por
Carmen Tomás Rodríguez

 

LO QUE REALMENTE CUENTA

 

En el portal del olvido abandoné los detalles pues nunca quise andarme por las ramas, es lo que tiene centrarse en lo importante. Esto iba pensando mientras paseaba una mañana bajo un sol de justicia que debilitaba las ideas, atenuante de peso ante tanta divagación sobre lo que realmente cuenta. La canícula continuó afectándome, llegué incluso a investigar la causa de mis despistes. Finalmente hallé respuesta viajando a un tiempo en que las noches eran conducidas por el mismo ritual:

—Erase una vez un rey que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez ¿quieres que te lo cuente otra vez?

—Sí papá, sigue, qué más.

—Pues erase una vez un rey que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez, ¿quieres que te lo cuente otra vez?

Como un pez que se muerde la cola reanudaba hasta que sus tres hijas dejaban de reír, perdían la paciencia y suplicaban compasión. Entonces, tras soltar una carcajada, daba inicio al cuento prometido, en ocasiones un clásico, la mayoría inventados y siempre a su manera, su deliciosa manera de narrar historias.

Así fue como de nuevo añoré al rey más burlón un sofocante día de verano, al tiempo que averigüé el motivo de mis continuos descuidos. Vivir del cuento requiere de mucha concentración, si aprieta el calor precisa además la sombra de un ciprés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?

 

PARC GÜELL

 

Todos los domingos, después de limpiar a fondo el hogar con la obligada colaboración de las chicas, los varones quedaban exentos, la madre se acicalaba y salía de casa rodeada de sus polluelos. En verano, dirección a la playa de la Barceloneta, tardaban una hora en llegar y otra hora entera en volver con el único autobús que atravesaba la ciudad, el 39; el resto del año iban al zoológico, al parque de atracciones del Tibidabo, al de Montjuïc o a pasar el día en el Parc Güell, al que se acercaban caminando, no quedaba lejos. Las mañanas en el Parc Güell eran siempre soleadas. En el interior un gitano con piel de lagarto y voz ronca vendía las chucherías:

—Aquí tiene, los cucuruchos de altramuces y el de chufas. Son cincuenta céntimos cada uno. Gracias señora, su cambio.

Antes de aprender a montar en bicicleta, alquilaban unos triciclos oxidados y daban vueltas en círculo sobre el patio de las columnas, al ritmo chirriante de aquellos engendros metálicos. La hora del vermut seguía siendo sagrada, a las doce en punto se amontonaban en el bar excavado en la gruta para pedir sus consumiciones a la familia que lo regentaba. Lola siempre preguntaba:

—Mamá, ¿cómo se meten ahí dentro?, ¿y si tienen ganas de ir al lavabo, viven ahí?

—Hija, qué preguntas más tontas.

Cogían los trinas de naranja, las coca-colas, el vermut negro con sifón, los berberechos, dos bolsas de patatas, olivas rellenas y corrían en dirección a la primera mesa libre. El resto de la mañana correteaban por un Parc Güell sin turistas. A Mari Carmen le encantaba la zona de las semicuevas, situada en lo alto del parque, le recordaba a las estalactitas que ella construía con sus manos, arena de playa y agua de mar, jugaban allí a esconderse. El último día se detuvo a mirar el busto de la mujer que emergía de uno de los pilares:

—¡Pillada! ¿Qué estás mirando?, ¡anda, que tetas tan gordas!

—Ramón, mira que eres guarro.

—Guarra tú que le estabas mirando los pechos a la escultura —Mari Carmen recordó las diminutas cerezas que tenía por pezones y abultó aún más el jersey.

—Oye y tú ¿por qué estás tan plana?

—Eres un cerdo.

—Sí, el cerdo que te ha pillado. ¡Para!, cuenta a treinta muy despacito y sin mirar que te conozco.

—No, no tengo más ganas de jugar —se fue en dirección a una esfera de piedra donde la hermana mayor, María del Mar, permanecía sentada y pensativa.

—María del Mar, a ti tampoco te gusta venir al Parc Güell, verdad?

—No, estoy harta, hablaré con mamá.

Las dos hermanas continuaron desplazándose por uno de los entornos más bellos del mundo como si se tratase del vertedero municipal, algo había muerto en su interior e intentar recuperarlo avivaba el hedor a podredumbre. La visita terminó con el plato fuerte, el dragón de la entrada principal. Ramón se encaramó en él aprovechando un despiste de la madre, Mari Carmen los imaginó trotando por el parque al acecho de niñas con coletas a las que engullir para escupir mujeres de pechos descomunales y le gritó:

—Bájate de ahí.

—Qué aburrida te has vuelto hermanita.

 

LA CHARCA

 

Sol en las venas, musgo en los zapatos, restos de cuando quería ser aire y vivía en la ciénaga. Aún llevo tatuado en el adn mi época de rana que un día saltó de la charca, aún lleno demasiado la nevera para que algo se pudra y desprenda aquel antiguo aroma a peligro por saturación de materia orgánica. Jugábamos en el lodazal bajo el veneno vertido por chimeneas descontroladas; soñábamos con la libertad de la mano de Serrat, Raimon y Lluís Llach.

Añoro un mundo gris y frío donde siempre llovía sobre mojado, ahora que todo resulta tan predecible, añoro la fuerza transgresora de la vida en el pantano. Aunque, si soy sincera, lo único que realmente lamento es no poder volver a ser nunca más un renacuajo inconsciente, lo de menos, me temo que es la charca.

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Carmen Tomás RodríguezCarmen Tomás Rodríguez (Barcelona, 1966): «El microrrelato es la construcción literaria que más cultivo, seguramente debido a mi gusto por la síntesis, a expresar con el mínimo número de palabras pequeños universos de ideas y emociones, a los que procuro dar una forma bella con ayuda de las letras».

📩 Contactar con la autora: subiraba [at] gmail.com

 

Ilustración relato: Pintura (detalle), por Chelin Sanjuán ©
de su exposición, en Almiar: ver muestra).

 

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Revista Almiar – n.º 79 / marzo-abril de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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