? O mejor dicho: ¿quién merecía su odio?

Franz se dio la vuelta con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo no quería hacerte daño… Sí… No… No a ti.

No sé a quién se lo decía mientras miraba a Alba. «Así no era como me miraba a mí», me confesó. Evangeline se equivocó al llamar a la policía y yo al intervenir. No debí haber llegado antes. Estaba claro a quién detendrían. No iba a permitir que fuera a suceder lo mismo.

Angélica y yo actuamos coordinados, como si estuviéramos acostumbrados a detener tentativas de homicidio. Yo me abalancé sobre él para inmovilizarle, mientras que ella le arrebató el arma. «¡Huye, muchacho, hasta que se aclaren las cosas!», le grité al oído. En ese momento, estaba más nervioso que él. «¡No saldré de este castillo!», gritó antes de acometer contra un ventanal. La caída puso fin a su miserable vida. Poco después, se presentó la policía. El otro canalla lamentaba que rompiera la vidriera. «Su vida vale menos», se atrevió a decir en voz alta. Cuando se llevaron el cuerpo, miles de cristales de distintos colores se esparcían por el suelo. Nadie los ha retirado. Al caer la noche, brillan con una luz opalina y el color que más reluce es el rojo. Todos han abandonado este lugar, ahora todavía más siniestro, pero yo sigo volviendo por una razón que he perdido. En esta hora maldita, no siento el aroma de las flores, no escucho el sonido del viento y no veo que el castillo esté deshabitado. Todas sus almas se enredaron en los rosales y gritan auxilio, esperando ir al cielo. En esta hora maldita, las rosas se vuelven azules como un cadáver en el hielo.

Mientras le llevaba un policía a comisaría, como un amante, del brazo para tomarle declaración, vio salir a su hija mayor apoyada en el hombro otro policía y se vio a sí mismo, en esa plaza, caminando hacia el bosque con la muchacha del vestido blanco que siempre andaba descalza. Ahora la llevaba en brazos para que sus pies no se ensuciaran con el barro. Mientras, el cielo parecía abrirse. Miró hacia arriba. Un arco iris se había formado con esa lluvia exigua y pasajera que todavía permanecía, haciendo soportable el calor estival. Un halcón cruzó el cielo, justo por encima de sus cabezas, como un cometa. Luego, inclinó la cabeza para mirarla a ella. No sentía su peso. Demasiado liviana.

Estaba pensando en ella. Nunca puso esa expresión. Todo este tiempo quise saber quién era, a quién amaba imprudentemente, por quién moría sin dejarse matar, de quién huía; pero no serviría de nada preguntarle: ya no estaba aquí. Ahora reconozco esa voz. Era ella quien seguía la canción:

Por un sendero, bucólico y desierto,
caminas a mi lado,
seguramente, tan solo como yo.

Grillos susurrando en la verde pradera.
Coges mi mano mientras silbas una tierna canción;
pero nunca dices una palabra, siembras silencio.

Nadie sabe qué hay en mi corazón,
aquí, dentro de este corazón
(que recorre un camino solitario).

Nadie sabrá jamás qué hay en mi corazón,
la soledad que entierra un latente amor
(la soledad de los dos).

 

[1] N. de la A.: Se trata de una traducción bastante libre de Teru no uta, una canción que aparece en la película de animación japonesa Cuentos de Terramar. Pido perdón por destrozarla, pero quería ponerle banda sonora al relato.

[2] N. de la A.: Como en esa película de Matt Damon que trata del destino.

 

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Vanesa Núñez Sierra es una autora residente en Madrid.

Contactar con la autora: uve6[at]live.com

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 80 / mayo-junio de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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