artículo por
Mario Rodríguez Guerras

 

El interés del sabio

La cuarta definición que hacen los sabios, que el arte es corrosivo, también la desmentimos y, como la  abordamos en otros lugares, nos limitaremos a indicar que la corrosión es una cualidad de la obra pero no una condición del arte como nos quieren hacer creer quienes dicen que saben.

Pero hacemos notar que esa traslación de la cualidad a la esencia se ha venido produciendo con demasiada frecuencia.

Los sabios defienden su interés. Defender el interés particular es legítimo. Planteemos la legitimidad de su interés.

El objetivo de un sabio debiera ser alcanzar el conocimiento. Cuando un ciudadano obtiene de la sociedad una titulación, la sociedad espera de ese titulado una justificación de la titulación, de la misma forma que de un titulado en medicina se espera la curación de los enfermos. Como puede observarse, la sociedad espera milagros.

Pero el objeto del sabio ya ha dejado de ser la verdad, el objeto del sabio es dar gusto a la sociedad. Que la sociedad desea la corrosión, entonces, los actos de la sociedad son esencia de su ser y el arte, que es expresión de la naturaleza de quien lo produce, debe ser corrosivo. Pero esa conclusión es solo la defensa de un interés.

La valoración social

Lo que existe de cierto en el arte de cada tiempo no es necesariamente el contenido, que puede falsificarse, sino la forma en la que se muestra ese contenido pues esa forma es capaz de ofrecer un contenido diferente, por ejemplo, el de los valores temporales, en lugar de los intereses individuales.

Este aspecto queda sin analizar pues los sabios no han sido capaces de identificar los dos aspectos de la creación artística y toman el arte como una cosa simple y no como la cosa compuesta que es.

La sociedad valorará las conclusiones de los sabios. Por un lado, les conviene a su interés, por otro, conviene a su ideología.

Pero la sociedad esperará a que «las verdades» las presente un sabio. Apoyar al sabio es apoyar sus propias decisiones. Si una sociedad ha titulado a un señor y este señor expone unas ideas, aprobarlas significa aprobar la decisión que la sociedad adoptó de titular al titulado. Las mismas ideas presentadas por un no titulado no serán tenidas en cuenta, eso significaría dudar de sus propios titulados. Como cualquiera puede concluir, a la sociedad no le interesa la verdad, a la sociedad le interesa la defensa de su existencia, por ello, quiere «verdades» que la justifiquen pero presentadas por titulados que las expongan porque, como se ha dicho, el titulado es un producto social que debe ser respetado. La sociedad respeta al titulado con la condición de que el titulado respete a la sociedad.

Los artistas

Los artistas han sido arrastrados por esa corriente general a la que es completamente imposible resistirse si alguien quiere formar parte del mundo social, aún bajo el aspecto de creador independiente.

Los sabios pueden justificar su teoría mediante la evidencia de las obras. Es decir, si su teoría sostiene que el arte es corrosivo, se demuestra la validez de la teoría mediante las obras realizadas por los artistas, los cuales han creado de acuerdo con los principios teóricos de los titulados. Por eso, el arte no confirma sus teorías, aún cuando los sabios consigan su propósito, obtener prestigio y poder, ahora bien, esa es la cuestión, los sabios no analizan, los sabios dirigen. Si fuera necesario un conocimiento filosófico del arte previo a la obra jamás hubiera habido arte. Y no lo digo por las dificultades de nuestros sabios para teorizar con justicia sobre lo existente, sino porque arte y concepto circulan por vías diferentes.

En definitiva, el sabio encuentra en el arte lo que ha obligado al artista a introducir en su obra. Nietzsche nos decía que el sabio esconde una piedra y luego la busca donde la ha escondido y que a eso lo llaman conocer.

La sociedad titula al titulado y el titulado agradece el cargo aprobando el valor del arte corrosivo y descalificando la creación artística. Todo son panes prestados —y debidos— por lo que el artista se dejará arrastrar por la corriente social. A ese proceder la misma sociedad que lo genera lo llama verdad, no porque posea verdad, lo que posee la sociedad es el poder de decir qué valor social tienen las cosas, con independencia de que su afirmación coincida con la realidad.

Los artistas se salvan de una crítica radical pues los sabios que, como hemos dicho, no han comprendido la complejidad del arte, solo influyen en el contenido de la obra por lo que el artista queda libre para generar las formas de su creación, que es lo esencial del arte, en el que la información puede ser un simple añadido aunque lo ideal sea la homogeneidad de forma y contenido.

Criterios de valoración

Al analizar el arte del siglo XX, primero se consideró que  las señoritas de Aviñón, era el cuadro más importante; después se dijo que era la obra de Kandinsky; y, finalmente, que era el urinario de Duchamp.

Durante el siglo XX se ha empleado, sucesivamente,  un criterio técnico, uno sensible y uno racional para valorar el arte. Los sabios de un tiempo aprecian un determinado valor y valoran la obra que mejor le expresa, por eso, va cambiando la obra que ocupa el primer lugar en la aprobación social, porque el pensamiento general cambia con el paso del tiempo.

De la misma forma, han actuado los sabios para establecer la aparición del arte en un momento determinado de la historia, en concreto, en la historia reciente, pues el criterio racional del sabio es un criterio moderno que debe tener su manifestación en creaciones de su tiempo. Esta es otra forma de corrosión, la corrosión conceptual.

Belting, por ejemplo, piensa que en 1400 se entra en la era del arte porque se crea el concepto arte y se valora al artista. Otros dicen que el arte apareció hace doscientos años, y otros más adelante en el tiempo de las vanguardias.

Pero lo mismo ocurre cuando se establece la fecha del fin del arte y, así, Belting y Danto consideran que esa era del arte acabó a mediados del siglo XX. El concepto de postarte del artista Allan Kaprow, defendido por Kuspit, difumina la frontera entre el arte y la vida y es la característica de la postmodernidad al llegar el fin del arte.

Los sabios manipulan el pensamiento de un tiempo para sustituir los valores temporales por intereses personales. Pueden hacerlo porque la sociedad les ha capacitado para ello y aceptará sus resoluciones como se aceptan las sentencias de los jueces. La sociedad les ha concedido el poder de valorar y valoran a su conveniencia. Su capacidad no es suficiente para encontrar la verdad. La falta de capacidad les impide poseer la altura de los grandes hombres y admirar la verdad por la cual esos grandes hombres, en otros tiempos, sacrificaron su interés.

Al negar la condición de arte al arte clásico y determinar la trasformación del arte en filosofía en el siglo XX, reducen el arte a determinados movimientos cuya comprensión requiere una explicación teórica que solo ellos son capaces de proporcionar. Esto les coloca en una situación de dominio sobre el arte y sobre el pensamiento de toda la cultura, para alcanzar el fin de la ideología que les guía, el dominio político y social.

Las definiciones del arte, a falta de criterio adecuado, son las que hemos venido refutando: arte es lo que llamamos arte, el arte es un convenio, la identificación del arte con la vida y la necesidad de un contenido corrosivo en toda manifestación artística, todas inadecuadas a la verdad pero suficientes para una sociedad que acepta las conclusiones de los titulados a quienes se ha asignado una función.


Conclusiones sobre los titulados

Todo el mundo tiene derecho a confundirse. Pero lo que ha ocurrido con la teoría artística es que el mundo está confundido y quiere seguir confundido. La elaboración de cualquier teoría se ha llevado a cabo desarrollando racionalmente una cualidad del arte observada por un sabio. Esta forma de teorizar conviene a una época racional que valora la lógica. Esa época no negará nunca una argumentación porque es condición de ella defender la racionalidad. Y, junto a esta justificación, existe la contraria, aunque aparentemente sea similar, la manipulación de la razón pues a la sociedad le interesa la existencia de argumentaciones elaboradas para un fin pues ella misma podrá utilizar argumentaciones similares para sus propósitos.

La sociedad admite las teorías artísticas porque debe admitir la utilidad de los titulados pero, a la vez, intuye el error de los sabios y el error de ese sistema pero resulta que le encuentra utilidad e, inmediatamente, le emplea para defender sus intereses. De forma tan simple queda consagrado el error en nuestra sociedad y, con ese aval, pretende mostrase como conocimiento.

 

(Leer: 1.ª parte de este artículo / 2.ª parte / 3.ª parte)

 

Línea separadora artículo vaca en un museo
Contactar con el autor: direccionroja [at] gmail.com

Otros artículos de este autor (en Almiar):

· Fundamentos del arte del siglo XX: El origen de las vanguardias · Fundamentos del arte del siglo XX: La tendencia cientifista

Ilustración artículo, fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

Índice artículo Qué hace esa vaca en un museo

Más artículos en Margen cero

Revista Almiarn.º 63 / marzo-abril de 2012MARGEN CERO™

 

(Total lecturas: 66 ♦ Reciente: 1)